miércoles, 31 de diciembre de 2008

"INEVITABLE" DE MARIO VIÑUELA

Saltando de flor en flor, me he encontrado esto. Llevo unos días viendo cine, otra vez. Los caminos se cruzan y te llevan a lugares inesperados. Alguien me habló de un corto, y de otro. Pensé en comprarme una cámara. Yo soy así. Me emociono y me gustaría embarcarme en proyectos que me saquen de la rutina, mira que si... Luego no lo hago, claro. Sólo lo pienso y ya está. No soy un tipo de acción. Yo soy el que mira, el que os mira.

Viendo la historia que os dejo aquí abajo, me acordé de un texto que escribí hace tiempo. Ya me parezco a mi madre, sacando cosas y cosas de la nevera para que tengáis algo que comer. Me ha gustado y no he querido retener el impulso, como tantas veces, de contarlo. A mí me ha sugerido muchas cosas. Si además lo hubiera protagonizado Paula Prendes, no habría podido quedarme más satisfecho.

Silencio.

Luces.Cámara.Acción.





Esto es lo que yo un día escribí, quién sabe si pensando en ti

TE QUERRÉ SIEMPRE, CLARO.

Te querré siempre. Así lo había escrito en la servilleta del bar. Cogidos de la mano, mirándose a los ojos, ella aceptó el reto y se lo puso por escrito. ¿Me querrás cuando tenga sesenta y cuatro años? Claro, toda la vida, eres lo mejor que me ha pasado. Pues pónmelo por escrito. ¿A qué no te atreves? Te querré siempre. Cogió el trozo de papel, lo dobló con mimo y lo guardo en el bolsillo de la camisa, al lado del corazón. Cuando llegó a casa, lo sacó, lo desdobló y con una sonrisa en los labios y ganas de llorar, lo volvió a leer. Te querré siempre. María. 14 de Junio de 1996. Lo metió en la caja de los tesoros, de sus tesoros, la sonrisa paralizada por el sabor de una lágrima. Allí descansaría junto a algunas entradas de fútbol, a otras de baloncesto, a las casi invisibles del cine y a la de los conciertos que le hicieron feliz a lo largo de su vida anterior a María. Así contaba el tiempo, nada de A.C. ni de D.C. María, sólo María. Creía que el compromiso no volvería a salir de la caja. Tanto tiempo buscando y al fin lo había encontrado: El amor. Tenía miedo. No era sencillo ser feliz. Miedo de perderlo y del dolor que eso le produciría. No aguantaría. ¿Y tú? Yo, también. No hace falta que te lo escriba, sé que me crees. No, no... por escrito. Te querré siempre. Lo escribió mientras pensaba que pasara lo que pasara, sería así, aunque no acabaran juntos, él siempre la querría. Una cosa más. ¿Me lo dirás cuando me dejes de querer? Eso no va a pasar. Si pasara... No pasará. No me lo dirá, sé que no me lo dirá. Si se acaba, se acabó. No seas tonto. Bésame. Te quiero y es lo único que importa.
* * *
Encontró la caja que había olvidado y perdido al fondo del cajón, del cajón de su vida en común en el que había encerrado todo lo que quería, todo lo que en otro tiempo amó. Todo.




lunes, 29 de diciembre de 2008

NOCHEVIEJA FALLIDA

Seguimos con las fechas señaladas.Recupero, de nuevo, un texto escrito hace un año, en ocasión de otras fechas señaladas. Después del drama, la humorada, otra vez. Soy un tipo dado al chascarrillo y el bufonismo. Si no fuera por la comedia...

El 31 de Diciembre siempre le había puesto nervioso. Era una de esas fechas en el calendario que más valdría no existieran o que te dieran la oportunidad de ignorarlas, meterte en la camita, bien arropado si estás en este hemisferio, y a esperar que llegue el día uno. Mejor el dos. La gente se pone muy pesada con esto del Fin de Año, que más parece el fin del mundo. Pero es imposible sustraerte al ambiente de cotillón, pachanga y matasuegras que lo inunda todo. A mí no me gusta la Nochevieja. Y te miran de un modo extraño, entre perplejo y conmiserativo. Pobrecico, es un triste. Mira que no gustarle esta noche tan especial. Y es que lo de la diversión a fecha fija, el desfilar maquinalmente con una sonrisa estúpida en la cara y el estohayquehacerloporquetoca, nunca le gustó. Tanto preparativo, tanto ritual, tanta gente borracha al mismo tiempo, tanto dominguero de la última fiesta del año, termina por estomagar. ¿No te pasa a ti?

Aquel treinta y uno se despertó de buena mañana sintiendo que era treinta y uno. Los ángeles del cielo, de nuevo, no habían atendido sus plegarias y ahí le tiraban a la fría realidad, más temprano que de costumbre, para que te enteres, con todo un fin de año por delante, nuevo, a estrenar. Enchufó la radio mientras se duchaba y casi se parte una pierna al salir apresuradamente de la bañera, a medio enjabonar, para apagar el dichoso aparatito por el que, el locutor suplente de turno, la estrella de la cadena se ha quitado de en medio para relajarse en Bali o en otro paraíso artificial que ni siquiera sabe escribir, amenazaba con hacer un repaso del año político para después conectar con los corresponsales esparcidos por todo el mundo, para que contaran las tradiciones de cada uno de los lugares en los que malvivían con su sueldo de periodista, y terminar con los mensajes de paz, amor y no sé qué más, de los inquebrantables oyentes de la mañana. No por Dios, eso sí que no. Refunfuñando se acabó de aclarar con el agua helada, no por gusto sino por cortesía de su caduca caldera y se dispuso a lamentar su mala suerte. Otra vez. La idea de comprar el periódico se le pasó pronto. No soportaría ver de nuevo el resumen gráfico del año. La televisión era una opción, al menos no estarían los niños cantores del bombo ni los saltos de esquí. Decidió no tentar a la suerte. Por sí acaso. Así que desayunó frugalmente, estas celebraciones le encogían el estómago y se dispuso a leer un poco en su sillón favorito, bueno, el único que tenía pero a él, le gustaba. Cariño, baja un momentito al súper. Creo que he hecho corto con las uvas. Casi lo había olvidado. Este año el fiestón era en su casa. Se puso el chándal y suplicó porque aquello no fuera real. Y alguna botellita más de cava, darling. Era real.

Casi no habían abierto los empleados del supermercado, ataviados con sus ridículos y anacrónicos gorritos de Papá Noel, cuando ya el gentío se arremolinaba a las puertas para hacer las compras para tan señalada fecha. Feliz Año. Feliz Año. Buena salida y entrada. A pasar buena noche. Hasta el año que viene. La gente es muy original y te regala con toda una sarta de tópicos con la mejor intención. Algunos incluso se las dan de originales y ocurrentes, como si se lo acabaran de inventar mientras te guiñan un ojo y te palmotean en la espalda. Venga hombre, alegra esa cara. Dejados atrás la portera, el vecino del quinto que jamás te dirige la palabra pero que hoy está de buen humor, el barrendero, la de los cupones, los de los periódicos gratuitos, el pobre de la esquina con su gracioso gorrito rojo y su campanilla, la gorda del perro y los que se empeñan en andar en bici por las atestadas aceras, llegó a la puerta de la moderna Meca: El híper. La frutería a rebosar, codazos por coger número hasta que te enteras de que hoy va con vez. ¿La última? Tú. La uva a precio de caviar iraní. ¿No la tienes sin pepitas? Es que la agüela se empeña en metérselas de golpe y algún año nos va a dar un disgusto. Perdone, yo sólo quiero un poquito de uva. Yo también. Será un momentito. ¡Niño! Ponme medio de moscatel, unos tomates y piña. ¿A cómo la tienes? Al fin sale del aquelarre, dos kilos de uva después y con el ardor de estómago que no presagia nada bueno. Casi en la puerta de casa se acuerda de la botellitamasdecavadarling y desanda el camino, los ojos fijos en el suelo, esquivando a los pesados de turno. Por lo menos así evitará las cacas que van trufando el moderno y resbaladizo adoquinado con el que nos obsequia el ayuntamiento.

En el ascensor ya se percibían los aromas de los más diversos manjares que se estaban empezando a cocinar en las casas de los vecinos, agraciadas con la suerte de acoger una cena tan especial. Sopa de carne, sopa de pescado, sopa de ajo... sopa de sopa. Échale más fideos que esto no hay quien se lo trague. Antes de dar la segunda vuelta en su cerradura de seguridad, una oleada de robos en el barrio ha hecho que los cerrajeros hagan su agosto con bufanda, su mujercita le daba la siguiente orden. Bájate al trastero, cari, y ve subiendo las sillas plegables. Con tía Enriqueta me parece que somos diecisiete. Debería estar prohibido meter a más de dos personas por metro cuadrado en los humildes salones españoles. Luego puedes ir arrinconando el resto de los muebles para que quede espacio delante de la televisión. De paso, súbete un poco de nuez moscada, le dará un sabor muy rico al repollo. El repollo, ni que lo untes con esencia de rosas, tendrá buen sabor. Se ponga como se ponga. Con la imagen clavada en la retina, del culo de un pavo en pompa y de los ojos de unos pobres besugos boquiabiertos, bajó las seis plantas para evitar cruzarse con nadie en la cabina. Menudo frío hace en esta covacha. Aunque dan ganas de quedarse un ratito y olvidarse de todo. ¿Dónde habrá puesto la nuez moscada? Con los dedos a punto de congelarse, vuelve al hogar impregnado por los más diversos olores. Corta un poquito de turrón y pon mazapanes alrededor. Para dar de comer a esta tropa habrá que trocear la producción anual de jijona. Del duro, no, que al final no se lo come nadie. Pon del de trufa en escabeche, que está muy rico.

Pese a que no era ni siquiera mediodía, la cocina de su casa era un auténtico hervidero. Ollas y sartenes rebosaban por la encimera y la vitrocerámica, el horno abría su portezuela deseando engullir lo que habían preparado para él, las pozas repletas del más diverso instrumental culinario, un ir y venir del frigorífico a la mesa, un desempolvar cubertería, cristalería y mantelería… Para que todo estuviera preparado y la cena fuera un éxito que ni el quisquilloso primo Marcial pudiera discutir, había que encerrarse allí desde el punto de la mañana. El panorama era aterrador, aquello más parecía un campo de batalla repleto de sangre y vísceras que el laboratorio gastronómico de un hogar medio español. Era tal el frenesí en aquella habitación que intentó desaparecer antes de que a su esposa se le ocurriera otra ocupación que encargarle. Me podías ayudar con los canapés, cielito. Demasiado tarde. Centenares de tostaditas, ahumados, curados, salados, encurtidos y crustáceos después, le tocó empezar a fregar y recoger la primera tanda para ir haciendo sitio para el ataque final que todavía se prolongaría durante buena parte de la tarde. Deseó que todo acabara lo ante posible y que no le doliera mucho.

Los invitados empezaron a llegar antes de lo previsto. Su mujer ni se había duchado para eliminar el olor a langostino, repollo, pavo y besugo, que impregnaba su ya no deseada piel y que ni siquiera frotando con la esponja de crines de caballo lograría hacer desaparecer. Hola, tía, estás estupenda, ese abrigo fucsia te sienta ideal. ¿Dónde lo has comprado? Un buen rato estuvo haciendo de portero, abriendo puertas, atendiendo el telefonillo, dando y recibiendo apretones de mano, besos y alguna patada de cierto sobrino malcarado que no le perdonaba alguna ofensa que no lograba recordar. Dame los abrigos que los coloco encima de la cama, no tenías que haberte molestado trayendo esta botella de sidra. Alguno que llega ya con unas copitas encima, el gorro incrustado en la calva y un collar hawaiano que le llega justo por encima de la barriga. Alegría, alegría… Cambia la cara, hombre, que es Nochevieja. Ya, ya…por eso, piensa mientras aprieta los dientes y esboza algo parecido a una sonrisa. El ruido empieza a aumentar, los niños que se empeñan en hacer alpinismo por la librería, la abuela cada día más sorda, el cuñado sabelotodo que da una magistral sobre el IPC y el fin de año en el Kurdistán, ponme una cervecita, majo… que me tienes seco. Así me gustaría que te quedaras. El calor le saca los colores un poco antes que su suegra recordando el día que se lo presentó su hija y la pobre impresión que le causó. Piensa en abrir la ventana para que entre algo de aire y por si se tiene que tirar por allí. Le empieza a doler la cabeza y esto no ha hecho más que empezar, si por lo menos no se hubieran acicalado con litros de esos perfumes tan inolvidables.

La cena empezó tarde porque el tío soltero, Olegario, que no había confirmado su asistencia, llamó en el último momento para decir que acudiría y que le esperaran por favor. Debe ser que se le ha fastidiado el plan con la niñata con la que sale. Aquello se convirtió en una carrera para devorar todo lo que pasaba por la mesa y llegar con tiempo de preparar las uvas. Los nervios en el estómago y que si se me ha olvidado ponerme algo rojo, no, que este año hay que llevar algo dorado, que si mete el anillo en la copa de champán, en la copa de cava, con cuidado de no tragártelo, cuenta hasta diez y piensa en un deseo mientras aguantas la respiración, ayudadme a recoger la mesa y a hacer un poco de sitio, a ver quién adivina el último anuncio, podíamos hacerlo también con el primero, a mí no me pongas las uvas tan gordas, pélamelas, no así no que no vale y con un poco de suerte al año que viene me jubilo. La gente que se acomoda donde puede para ver el momento mágico, para cumplir con la tradición milenaria, a lo mejor no tanto pero como si lo fuera y el tipo de la capa que se junta con la del escote que tirita y se empeña en repetir, un año más, lo de los cuartos y todo eso, que a ver para cuando le dan un trabajo honrado y yo le pido al año que viene salud y que reine la paz en el mundo, feliz, feliz en tu día. Juraría que hay menos gente en la Puerta del Sol que en su salón, todos con la misma cara de embobamiento y absurda esperanza en un mañana mejor que nunca llega. Viva, viva… ya es Año Nuevo. Más besos, más abrazos, algunas toses, no sé si al año que viene estaré yo por aquí, yo tampoco, salud que tengamos, a bailar, a bailar, despacito que subirá el de abajo, que menudo carácter, un día es un día, abre la ventana que voy a echar un cohete, ponte el gorro, hombre, no seas triste y alegra esa cara que parece que te deben y no te pagan

Lo bueno de la Nochevieja es que sólo es una vez al año. Tienes trescientos sesenta y tantos días por delante para olvidarte de ella, descontando el siguiente a la fechatanseñalada en el que es imposible hacerlo, recuperando el cuerpo y el espíritu de los excesos del día anterior y de la saturación de buenos deseos y mejores sentimientos que inundan la última hoja del calendario y reparando el destrozo provocado por esa familia que tanto te quiere y no te mereces. Yo la cambiaría por algún añoviejo, incluso por más nochesnuevas , eso sí, en la Tierra del Fuego viendo desfilar a las ballenas.

domingo, 28 de diciembre de 2008

viernes, 26 de diciembre de 2008

LA ILUSION DE UN NIÑO


En estas fechas tan señaladas, no he podido por menos que acordarme de un texto que escribí hace un año, más o menos, en otras fechas igual de señaladas. ¡¡¡Otra vez es Navidad!!!




La noche era fría y él estaba aguardando su oportunidad. Había pasado mucho tiempo, demasiado, y ahora no podía fallar. Cabello largo, ensortijado, más bien enmarañado. Una peinada antes de salir no habría estado mal. Nunca se sabe con quién te puedes encontrar. La frente poblada de arrugas, apretadas como las lamas de una persiana cuando se enrollan, era ancha y ligeramente enrojecida por el sol. Generosas cejas enmarcaban unos ojillos hundidos más allá de lo normal. Todavía conservaban un rastro de alegría a pesar de todo lo que habían visto, de tanto horror difícil de imaginar. Carrillos apretados se adivinan bajo una espesa barba mal recortada, de la que asoman tímidamente unos labios de un rojo escandaloso y una incipiente sensualidad. El uniforme de rigor en estas fechas, la incomprensible raya en el pantalón. Una saca de fieltro espera enrollada a los pies. El momento se acerca. No ha sido buena idea traer la campanilla.


Un poco más allá, casi enfrente del gordito barbado, una cuadrilla a la que falta uno para tal nombre, no le pierde de vista ni un segundo. El mayor parece cansado, harto de siempre la misma historia. Peina canas, sólo peina canas, bien pudiera ser pariente del otro vejete. Piel blanquecina, grandes bolsas alrededor de unos ojos que algún día fueron negros. Ya no está para estos trotes pero hay que cumplir con lo establecido. Enrolla sus dedillos en el pelo de la barba y se siente mejor al notar los pies de su compañero a escasos centímetros de sus botas. Unas botas manchadas de barro a pesar de la montura, desgastadas de tantos caminos, con las suelas a punto de dejar de serlo. No le sientan muy bien esas mallas, demasiado apretadas, quizás. Guarda la espalda de su venerable compañero. Le apoya una mano en su fatigado hombro y le indica que no puede faltar mucho. La nuez se le quiere salir del cuello, trepar por la negra barba, apenas apuntada en la morena cara, pómulos marcados y labios apretados. Las aletas de la nariz se mueven al compás de su corazón. Un nudo en las tripas quisiera escapar, gritar, pasar a la acción. Por su frente sólo una idea, hay que cumplir con lo pactado, movimiento a movimiento. El viento agita sus cabellos y las orejas quedan al descubierto apenas por un momento. Un pequeño pendiente verde refulge a la luz de la farola. Este año también hace frío y se encasqueta el gorro para protegerse mientras se roza con el último de la terna. Si no fuera por sus brillantes ropajes ni se le vería. Cuando cierra los ojos la oscuridad le invade. Tintinean los aretes de sus orejas, una pluma le resbala por la cara, le hace cosquillas en la nariz chata. Los labios carnosos se ensanchan y esponjan cuando se acuerda de lo del año pasado y enseñan al hipotético espectador una magistral línea de marfil. El cuello se pierde debajo de la capa que ha tenido que recortar para no pisársela. Dan las diez. Ha llegado la hora.


Un estrépito recorre la plaza cuando los empleados de los grandes almacenes comienzan a bajar las persianas metálicas que protegen los escaparates. Los últimos compradores salen orgullosos y atiborrados de bolsones de plástico, qué poco costaría que fueran de papel. Nadie se da cuenta de que un gordo vestido de rojo se acerca a la entrada a una velocidad inesperada, seguido por tres tipos de estrafalaria vestimenta que desempolvan unas arcaicas armas de fuego.


"Quieto todo el mundo" - grita el canoso seboso mientras recupera el aire. De una patada ha abierto la puerta y ha derribado al sorprendido empleado que mira incrédulo cómo el abuelete desenfunda un arma. "Tú, gordo cabrón, hazte a un lado. Deja esto a los profesionales" - El negrito ha tomado el mando de las operaciones y apunta con su arma al que llegó primero mientras sus secuaces se despliegan por la Planta Baja, Sección de Complementos y Marroquinería. "¿Los juguetes? Por favor".

sábado, 20 de diciembre de 2008

NEORREALISMO


Para berbi.- Que me mostró el placer de la escritura.



... y una vez más, en el mes de Marzo la inflación ha subido y ya se sitúa en el 3.7% interanual. Eso decía la voz del locutor de la radio que le había despertado a las 6h40.Abrió los ojos. Entraba algo de luz por las rendijas mal ajustadas de la persiana de la habitación. Apartó el edredón y la sabana con su mano derecha, apoyó el peso en su escueto culo y levantando las encogidas piernas se giró hacia la izquierda. A la vez que se sentaba en el borde de la cama, apoyó los dos pies descalzos en el suelo buscando a tientas las zapatillas que no podían andar muy lejos. Metió el pie derecho y luego el izquierdo. Se levantó con cuidado para no despertarle y dio la vuelta a la cama, hasta llegar a la altura de la mesilla donde reposaba el reloj-despertador. Se agachó ligeramente y lo apagó. Desandando el camino con renovado sigilo, salió hacia el pasillo y cerró con mimo la puerta del dormitorio. De dos cortos pasos alcanzó la puerta del baño, la empujó y entró en el mismo. Sin darse la vuelta, con su mano izquierda la volteó suavemente hasta que quedó prácticamente cerrada. Guiñando los ojos para amortiguar la excesiva luz que había en su oriental baño, avanzó dos pasos más, flexionó las rodillas y levantó la tapa del inodoro. Se irguió y se giró sobre los talones para en un acto reflejo subirse el camisón, bajarse las bragas y sentarse sobre la taza, casi al mismo tiempo. El gorgoteo de su orina cayendo sobre la lejana agua, acabó de despertarla. Estiró la mano derecha y cogió entre sus dedos el blanco papel higiénico que ya necesitaba. Tiró hacia abajo y cuando estimó que era suficiente, lo cortó. Se secó con cuidado y lo lanzó a reunirse con su meada, por entre las piernas. Se levantó y con un suave movimiento se despojó de sus bragas, primero un pie y luego el otro. Bajó la tapa y apretó el botón. Un pequeño estruendo de agua purificadora sobresaltó la silenciosa casa. Descorrió la cortina de la bañera y se dobló de nuevo, esta vez para sacar el cubo de la fregona que reposaba allí adentro. Lo dejó a un lado y colocó el monomando de la ducha en posición central ligeramente escorado hacia la izquierda. Mientras, otra vez el agua, salía mansamente del grifo y rebotaba con tranquilidad en la loza, se echó hacia atrás y alargó su mano izquierda para entreabrir ligeramente la ventana corredera. Volvió hacia adelante y aproximó su mano izquierda hacia el chorro. Notó que la temperatura era la correcta y a la vez que se secaba en el bajo del camisón, lo agarró y subió hacia arriba para sacárselo por la cabeza y quedar al fin desnuda. Lo arrojó sobre el bidé y se introdujo en la bañera, levantando primero el pie derecho y luego el izquierdo. Depositó al lado, la toalla para los mismos y corrió la cortina para encerrarse lo mejor que pudo. Colocó el botón en la posición ducha y dirigió el telefonillo hacia su cara. Cerró los ojos y notó algo de frío. Agachó la cabeza y metió el pelo debajo de la cascada hasta que su melena se mojó totalmente y se le pegaba en la cara. Apartó el pelo y poniéndose recta se situó justo debajo. Cuando notó que ya estaba bien empapada, se apartó ligeramente y se mojó un brazo, luego el otro, levantó una pierna y luego la otra. A tientas cogió la esponja y del mismo modo el bote del gel. Lo abrió y vertió parte de su contenido. Dejó de nuevo el frasco y procedió a enjabonarse con mimo, ordenadamente y siguiendo el recorrido de siempre. Se demoró, como de costumbre, en sus pechos endurecidos, en las axilas y en el sexo. Frotó enérgicamente las plantas de sus pies. Aclaró la esponja, la colocó en su sitio y terminó por quitarse todo la espuma que había originado. Apagó el grifo, escurrió parte del agua que resbalaba por su piel y descorriendo la empapada cortina, salió de su sitio para quedarse de pie en la toalla, a la vez que se apropiaba del albornoz. Se enrolló otra toalla en la cabeza y tras secarse ligeramente los empeines de los pies, se calzó sus zapatillas y descorrió del todo la ventana. Introdujo el cubo en el lugar del que había salido y cogiendo la manivela de la puerta, tiró de ella para abrirla y salir al pasillo. Sin girarse la cerró con mucho cuidado y se fue a la cocina.

sábado, 13 de diciembre de 2008

SANTIAGO.RAMÓN.CAJAL.

La lluvia y las burbujas que restallan en los charcos. Alguien me contó que seguirá lloviendo. Desde mi mesa de mármol escucho a una mujer cantando algo tan triste como esta tarde. Mi pie sigue apesadumbrado el compás sobre la barra de hierro de la vieja máquina de coser en desuso, en la que se apoya el sucio tablero. Miro a través de los empañados cristales del vetusto portalón de madera que da al amplio jardín inundado de verde. Centenarios troncos enmohecidos evocan un paisaje tropical que bajo los amplios techos bien pudiera ser cubano.

Te recuerdo de blanco lino y mal afeitada barba, guiñando los ojos bajo el abrasador sol del verano americano. Aquí hace frío y un pájaro desorientado me mira titubeante desde su acogedor agujero de madera. Al otro lado de la ventana, los arbustos parecen echarse encima de mí y me asusta enfermar de malaria y no regresar nunca más. Levanto la vista y veo palmeras, helechos y cien variedades que ahora me pena no reconocer. Y es Ramón y Cajal tomando las aguas en un balneario alfonsino, con su arrinconado ascensor al que ni las carpas del lago querrían ir a parar. Santiago se ríe a mi espalda, ahora debe andar en el Paraninfo, tableteando el embaldosado pasillo, cansado de mirar por el microscopio y no ver lo que sabe que debería ver. Le ha quedado el andar bamboleante de los que vivieron en un barco de vapor o fueron heridos por las flechas de los indios.

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Una vez que se hubo secado la tinta, dobló cuidadosamente las cuartillas por la mitad, hasta que alcanzaron el tamaño adecuado para guardarlas en el bolsillo interior de la americana. Poco podía imaginar que era lo último que escribía en su vida y que años más tarde, su hijo sostendría aquellas hojas entre sus manos emocionadas.

Estaba pasando unos días en el balneario, reponiéndose de las últimas tensiones y de las malas noticias. Su familia le aconsejó que fuera allí, que se olvidara de todo y se relajara. Cuando se disponía a salir al jardín, se desplomó al borde de la escalinata de mármol y cayo rodando hasta el último peldaño. Parada cardio-respiratoria, certificaría minutos más tarde el médico que poco pudo hacer por recuperarle. "Es el de la 471", se oyó decir a uno de los camareros. "Habrá que avisar a la familia".

Cuando llegó el hijo, el director del balneario ya estaba esperándole. Tras las condolencias de rigor y las apresuradas explicaciones, le acompañaron en comitiva hasta la habitación que había ocupado su difunto padre durante los días que había permanecido en el complejo. El cadáver reposaba en la cama, apenas despojado de la americana, el nudo de la corbata aflojado, una llamativa herida en la sien derecha contrastaba con la palidez de la cara. "No sufrió nada", susurró el director mientras apoyaba una mano en el hombro del reciente huérfano. Con el mismo sigilo con el que llegaron, salieron de la habitación para dejar al hijo a solas con el padre.

Minutos más tarde, abrió la puerta e invitó a entrar a los que respetuosamente esperaban en el pasillo. Le informaron de los trámites realizados con la funeraria y de que no tardarían en llegar para hacerse cargo del cuerpo e iniciar el viaje de vuelta hasta su lugar de residencia. Le preguntaron si deseaba ayuda para hacer el equipaje y contestó que no. Fue recogiendo rápidamente la ropa, los enseres y utensilios que estaban repartidos por toda la estancia. Era como si el tiempo se hubiera instalado por encima de todas las cosas, dándoles otra dimensión distinta a la que habían tenido hasta hace unas horas escasas. El periódico abierto se apoyaba absurdo sobre la mesa, las zapatillas que aguardaban debajo de la silla el regreso de su dueño, una botella de agua bien mediada y una manzana junto a una caja de pastillas y un olvidado paquete de tabaco. En el baño, la colonia, la navaja, el jabón y el peine, tampoco se explicaban lo sucedido. Con la maleta prácticamente cerrada, alguien hizo notar que se olvidaba de la americana que llevaba puesta cuando murió y que reposaba en una silla del rincón, casi oculta por la cortina descorrida al abrir la ventana para ventilar el ambiente cada vez más cargado. La situó encima del resto y cerró la maleta definitivamente. "Nosotros se la bajamos al hall, no se preocupe, señor". "Está bien, gracias". Los de la funeraria ya habían llegado y todos abandonaron el lugar con una rara sensación de pérdida.

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Nacimos por segunda vez aquel día del setenta y cinco en el que nos dijeron que preparásemos nuestras cosas, que embarcábamos hacia España. Flacos, ojerosos y magullados , formamos un improvisado concierto de tos y lágrima, abrazados en la penumbra del barracón, la mente en el horizonte de un mar inacabable. Ramón y Santiago, Santiago Ramón, los ramones como algunos nos llamaban, los inseparables amigos supervivientes preparando las maletas rumbo a casa.

Tú volviste a la Medicina, a estudiar, a investigar, a leer sin pausa, a vivir a ratos. Yo tuve que ganarme la vida como pude, tiempos de alambre para alguien sin recursos. Pasaron los años, muchos, demasiados, hasta que nos encontramos una tarde después del café, paseando por el Coso. Te reconocí al instante. Poco pelo te quedaba pero la misma mirada soñadora de siempre. Cuando te llamé por tu nombre algo brilló en tu sonrisa. Ramón, cuánto tiempo. Entonces me enteré de que te habías casado, que habías tenido dos hijos, Fe y Santiaguito, que habías estado en Madrid, en Valencia, que la gente venía de muy lejos para escuchar tus clases. Me sentí poca cosa, imposible no hacerlo ante un gigante como en el que te habías convertido.

Paseamos un rato, te conté de mi vida, te dije alguna mentira. Me invitaste a entrar en la Facultad, en tu despacho, en tu laboratorio. Andabas detrás de no sé qué cosa del sistema nervioso. Me dijiste mira y acerqué torpe y avergonzado mi ojo al microscopio. Nunca olvidaré aquellas imágenes. Sentí que estaba cerca de algo importante. Las manos me sudaban y sin querer me apoyé en una de aquellas plaquitas de cristal. No te preocupes, aparta un momento, voy a comprobar que no se ha dañado la muestra. Tu calva se abalanzó sobre el aparato, te quedaste callado. Al cabo de un tiempo opaco, levantaste la mirada y me pareció que aguantabas las lágrimas. Lo tengo. Cuando volviste del lugar al que te llevaron tus pensamientos, recordaste que yo estaba a tu lado. Perdóname, se hace tarde, me ha encantado charlar contigo, espero volver a verte. Una estudiante me acompañó a la salida y me comentó que andabas obsesionado con aquel experimento. Pasados un par de años me enteré de que te habían dado un premio en Suecia.

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Santiago entró en la casa de sus padres sabiendo que era la última vez que lo hacía. Desde que murió su padre, en pocas ocasiones daría vuelta por allí. Habían pasado muchos años, casi tenía tantos como su padre el día que le sorprendió la muerte en el balneario. La casa llevaba demasiado tiempo cerrada, ajeno a los que le criticaban por no cuidarla más, por no ponerla en venta y sacar un dinero. No le importaba. Tenía la sensación de que si vendía aquel piso oscuro y empolvado, estaba traicionando la memoria de sus mayores. Por eso había aguantado tanto. Pero ya no podía más. Las deudas se le comían casi a la misma velocidad que el cáncer y por eso necesitaba dinero para hacer frente a las dos enfermedades.

Tuvo que abrir una ventana para que el aire dejara de parecerse a una pasta de guisantes, el polvo revoloteando en los rayos de luz, y conseguir que se le aflojara el nudo de la garganta. Quería recoger algún recuerdo, rescatar algo que pudiera tener valor antes de que los nuevos propietarios comenzaran a derribar tabiques, a cambiar puertas y ventanas, a bajar los techos enmohecidos. Entró en el dormitorio. Abrió el armario y descubrió varios vestidos suicidados en las perchas, igual que acabó su madre, colgada de la lámpara del salón.

Recogió la maleta que su padre no pudo hacer en su última morada, la abrió buscando su rastro, tal vez un olor si había suerte. Allí estaba la chaqueta que llevaba el día que murió, más grande de lo que la recordaba, mucho más recia de lo que la moda presente aconsejaba. Al doblarla de nuevo para depositarla junto al resto de sus compañeros de viaje, una hojas amarillas cayeron al suelo. Reconoció la letra redondeada y los renglones nerviosos de su padre. La lluvia y las burbujas que restallan en los charcos. Alguien me contó que seguirá lloviendo.

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Y aquí me tienes, Santiago, acordándome de ti en esta tarde gris, escribiendo no sé porqué estas líneas que nunca leerás, ahora que me acabo de enterar de que has muerto un diecisiete de octubre, a los ochenta y dos años, y que España ha perdido un genio y yo un amigo. Me alegra haberle puesto a mi hijo como tú. Tengo que avisarle para que te lleve unas flores. Tuyo, Ramón.







miércoles, 3 de diciembre de 2008

FAEMINO Y CANSADO: EL BUDISTA

Inauguramos esta sección de Humoradas con una joyita del humor patrio del último siglo. Pasen y vean.

domingo, 23 de noviembre de 2008

DE CIENTO A VIENTO.100 RELATOS DISTINTOS

Todo empezó hace unos años, despacio, como empiezan casi todas las cosas que merecen la pena.

Nos pusimos internet en casa, empezamos a escribir en un foro de baloncesto, cosas de la pelota, chascarrillos referidos al juego en el que participábamos. De vez en cuando dábamos rienda suelta a la imaginación y colocábamos un texto que nada tenía que ver con aquello, para pasmo e indignación de alguno. Que esto es un espacio serio, nada de literatura, por favor.

Mi amigo, J.M Morales "Berbi", el de El Rincón, un día colgó un relato que había escrito tiempo atrás. No sabía que te gustara la literatura. Yo tampoco. Seguimos escribiendo nuestras cosas, unas mejores, otras no tanto. La verdad es que fue un buen banco de pruebas, un modo de coger el gusto por la escritura, de probar el venenillo de pensar, redactar y plasmar historias.

Me dijo que deberíamos escribir un poco más en serio, sólo un poco, para aburrida ya está la oficina. Y así lo hicimos. El 14 de febrero de 2007 escribí mi primer relato como tal. Y luego otro, y otro, y otro... Quien lo ha probado, sabe lo que engancha. Yo le enseñaba mis escritos, él los suyos. Algunos amigos, amigas, se involucraron con nosotros y entraron en el círculo. Y la cosa fue creciendo. Ahora ya no la podemos parar.

Yo había leído mucho, tanto que ya no lo hago, pero nunca pensé en escribir, para qué, todo está dicho ya, insuperables Julio, Gabriel, Mario... y tantos otros. Nunca agradeceré lo bastante a mi amigo Berbi que me animara a seguir, que me enseñara el placer por la escritura. En los malos tiempos, la pluma y el papel, permitidme la metáfora, son la mejor medicina.

Deberíamos publicar un libro: Tú escribes cincuenta relatos y yo escribiré otros tantos. Le tomé por loco. Eso ya son palabras mayores. Me equivoqué. Menos de dos años después, ya lo tenemos hecho. Y registrado. Fue hermoso verlo crecer, pensar en su estructura, ir probando en distintos foros literarios, en webs en la que otros aprendices exponen sus tripas y buscan el cariño, una palabra amable, alguien que te diga que le gustó, que sigas por ahí, que no lo dejes...

Se llama "De Ciento a Viento. 100 relatos distintos". Lo hemos ofrecido a unas cuantas editoriales, a otros tanto agentes literarios, hemos participado en diversos concursos, hemos movido hilos y ovillos para desentramar el muro.

Estamos llegando al final del tunel.

Hemos aprendido de maquetación, de ediciones, de distribución, de encuadernación, de ISBN, códigos de barras, geltex y sobrecubiertas, de PVP y comisiones. De la ilusión y el desengaño. Para no mentir, mi amigo principalmente, el técnico, el motor del barco, el navegante por estos mares desconocidos. Yo no habría pasado de una mesa de café y un vino junto a unas cartillas manuscritas.

Hemos buscado lectores, compradores, campañas de publicidad, contactos, incursiones en los circuitos, animación a la lectura, la dramatizacion de los relatos, su puesta en escena. Y lo que queda.

Puede que no lleguen a ser 100, a lo mejor se quedan en 70, en 60. Pero de lo que no me cabe la menor duda es de que estos pequeños verán la luz como Dios manda. En papel y entre unas bonitas tapas. El camino ha merecido la pena. Soy feliz escribiendo. Y si algun día mi hijo, nuestros hijos, toman entre sus manos adultas el libro que un día escribieron sus padres, habremos ganado la batalla.

domingo, 16 de noviembre de 2008

BARCELÓ

Prefiero no pensar en las horas que me quedan por delante. Un vuelo transatlántico siempre me ha puesto nervioso, demasiado tiempo a bordo de un avión, aprisionado entre estos hierros, con la cabeza dándome vueltas, acaso por el efecto de la presión. Han pasado meses desde la ida y ahora tengo que volver a casa, a Mallorca, la isla en la que nací y en la que he pasado la mayor parte de mi larga vida. En la sucursal americana de la agencia de viajes con la que suelo trabajar me pidieron disculpas por perder parte de mi equipaje y ahora, en compensación, me han sacado un billete en business. Esto ha hecho aumentar mi nerviosismo, me siento extraño rodeado de esta gente con la que no compartiría ni un café en el bar de mi barrio. Creo que la azafata se ha dado cuenta de mi incomodidad y me regala una sonrisa que logra tranquilizarme. Tengo un amigo que dice que lo mejor para el mareo es el alcohol. Así que levanto tímidamente la mano hasta que mi ángel de la guarda se fija en mí y me alquila por unos segundos sus hermosos labios. Le pido un ron, sin hielo, doble a ser posible, lo vi en una película. No tengo preferencia por ninguna marca. Después de dos tragos me siento mejor. No logro concentrarme en la pantalla de plasma, prefiero no mirar por la ventanilla, de modo que comienzo a hojear el periódico,que sin yo pedirlo, me dejaron hace un rato. Hablan del G20, de las bolsas, de partidos congresuales, de deportes que no me interesan, de un concierto del James Carter Quintet en el festival de jazz de Zaragoza. Eso sí me habría gustado verlo. Tuve la suerte de asistir a una sesión inolvidable no hace muchos años. Ese negro sopla cualquier instrumento de viento como el mismísimo diablo. Y de mi paisano Barceló, el tercero en esta noche, como la agencia y la bebida que me empieza a aletargar. Parece que se ha metido en un lío. Un montón de meses de trabajo para terminar en la portada de algún diario sensacionalista acusado de derrochador, farsante o alguna cosa peor. Ahora agradezco el confortable sillón, me reclino y cierro los ojos, no sin antes notar, que mi hada buena me ha tapado con una mantita que huele a perfume de señora. Ya queda menos para llegar a casa.



En la cálida mañana de un febrero balear Miquel duda entre poner una bomba en el Gobierno Civil o marchar a casa a pintar algo en el lienzo. Su madre ha intentado que se interese por el arte, por que siga su ejemplo de pintora de paisajes, por que se aleje de esos amigos que no le gustan nada, por que pise un poquito con los pies en el suelo. Miquel piensa que ya habrá tiempo de lo del Gobierno y que su madre se alegrará de verle por allí.

Estoy dentro de una caja negra con un cristal y un pez. Parece una radio, una partitura absurda que huele mal. El mar. Siempre el mar. Si Georgina me dijera que sí, se lo regalaría a ella.

Vámonos a París, cariño, ya verás cómo te gusta. Y es la Vanguardia y los maestros. Poco a poco se va olvidando de las bombas y se centra en la península, lejos de casa, con gente que siente como él y brinda porque al fin Franco se murió. Tengo que leer mucho, aprender, saber qué nos trajo aquí y dónde podemos ir.

Y en el principio de los tiempos fue la Geometría. Herramientas de un escolar, pinturas de madera, escuadra y cartabón. Algún día alguien pagará por colgar esto en su salón .Ponme una cuadrícula y una piedra. Que parezca la luna. Me siento encorsetado en esta hoja, me gustaba más la caja, aunque oliera a rayos, a plátano y verduras podridas. Ójala se oxide y parezca un barco hundido en medio del desierto. No olvidará el día que conoció a Miró, impensable que aquel abuelete hubiera hecho todo aquello.

Si te dijeran que parece que has escupido en el lienzo, que has vomitado sangre entre tenedores prehistóricos, tú qué dirías.Con puntitos exploraremos la gama cromática, la madre loba que amamanta a dos borrachos. Al fin y al cabo, no está mal dibujar figuras con ojos picassianos. Podemos tomar café entre una mota roja y una mancha anaranjada. Esto ya se va pareciendo a una sinfonía. Y no son ni las tres. Van todos desnudos, prepárales una sopa y que venga el perro también.

Cada vez pinta más, cada vez duerme menos. La pintura ya no sale ni con aguarrás. Hay días que cree que el olor se puede pintar, que el olor se puede comer. La cerveza me sabe rara. Sabe que debe buscar un sitio nuevo, un almacén medieval para buscar la rima del tiempo, para encontrar el fresco y la imprimación, para saltar desde la azotea y despertar justo antes de tocar el suelo. La perspectiva es imposible y el equilibrio animal. Me gustaría despegarme de este grumo que casi me atraganta la memoria. Nenúfares, juncos y sombras. Algo de clasicismo. El desierto, por fin.

Le gusta Mali, le recuerda a la infancia, las calles sin asfaltar, sin televisión ni ruidos que rompen la sordera. Ha llegado allí sin nada que ofrecer, el crucifijo se quedó en el avión, y tampoco viene a llevarse nada. Un hombre blanco que ha decidido ser uno más, confundirse con la tierra y las túnicas que ya no le asustan. El infinito debe ser así. Y el universo. De constelación en constelación y meto en tu agujero toda la leche que me sobra. Un paisaje lunar, puede que abisal, dentro de la cueva entre estos gujarros que un día seran moluscos y dentro de un cuarto de hora mamuts. El ártico y el antártico con sus círculos que bien serían plazas de toros. Es hermoso visto desde arriba, una caracola infinita, una grieta que se abre en la oscuridad de la tarde insolada. Otra vez huele a carne. Y a sangre. Cuando llegue el frío me marcharé a África. San Juan de la Cruz montaba en bicicleta y comía calamares mientras naufragaban las barquitas de los negritos. Otra gota en el mar. Si vas a crucificarme, que sea comiendo una zanahoria o jugando al futbolín.

Caras, tomates, una hija, exponer, exponer, viajar, exponer. Enterrar a los amigos. Los peces viajarán en una tormenta, son las nubes sobre el mar , sobre este mar y sobre el tuyo. Congelar un instante y envolvértelo para regalo. Si sigues así llegarás a la universidad y darás clase a tus hijos. Cuidado con el amarillo, ayer comí un trocito y me pareció algo aturdido.




Me despierto y tengo frío a pesar de la manta perfumada. Me duele la cabeza y noto un vacío en el estómago. El reloj me confirma lo que mi corazón me había avisado: Ya estamos llegando. Meo en un retrete de categoría y me aguanto las ganas de cagar. Será la emoción o que no termino de acostumbrarme a los lujos de la primera división. Era de día y ahora es de noche o al revés. Busco a la azafata y no la encuentro. Se habrá apeado hace un rato. Me animo a mirar por la ventanilla y veo que el vuelo continúa. La línea de la costa, el azul, el naranja, la vida allá abajo despreocupada de mi existencia. La Catedral de Palma parece levitar, chorrea peces y calaveras en la capilla de San Pedro. Tendré que pasar un día. A lo mejor rezo y todo. Jesusito de mi vida. Pongo recto el respaldo, me abrocho el cinturón, contengo las ganas de preguntar por ti y vomito en la bolsita. Odio viajar en avión. Me estás esperando al otro lado del cristal, asombrado de verme sin maletas. Te escribo en una hojita del cuaderno rayado que estoy en tránsito. Que tengo que enlazar con un vuelo a Ginebra.

domingo, 9 de noviembre de 2008

EL FILO DEL MARXISMO


TESIS

El día que le dijeron que estaba despedido, pensó que su vida comenzaba a acabarse.Carlos Marzo llevaba trabajando casi veinticinco años en aquella empresa de recambios para el automóvil. Ahora, casi con cuarenta y cinco, mujer y dos hijas adolescentes a su cargo, se encontraba en la calle y con escasas perspectivas de enganchar en otro sitio. La mano derecha del dueño le llamó al despacho. Le explicó que ya sabía que la situación económica era mala, que cada día se vendía menos, que el orden financiero internacional pasaba por un momento de clara depresión y no sé qué cosas más acerca de la coyuntura macro y eso. Le agradecían los servicios prestados pero la empresa debía buscar liquidez y había que hacer algun sacrificio. A Isaac, esta vez, no le iba a salvar el cuello ningún Jehová omnipresente. Amén.

Durante un tiempo Carlos aguantó con los ahorros y el escaso paro. Buscó alguna ocupación pero siempre se encontró con las mismas palabras de crisis, burbuja, desmoronamiento y otras parecidas de las que hablaban televisiones, radios y periódicos. Con la estima cada vez más baja, las relaciones de pareja rotas y unas hijas que le veían como un bulto en un sillón, empezó a deshincharse. Se refugió en la bebida, empezó a jugar para poner parches, el carácter se le avinagró y la barba de tres días empezó a sepultarlo. Un día se quedó sin familia y sin hogar. Una demanda de separación le arrojaba a la calle, a un banco en el parque, con otros excluídos que le miraban con recelo. El vino le ayudaba a calentar el estómago y a olvidar su mala suerte. Hasta que un día un colega le ofreció un cigarrillo de césped que le llevó a otro lugar.

No recordaba cómo había llegado hasta aquí. Su casa, su familia y su trabajo se le enredaban en la memoria. Menos mal que siempre había alguien cerca que le pasaba algo para enterrar los recuerdos. Bebió licores de alta graduación, coroneles soviéticos, fumo plata quemada y se pinchó fuego en lugares inimaginables. Vomitó y durmió entre meadas, esquivando los restos del hundimiento. Tuvo que robar, engañar, vender lo poco que tenía. En pocos meses ya parecía un anciano, una cosa venida de cualquier sitio para el horror de las señoras de misa de doce. Problemas con la policía, problemas con los camellos, problemas con otros adictos, problemas, problemas. Problemas. Con un solo diente, la piel aplastada en los pómulos y vidrio en los ojos, parecía un fantasma seseante, siempre buscando pasar un día más, sin fuerzas para terminar. Casi le partieron la cabeza el día que tuvo que defender sus propiedades, una bolsa con un chandal y unos trozos de chatarra. Te la chupo por veinte euros.Dame diez y hazme lo que quieras.

ANTÍTESIS

¿Qué tal, Moncho? ¿Cómo te fue el día? - El deportivo en el garaje. Las luces del jardín encendidas. Las muchachas ocupándose de los hijos. Dos besos al aire con olor a Chanel y aburrimiento - Como siempre, Cuca, como siempre. Hoy me llegó un soplo desde Dubai, compré dos millones de Intecs y luego dejé desplomar la bolsa. Mariano estaba contento, dice que desde que llegué la firma va viento en popa, que nunca vio a nadie con tanto olfato para los negocios. Y tú, cari, ¿Qué tal? - Se afloja el nudo de la corbata, mira hacia el salón en busca del mueble-bar. En el revistero se amontonan los periódicos color salmón. Baja las luces del recibidor y deja la cartera encima del mármol que se desborda.- Estuve de compras con éstas, Marian y las demás, las de Pereda, ya sabes. ¿Te acuerdas de aquel abrigo que me chiflaba? Carísimo. Mañana me lo traen. También me acordé de ti, no protestes, bobo. Llevo puestas unas braguitas... que casi parezco una puta. Me he hecho las ingles. ¿Le digo a Milene que te prepare el baño? - Unos ojos se posan en la entrepierna, a casa viene uno desfogado, si no el estrés acaba contigo. Tendrá que buscar una excusa.No le apetece otra ración de sexo descafeinado. - Hay días que tengo mala conciencia. Otras dos empresas hundidas, decenas, cientos de obrerillos a la calle, con sus montones de hijos llenos de mocos. Las finanzas son así, no entienden de sentimientos. Y es que pagar tus caprichos me va a arruinar, Cuca. Si sigues así, me tendré que poner a trabajar. - Un mohín en la boca, una expresión estúpida. Malo. Malísimo. Contonea las caderas ante el despiste del hombre de negocios. - No me vengas ahora con problemas de conciencia, Monchito. Deja unos billetes en el cepillo de Santa Rosa y a correr. ¿Le digo a las chicas que vayan acostando a los niños? Y que ellas también pueden retirarse. - Un guiño pretende ser provocador. La lengua por los labios le revuelve las tripas. Un día le tendrá que cruzar la cara. Un tirito y Dom Pérignon. Si no, no hay quien aguante. - Se me olvidaba una cosa, me acerco un momento al centro y antes de que digas stock-option, estoy contigo.


SÍNTESIS

ASESINADO RAMON AZNAR DIAZ DE MARTINETE.

El famoso directivo de Renting for the people, inversor del año para Wall Street Journal, muere en extrañas circunstancias en las inmediaciones de un lujoso centro comercial.

Federico Carrillo. Madrid. 09/11/2008

Ramón Aznar murió en la madrugada pasada en el aparcamiento del centro comercial Xenon, víctima de un asalto todavía no aclarado. Al parecer, el conocido broker se había acercado a las Galerías Xenon para realizar unas compras de última hora cuando se vio sorprendido por uno o varios individuos que le asaltaron por motivos desconocidos. La policía baraja como hipótesis de trabajo el robo, el intento de secuestro o un ajuste de cuentas por alguna de las bandas del narcotráfico con las que se le relacionaba últimamente. Lo que en principio parecía un vulgar atraco con resultado de muerte, está casi descartado al reconocer las fuentes de la investigación, que el finado no había sido despojado ni de cartera, ni de reloj, ni otras alhajas.

El móvil del secuestro es la opción más barajada por la brigada antihomicidios. Parece ser que había recibido amenazas en las últimas fechas y que por esta causa, su familia era vigilada por una empresa de seguridad. No obstante, este periódico está en condiciones de afirmar que Aznar ha sido asesinado por un drogadicto. Un testigo presencial nos ha contado que vio todo lo que sucedió desde el lugar donde estaba haciendo un "trabajito" para un cliente. "Me levanté poque oí voces. Vi a un hombre bastante mayor como pedía algo de ayuda a un tipo muy elegante. Éste se negó de muy malos modos y le dijo que o dejaba de molestarle o llamaba a la policía". Nuestro confidente nos ha indicado asimismo que su cliente salió rápidamente del lugar de los hechos. "La gente no quiere problemas. Bastante tiene cada uno con lo suyo". Por lo visto la discusión subió de tono y Aznar intentó zafarse de su interlocutor golpeándole con la bolsa que sacaba del centro comercial. "El otro se la quitó de un manotazo y la tiró al suelo. Se oyó el ruido de una botella que se rompe y antes de que me diera cuenta, el yonki le arreó con ella un tajo en la garganta. Ahí se desangró como un cerdo. Tenías que haberle oído chillar". La policía ha confirmado que el arma homicida fue una botella de una conocida marca de champán y que no dispone de ninguna pista para localizar al agresor. "Salí pitando de allí, tío, a ver si me iba encima a comer el marrón. Ya no vi nada más. Nadie hubiera podido ayudarle". Según nuestra fuente, el asesino podría tratarse de un tipo que últimamente merodeaba por allí, conocido como El Abuelo Charlie, en pleno síndrome de abstinencia. Lo que sigue siendo un misterio es qué hacía el señor Aznar con el sexo asomando por la bragueta.

sábado, 1 de noviembre de 2008

LA SUERTE DEL CAMPOSANTO


Todos los días va al cementerio, desde que él murió no ha faltado ni uno solo. Haga frío o calor, tenga que trabajar o esté disfrutando de su día de descanso semanal, se encuentre bien o le duela todo el cuerpo a causa de la enfermedad que un día a ella, también la matará.

Le gusta ir al mediodía, un poco antes, un poco después o en lugar de la comida. Saluda con naturalidad al guarda de la puerta y atraviesa la desvencijada cancela que da paso al camposanto. Una viejecita arregla unas flores, otra de negro riguroso busca cincuenta céntimos entre los pañuelos de su monedero para coger una escalera, para liberarla del candado con el que atan los carros en el supermercado del barrio, para jugarse el tipo y subir al quinto piso de la hilera de nichos y adecentar un poco la lápida de su hermana, muerta ya hace demasiado tiempo, llena de polvo y comido el color por el salitre del mar. Hoy se ha llevado un bocadiillo para comérselo en cuanto cambie el agua a los claveles, adormecida por el calor del sol de junio, arrullada por el sonido del mar que pareciera querer entrar entre los muros del lugar para refrescar a los muertos y dar alegría a los pocos vivos que se asoman por allí.

Es siempre lo mismo. Saca el paño que compró en una zapatería, le echa un poquito de jabón que lleva en un bote de leche en polvo, restriega con fuerza sobre las letras del nombre que un día pronunció con tanto amor, sobre las fechas de un nacimiento y una muerte temprana, después de besar el Corazón de Jesús, santiguarse y acariciar el mármol gris. Si está de buen humor, le canta un poquito, por Camarón, como a él le gustaba. Y no lo hace mal. Le cuenta a las vecinas del patio que ella tiene mucho arte y que si no hubiera sido por su mala suerte y la envidia de algunos, habría llegado lejos en el mundo del flamenco. Canta con sentimiento, con las tripas, a veces bajito, como si quisiera dormirlo, a veces desgarrando el silencio, a ver si te despiertas de una vez, que como broma ya me está empezando a dejar de hacer gracia. En otras ocasiones no tiene ganas de cantar, últimamente cada vez son más las tardes que se le quiebra la voz nada más arrancarse, nada más que se acuerda de la pena negra y de lo triste que se ha quedado.

Hay algunos que no cantan tan bien, pero en este sitio se les perdona a todos. Hay dos pájaros que se han llegado hasta San Fernando, vienen desde Málaga, a presentar sus respetos a José Monge, a tocar el pie de la estatua que colocaron sobre su tumba y en la que si cierras un poquito los ojos, si das dos pasos hacia la izquierda, parece que el Maestro empieza a afinar la voz, buscando el tono justo, palmeando quedamente para que entre el bordón por derecho y de verdad. Aquí están estos dos, si no fuera porque les da vergüenza se secarían los mocos con la manga de la cazadora vaquera que ya no se quitan ni en verano, no vaya a ser que hoy no pillen algo bueno y les entre la tiritona que les ahoga las venas y les hace apretar el cinturón. Cantan mal, muy mal. Será por la falta de algún diente, por la mala memoria, por la emoción. Emborronan dos versos y se callan solemnes. Yo no me sepo más, cagón Dios. La hermana de José Monge, Camarón, se sonríe levemente, tendría miedo de aquellos dos en cualquier otro sitio pero allí no, mucho menos si supieran quién es ella y la llenaran de besos y le dijeran lo que admiraban al más grande, la de veces que han cantado sus canciones hasta enronquecer, hasta que la lengua no les daba para más. Adiós,señora, que usted lo pase bien. Perdone que no le hayamos traído ni una flor, es que no tenemos un buen día. No os preocupéis, él os lo agradece igual. Tened cuidado, no piséis el barro. Acabo de echar un cubo de agua, para refrescar el ambiente, no mucho, eso sí, que era una miajita friolero. Con Dios.

Cerca de allí, devorado el bocadillo, ya ha recogido el bote de leche, ya ha limpiado con el pincelito los huecos de las letras, ya ha sacado brillo al crucifijo deshabitado y ordenado las flores rojas que da gusto verlas, rosas para un día de cumpleaños, para un día menos hasta la muerte. Hasta mañana, cariño, que descanses, mi bien. Las piernas le flojean y con cuidado sortea el camino que le conduce hasta la puerta, saluda con la cabeza a un caballero que lee el periódico sentado en un banco. Él levanta su gorra de marinero y con un gesto antiguo, le desea buenas tardes. Al otro lado de la puerta, Miguelito vocea que tiene el gordo para hoy mientras piensa que ójala venga algún autobús de turistas y le compren todos los putos cupones, que ya no siente ni los pies.

jueves, 30 de octubre de 2008

RUTINARIO


El comienzo del día en casa de los Guillén era una sucesión de rutinas. A las 6.40 se encendía la radio despertador. La voz familiar del locutor les hablaba entre sueños de cosas difíciles de comprender. Revueltas en países desconocidos, índices económicos extraños y anuncios de cosas no solicitadas. Bastaba acercar el dedo al botoncito y todo quedaba en calma durante diez minutos más. Con la nueva algarabía de gente extrañamente activa a esas horas y las músicas de los comerciales comprimidos, Ricardo empujaba la cubierta o lo que tocara según la época del año, y ponía los pies en el suelo buscando las zapatillas. Elisa, su mujer, se daba la vuelta y todavía arrugaba las sábanas por otro diez minutos más.

A partir de ahí, los movimientos, los sonidos y el tiempo, volvían a interpretar una función bien conocida que se representaba todas las mañanas que duraba el curso escolar.Un rápido desayuno, de pie él, sentado ella, visitas al baño, abrir y cerrar puertas, ventanas y cajones, levantamiento de persianas, palabras cariñosas para conseguir traer a este lado a sus somnolientos hijos. Mamá se viste primero, se maquilla mientras papá prepara el desayuno de Guille y Lucía. Las camas se hacen por turnos y la televisión emite imágenes de niños japoneses. Adiós, cariño. Dadme un beso, chicos. Y Ricardo que se asoma a la puerta para ver cómo su mujer baja las escaleras con esa forma de caminar que le hace desearla con todas sus fuerzas, esperar que la noche llegue pronto y si hay suerte, que ella le cuente cosas al oído.

Vamos, poneos el uniforme que no llegamos. Y sabes que no puedes ir con la camiseta del Zaragoza, no insistas. Ricardo comienza a relajarse. La dura tarea diaria de salir a la vida parece que, hoy también, va a ser culminada con éxito. Se mira en el espejo de la entrada y nota que todo va casi bien. Su momento preferido es cuando recoge las pequeñas zapatillas rojas de andar por casa de los chicos, abre el cajón que sirve de zapatero y las desposita suavemente encima de las cajas allí guardadas. Cuando lo cierra, comprueba que todo es como debe ser y que en unas horas volverán a descansar, libres de colegios y trabajos. Lástima que el ojo le molesta más de lo que podría imaginarse.

Lleva unos días con una extraña sensación en el izquierdo, como si algo se le hubiera metido en él, una mota de polvo, un trocito de no sé qué. Se siente así desde la semana pasada, el martes de temporal que le hizo andar con dificultad por las calles. Por la noche le quedó una sensación de irritación pero no le dio mayor importancia.El viento es lo peor que hay. El paso del tiempo no hizo sino empeorar los síntomas y las molestias. Los párpados enrojecían y el globo ocular lagrimeaba algo parecido a un líquido viscoso. Elisa le dijo que se pasara por el médico a que le echara un vistazo, que aquello no tenía buena pinta. Ricardo le prometió que sí, a pesar de que sabía que como mucho se acercaría a la farmacia a por un colirio. No le podemos expender ningún medicamento sin receta, señor. Lo sentimos mucho. Debería acudir al médico. Sí, eso es lo que haré, mintió de nuevo.

Esta mañana se encuentra mal, le molesta el ojo y más aún, la cabeza.No tiene ganas de llevar a los niños al colegio y pide a su vecina que les acompañe. Gracias. Sí, ya sé, deberían echarme un vistazo al ojo. Antes de llamar al trabajo para decir que llegaría un poco más tarde, puso perdido el espejo del baño, salpicado por montones de gotas de agua con las que quería aliviar el creciente escozor. Decidió tomarse una pastilla y tumbarse un ratito sobre la cama para ver si el dolor remitía y por fin se decidía a pedir cita con el especialista.

Entonces pensó, puede que lo soñara, que unos ganchos de carnicero le hurgaban en la cuenca de los ojos, rechinando contra el hueso orbital, produciendo un estrépito similar al de los frenos de un tren. Caía por una espiral y la córnea se le iba quedando atrás, teniendo que recogerla, limpiarla con un pañuelo sucio e intentar colocarla en su sitio. Alfileres candentes le atravesaban la mirada y se le clavaban en la nuca, retorciéndose de dolor, llorando sangre y verde. La cabeza le estallaba y un ruido insoportable se paseaba entre sus orejas. Gritó.

Algo le estaba mordiendo el ojo y resbalaba por sus lagrimales. Desde dentro le empujaban y estaba a punto de explotar. La mano volvió del ojo al que instintivamente había acudido a ayudar y el otro le confirmó que lo que veía no era un sueño.Los sueños no duelen hasta morir. Decenas de diminutas larvas, de gusanos blanquecinos con las boquitas ensangrentadas, coleteaban en la palma de su mano, puede que enfadados por la interrupción. Aguantando las arcadas llegó hasta el cuarto de baño y la contemplación de aquella masa sanguinolenta y purulenta en la que se había convertido su ojo, le provocó un vómito viscoso en el que se tropezó mientras intentaba acertar con la taza del inodoro. Volvió a gritar corrompido por el asco y el dolor, provocando que una nueva masa de gusanitos voraces saliera despedida a seguir el festín a través de sus fosas nasales.

A tientas salió al pasillo, intentando gritar, atragantado por aquella masa de vísceras,mocos y sangre que le anudaban la garganta. Resbaló en su propio horror y se rompió la cabeza con la mesita de mármol del recibidor. Cuando Elisa llegó a casa al mediodía y vio que un charco de sangre se colaba por debajo de la puerta de entrada, supo que algo no iba bien.

miércoles, 29 de octubre de 2008

EL PARAGUAS NEGRO




Pocas imágenes hay tan desoladoras como la de un paraguas negro, roto, abandonado en la vereda de una calle, mojado entre las hojas marrones de los árboles otoñales, bajo la inesperada tormenta, en la absurda compañía de un periódico grumoso, con la varillas desvencijadas y la tela rasgada, trasto inútil derrotado por el enemigo al que debió resistir.


No cuesta mucho imaginarlo de la mano de una joven, hace no mucho tiempo, unas horas, unos minutos. El viento le agarra por debajo, le levanta las faldas, lo vuelve del revés estirándolo con rabia. Su dueña, mejor diríamos su poseedora, pocas cosas tan ajenas como un paraguas un día traicionero de lluvia, lucha por devolverle su utilidad, su dignidad. Beatriz, como nombre para un día así no está mal, se queda bajo el agua en un momento. El paraguas negro murió.


Casi puedo verla desvalida en medio del caos que se forma en la ciudad en estas tardes grises. El pelo aplastado en la cara, está como una sopa, como si se hubiera metido de cabeza en una olla de caldo. Las orejas le quedan al aire entre los cabellos apelmazados. El maquillaje se deshace sin mucho interés y se aleja del lugar de los hechos.Demasiado tarde para buscar un refugio. Ha llegado al punto de no retorno, ya no le importa mojarse y si no fuera por esa gota helada que se cuela entre su cuello y su blusa, por esa insoportable gota que se desliza por su espalda, casi estaría bien. Una sonrisa la estremece cuando la nota estallar en el cierre del sostén que hace un rato, Jaime desabrochaba con impaciencia.


Ahora recuerda que pensaba que con él sería distinto y por eso no se negó demasiado cuando le propuso que subiera a su casa, ahora que no estaban sus padres. Justo en el lugar en el que acababa de suicidarse aquella estúpida gota, el chico le marcó con el sudor de sus manos, entre el segundo y el tercer piso, dentro del renqueante ascensor. Hechos una bola, rodaron por el pasillo hasta llegar a la alfombra del dormitorio de matrimonio. Se desnudaron deprisa, mezcla de vergüenza, miedo y nervios. Un te quiero jadeado atravesó la oreja perforada de la chica. Un certero mordisco en el cuello respondía que ella también. Cuando la volteó en la cama y la cubrió con energía, ella vio la fotografía de la mesilla de noche y se deshizo del cazador de la mejor manera que pudo.


Las palabras con interrogaciones se iban quedando cada vez más atrás, resonando en la interrumpida suite nupcial, deslizándose por el pasillo que Beatriz atravesaba corriendo deseperadamente. Por la ventana de la cocina descubrió la lluvia y en un acto reflejo, arrancó del paragüero al pobre negrito que acababa de condenar a muerte. La voz de Jaime la perseguía por el hueco de la escalera mientras ella sólo pensaba en huir y apagaba el móvil, aliviada, al salir a la calle.


Y aquí está, en mitad de la tarde, confundida con la lluvia, ensimismada en sus pensamientos que vagan sin rumbo al igual que ella... chassssssss. "Me cago en tus muertos, cabrón, mira por dónde vas", acertó a decir convertida en un charco de lágrimas.

lunes, 13 de octubre de 2008

LA ECUACIÓN DE LAS LENTEJAS


La cocina de palacio hierve desde primera hora de la mañana. Los mejores en su especialidad, los artistas de los vegetales y el pan, de las setas y los pescados, de los postres y la chocolatería, alquimistas, científicos, gastrónomos y restauradores del mundo entero, han unido su talento para preparar el mayor banquete de la Historia.

Todos visten de negro, están serios, con delantales y gorritos que darían risa. Preparan sus manos entre acero inoxidable, oliendo a madera, a bodega, viendo el bosque más allá de la cristalera, el mar a los pies del acantilado. Temprano recogieron la materia prima, hongos y frutos silvestres, hortalizas de colores, peces plateados, algún incauto animal de granja. Decoraron las mesas con composiciones florales silvestres, con ramitas y humildes tallos que asesinaron con mimo en el jardín cercano. Esperan una señal, un movimiento de cabeza como presagio de que todo saldrá bien. El director de la orquesta se ha subido al pedestal, anota aquí y allá, sigue la sinfonía mental que escucha entre sus oídos y espera poder trasladar a la tropa remangada.

Las ollas borbotean, las sartenes chisporrotean, los hornos humean. Gentes van y vienen sin rozarse, sin mirarse, en un ballet extravagante en blanco y negro. Hojas de afilados cuchillos trocean hasta la invisibilidad las materias que servirán de acompañamiento. El puchero convive con el ordenador y el microscopio. Se cuentan tiempos de cocción, se examinan estrucuras moleculares, Einstein probando la sopa, mirando como pasa del estado sólido al gaseoso sin reposar en el líquido.

Cosas que no son como son. Quieren engañar a la vista y al gusto, disfrazar los alimentos en un carnaval efímero, un número circense presto a caer en el olvido.Han sido años de trabajo, de camino para llegar aquí, hasta el nitrógeno congelado y los sorbetes de algodón. Vuelta y vuelta, humo, sudor retenido en el reino de la pulcra vanguardia.Nadie habla, sólo se oye el siseo de las herramientas, el roce de los pasos sobre el mármol.

Pinzas colocan los ingredientes en los platos, precisión de un relojero, de un desactivador de bombas. El bisturí y la palita de plata para construir una arquitectura vitamínica. Cada elemento en su lugar exacto, formando un cuadro impresionista que gana desde lejos. Espolvoreado, crujiente, envolvente. Harina seleccionada con el justo punto de levadura y el horneado perfecto. Hay olores y crepitaciones que no se olvidan jamás. Un laberinto flotante se eleva sobre sus cabezas. Es la hora.

El jefe de camareros aprieta el botón que le concederá permiso para abrir las puertas del paraíso. Guantes sostienen platas al final de unos brazos pegados al cuerpo. Las pajaritas tiemblan de emoción mientras el director autoriza que comience el desfile, con su lánguida mano bañada en lágrimas.

domingo, 12 de octubre de 2008

VIVA LAS FIESTAS DEL PILAR


Llevaba varios días dándole largas pero llegó un momento en el que ya no pudo más. El asedio a su paciencia había sido tan prolongado que al final las murallas de su particular Jericó, se derrumbaron. Y no hizo falta ninguna corte celestial tocando pífanos y trompetas. La voz del niño taladrándole tímpanos y cerebro, fue suficiente. Vale, te lo compro pero cállate. Y allá que se dirigió a las dos gitanitas, más bien gitanotas, que desparramaban sus carnes morenas en el centro del parque infantil, agarradas a sendos manojos de globos de colores. Nada más que se apercibieron de la proximidad de la presa y de sus ojillos derrotados que acompañaban a la sonrisa suficiente de un enano de poco más de un metro, se lanzaron a la yugular queriendo terminar pronto con aquello. Dime, salao, ¿de qué quieres el globito? De Spiderman. Las dos piezas moreno-verdosas alzaron sus ojillos codiciosos a las alturas, más allá de sus manazas agarrotadas por las horas de sujeción de la volátil mercancía, intentando divisar al muñeco blaugrana para poder cerrar el trato. Lo tengo, lo tengo, yo sí lo tengo... bramó la afortunada mientras acodaba a su compadre que bajaba la vista ante la inmediata derrota. ¿Y no te da igual el rayomarquín? El chavalín es de fuertes convicciones y se reafirma orgulloso en que quiere el arácnido. Tras anudar el cordelito alrededor de la muñeca del infante, extender la indescriptible palma y solicitar los euros de rigor, despareció de allí todo lo rápido que sus piernas y la imposible falda le permitían. ¿Estás contento? Sí.


Lástima que lo humano es efímero, la vida pasa sin desmayo y a los cuatro años, ni te cuento. Poco duró la alegría. Los ojillos del aprendiz de hombre se posaron en una especie de carpa que rezaba "Títeres de cachiporra" y pese a que tal declaración pasó inadvertida al iletrado párvulo, le faltó tiempo para decir que quería ver las marionetas. El mayor, poco diestro en las técnicas de negociación, no tuvo capacidad de reacción para negarse y antes de darse cuenta, estaba haciendo la cola, arrastrado por el querubín, para entrar en el espectáculo. Tenía la sensación de que la gente le miraba con pena, pelele desmadejado en manos de un dictadorcillo de ciento cinco centímetros. Sintió cierto alivio al verse comprendido en las miradas recíprocas de otros padres que pasaban por similar trance. Eso sí, sin globito relleno de helio o lo que demonios le pongan para causar el terror entre los adultos que deben vigilar alternativamente a niño y globo, a globo y niño, a niño y... ¿Dónde está el globito, cariño? Un escalofrío le recorrió la médula espinal ante la mera posibilidad. Así que terminó con el hombre araña de una mano y de la otra con un Peter Parker encogido. Antes de que poblaran el escenario Terriplín y Coscolón, con sus ridículas manoplas y sus desmesuradas cabezas para la algarabía de los pequeños del lugar, pasó unos momentos de apuro intentando acomodar el enorme globo para que no molestara la visión de sus compañeros de espectáculo. No le importa bajar el globito, ¿verdad?. Al borde de una apoplejía, de una sordera en el oído derecho y del delirium tremens, dando gracias a todos los santos escuchó la voz de pito del fantoche despidiéndose de sus amiguitos, hasta el año que viene. Alabado sea Dios.


El camino a casa fue de los que no se olvidan. Además de los adminículos ya sabidos, acompañó su camino del calvario con una docena de churros, una arañita (qué fijación la de este niño con los bichitos) peluda que saltaba si apretabas una pelotita, una espada de pirata y un sombrero de torero hecho con papel charol y guirnaldas carmesíes. Parecía que el Universo se había confabulado en su contra para ir cargándole de lastres a la vez que le vaciaba el bolsillo. Abrió la puerta de abajo de un puntapié y al fin pudo soltar al pobre Spiderman, que haciendo honor a su nombre, fue a pegarse al bajo techo de la entrada a su edificio. No pudo reprimir una sonrisa cargada de maldad viendo al medio hombre que saltaba, una y otra vez, para agarrar el hilito y devolver a tierra a su cómplice. Un vecino compasivo que presenció la escena, salió en ayuda del chiquilín a la vez que miraba de reojo al descastado padre que se encogía de hombros. Ya en casa, repitió la escena y dejó definitivamente, allá en las alturas, junto a la lámpara del salón, al desgraciado superhéroe. El infante se olvidó de él cuando le llamaron para cenar, previo lavado de manos. ¿Lo habéis pasado bien?


Con la casa en calma, en silencio, a oscuras, no pudo evitar una sonrisa imaginando la escena repetida en tantos hogares zaragozanos. La de globos hélicos con las más diversas formas, tamaños y colores que andarían a esas horas por los techos, en el mejor de los casos, si no andaban surcando los cielos en busca de una nube en la que poder descansar huyendo de la asesina presión atmosférica. Cuando volvía de la cocina, tijera en mano, pensó en el madrugón silencioso del día siguiente, antes de que la casa despertara en su ausencia y un grito infantil desgarrara la mañana.

sábado, 4 de octubre de 2008

NACIÓN

Yo no soy nacionalista.

Ni de España, ni de Aragón, ni siquiera de la Comarca del Aranda, origen de mis antepasados. Si acaso podría serlo del Barrio Oliver. Allí nací y me crié. Allí pasé mi infancia, ya sabéis, la verdadera Patria del hombre.

Esta mañana mi hijo me preguntó acerca de la Puerta del Carmen. De Palafox y Agustina. A duras penas, atragantado por la emoción, le he podido contar un poco sobre la Guerra de la Independencia, de los franceses, de 1808, del valor de un pueblo, mientras me miraba en silencio, sorprendido. Y entonces lo he visto claro.

La Patria no está en el recuerdo de tus abuelos, en la memoria de los mayores, como yo pensaba.

Aragón está en el fondo de los ojos de mi hijo. En el fondo de los ojos de todos y cada uno de nuestros hijos.

VIVA ARAGÓN.

martes, 23 de septiembre de 2008

Y ARTURO COGIÓ SU CALCULADORA


Arturo abrió el cajón de su mesa de trabajo y se encontró la calculadora encendida. Pensó que algún objeto de los que guardaba junto al ingenio japonés, accidentalmente había presionado la tecla del ON y había puesto a funcionar la maquinaria contable. Lo que no terminaba de comprender era la naturaleza de los extraños signos que se reflejaban en la pantalla líquida. Rayas horizontales, verticales, puntos, asteriscos, números mutilados, configuraban un paisaje difícil de interpretar, bien lejos de las habituales cifras árabes resultantes de una simple operación aritmética o de algún complejo cálculo científico que otras manos más experimentadas que las suyas, hubieran podido arrancar del sonriente aparato negro.


Tocó la tecla OFF para devolver las cosas a su lugar y hacer que de la negrura brotara, de nuevo, el ordenado cero. No consiguió su objetivo en el primer intento y tuvo que utilizar el índice derecho en varias ocasiones. Al fin, las cosas volvieron a su cauce. Las pilas debían estar agotándose, no recordaba haberlas cambiado en los años que llevaba trabajando con aquel aparato. Así que pidió al compañero que le guardaba las espaldas en la inmensidad de la oficina bancaria, que le consiguiera unas de repuesto para poder seguir calculando intereses y mortificando a los sufridos clientes de préstamos e hipotecas.


La burocracia es compleja y los resortes de la logística de una entidad financiera, todavía más. Aquellas pilas, al final sólo le enviaron una después de cotejar que aquel modelo en desuso nada más necesitaba una, tardaron varios días, los que dura el viaje desde la Central hasta la sucursal de barrio en la que pasaba las horas. Entonces pudo devolver la calculadora que compartía con sus ofuscados compañeros y con una alegría que no supo interpretar, se dispuso a colocar el botón plateado en el lugar del viejo cobrizo que había fallecido en acto de servicio.


Pasaban los días y Arturo recuperó su buen humor entre capitalizaciones e intereses compuestos, siempre a mano su fiel calculadora que había recuperado su ancestral precisión. Hasta que un jueves cualquiera, sin avisar, como llegan todas las desgracias, la maquinita comenzó a parpadear. La luz roja oscilaba en el lado izquierdo y de nuevo los números estallaron en revolución. Heridos de guerra pasaban a saludar y ninguno se quedaba en la pantalla que bien pudiera ser la del cine de la esquina. Aquello volvía a ser ininteligible y Arturo se preocupó seriamente. No podía ser un problema de las pilas, de la pila botón en perfecto estado de revista, por lo que temió un problema grave en la salud de su inerte amiga.


Sus compañeros se rieron de él cuando éste les confesó sus cavilaciones en la pausa del café. Le recomendaron que se comprara otra, tecnología punta, el mundo de la calculadora había avanzado siglos en aquellos últimos años. Le dijeron que utilizara la del ordenador, que se descargara algún programa contable que automatizara los estadillos de cuentas.Que se olvidara de aquel asunto y dejara de dar la paliza. Mientras desmontaba por quinta vez en lo que iba de mañana, el armazón y las tripitas llenas de rayas telegráficas, su jefe le llamó al despacho. Habían recibido una queja de un importante cliente, escandalizado al comprobar que se le estaban cobrando unos intereses desorbitados, desproporcionados para el capital prestado. Tras muchas disculpas y reintegros, Arturo volvió a su puesto de trabajo advertido de que no iban a tolerar más errores de ese calibre, inadecuados para una entidad como la que le pagaba regularmente cada fin de mes.


Se sentó triste y avergonzado, mirando de reojo a la culpable de su desgracia, que terminó de malos modos en el fondo del cajón, sin la pila, extraviada entre el montón de papeles. Estaba decidido a acabar con aquella relación y a hacer caso a sus compañeros, sin duda más juiciosos que él. Pero al cabo de unos días los remordimientos le pudieron. Abrió con mimo, con la delicadeza de un novio en la noche de bodas, el cajón en el que había recluído a su amada. Allí la observó, esperando, expectante mientras le recibía con un hermoso 3.1416 en la brillante cara. Arturo la tomó entre sus manos, decidido a reanudar la relación, hasta que con un vuelco de su corazón, descubrió que estaba funcionando sin pila alguna. Aturdido intentó apagarla sin conseguirlo, viendo como los números volvían a desfilar sin control, sin sentido, paralelas y perpendiculares formando extraños dibujos ajenos a la lógica matemática. El miedo no le dejó ver que entre los papeles de la basura, se podía leer HOLA en la vieja pantalla de su querida calculadora.

domingo, 14 de septiembre de 2008

S (HOMENAJE A M)

Lo que viene a continuación es un relato inspirado en una canción de Ferreiro,el de ahí abajo, desciende tus bellos ojos y verás de quién te hablo. La canción se titula M y es tan hermosa, que duele. Si mis garabatos no te molan, perdón, pero lo que sería imperdonable es que no corrieras a buscar la canción entre las redes y a pescarla, de hoy para siempre.


Felipe pasaba gran parte de su tiempo libre viendo vídeos de música en el youtube. La paginita en cuestión había sido un gran descubrimiento, un modo de colmar sus necesidades sonoras y de alimentar su personal partitura. Se divertía rebuscando las imágenes que la gente colgaba y que previamente habían grabado en los conciertos de sus artistas favoritos. Era un modo de estar al día, un modo de recordar los viejos temas que le habían emocionado en el transcurso de sus muchos años de vida.

Una tarde, recién llegado del trabajo, la casa sola para él, encendió el ordenador como de costumbre y se cambió de ropa, como siempre. Llevaba todo el día pensando y tarareando una canción, una de ésas que periódica y recurrentemente le venían a la imaginación. Le apetecía escuchar M, del gran Iván Ferreiro. Casi conocía de memoria las distintas tomas que de la misma existían en la red, en el bienaventurado "tutubo". Tomas buenas, tomas malas, capturas inaudibles, fragmentos invisibles, incompletos, inacabados... Debía haber bastante gente que compartía su admiración por el gallego porque eran muy numerosas las canciones de éste que podían rastrearse en la web. Así que fue dándole a la flechita hasta que llegó a un fotograma que no reconocía. Añadido hacía un día. Pinchó en él.

Se trataba de una actuación en la Sala Apolo, en Madrid, de la primavera pasada. Lo primero que le gustó fue la calidad de la imagen, su nitidez y estaticidad; la cámara situada a pocos metros del escenario, ligeramente escorada hacia la izquierda. Desde allí se distinguía perfectamente al bueno de Iván y a su hermano Amaro, a la izquierda, a la guitarra. Tras unos pocos segundos, acallados los aplausos de la anterior canción, empieza M. La gente la reconoce en los primeros acordes y, como siempre, comienzan a cantarla. Le gustó que el karaoke no fuera multitudinario, que la voz del solista no quedara sepultada bajo los bienintencionados coros de los asistentes, con poca fortuna en la mayoría de los casos. Iván se arranca con la letra pero instantáneamente, Felipe solo puede escuchar la voz femenina, que en primer plano sonoro y perfectamente afinada, da el contrapunto al autor. La chica que ha grabado la actuación, Susan82 reza su nick, arriba y a la derecha, conoce palabra por palabra, letra por letra, silencio por silencio, la canción que sale por el altavoz de Felipe. Nada del otro mundo, por otra parte, cualquier fan que se precie tiene la obligación de hacerlo. Pero esta voz tiene algo especial. Gira el mando del volumen hacia la ventana y la voz femenina resplandece, brilla en perfecta armonía con la de Iván. Ni en uno de esos "duets" tan a la moda, sonarían mejor. Felipe concentra su atención. La canción siempre logra emocionarle, no comprende muy bien qué es lo que cuenta, quizás sea eso, son sentimientos en estado puro, suspendidos en el perchero de una tienda confortable, esperando a que entres y te los pongas encima, a que los hagas tuyos. Como hace Susan.

Fluye la melodía, fluye la letra abrazada a las dos voces, a las tres cuando Felipe no puede dejar de tararearla como tantas otras veces. Se acerca la parte final y Susan sigue ahí. Notas en su voz un ligero temblor que pudiéramos achacar a la falta de respiración, a las lágrimas que pugnan por deslizarse en sus cuerdas vocales, a quién sabe qué. A Felipe le sudan las manos, le parece que no va a poder soportarlo, le duele, le quema, le ahoga... "No te preocupes, que esto pasará. Mañana estarás bien. Y me cogía la cabeza y la metía en su jersey". Justo es ahí donde más le gusta, Felipe se derrumba cuando Susan reprime un sollozo y susurra:"¡ Dios, qué bo-nii-tooo!".No recuerda nada más. Un momento de conexión, casi magia, dos almas unidas a cientos, ¿miles? de kilómetros, en dos tiempos, en dos mundos separados que se funden en una nota. Le da de nuevo al play. Y otra vez, y otra... Esa chica le ha tocado, sin saberlo ha traspasado la barrera y le ha hecho recordar, añorar una vida que ya no tiene, que quizás nunca tuvo. Si pudiera decirle lo que ha representado para él. Entonces se da cuenta. Qué estúpido ha sido. Es tan sencillo como hacer click en su usuario y ver qué otras cosas ha colgado. Entró en su nombre, Susan82, despacito, con miedo, sin querer asustarla. Por suerte se le abrió la ventana. Seis vídeos más habían sido subidos por aquel usuario. Dos canciones de Ferreiro, del mismo concierto, dos vídeos de Joy Division, uno de unos tal Galigows y un temita de jazz, Chet Baker, que resultó haber hecho ella misma con imágenes en blanco y negro del desparecido trompetista. No está mal para empezar, pensó Felipe. La conexión parece estable.

En las canciones de Ferreiro, paladeó la voz de Susan. Pidiendo fuego en voz bajita, diciendo ponte aquí, cantando alguna que otra estrofa de los temas. No las cantaba de inicio a fin como en M, ni siquiera la imagen era tan excelente como allí. No parecía hecho por la misma mano, pudiera ser que fuera otra mano. Felipe sintió entonces algo muy parecido a los celos, quién osaba tocar lo que ella tocaba, estar cerca de donde ella lo estaba. Apartó estas ideas que ennegrecían su ánimo. En los vídeos de Joy Division, ni rastro de Susan. Dos actuaciones promocionales en TV, Disorder y She Lost Control, buenos temas pero que le sabían a poco sin la voz querida, sin la voz deseada, sin la voz amada. El otro tema le dejó impasible y así lo borró de su mente. Lo de Baker sí que le gustó, no le defraudó, otro ser atormentado, otra relación entre ellos dos, Felipe y Susan, Susana si es que así se llamaba. La imaginó joven, hermosa, dulce, desamparada, suya. La colección de fotogramas era excelente, el tema elegido uno de sus favoritos "I waited for you", lo que le pareció una revelación, una promesa.

Los días pasaban y ella no volvía por la web. Las aportaciones eran muy recientes y no desesperaba, tarde o temprano volvería y con algo de suerte podría escuchar su voz, otra vez. No fue así. Imaginó lo peor. La sintió en un hospital, presa de un extraño virus, la recreó agobiada por los exámenes o por el trabajo, la lloró muerta en un accidente, a manos de un amante despechado. Felipe comprendía que no era normal, que todo esto no le estaba haciendo bien, que no habría un final feliz. Susan viviría en Madrid, podría ir allí, buscarla entre la gente de los conciertos, seguro la reconocería, le bastaba un segundo para reconocer su voz. Era una locura. Y si no era de allí, si sólo fue a ver el concierto. Pudiera ser de Vigo. Pudiera no ser. Intentó rastrear su huella informática por toda la red, buscaba un asidero, un modo de comunicarse. Contactó con el administrador del "tutubo" pero éste desoyó sus súplicas, no debieron ser convincentes sus razones, que si la protección de datos, que si la intimidad... El amor no comprende de estas cosas. Cortésmente le indicó que cesara en su actitud, que no le causaría más que problemas.

Felipe colgó algún vídeo como si fuera la botella de un naufrago en una isla desierta después de una tempestad oceánica. Se animó pensando que quizás ella aparecería, que respondería, que escribiría mensajes como los que él, torpemente, un día sí y otro también, publicaba a modo de valoración en sus aportaciones. La gente empezaba a burlarse de él. Le insultaban, le decían obscenidades, se hacían pasar por Susan para después humillarle. Muchos de sus mensajes fueron borrados por los administradores, incluso su nick, su cuenta y su a acceso al sitio, prohibidos. No desfalleció. Abrió nuevas personalidades, dobles, replicantes en busca de Susan que empezaron a ser descubiertos y eliminados cada vez más pronto. Hasta llegaron a cortarle el acceso desde su ordenador. Tuvo que peregrinar por otros equipos, utilizó los del trabajo, los cibercafés, los de los pocos amigos que le quedaban y que lo miraban con algo de pena cuando Felipe se atrevía a contarles lo que le pasaba.

El día que lo fueron a buscar, el día que se lo llevaron, por fin la pudo contemplar. Era Susan, Susana, tal y como la había imaginado desde hace tanto tiempo. Y estaba allí, magnífica, hermosa, parada delante de él. Felipe bajó los ojos, reprimió las ganas de llorar y sabiendo lo que iba a pasar, se quedó sentado en su sillón. Ella le cogió la cabeza, todo el amor del mundo en un segundo, y la metió en su jersey.

jueves, 4 de septiembre de 2008

TRILOGIA DEL EXTRAÑAMIENTO. 1 (YO)

Sucedió una mañana, de repente, sin avisar. Aunque bien pensado, quién podría ser capaz de advertirnos de que algo así nos podría pasar. Nos preparan para muchas cosas, nos enseñan los números, las letras, los ríos y montañas... pero hay otras para las que no hay entrenamiento posible.

Salvador estaba sentado en su mesa marrón de gris oficinista, cansado de revisar expedientes y de contarle las mismas mentiras a todos los clientes. Se levantó a buscar un archivador que tenía a su espalda y al mirar por la ventana se vio a él mismo cruzando la plaza que se extendía delante de su trabajo. Y no había duda de que era el propio Salvador, incluso iba vestido del mismo modo: Camisa amarilla, pantalón crema y zapatos a juego. Atravesó la sala en la que se encontraba con paso rápido, oscilando cada vez más los brazos, mientras sus compañeros le miraban extrañados sin saber a qué se debía aquel desfile que terminó convertido en carrera cuando bajaba saltando los dos tramos de escalera que le separaban de la planta calle, sin tiempo siquiera de responder al saludo que su jefe le lanzó, un segundo antes de que empujara violentamente la puerta que le separaba del mundo exterior.

Una vez allí, incomodado por la obscena luz del sol, cruzó atropelladamente el paso de cebra, temiendo perderse de vista, sin saber qué dirección había tomado y el consiguiente peligro de no volver a verse nunca más. Por suerte, su mirada localizó la espalda amarilla un segundo antes de que doblara la esquina para adentrarse en la calle que él bien conocía, por la que la mayoría de los días regresaba a su casa dando un tímido paseo. Apretó el paso, la sangre golpeando su cabeza, intentando alcanzar aquel punto lo antes posible para saber por dónde se estaba moviendo el otro Salvador. En su camino golpeó a una señora en el hombro, haciendo oídos sordos a la recriminación que dejó al otro lado de la acera. El otro Salvador caminaba a buen paso, deteniéndose apenas en los cruces, girando a la derecha al acabar la sombreada calle.

Cuando lo tuvo al alcance, se detuvo al darse cuenta de lo absurdo de la situación, de que no sabía qué iba a hacer o decir cuando hubiera cazado a su presa. Decidió tomarse un respiro, observar con cuidado al que llevaba un rato persiguiendo, asegurarse de que todo no se trataba de un error, un divertido error. El otro Salvador se detuvo ante el escaparate de una tienda de ropa de mujer, mirando con interés la mercancía allí expuesta. Salvador se colocó a una distancia prudencial, tal y como enseñaban las películas de espías y se demoró en la contemplación del otro. Las piernas le temblaban al mismo tiempo que iba confirmando de que no cabía ninguna duda. Aquel tipo era él, Salvador Martín Moragas. Lo único que no pudo ver del otro fueron sus ojos, ocultos tras las mismas gafas de sol que él había olvidado en su oficina al iniciar su frenética carrera. Un segundo de calma resbaló por su estómago cuando estuvo a punto de decir en alto que aquél no era él, ya que Salvador nunca se pararía de ese modo delante de un escaparate. La tormenta se acercaba de nuevo.

El otro emprendió la marcha después de un tiempo que Salvador no habría podido precisar aunque se estuviera jugando el bote final de un concurso de preguntas de la tele. Los dos estuvieron andando por las calles un buen rato, demorada la marcha, como si ninguno tuviera prisa o estuviera haciendo tiempo para acudir a una cita importante. El primero sacaba excesivamente el pie derecho a cada paso, igual que la madre de Salvador le había dicho desde pequeño, intentando corregir el defecto sin éxito. El segundo se pasó la mano por la cabeza, alisando el escaso pelo, movimiento reflejo al ejecutado por el perseguido cuando entró en una panadería que solía frecuentar el perseguidor. No se atrevió a entrar detrás de él, una vez que éste hubo salido del establecimiento llevando una bolsa por la que asomaba la punta de una barra, por no querer afrontar la reacción del panadero cuando le preguntara si había olvidado algo.

Algunas personas habían mirado extrañadas a Salvador cuando se cruzaban con él, después de haberse cruzado con él, hacía un momento. Entonces tomó conciencia de que la situación no podía sostenerse por mucho tiempo, había que tomar una decisión: Abordar a su gemelo o intentar olvidar lo sucedido. El otro Salvador salió a la avenida principal, con una determinación al andar que no conocía hasta ahora su sombra. Pronto se dio cuenta de que estaban regresando a la plaza en la que se habían conocido. La fatiga y el gentío hacían cada vez más complicada la persecución, llegando incluso a perderle de vista por unos momentos. No le importó dejarle unos cuantos metros de ventaja pues estaba convencido de que conocía el camino que iba a seguir.

"Salva, tío, mira que cundes", le dijo su compañero Manuel cuando se le cruzó en el camino a la oficina. "¿No me acabas de decir que ibas ahora mismo a terminar lo de Salcedo? ¿De dónde sales, macho?". En ese momento, Salvador Martín Moragas decidió que hacía una tarde preciosa para pasear por el parque.

TRILOGIA DEL EXTRAÑAMIENTO. 2 (GOYA)

Se miró al espejo y vio que era Goya. Francisco de Goya y Lucientes.

Aunque parezca mentira, no se extrañó. Después de un instante de duda, de sorpresa, asumió claramente que la imagen que le devolvía el espejo era la de Goya. Hizo el movimiento reflejo de mirar hacia atrás y, comprobado que no había nadie más en el baño de su casa, confirmó que quién le miraba desde allí era el mismísimo Goya.

Lo primero que le llevó a aceptar lo que estaba pasando era que aquellas patillas eran absolutamente goyescas, descendiendo desordenadamente a lo largo de las generosas mejillas, abundantes las canas, perdiéndose en el abotargamiento de la papada. Los párpados hinchados, las ojeras negruzcas, un algo desolado en la mirada, en aquella mirada que había contemplado la belleza de la maja, desnúdate Cayetana, se van a enterar estos mojigatos, los desastres de la guerra, la pompa y el oropel de la familia real.

No pudo precisar la edad de aquel Goya que le miraba insistentemente, que quizás tomaba notas para un próximo cuadro, tan aficionado a los autorretratos. Desde luego no era aquel Paquito que se pintó siendo un jovenzuelo regordete y mofletudo, coloradico y con algo parecido al miedo en los ojos de los que posan en contra de su voluntad, estate quieto que enseguida acabo, frente ancha y chata nariz sobre abultados belfos. Y tampoco el Don Francisco que nos legó en aquel cuadro en el que parece que se está cayendo, cercanos los setenta, suavizados los rasgos de la cara de alguien al que notamos enfermo, no me gusta nada esa tos, el pelo huyendo en claridad, las patillas a medio dibujar, con ganas de acabar.

Es un Francisco de Goya de aquellos que pintó con sombrero, paleta y pinceles en mano, emergiendo desde la oscuridad en un rincón, consciente de lo histórico de su trabajo, amante de las mujeres y los buenos vinos, el carácter cada vez más agrio, la socarronería olvidada en su negro mundo interior. Un Francisco de Goya entre santos y reyes, siempre a la moda, alborotado pelo negro, a punto de dirigir una orquesta sinfónica, con lentes para distinguir entre los ocres y el cobalto.

Cerró los ojos, tantos recuerdos que querían pasear, encontrar un lugar para descansar. Oye el sonido de los pájaros por la ventana, ni un solo coche que interrumpa la escena y le traiga a este hoy contemporáneo, que acabe con la ilusión, si es que es una ilusión. Escucha las descargas de los franceses, el griterío del pueblo en armas, los olés en las plazas, los reniegos de los borrachos y las putas. Y el olor, ese inolvidable olor que parece colarse por debajo de la puerta. Al abrir los ojos, Goya también lo hace.

Sale al salón, escucha a lo lejos la voz de su mujer que le dice que se marcha a no sé dónde. Últimamente escucha cada día peor, le cuesta seguir las conversaciones y por eso pone cara de que sí, claro, estoy contigo... y sonríe estúpidamente. No sabe qué pensará su mujer cuando se encuentre a Goya en su salón, cuando vuelva a casa, si es que vuelve. Y es que el humor lo está perdiendo, cada vez más metido en su propio mundo de lechuzas y fantasmas, de ahorcados y mutilados.

Las cosas son así, no pueden cambiarse.

Una mano que tiembla, rebusca entre la caja de ceras de su hijo pequeño.