La víspera de la inauguración un pequeño camión de
mudanzas entró en el patio. Los internos vieron reducido su acceso al mismo
para que la introducción y colocación de las obras fuera lo más rápida posible
y evitar, de paso, desgraciados accidentes. Los loquitos, convertidos por un
día en artistas al borde, colaboraban con el conductor en la colocación de los
cuadros, los lienzos, las cajas, los bastidores... J iba y venía del taller al
camión, del camión al taller, con una excitación desconocida en él que hizo que
el coordinador y los profesores coincidieran en que había sido una buena idea
dejarle ayudar. Se le veía muy ilusionado y seguro que sería bueno para su
futura readaptación a la sociedad. Había algún cuadro de gran formato, Spruill
se había empeñado en crear una especie de cómic con una sucesión de sus
viñetas, y entre plásticos de burbujitas, papel celofán, mantas y herramientas,
el interior del vehículo parecía la bodega de un barco a punto de emprender un
viaje transoceánico. Antes de que se fueran a dormir llegó la noticia: El
Presidente Rudolph en persona asistiría al acto del día siguiente. Por lo
visto, sus colaboradores más inmediatos le habían aconsejado que participara en
alguna cosa de éstas, que se acercara al pueblo y transmitiera la idea de que
se preocupaba por ellos, de sus inquietudes y necesidades. Nada mejor que una
exposición de discapacitados y retrasados mentales para que los votantes
admiraran a su Presidente. Las últimas encuestas eran demoledoras, la opinión
pública se había cansado de la ineptitud de Rudolph, de su pereza para todo lo
que no fuera acudir a canchas deportivas y montar en bicicleta, de sus mentiras
y sus guiños incontrolados del ojo, de su enorme lengua seseante que mojaba de
saliva las canas de su barba y que le daban un aire de marmota a punto de
desperezarse. Los loquitos no sabían muy bien quién era Rudolph, pero el hecho
de que el mismísimo Director del C.R.G. Norte 3 les diera la noticia y les
advirtiera de que ni se les ocurriera dejarle en ridículo delante de él, hizo
que ninguno de ellos lograra dormir en toda la noche y que a primera hora de la
mañana aún siguieran temblando de miedo. El Director no pensaba llevar a la
inauguración más que a los que consideraba que no podían causar ningún problema
pero ante la llamada del asistente personal del Presidente, y su ruego
encarecido de que los artistas acudieran para hacerse la foto de grupo, no pudo
dejar a ninguno de los loquitos al margen. A las diez estaban todos formados
esperando al gran hombre que, fiel a sus costumbre, se retrasó casi un ahora
pues no le gustaba madrugar. El Director no pudo disfrutar de su momento de
gloria. Una inusual sombra de barba ocultaba su legendario mentón partido y
pese a que intentaba aparentar normalidad, el día no podía haber empezado con
peores noticias. Por fin Rudolph apareció al fondo del pasillo, seguido de su
corte de ayudantes y un montón de cámaras de televisión que parecían no tener
nada mejor que hacer. Los loquitos se movían inquietos por el ruido al que no
estaban acostumbrados y la terrible sensación se sentirse objeto de todas las
miradas. El Gerente del MACS dio la bienvenida al Presidente Rudolph y entregó
un ramo de flores a su encantadora esposa. Uno a uno fue presentando a los directivos
del museo y por fin le llegó el turno al Director del C.R.G. Norte 3. Sus
azuladas ojeras contrastaban con su blanca piel y sus ademanes blandos, hoy más
que nunca se diría que al borde del desmayo, causaron una extraña sensación en
el gran hombre. Le invitó a que visitara la exposición y disfrutara de las
obras de sus pupilos. Al marcharse la comitiva en pleno hacia el interior de la
sala, los loquitos artistas al borde quedaron solo sin saber muy bien qué
hacer, con la misma imagen de desamparo que un paraguas abandonado en una
estación de tren. Los vigilantes les hicieron señas para que no se movieran de
allí. Afortunadamente la visita del Presidente fue brevísima, en menos de cinco
minutos estaba de vuelta, no era capaz de disimular el enorme aburrimiento que
todo aquello le producía para desesperación de su jefe de prensa. A Donald y
Judy les temblaban las piernas y no era de emoción, se estaban meando. El
Director les pidió con la mirada que aguantaran un poco más y en ese momento
Rudolph inesperadamente se dirigió hacia ellos para estrecharles la mano,
decirles lo mucho que les admiraba y lo que le había gustado la exposición. Los
loquitos y él se miraban a los ojos y parecía que ya se habían visto en otras
ocasiones, se reconocían en un indudable aire de familia. Sin saber muy bien
qué más decirles les preguntó, al ver a Dan y su inseparable casco, si les
gustaba el ciclismo. Dan empezó a balbucear, a mover la cabeza, a decirle que
lo dejara, que era peligroso, que las bicicletas mataban a mucha gente. Se
quitó el caso y se lo intentó enseñar a Rudolph pero no tuvo tiempo de
articular ninguna palabra ante los golpes y empujones de los escoltas que
terminaron con él, inmovilizado y en el suelo. El Presidente estaba blanco, el
Director sudando de vergüenza y el Gerente del MACS intentando que desalojaran
lo antes posible de allí a aquella colección de retrasados. En unos momentos
todo volvió a la normalidad, la esposa del Presidente pudo cortar la
protocolaria cinta y su marido pronunció un breve discurso que nadie entendió
porque con el revuelo se le habían desordenado los tres folios y empezó a leer
por el final. Desde ese día se le quedó la cara de estupor con la que apareció
en su último cartel electoral, la misma cara de incomprensión con la que se
metió al coche oficial después de leer algunas pancartas de la gente que le
esperaba a la salida del museo. ¿CUÁNDO NOS DIRÁS UNA VERDAD? La misma cara con
la que se quedó al otro lado de la frontera cuando los silentinos se
deshicieron de él para siempre. El Director del C.R.G. Norte 3 no dejaba de
pensar en cómo nadie había reparado en aquel bulto fuera de lugar en el camión
de mudanzas y en que por la noche, por primera vez en su inmaculada carrera, le
había faltado un interno al hacer el preceptivo recuento.