domingo, 12 de octubre de 2008

VIVA LAS FIESTAS DEL PILAR


Llevaba varios días dándole largas pero llegó un momento en el que ya no pudo más. El asedio a su paciencia había sido tan prolongado que al final las murallas de su particular Jericó, se derrumbaron. Y no hizo falta ninguna corte celestial tocando pífanos y trompetas. La voz del niño taladrándole tímpanos y cerebro, fue suficiente. Vale, te lo compro pero cállate. Y allá que se dirigió a las dos gitanitas, más bien gitanotas, que desparramaban sus carnes morenas en el centro del parque infantil, agarradas a sendos manojos de globos de colores. Nada más que se apercibieron de la proximidad de la presa y de sus ojillos derrotados que acompañaban a la sonrisa suficiente de un enano de poco más de un metro, se lanzaron a la yugular queriendo terminar pronto con aquello. Dime, salao, ¿de qué quieres el globito? De Spiderman. Las dos piezas moreno-verdosas alzaron sus ojillos codiciosos a las alturas, más allá de sus manazas agarrotadas por las horas de sujeción de la volátil mercancía, intentando divisar al muñeco blaugrana para poder cerrar el trato. Lo tengo, lo tengo, yo sí lo tengo... bramó la afortunada mientras acodaba a su compadre que bajaba la vista ante la inmediata derrota. ¿Y no te da igual el rayomarquín? El chavalín es de fuertes convicciones y se reafirma orgulloso en que quiere el arácnido. Tras anudar el cordelito alrededor de la muñeca del infante, extender la indescriptible palma y solicitar los euros de rigor, despareció de allí todo lo rápido que sus piernas y la imposible falda le permitían. ¿Estás contento? Sí.


Lástima que lo humano es efímero, la vida pasa sin desmayo y a los cuatro años, ni te cuento. Poco duró la alegría. Los ojillos del aprendiz de hombre se posaron en una especie de carpa que rezaba "Títeres de cachiporra" y pese a que tal declaración pasó inadvertida al iletrado párvulo, le faltó tiempo para decir que quería ver las marionetas. El mayor, poco diestro en las técnicas de negociación, no tuvo capacidad de reacción para negarse y antes de darse cuenta, estaba haciendo la cola, arrastrado por el querubín, para entrar en el espectáculo. Tenía la sensación de que la gente le miraba con pena, pelele desmadejado en manos de un dictadorcillo de ciento cinco centímetros. Sintió cierto alivio al verse comprendido en las miradas recíprocas de otros padres que pasaban por similar trance. Eso sí, sin globito relleno de helio o lo que demonios le pongan para causar el terror entre los adultos que deben vigilar alternativamente a niño y globo, a globo y niño, a niño y... ¿Dónde está el globito, cariño? Un escalofrío le recorrió la médula espinal ante la mera posibilidad. Así que terminó con el hombre araña de una mano y de la otra con un Peter Parker encogido. Antes de que poblaran el escenario Terriplín y Coscolón, con sus ridículas manoplas y sus desmesuradas cabezas para la algarabía de los pequeños del lugar, pasó unos momentos de apuro intentando acomodar el enorme globo para que no molestara la visión de sus compañeros de espectáculo. No le importa bajar el globito, ¿verdad?. Al borde de una apoplejía, de una sordera en el oído derecho y del delirium tremens, dando gracias a todos los santos escuchó la voz de pito del fantoche despidiéndose de sus amiguitos, hasta el año que viene. Alabado sea Dios.


El camino a casa fue de los que no se olvidan. Además de los adminículos ya sabidos, acompañó su camino del calvario con una docena de churros, una arañita (qué fijación la de este niño con los bichitos) peluda que saltaba si apretabas una pelotita, una espada de pirata y un sombrero de torero hecho con papel charol y guirnaldas carmesíes. Parecía que el Universo se había confabulado en su contra para ir cargándole de lastres a la vez que le vaciaba el bolsillo. Abrió la puerta de abajo de un puntapié y al fin pudo soltar al pobre Spiderman, que haciendo honor a su nombre, fue a pegarse al bajo techo de la entrada a su edificio. No pudo reprimir una sonrisa cargada de maldad viendo al medio hombre que saltaba, una y otra vez, para agarrar el hilito y devolver a tierra a su cómplice. Un vecino compasivo que presenció la escena, salió en ayuda del chiquilín a la vez que miraba de reojo al descastado padre que se encogía de hombros. Ya en casa, repitió la escena y dejó definitivamente, allá en las alturas, junto a la lámpara del salón, al desgraciado superhéroe. El infante se olvidó de él cuando le llamaron para cenar, previo lavado de manos. ¿Lo habéis pasado bien?


Con la casa en calma, en silencio, a oscuras, no pudo evitar una sonrisa imaginando la escena repetida en tantos hogares zaragozanos. La de globos hélicos con las más diversas formas, tamaños y colores que andarían a esas horas por los techos, en el mejor de los casos, si no andaban surcando los cielos en busca de una nube en la que poder descansar huyendo de la asesina presión atmosférica. Cuando volvía de la cocina, tijera en mano, pensó en el madrugón silencioso del día siguiente, antes de que la casa despertara en su ausencia y un grito infantil desgarrara la mañana.

2 comentarios:

Rubén Ballestar dijo...

Hola, Jaloza.
Me pareció tierno y gracioso a partes iguales.
Esos locos bajitos, lo que son capaces de conseguir de los adultos, parece mentira...
El año que viene tendré que regresar a las fiestas del Pilar, que hace años que no voy. Entre tu blog y el de Berbi me habéis dado envidia...
Saludos.

JALOZA dijo...

Invitado quedas... Un abrazo, teatrero...