miércoles, 8 de octubre de 2014

MARATON MAN

A Josemari


Despertar con la mirada en blanco cuando todos duermen aún
y notar esa punzada en el estómago, la puta lanza en el costado.
Los números saltan 42 vallas, tropiezan en la última
enredados en una corona de espinas.
Las botas de los soldados romanos sobre el asfalto de Zaragoza,
un ruido de martillo sobre el yunque
y el golpe de las espadas camino del Calvario.
42195 latidos, 42195 lágrimas, 42195 palmadas
que se borrarán con un disparo y solo será el silencio
y el miedo.
Aquí estoy, voluntariamente entregado
apurando el cáliz en albornoz con la dulcísima mermelada de moras.
Todos duermen.
En esta hora larga oirás cantar el gallo, Pedro volverá a negar tres veces.
Por qué me has abandonado.
Las manos se llenan de dedos automáticos, dedos que escribirán un cantar,
dedos que aprietan un cronómetro, que dan vaselina, mucha vaselina
que te visten como a un viejo gladiador que pensara en su aldea quemada.
Son las ingles, el escroto, los pezones
un ritual de amor para vivir en las calles
para sangrar por tus hermosas llagas, por culpa de nuestros pecados.
Las zapatillas como arma, el dorsal con tres imperdibles, 915 dolores
sentarse y apretar las tripas, saltar a la calle, ligero de equipaje
como los hijos del mar.
Los autobuses conducen a los hombres a su destino, sin hablar
ver la ciudad nueva, desmontada, con la mirada de un partisano
en la tapia del fusilamiento.
Te compro kilómetros a seis minutos, dámelos todos, pobre hermana china
y vete a dormir con los guerreros de terracota.
En seis minutos una promesa, en seis minutos cabe toda una sinfonía de amor.
La salida llena de gente, amanece a la sombra de la catedral
encontrar los inesperados ojos amigos de un hermano, de otro soñador
que piensa en griegos y laureles.
El frío, el miedo, el torero que se persigna de rodillas, que se muere de ganas de mear.
Huele a cirios de vainilla, todas las limpias calles son cuesta arriba
como en los cementerios de los pueblos de la montaña.
Alguien lleva una cámara de fotos, guardará la túnica púrpura
para que nadie se la juegue a los dados
para que el nazareno se vista de nuevo al bajar de la cruz.
Un abrazo, de los que duelen y no se olvidan, otro camarada
empeñado en que esta vez sí, será la Revolución, nos comeremos
todas las balas, el oro de los palacios, la sonrisa de las condesas.
Pastillas para correr, gel de dulces colores, un ácido en la cartuchera
o un plátano a medio camino y agua que se lleve la sal al fondo del río
que hoy huele a néctar y túnicas blancas mecidas por el humo.
Me meo otra vez, los ahorcados, la mandrágora.
Una mujer y un hijo, he ahí a tu padre, guárdalo bien, madre de todos los hombres.
Un beso, una palabra en la garganta, correr hasta morir.
Correr, correr, correr.
La dulce voz del megáfono se sienta y os pide atención
no queda nada y aplaudimos y silbamos y es querer echarse a llorar
un soldado en una trinchera, un pobre americano en una playa francesa
los pies llenos de barro buscando la orilla, un toro cegado por el sol
de las cinco y los clarines. Un disparo.
La serpiente no se mueve, se ha comido al elefante, pero querría
saltar como en el primer día de las rebajas. Ya.
0
Corre, Filípides, corre hacia Atenas.
Un dorsal que pita, la vida entre dos pitidos, abrir los oídos
para escuchar ese pitido de una UCI cualquiera, un último tono en la vida.
Salir deprisa, pisadas como petardos, sentirse repleto y tener que ser hormiga
cruzar el río, callejear, volver a cruzarlo como un enamorado
bajo una ventana que no se abre.
Una ciudad llena de tranvías, arrojarse hacia un parque lejano
demasiado elevado. En Berlín esto no habría pasado.
Las cuestas, la gente que desayuna en las terrazas de los bares
un amigo pegado a tu hombro, la máquina engrasada, beber gel para soñar.
10
Corre, muchacho, corre por tu vida.
La pierna pincha un poco y la bella durmiente vive en el cuento de un niño.
Voces queridas en San Antonio, todo va bien, los italianos y sus rosquillas
búscame una buena novia que me saque de las calles.
El agua a la vuelta de la esquina, los patos miran asombrados desde el canal
indiferentes a los aplausos amarillos que saben que no son para ellos.
Escarcha entre los dientes, el sudor atraviesa los huesos del pecho.
¡Hermano, ve a la casa del padre! Diles que estoy bien, tendrán
la cama preparada y un cabrito degollado. No mires atrás,
te convertirás en estatua de sal, corre, yo estaré bien aunque ya nada más vea
tu lejana espalda entre gente que no conozco. Estás solo.
La ascensión va acabando, el de Arimatea te espera en las esquinas y sabes
que habrá que bajar buscando la orilla del mar. 
Ahora la pierna duele, es un latigazo, una descarga en los brazos de un negro
vestido de naranja en una silla en Alabama, el cuchillo que atraviesa el corazón
de una virgen vestida de luto. Y las voces amigas que te ven sufrir, volver la cara
para intentar tragar una lágrima. No podré llegar.
Respirar hasta no aguantar más, hasta que el ruido de las venas
apague todo lo que no importa.
Quién dijo sudor y sangre.
Una farola, dos farolas, tres mil farolas.
20
Corre, hijo, corre hasta las colinas
por tu vida, por la suya, por la nuestra.
El calvario sigue subiendo entre los plataneros que hacen estornudar.
Una chica te grita que aguantes, no puedo, que sigas, no puedo,
que se lo prometiste, no puedo, que ella seguirá bailando. No puedo.
Cuando llegue a San José abandonaré, toda la ciudad está llena de santos
de innumerables mártires numerados, unos mil trescientos.
Desaparecer dejando una bonita estela al pasar, salir del camino
por un lateral, entre los aplausos y las lanzas que se volvieron cañas.
Apretando el paso, recogiendo kilómetros a seis minutos, el negro
deja de sacudirse, la punta del látigo ya no desgarra la carne, la virgen
se alivia vestida de blanco. Bienaventurado el que cree en mí.
Retener las lágrimas, que no se escape ni una gota, rascarle la cabeza
a los ángeles, recoger a un compañero: Lázaro, levántate y anda.
Es mentira que se vea toda tu vida en un segundo, se ve la soledad
del desierto, cimientos de casas incendiadas, las venas de un automóvil
allá donde la ciudad termina y no quedan ni espejismos para los caídos.
Un montañero ríe y te grita que no llegarás. Llegaré. No llegarás. ¡Llegaré!
30
Corre, Forrest, corre
maldito sea tu nombre y el de toda tu estirpe inocente.
Un puente levadizo para atravesar un muro, el del castillo donde duerme
la princesa, un muro de piedra y flechas, un maldito muro que se va cerrando,
que te ahoga los pulmones, saetas atravesando al bello San Sebastián
que oirá crujir sus huesos y vomitar en el asfalto. San Pink Floyd dame fuerzas
enséñame el camino y hazme volar. Un muro.
Nunca habías llegado tan lejos, cumpliste la promesa y Adrian sonríe
en los brazos de Rocky. La vida es celuloide. Y aire.
Trozos de plátano, gel, agua, dámelo todo, nunca volveré a pasar hambre.
El pobre negro se quema otra vez, y el látigo, y con espadas a María
que madre nuestra fue. Un perro agarra sus colmillos en la pierna.
Te arrastraré, Hijo de Satanás, te llevaré hasta las puertas
del mismísimo infierno y te ahorcaré con una serpiente venenosa,
Aurora de los glaciares, dame la paz.
Patinadoras guapas reparten agua bendita en spray, deberías sentir frío
pero solo sientes miedo. Y sed.
Responderás a todo el que lo quiera saber que no piensas abandonar
un hombre bueno no se rinde jamás.
Unos ojos a la vuelta de una esquina, cuatro pares, te verán caer
y levantarte, caer y levantar la mirada al cielo, Verónica lleva un pañuelo
anudado en la cadera.
San Lázaro se asoma al balcón, se levanta y dice que hace buena mañana
el hueco de piedra de un amigo en el puente
la turba que anima pero que ama a Barrabás.
No quiero volver, no quiero volver, tengo que llegar y clavar la cruz.
Cruzar otro puente, de hierro, con los gigantes y cabezudos
y un coche alemán que pita para que te apartes.
Juan Alberto llega tarde a rezar el rosario, bendita tú eres, mientras
un policía deja escapar al malo, entre todas las mujeres.
Aparta de mi camino, mal nacido, o me encontrarás en el infierno
paso a paso, golpe a golpe.
40
Corre Antoine Doinel, corre antes de que caigan
los 400 golpes, corre amigo Zatopek, corre
porque los poetas del 27 no pudieron cantarte y se conformaron
con un portero rubio vestido de azulgrana. Corre, descalzo sobre
la arena mojada de los blancos ingleses de fuego. Corre.
La gente jalea, San Vicente de Paúl, subida en las aceras y el puto gel
estallará en las alcantarillas formado un arco iris psicodélico
un remolino alucinado en el que se ahogarán las cucarachas.
Uno, dos. Ritmo. Uno, dos. Seguir. Uno, dos. Un mantra mágico
que recitan los soldados en calzoncillos ateridos mientras
el sargento negro escupe entre los dientes. Uno, dos, muchacho, uno, dos. 
 La gente repite tu nombre, que casi no recuerdas, y piensas que Dios existe.
Claro que existe. Está en tu interior, en los ojos de tu hijo, en la mano de tu padre
en tantos madrugones que sucedían a noches de calor en vela, en los labios
de tu mujer, en el hueco de la almohada, te comiste a Dios mojado en el café,
 el Dios de los pobres, el de todos los santos que recorren la ciudad huyendo
de las iglesias en las que el vacío retumba en bóvedas descoloridas.
Cojo, mudo, sin aliento, al tercer día resucitarás y te sentarás a la diestra
del Presidente del Consejo de Administración.
Aquello del fondo parece la meta, ya está, todo está consumado.
El garfio de un carnicero repartirá tus tripas entre los presentes, comed
hermanos, comed todos de él. Un saco de magnesio y una medalla de latón.
Te abrazan como a un moderno Santo Tomás, la sangre de tu sangre
baila a tu alrededor y algún día contará que su padre se disfrazó de héroe
y que del cielo empezó a llover maná.











jueves, 11 de septiembre de 2014

MÚSICA CULTA

Llevo unos días que solo escucho música clásica, mejor dicho, música culta. Yo era uno de ésos que a todo lo que llevaba violines, piano y sonaba algo pomposo le llamaba clásica, desconociendo que el término se refiere nada más que a un momento de la Historia de la Música, en concreto el período comprendido entre 1750 y 1820, que se trataba de una metonimia, un hermoso tropo pero nada más que eso, una época que acababa en los albores de la muerte de Beethoven, el gran Ludwig Van al que amaba por encima de todas las cosas el psicópata de La naranja mecánica, a Ludwig Van y a Singing in the rain ,pero esta es otra historia.

Antes yo vivía en un mundo de feedbacks y distorsión, ruido y guitarras, acoples feroces para no pensar, un muro de sonido que me alejara de la realidad, de la podredumbre del día a día, que me pateara las tripas haciendo que mi rabia juvenil, a los cuarenta y cinco años se puede tener rabia juvenil, explotara dentro de mí e impidiera que me lanzara a la calle a quemar contenedores de basura, bancos y sedes de partidos políticos, que bien pensado viene a ser un poco lo mismo. Yo era punk, un antisistema encubierto que te daba los buenos días en el ascensor mientras pensaba en clavarte un cuchillo en la garganta, como los simpáticos asesinos de CSI. Cosas así.

Ahora no, soy otra persona, me he vuelto introspectivo y terminaré mi vida recluido en una habitación, escuchando sinfonías, conciertos para piano y fagot, motetes, cantatas e incluso arias de ópera que hasta hace poco me provocaban urticaria y sofocos, metido día y noche en mi cuarto con el equipo de música a todo volumen dirigiendo a una orquesta imaginaria con una batuta de acero inoxidable, renunciando a los compromisos familiares y a la vida social. La música me ha salvado, ha impedido mi carrera delictiva, ya no me importa que Pujol se lo llevara crudo, que Bárcenas esquiara en Suiza, que el campechano rey Borbón cazara elefantes en África, ni siquiera que González haga reverencias con su cabeza nevada a una niñita rubia, cuyo nombre no recuerdo, que un día no muy lejano reinará en este país que vaya usted a saber cómo se llamará. No me importa. Ya no.

He roto los vinilos de los Héroes del silencio, han saltado trozos por los aires y alguno me ha producido una herida en la palma de la mano izquierda, imprescindible para tocar el piano, un contratiempo para mi incipiente carrera musical que se ha unido a mi lesión del quinto dedo de la mano derecha que mi mujer me provocó hace años, dice que sin querer, al cerrar sobre dicho dedo, con la fuerza de un héroe griego, la puerta del capó de nuestro viejo SEAT Córdoba verde; he triturado los primeros vinilos de Los Planetas, de los Surfin Bichos, los cd de The Smiths, de los Iron Maiden, provocando un arco iris fugaz que se mezclaba con mi sangre roja que no ha dejado de gotear y de manchar la tarima color cerezo del salón, no se han salvado ni los grupos de Manchester, ni los de Boston, ni los recopilatorios que regalaba el Rockdelux y que yo coleccionaba con avaricia. Todo ha saltado por los aires, incluidas las viejas cintas de casete que llevaba años sin oír a falta de un reproductor fiable, las cintas piratas en las que la música que un día amé ya habría desaparecido como un fantasma borracho, como las lágrimas en la lluvia de un replicante cualquiera, cintas de óxido cromo que han acabado enrolladas a mi cuerpo dándome el aspecto de una momia egipcia recién descubierta.

No todo ha volado por los aires, no os mentiré. No he sabido qué hacer con mis cd de jazz. No podía destruirlos pero tampoco dejarlos al alcance de la vista, de unos ojos que una tarde de calor y aburrimiento se posaran sobre el saxo ardiente de Charlie Parker y me llevaran de nuevo por el camino del rock y la transgresión. Los he guardado en un cofrecito de madera y los he metido en la pequeña caja fuerte del armario del dormitorio, no sin antes enviar por correo certificado, la combinación para abrirla al primer notario que encontré en la guía de teléfonos. Mi discoteca ha quedado reducida a tres ejemplares.

El primero contiene el Quinteto para piano y cuerda op. 114 y la Sinfonía nº 8, “Inacabada” de Franz Schubert. No sé cuándo ni porqué lo compré. Tendría algún ataque artístico hace años y lo adquirí, tal vez lo robé en El Corte Inglés, para apagar el virus que notaba propagarse a la altura de la nuca. Ahí está Franz, un prodigio malogrado, pone en la contraportada, treinta y un años cuando le alcanzó la muerte, con su nariz chata y colorada, como la palma de mi mano izquierda, con sus mofletes quemados por el sol, con sus labios seductores algo más arriba de la incipiente papada, la misma que dicen que ya tenía a los treinta años el gran Wolfgang Amadeus Mozart producto de su vida algo disipada, con su pelo rubio ensortijado y sus patillas tan a la moda del s. XIX y, pásmate, del s. XXI. Todo vuelve, no hemos inventado nada. Franz mira hacia mi izquierda, sin darse importancia, seguro que estaba componiendo algo en su rotunda cabeza mientras le pintaban. Escuché el quinteto y me dejó algo frío, sonaba bajo, apagado, sin matices. Eché la culpa a la mala calidad de la grabación y a la edición barata, Planeta-DeAgostini (1997), que acompañaría al fascículo que venderían de modo inseparable. Si tuve el fascículo, no lo conservo, lo compraría en un kiosco, imposible robarlo por culpa del cartonazo en el que venía pegado y ahora entiendo el motivo. A lo mejor solo me llevé, puede ser, el cd, y lo compraría en los Hermanos Vidal de la Plaza San Francisco. Un delito menos y una contribución más al PIB nacional. Robar está muy feo. El sonido era muy malo y no me transportó al cielo de los melómanos. Últimamente todo me suena bajo, los conciertos de rock a los que acudía, los Maiden en Valencia me sonaron a hilo musical de sala de dentista, e incluso el cd de Vetusta Morla, el tercero, que compré antes de mi conversión para que lo escuchara mi mujer en el elegante Toyota Corolla gris marengo que conduce con gran soltura y a cuya portezuela trasera ni me acerco. Me estaré quedando sordo, los decibelios atronadores de Mogwai, antes de la campaña por la independencia de Escocia, no podían traer nada bueno.     

El segundo es la Quinta Sinfonía, en do sostenido menor, de Gustav Mahler interpretada por la Orquesta Filarmónica Checa en edición de 2004 adquirida junto al diario El País. Por qué la compré, otro misterio. Debía ser un autor de moda entre la generación pre hipster de la década anterior tan alejada de lo mainstream como lo estoy yo ahora del grunge de Seattle y alrededores. Supongo que la escucharían en su sillón orejero los domingos por la tarde, una taza de chocolate humeante en la mesita auxiliar en invierno, la camisa de franela de cuadros como la que usaba mi abuelo, con sus largas barbas ordenadas, gafas de pasta y botas de montañero encima del taburete. Alfonso Guerra dio el nombre y se agotaron las existencias en las tiendas de discos. En la portada un detalle de El beso de Klimt, el mismo pintor que hizo un friso en honor a Ludwig Van, treinta y cuatro metros de largo para inmortalizar la Novena Sinfonía, la música que compuso un sordo que creía en el futuro. La edición lleva un hermoso libreto de cincuenta hojas en el que aparece un retrato de Mahler hecho a carboncillo sepia de perfil. Pelo alborotado de músico, entradas en la frente de músico, gafas metálicas de músico y pajarita negra ensimismada. El cuarto movimiento es el Adagietto que utilizó Visconti en Muerte en Venecia, película que vi una tarde de agosto gracias a Movistar y los subtítulos. Bogarde pintarrajeado como una puta dentro de un traje blanco, sentado a pleno sol en la playa, muriendo de amor por la belleza de un atardecer y de un niño que señala el horizonte con el dedo de un Dios creador salido de un cuadro renacentista, con la mano apoyada en la cintura dando un imaginario pase de pecho desmayado al toro de la muerte. Espero el momento de escucharla completa en mi equipo estereofónico a todo trapo, otro círculo que se cierra.

El tercer ejemplar, y último, de mi menguada colección, son cuatro conciertos para violín de Johann Sebastian Bach. BWV1041, BWV1042, BWV1052 y BWV1056 según la catalogación de un musicólogo alemán que bien podría haber venido del futuro. Acabo de comprarla en la FNAC, a buen precio, y tiene una portada insulsa con el dibujo de un violín sobre fondo verde y pertenece a la colección Brilliant Classics. Confieso que en un principio me equivoqué, cogí un cd de otro Bach que no era J.S. sino algún primo lejano suyo o un cuñado arribista, dándome cuenta en la fila de la caja teniendo que retroceder sobre mis pasos y subir por la endiablada escalera de caracol enmoquetada hasta la segunda planta otra vez. Me irrita que no salga la cara de J.S. con su pelucón empolvado en talco, sus negrísimas cejas, la mirada penetrante, esos mofletes colorados tan del gusto de la época y sus labios carnosos justo encima de una barbilla que se hunde en la inevitable papada que yo también empiezo a practicar. J.S. con sus veinte hijos y su gesto de severo profesor de matemáticas. En lugar de esto, en el interior, la foto de un alemán de cráneo prodigioso y escaso pelo rubio que me mira, mezcla de insolencia y tristeza, en blanco y negro con el violín apoyado sobre sus muslos sentados a modo de enorme falo de madera y cuerda. ¿Por qué Bach? Por una cuestión de orden. Hay que empezar desde el principio, como la vez que me apasioné con la pintura y empecé estudiándola desde Altamira para llegar, desfallecido, solo hasta el gran Giotto. O la vez que quise saberlo todo sobre el cine y me puse a ver celuloide con obreros saliendo de fábricas y gente yendo a misa para acabar, otra vez desfallecido, en los brazos de Jean Vigo paseando en L’Atalante. Recuerdo ahora la tarde de minimalismo y Nyman en el Teatro Principal viendo À propos de Nice, de mi amigo Jean. Círculos concéntricos que se vuelven a cerrar en figuras cortazarianas. El hombre aprende de sus tropiezos y por eso no empezaré mi carrera musical, tentado estuve, con las primeras noticias en la Antigua Grecia sino con algo más cercano, Renacimiento o Barroco. Elegí a Bach que parece la madre del cordero. Creo que no me he equivocado. En el cd que tengo a la vista destaca el segundo movimiento de la BWV1056, un tema pop ingrávido y gentil como las pompas de jabón machadianas que debe seguir dando vueltas por la cabeza de Paul McCartney y los inventores del Donostisound.

Mi vecino de arriba es músico. Es un señor mayor, un abuelo, que debió ser director de alguna banda en tiempos y ahora se dedica a tocar por los pueblos y a dar clases en su casa a todo el que se acerca a aprender flauta, violín o incluso piano. He subido a verle y le he dicho que quiero ser pianista nada más abrirme la puerta, antes incluso de darle los buenos días. Ha sonreído y me ha hecho pasar. Su casa está llena de muebles viejos, de partituras, de fundas para instrumentos musicales, de tapetes de ganchillo que debió hacer su mujer en tardes de aburrimiento mientras él ensayaba en el local de la banda. Tiene marcos de plata sobre la mesa del salón en los que enseña fotografías descoloridas del día de su boda, del servicio militar y retratos de Mozart. Al pasar al lado de la foto del de Salzburgo me ha parecido leer algo cercano a la burla en sus ojos. Malditos genios. Sé que puedo ser pianista, entrenaré duro todos los días, quiero saber leer las notas de los grandes maestros e interpretarlas con mis manos, al ritmo que yo quiera, tantas veces como desee, una y otra vez, día y noche. Mi vecino no deja de mirarme las manos mientras le cuento todo esto, se fija en el dedo meñique de mi mano derecha, en mi desfigurado quinto dedo tras el accidente con el SEAT Córdoba verde, y va negando apesadumbrado moviendo la cabeza de derecha a izquierda y de izquierda a derecha antes de que yo me venga abajo y me eche a llorar. ¿No podré ser pianista por culpa del dedo, maestro? Mi vecino se levanta, apoya su mano en mi hombro y me invita a acompañarle. Me dirige a una de las habitaciones del fondo y señala una silla al lado del teclado cubierto por una funda de plástico. Lo levanta y ahí están, sus ochenta y ocho teclas, treinta y seis negras y cincuenta y dos blancas, con una leve capa de polvo como el resto de la casa. El maestro se sienta en la banqueta, toca unas notas, unos acordes que no identifico, será una escala para principiantes, y golpea repetidamente con su alargado dedo meñique de la mano derecha. Tiene la uña larga y un poco sucia. Pienso en Kung Fu y en el pequeño saltamontes. El músico me ha contestado sin palabras. Ese dedo monstruosamente deformado en mi mano es imprescindible para un pianista, es como el quinto dedo de la mano izquierda para escribir en un teclado, sería imposible para un escritor español no dominar la letra a, viviría en Esp_ñ_, no podría hablar de _mor, no podría escribir c_d_ m_ñ_n_. Un catalán también lo pasaría mal en mi caso alejado de la letra ç. Me ofreció enseñarme el noble arte de la flauta dulce pero antes de terminar la frase ya se había arrepentido: jamás podría tocar como Bach manda la nota do. ¿Y el violín? Para agarrar el arco no hace falta un espléndido dedo meñique. Entre sollozos he contestado que no, yo, como Concha Velasco, quiero ser artista, quiero ser pianista. He salido corriendo de la habitación pasillo arriba y he cerrado la puerta de la calle de un injusto portazo. Menos mal que no ha visto mi herida en la palma de la mano izquierda.

Mi carrera musical hundida por culpa de un higroma, arruinada como antes me pasó con el baloncesto por culpa de un maldito quiste que me hacía fallar las canastas más sencillas, recuerdo el terror al tiro libre, el sudor por todo el cuerpo cuando me dirigía a la línea siempre situada a la misma distancia, el aro, la red y yo, siempre en la misma posición, pero el miedo a fallar era insuperable, aquel aficionado gesticulando detrás del tablero, enseñándome el póster de una chica semidesnuda para desconcentrarme, aquel odioso aficionado enseñándome su culo peludo sin saber que no era necesario, mi dedo me impedía sujetar bien el balón, forzaba la postura, notaba el bulto del dedo creciendo por momentos, pujando por hacer estallar el entablillado de esparadrapo, lanzar la pelota y dar en el aro, el público que aplaudía, el aficionado del culo que ahora lo meneaba como si fuera un diapasón y yo que quería estar en algún sitio lejano, en cualquier sitio menos allí, en el Vietnam de las películas, en la hoguera de la Inquisición, en la piel de un toro en San Isidro, lanzar y volver a fallar, notar las miradas de mis compañeros buscando mis ojos que lloran otra vez, mis compañeros que ya no me palmean la mano, que no me pasan el balón porque saben que no podré sujetarlo, los contrarios que me fuerzan a ir al tiro libre las pocas veces que recibo la pelota, mi quinto dedo de la mano derecha de un jugador diestro que no puede coger un rebote sin retorcerse de dolor, que no puede botar con algo de dignidad antes de que el esférico pegue en la zapatilla y salga por la línea de fondo, que no puede entrar a canasta sin que se le resbale la bola y la entregue al contrario, el entrenador que pide el cambio y me dice, con una cara que nunca olvidaré, tenemos que hablar.  

Recuerdo el día que mi amigo Carlos me abrió la puerta a esta nueva vida. Él es aficionado a ir poniendo, casi siempre sinfonías, obras musicales en el Facebook y comentarlas como de pasada para situar a un hipotético oyente en el contexto. Yo me las saltaba siempre, ávido de leer los chistes y ver las fotos que los usuarios cuelgan en la red o de repasar la prensa nacional a ver qué maldades estaba ideando el Gobierno que, creo o al menos creía, no nos merecemos. De vez en cuando le daba un me gusta, un like dicen los practicantes de esta nueva religión, y mi conciencia quedaba tan en paz como la de la beata después de la confesión dominical. Pero un día algo cambió. Pinché en el enlace a Youtube que mi amigo había dejado y fue como si un rayo de luz entrara en el saco de harina en el que un ratón se ahogaba a la espera de ser lanzado sobre la mesa del panadero, algo así. No recuerdo qué obra era, sería fácil retroceder en su muro y buscarla pero no quiero, la que cambió mi vida. Pensé en todo el tiempo que había desperdiciado, en las horas de concierto en concierto con vatios, sudor y humo, en las veces que estuve a punto de entrar en este mundo de marfil en el que unos elegidos se resguardan del mal y de la carne, en las ocasiones que me asomé al abismo y la pereza y el miedo me hicieron retroceder. Años perdidos que no volverán. Ahora quiero coger de la mano a Amadeus, pobre niño prodigio siempre viajando como un mono de feria, con su cuerpecito molido tirado en una cama, siempre demasiado blanda, que cierra los ojos y solo ve pentagramas, en el pobre Mozart de humor extrañamente cambiante, que consiguió con el tiempo reunir una fortuna y la dilapidó en mujeres y  juego, el genio en zapatillas con un enorme dolor de cabeza y una fulana dormida en su pecho. Veo a Johann Sebastian viajando a pie por los caminos polvorientos de ciudad en ciudad, tan luterano, tan amador con su excelente semen que llenó el mundo de Bachitos que terminaban muriéndose demasiado pronto, como su primera mujer, como sus padres que lo dejaron huérfano a merced de clérigos y príncipes relamidos que le pedían obras para mayor gloria de Dios sin darse cuenta de la redundancia. Pasea por Eisenach siempre nevado y entrena sus dedos en un órgano que sonaba a gruta helada. Y qué decir de Ludwig Van, tan alemán, tan sordo como un pintor aragonés, el que decidió hacer la música que quería llevándole a la ruina, el que coincidió con Mozart en un elegante salón al que miró con admiración, los rizos de ambos para la posteridad en cajitas de nácar para estudiar el ADN en laboratorios americanos, un Beethoven que bebía y se lavaba poco, malhumorado, escribiendo a la luz de las velas con caligrafía endiablada, para tormento de sus copistas, las notas que oía en su cabeza y que siempre se salían del pentagrama. Amadeus morirá tan joven, envidiado, quién sabe si envenenado, recibiendo la visita de algo parecido a la muerte que le encargó un réquiem para sí mismo, sudando en la cama por la fiebre, demacrado, a punto de perder la cabeza anticipando la sección de su cráneo. Ludvig Van en su máscara mortuoria que alguien le hizo en el lecho final, vagando por las calles y durmiendo en calabozos, el silencio absoluto que sintió como una inmensa nevada sobre una catedral, y luego nada. Bach trabaja a destajo, composiciones para la misa del domingo, en su diminuto despacho en Leipzig, atendiendo a sus alumnos ruidosos y a sus decenas de hijos que no paran de llorar. Un coro de voces que no servían y unos músicos primerizos para interpretar las obras en partituras copiadas a toda velocidad. Un ensayo. El estreno en la iglesia justo en el momento en el que las damas entran a ocupar su lugar preferente, cerca del altar, los hombres en las galerías superiores de las naves laterales, el pueblo al fondo mientras los perros entran, los jóvenes se lanzan miradas y el ruido flota como humo por toda la nave central sobre la que llueve la música proveniente de las alturas, de los pies del templo en el que un órgano anticipa el paraíso y el infierno ante el enfado de los predicadores a los que nadie hace caso.

En los bajos de mi casa había una tienda de música. Cerró antes del verano y yo nunca entré en ella. A veces miraba el interior lleno de pianos de cola, de instrumentos de viento, de violines, de guitarras... pero nunca entraba. Saludaba al dueño, ahora sé que era un empleado, cuando éste salía a fumar un cigarro y me lo encontraba camino del portal. Buenos días. Buenos días. Nada más. Echo de menos los ratos que no pasé junto a él, un tipo pequeño, mediana edad, cabeza grande y cuello ausente. Le recuerdo con gafas redondas y unos kilos de más producto de las largas horas escuchando toda la música que le faltaba por escuchar antes de morir. Hubiéramos sido buenos amigos. Él me habría contado los secretos de los compositores, el precio de los instrumentos, me  enseñaría el autógrafo que un día le firmó Krauss a la salida del Auditorio, cuando ya estaba un poco malito y sus azules ojos se tornaban de un color más oscuro, me habría dejado probar el piano de cola, coger entre mis manos el saxofón, tocar un rato la batería para hacer el tonto y, si estaba de buen humor, notar el peso de un violín que casi se me caería al suelo por la emoción y mi torpeza, tantas cosas, habría cerrado la puerta un poco antes de la hora y me pondría en el ordenador, en el que pasaba los tiempos muertos jugando al solitario, fragmentos de sus piezas favoritas, entornando los ojos y sonriendo del modo que sonríen los melómanos, como si una pluma de ganso les acariciara la planta del pie tumbados en la hierba mojada de verano, al tiempo que movería su dedo índice dirigiendo una invisible orquesta, que yo no dejaría de buscar por todo el local, hasta el momento en que abriría sus vulgares ojos marrones y me miraría queriendo decir ves, ahora, es ahora lo que te estaba explicando, ¿lo entiendes? ¿lo sientes? Y yo mentiría y le diría que sí.

En la consulta del traumatólogo he sentido un poco de vértigo. Intentaba concentrarme en las chicas desnudas del Interviú, haciendo como que leía un artículo sobre la vida sexual de la Duquesa de Alba, pero no podía dejar de sudar. El paciente de enfrente, siempre hay un paciente situado enfrente en las consultas privadas de los médicos, no dejaba de clavarme los ojos cuando los levantaba de su iPhone 6 ó 7 en el que yo imaginaba que estaba contando por WhatsApp lo raro que era el tío que estaba esperando junto a él, en aquella escueta habitación, escuchar su nombre y apellidos en la voz de la enfermera rusa con cofia del Dr. Ternilla, eminente especialista en cirugía y ortopedia de la mano al que, las malas lenguas decían, habían privado en más de una ocasión de recibir el Nóbel por su mal disimulada afición al vodka. Creí que aquel individuo me había hecho una foto para colgarla en la red y, cuando iba a levantarme para arrebatarle el teléfono y lanzarlo al patio de luces, la dulce enfermera rusa pronunció, en un español bastante deficiente, mi nombre y dos apellidos. Sonreí, me levanté y salí de allí sin dar la espalda al maldito paciente. En el hilo musical sonaba la última ópera de Luis Cobos y aquello había terminado de desquiciar mi inestable equilibrio emocional de los últimos días. Seguí a lo largo de un pasillo, lamentablemente corto, las rotundas, bamboleantes y cirílicas nalgas de la presunta enfermera eslava hasta que me cedió la entrada en el despacho del eminente Dr. Ternilla. Éste se levantó de su hipocrático sillón de piel y me tendió una perfecta mano bronceada que a punto estuvo de retirar al observar la deformidad de mi dedo meñique. Fue muy profesional al estrechármela aguantando su deseo inicial, los grandes médicos son así, exquisitos en el trato y excesivos en sus facturas. Me invitó a tomar asiento, a lo que accedí un poco mareado por el olor a tabaco del bueno y a alguna colonia de fuerte contenido alcohólico que reinaba en la habitación. Le conté mi problema, aunque él ya lo había adivinado, y fue tomando notas sin mirarme a la cara, hechizado por el bulto de mi falange y el reto que suponía para la ciencia médica contemporánea. Cuando terminé me dijo que no llorara más, que todo tenía arreglo en esta vida -qué guapo era el doctor y qué sonrisa tan bonita tenía- salvo alguna cosilla que solo estaba en la mano de Dios. Reí el chiste futbolístico-traumatológico. Definitivamente, me caía bien aquel tipo, y por eso le dije que ponía mi futuro profesional en sus manos. Me eché a reír pero él no debió comprender la broma porque simplemente se puso a buscar una fecha libre en su agenda electrónica y a escribir, con su hermosa pluma negra de estrella blanca en la caperuza, las indicaciones preoperatorias.

He subido corriendo las escaleras, de dos en dos, hasta el piso séptimo en el que vive mi vecino músico, he dado porrazos en su puerta y me he dejado el dedo índice de la mano derecha rojo como el culo de un mandril en celo, a la vez que escuchaba las notas de un alumno que estudiaba clarinete en el interior y la melodía de Vivaldi asociada al timbre, tocando el interruptor de la entrada del séptimo izquierda. Exéresis del ganglión con cirugía abierta, descartada la opción artroscópica por el tamaño, y toilette reparadora de la articulación. Mi vecino ha salido alarmado, me ha pedido que me calmara y ante la excitación de mi estado ha dado por concluida la clase de su alumna, una joven rubia de amplias caderas que se parecía a Scarlett Johansson que al pasar a mi lado, mientras yo le miraba el turbador encuentro de sus pechos, me ha mirado con la compasión de quien mira a un enfermo mental. Podría valer la anestesia local pero según la intranquilidad del enfermo se valoraría hacerla con general, cuarenta y cinco minutos si no hay complicaciones, y alrededor de diez o doce puntos de sutura. Me ha pasado al salón en penumbra y me ha ofrecido una agua tónica y una bandejita de polvorones castellanos. Le he pedido que me hiciera hueco para dentro de un mes, le he dicho que volvería con un quinto dedo del que se sentiría orgulloso y no con esta monstruosidad que ahora me tapaba con un aparatoso vendaje para alejarlo de la curiosidad de mis conciudadanos y de los manillares de sus bicicletas, que fuera engrasando el piano, que me prestara algunos libros para ir aprendiendo la teoría y que me dijera en cuánto tiempo podría dar mi primer concierto. Él me ha sonreído, siempre sonríe porque está un poco sordo, y con su fuerte acento aragonés me ha dicho que todo a su tiempo, que ahora debía descansar, ponerme en manos de los galenos, ha usado esta palabra, y que me fuera tomando infusiones de valeriana que eran buenísimas para ordenar el talento creativo de los jóvenes aspirantes a músicos de orquesta sinfónica. Antes de despedirme le he besado en los dos carrillos, agarrándoselos fuertemente como hacen las abuelas con el primero de sus nietos. Me ha pedido que no subiera, de momento, por su casa. Tenía que planificar la estrategia y me ha dicho algo sobre un viaje a Centroeuropa que no he logrado entender por el ruido que hacía al sorberme los mocos. Si fuera preciso utilizaríamos factores de crecimiento para regenerar el cartílago y, aproximadamente, con quince o veinte sesiones de rehabilitación en mes o mes y medio tendría un quinto dedo de la mano derecha digno de un catálogo de vendedores de sortijas a domicilio.

El gran día ha llegado. Huelo el desinfectante esparcido generosamente por las estancias del hospital al tiempo que voy tumbado en la camilla empujado por un celador que ha tapado, como si fuera el cadáver de un recién nacido deforme, mi mano derecha. Me dijeron que podría volver a jugar al baloncesto ahora que la selección anda buscando sangre fresca, como Lugosi dentro de su acolchado ataúd en su casita con jardín de Los Ángeles, para el próximo europeo clasificatorio para los Juegos Olímpicos de Río y sus mulatas. Estoy nervioso y algo preocupado. A mi cabeza no viene ninguna melodía de música culta, intento hacer tiempo pensando en atardeceres de fotografía y solo escucho estribillos pop, riffs de guitarras heavys, bases rítmicas de la música que yo siempre amé, alguna variación instrumental de banda sonora, las notas encadenadas de una trompeta en los labios a punto de explotar de un negro. Sin noticias de Bach, ni siquiera de Luis Cobos. En el quirófano están todos esperando con sus batas verdes y sus máscaras. No distingo sus caras. Me sorprende ver allí a la presunta enfermera rusa del Dr. Ternilla a la que reconozco por el balanceo inolvidable de sus caderas. Intento levantarme de la camilla. Me dicen que tranquilo, que preparen sedación general, me agarran en brazo, que cuente hacia atrás, diez, me pinchan y noto cómo un líquido pegajoso y azul entra por mis venas. Nueve. Tengo frío y sueño. Creo que he gritado que no quiero morir, que no quiero operarme. Ocho. Ellos no me han oído o simulan que no me han oído, a lo mejor no ha salido ningún sonido de mi garganta, siete, y todo está en mi cabeza, como las canciones de los Pixies que oigo con nitidez, como la voz, seis, aspirada de J cantando a dúo con Antonio Luque, el piano de Iván Ferreiro, el bajo martilleante de Lagartija Nick. Cinco. No quiero ser pianista, ni siquiera entrenar a baloncesto. Todo ha sido un error, un maldito error, otra equivocación en mi vida, quiero mi dedo, cuatro, tal y como está, me dejé llevar por la pasión y la Belleza, nunca aprenderé, como la vez que quise ser pintor y me fui hasta Altamira a fotografiar la cueva, no me dejaron. Tres. No quiero morir, todo se he vuelto oscuro, escucho el tintineo del bisturí como los cubitos de hielo en un vaso alto lleno de la ginebra que me bebía en los conciertos moviendo la cabeza de arriba abajo, de arriba abajo, dos. No puedo moverme, no siento nada. Veo al soldado de la Primera Guerra Mundial que voló por los aires por culpa de una mina en una película de Dalton Trumbo que me recomendó mi amigo Alfredo. Uno. Kurt Cobain y Germán Coppini me dicen que no tenga miedo. Al fin descanso.        



      


domingo, 17 de agosto de 2014

EL SOPLAO

Se levantó temprano después de una fría noche. Es julio pero en el norte sigue haciendo falta una ligera manta para dormir. Está de buen humor, le duelen los huesos pero no más de lo acostumbrado. Tiene unos treinta años y está viajando hacia Santiago de Compostela. Lleva un par de días alojado en la casa de un pueblecito en el valle del río Nansa. A su alrededor es todo tan verde que parece que lloviera clorofila cada anochecer, cuando todos duermen. Se ha vestido con su traje más viejo y se ha calzado los zapatos de clavos, calcetines por encima del pantalón. Ama la naturaleza, la montaña, es un gran aficionado a las excursiones y por eso pertenece al Centro de excursionistas de Cataluña. El aire libre le hace bien, es bueno para el reúma, y no ha dudado en aceptar la invitación de Alonso para acompañarle en una visita por la Sierra de Arnero. Bebe un tazón de leche, come pan con manteca y un trozo de chocolate. Sonríe al recoger la pequeña mochila en la que le han preparado algo de almuerzo y un poco de agua para el camino. Empiezan a andar y se despide de la dueña de la casa, la madre de Alonso, agitando la mano con timidez. Levantan la vista y ven la cima, todavía oscura, a la que deberán llegar lo antes posible subiendo por la senda escondida entre los árboles, la que usan los jabalíes y los caballos, desde la que en un día despejado se ven los Picos de Europa.

En los últimos veinte años el pueblo se ha llenado de gente, de mineros que vinieron a trabajar en las minas La Florida convirtiendo la vieja aldea en un lugar lleno de vida, de niños y gritos, de tabernas y golpes en las mesas, de zinc, plomo, explosiones y caras sucias. Hoy es domingo y hasta la hora de misa todo parecerá un sueño olvidado. Por el bosque solo se oye la respiración de Alonso y Antoni. Apetece buscar las zonas que el sol empieza a clarear en la húmeda mañana santanderina. Los azules ojos de Antoni se llenan de algo parecido a la menta y, junto a su poblada barba de pelo rubio, le dan el aspecto de un dandy nórdico. Es pequeño pero fuerte, mira obstinadamente los pedruscos del camino, intentando seguir los pasos de su guía mientras piensa en formas y espacios. Ha dejado empezado el proyecto de Casa Vicens para viajar hacia poniente y echar un vistazo al encargo que le hizo el Marqués de Comillas, suegro de su amigo el Conde Güell: construir un hermoso palacio de descanso como nadie hubiera conocido por aquellas tierras. Lo pintará de verde, del mismo verde oscuro que empieza a buscar ahora que el sol golpea en su sombrero, un sol de color amarillo como las margaritas que decorarán las fachadas de ladrillo rojo rematadas por un tejado del color de las granadas mallorquinas. En Astorga y León hará castillos de cuento antes de que Disney pudiera soñar con ellos.

Alonso le contó a Antoni, durante la cena, un descubrimiento que había hecho unos días antes. Los mineros estaban empezado el avance subterráneo en la montaña, perforaban su piel queriendo llegar a las tripas, al centro de la Tierra, alcanzar el nivel del mar si era preciso para arrancarle las piedras que comían sus hijos. Uno de ellos, de manos rocosas y voz ardiente, maldecía entre las botellas de vino de la fonda la hora en que su cabeza asomó a una cueva enorme, la hora en la que sintió un soplao que le limpió el polvo de la cara, apagó la llama del casco e hizo que tuvieran que volver a golpear la montaña donde más dolía. El jefe de la cuadrilla se acercó a ver aquella maldita oquedad y decidió que al menos serviría para echar los escombros sin tener que sacarlos a la superficie. Hasta donde la luz de la lámpara alcanzaba aquello daba la impresión de ser la barriga de un dragón malherido. Habría que respetar su descanso de tantos siglos para que no empezara a escupir fuego y flechas. Alonso y Antoni están en la boca de la mina, se sientan en el suelo a secarse el sudor y a comer algo antes de entrar. Antoni está nervioso pues el guía le contó lo que había visto allí adentro, nada que ver con Montserrat ni Mallorca, un prodigio oculto a la vista del hombre quién sabe hace cuánto tiempo. Alonso conoce el camino, enciende las lámparas, comienza a bajar justo cuando el sol escocía en el cuello. Unos minutos de frío, silencio y miedo. Por fin.

Es una cueva de hielo reflejada en un lago apenas profundo que parece lanzarse hacia la nada. Pero ni es hielo ni es un lago, es carbonato de calcio, aragonito filtrado desde la montaña durante millones de años, que gracias a su obediencia a la gravedad formaron estalactitas y estalagmitas, tan blancas como el hielo, tan frías como un diamante helado. El vientre de la ballena sigue tragando marineros en las aguas del cercano Cantábrico. Ahora gotas de agua y nada más, sentarse una vida para ver caer una gota de agua, son cien años golpeando en la cabeza rapada de Antoni, son cien años unos pasos atrás, a la derecha, son cien años que esperarán a que otros cien le caigan encima junto a una lágrima. Solo se oye el silencio, la respiración en los oídos dentro del vientre materno, casi se puede flotar. Es un viaje al fondo del mar sin botellas de oxígeno aún por inventar, Julio Verne andará pensando en ello, George Lucas tendrá que nacer para imaginarse al milenario y verde Maestro Yoda llevándose el dinero de su pequeño país a otro más pequeño lleno de montañas, maldito seas por siempre. Algo no va bien. Caminan resbalando, tocando las piedras húmedas. Algunas se han revelado, no quieren ser ordenadas, hacer lo que se espera de ellas y se han vuelto excéntricas, anárquicas, helictitas. Son finas como agujas, transparentes como la piel de una doncella, como la cara de un ángel un segundo antes de estrellarse contra el suelo, y te traspasan, hacen que una gota de sangre se quede allí atrapada para siempre produciendo un rojo tan distinto al óxido de hierro, tan desconcertante para un espeleólogo del futuro cuando todos hayamos muerto ya, como un pequeño insecto en su ataúd de ámbar. Las formaciones excéntricas son parásitas, trabajan sin descanso como el flujo de una planta carnívora desintegrando una mosca curiosa, son las raíces vegetales envidiosas de la belleza de la geometría y la gravedad. Quieren recubrirlo todo como una colmena de abejas, como un coral submarino incrustado en el caparazón de una tortuga, como las lianas de la selva alrededor de un templo azteca, como si todo aquello fuera el reverso del hogar de un diminuto esquimal a punto de suicidarse. Caminar más allá, con el miedo de no volver, de no encontrar el camino, para descubrir una sala tras un cortinaje cálcico, banderas que ondulan al viento inexistente de un castillo medieval en el que una princesa llora eternamente para producir formaciones minerales por las que resbalan en zigzag sus glóbulos blancos, por las que las gotas ondulan como la lluvia en la ventana de un caserón en otoño. Un minero gritó al encontrarse de frente una estatua de sal bíblica, un gigante blanco que era el guardián de la cueva y del que un niño que aún no ha nacido dirá que se parece a Homer Simpson. Frío. Las bocas expulsan vaho y las vacas rumian pensando en cosas hermosas. Un techo cuajado de estrellas blancas bajo el que cantarán arias imposibles sopranos anoréxicas cien años después mientras el público no se atreve a tocar las paredes ni a llevarse un trozo de recuerdo para la mesa del comedor. Querer chuparlas y averiguar, por fin, si saben a sal precipitada en el desierto de Sonora, a los huesitos de unos niños abandonados a pleno sol. Podría ser el fondo del mar, la superficie de la luna mentirosa, el viento y el tiempo azotando las raíces de un gigantesco baobab africano. Girar en un salón de espejos en un cuento, en Versalles, una reina baila en círculo sin sospechar que un día morirá decapitada por el pico de un minero aburrido, barrenada con dinamita para dar de comer a las águilas reales. Conos subiendo hacia el cielo que refleja un sueño que se parece a una catedral en la que expiar los pecados de la Humanidad entera que va en procesión hasta el borde del abismo. Estudiar formaciones geométricas, elaborar maquetas tridimensionales intuidas en la oscuridad, saquitos de arena colgados de cuerdas que se ahorcan justo en el centro y se elevan en la cara del espejo que nos lleva hasta Dios por una escalera de cerámica triturada en trencadís. La Naturaleza orgánica llena de juncos y cañas, columnas arborescentes dulces como un ballet de medias blancas y gemelos y nalgas duras. El cielo estalla en estrellas blancas y la luz se derrama como leche caliente. Torres porosas en las que se entretiene el soplo divino, en las que las palomas anidan a salvo del grisú, el espíritu se alimenta de gusanitos de queso. Dibujarlo todo con un lápiz antes de que la humedad le haga llorar de dolor y no pueda ver la Torre de Pisa menos inclinada que la real y un descomunal falo que parece a punto de caer al suelo. Sentarse en el centro de un volcán de magma congelada, anaranjada por momentos, con sabor a sangre y hierro. Orejas de elefantes plegadas hacia atrás, diminutas orejas de murciélagos marrones colgados del techo, un bosque a punto de caer sobre nuestras cabezas, del que solo puede escaparse reptando por el suelo, como los heridos en un incendio, ramas que formarán una hoguera digna de Juana de Arco, patatas llenas de grillos americanos, tres pastorcillos blancos viendo a Lourdes, a Fátima, la Santa Compaña que busca almas a las que salvar de los enanitos de Blancanieves, un desfile inquisitorial lleno de capirotes como pináculos, como pirámides, sentarse a dibujar la línea del horizonte y no volver a lograrlo jamás, un carboncillo negro, un papel de yeso blanco, un dolor en el pecho, los árboles de la superficie del mundo despegando en una nave extraterrestre, una barrena gigante a lo que adoran los duendes amarillentos, el fantasma de la ópera y un antifaz, los tentáculos de un calamar gigante atraído por la luz abisal, alguien llora barro en un rincón y el astronauta lo moldea con sus botas, como unos niños desnudos a la orilla del mar de Sorolla, galaxias enanas, diminutas, estrellas blancas y nieve ajena a la gravedad que cae hacia arriba, como en una película danesa puesta del revés, Miquel Barceló y la Unesco, millones de litros de pintura disparada, disparatada, arrojar un calamar contra la pared y ver cómo resbala dejando un rastro de caracol, plantas carnívoras abren sus fauces de colmillos verdes, cirios sin llama ni sentido, los amantes que se esperan hace un millón de años hasta que consiguen rozarse y ser uno hacia el final de los tiempos, un segundo de contacto que haría volver la cabeza avergonzado al espectador, hongos de anchas caderas, medusas condenadas a no flotar, el marfil de un colmillo recién llegado de Asia, columnas dóricas a las que abrazarse, las patas de una araña albina vistas al microscopio, minúsculas gotas de agua de rocío como vidrio soplado, copos de nieve geométricos llenos de luz, un algodón de azúcar de una feria junto al mar, sobre un muelle que esconde capullos de seda a punto de reventar como las venas de un submarinista, diamantes y plantas, flores alpinas, margaritas escarchadas, las manos en formación de un feto agarrado al cordón umbilical, huevos de codorniz bañados en chocolate, huevos que llevan en su interior un pato a medio hacer, peladillas y caviar, el desove de las tortugas a la luz de la luna mellada, fina lana hilada en una rueca refulgente, gritar no puedo más, sácame de aquí.

Antoni Gaudí no dijo una palabra más hasta que terminó delirando durante varios días, en un idioma desconocido, en la cama llena de fiebre y frío. Había dibujado en su cuaderno de campo durante horas. Solo veía torres, columnas, capiteles, luz filtrada, el reino vegetal explotando en su interior. Nunca llegaré a Santiago, pensaba, al tiempo que volvían a casa antes de que anocheciera.             





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lunes, 9 de septiembre de 2013

A RELAXING CUP OF CAFÉ CON LECHE (20PESADILLA20)

El cuento que aparece a continuación fue vomitado en facebook durante los dos días que siguieron a la eliminación de la candidatura española para los Juegos Olímpicos de 2020. Fue divertido trabajar en directo, sin red, con las ventajas e inconvenientes que ello supone. Está hecho a golpe de sístole y diástole, sin rectificaciones y sobre la marcha. Supongo que se nota. Me he reído mucho imaginando y escribiendo. Si ustedes lo pasan la mitad de bien... objetivo cumplido. Muchas gracias a Ana Botella, musa indispensable, lo más grande de este país desde lo de la abuela pintora de Borja. 

He dormido fatal esta noche. Constantemente se me aparecía en sueños Dª Ana Botella ¿Botella? Estaba despeinada y sonreía todo el rato. No sé qué me decía de un 2020, alguien que quería jugar. A lo mejor es que me hablaba en inglés y yo no lo entiendo muy bien, aunque la verdad es que no pronunciaba demasiado allá. Reía pero se le veía triste. Me hablaba de su marido, de su hija, de su yerno, de los amigos de su yerno y no sé qué de un pelotazo. Estaba desnuda y se envolvía en la bandera de España, en la roja-amarilla-roja. También salía, en mi sueño lleno de aparecidos, uno alto con barba y otro no tan alto con barba también. Estaban tristes. El más alto con barba me decía algo sobre un reino que nunca tendrá. Al menos alto con barba no logré entenderle nada. Seseaba y decía banalidades. Creo que hablaba en inglés. 
Me he despertado sudando, tiritando, muerto de miedo. Me han dicho que seguirían en mis sueños hasta que nos dieran no sé qué... Me hablaban del 2024, el 2032 o el 2158 (Ya estaré muerto entonces. Que se jodan. A los muertos no hay huevos de aparecérseles en sueños).

Acabo de tener una visión. No sé si ha sido una aparición o un retazo de la pesadilla de esta noche que vuelve a por mí. Creo que va a quedarse conmigo durante un buen tiempo. He visto a Dª Ana Botella ¿Botella? que seguía con la dentadura petrificada. Se me han quedado los pelos como a ella, parezco una menina como dice Patricia Esteban. Soy bastante asustadizo, me cago con los programas del Iker Jiménez, y no tengo estómago para estos trances. Me sigue hablando en inglés, está empeñada, y dice algo de un café con leche en la Plaza Mayor. Su marido está muy triste, tanto entrenar para nada, no sabe qué va a hacer ahora con esos abdominales. Me dice que le hacía ilusión ir a ver los Juegos en limusina, que lo de Tokio le pilla muy lejos y le va salir por una pasta lo del avión. Era casi tan chulo como casar a tu vivo retrato sin bigote en el Escorial con ese montón de amiguitos del alma. Eso sí, me cuenta que el que está peor de todos, le han tenido que dar una caja entera de biodramina mezclada con vodka, es el de la barba, el que era el más alto. Aparte de no tener su reino de cuento dice que la princesa ya no le quiere, que se ha puesto un culo nuevo en Suiza y aún no se lo ha enseñado. Y que papá andará, es un decir, muy disgustado. Ni habrá tenido ganas de decirle guarradas al oído a esa princesa tan guapa que viene tanto por casa cuando no está mamá. Fin de la visión.

El del medio de Los Chichos también se me apareció en el sueño pero le dije que era en la cabeza de mi vecina del octavo, la morenaza que un día me encontré en el ascensor y que me dijo que estudiaba lenguas muertas. Recé al Dios del catecismo para que nos quedáramos colgados, ella tuviera miedo, me abrazara y yo pudiera sentir sus duros pechos de mármol como el de las diosas semidesnudas que ponen posturitas en el Partenón. No me hizo caso. O es que no cree en mí o es que estaba hablando por el móvil con Vilas que últimamente no le deja ni a sol ni sombra. Solo me faltaba el de Los Chichos tocando rumbas, como si fuéramos pocos. Por lo menos Ana Botella ¿Botella? se había ido al baño a retocarse el peinado y había algo más de sitio. Tuve que consolar al de la barba, al más alto, que no dejaba de llorar, yo creo que por lo de la princesa. Le confesé que a mí también me gustaba en el telediario de Urdaci, aquel pequeñajo con mala leche que decía C-C-O-O. Me miró sorprendido. Yo también le pedí a mi padre que llamara a la tele para ver si quería salir conmigo. Mi padre me dijo que no tenía el teléfono y que qué les iba a contar. El padre del de la barba, el más alto, le dijo que claro, que ahora mismo se la hacía traer a Palacio. Creo que ahí se enamoraron y a mí me dejó tirado. Todavía hay clases, me dijo, y que lo del barbudo despeinado que enseñaban en la escuela era una milonga. Por fastidiarle le he dicho que ahora no me pone tanto. Me gustaba más gordita y sin tanta cirugía. No me mola ni la nariz, ni los pómulos, ni siquiera su hoyuelo en el mentón que más se parecía a la punta del glande de un judío en Varsovia que a otra cosa. Me ha dicho que te follen y se ha ido a por más vodka.

Ana Botella ¿Botella? volvió del baño, el peinado seguía más o menos igual pero se había puesto más colorete en las mejillas. Parecía una cabaretera de gira por casinos de pueblo pero no se lo dije. Lo estaba pasando mal. Seguía empeñada en hablarme en inglés. Afortunadamente esto es como todo, con un poco de tiempo, si vocalizan y te lo dicen despacito, vas entendiéndolo casi por completo. Ya comprendía café con leche, plaza mayor, sol y toros. Y juraría que algo había dicho de una pandereta. Sentí pena por su marido, por su hija, por sus bigotes, por el yerno y sus otros seis o siete hijos. No andaba lejos un alcalde de Barcelona con el pelo blanco y los ojillos medio cerrados que ya no recuerda que un día ganó una votación parecida a la de ayer. Preguntó por tanto alboroto y algo de lo que iba yo pillando de semejante jaleo le conté. Que si le hubieran llamado a él... otro pelo nos luciría, murmuró bajito. Éste me hablaba en catalán pero podía hablar con él con bastante fluidez. Es que es una lengua romance, me dirá un día la vecina del octavo que estudia lenguas muertas y supongo que vivas también. Pascual, Pasqual, anda a descansar un poco y no líes más la cosa, le dije con cariño y una palmadica en las espalda. Los del Barça somos así. Ana Botella ¿Botella? se ha ido a chivar de lo que pasa a uno pequeñico con gafas que parece que manda. Lleva una chaqueta azul, una corbata roja y el inevitable pin en la solapa. Interrumpe su discurso sobre victorias, esfuerzos, proyectos, marcas y qué felices seremos, hace un puchero y dice que se lo va a contar todo a los deportistas que abarrotaban el boeing 747 Madrid-Buenos Aires. Me encojo de hombros y pienso en las esculturas griegas.

Los deportistas de la delegación me rodean. Encabeza el grupo uno muy alto con barba, mucho más alto que el otro alto con barba y que el de la barba menos alto que el otro más alto de la barba y que seseaba un poco. Lleva una chaqueta azul, una corbata roja y un pin muy chulo que en su solapón parece la cagada de una mosca en el mantel de un bar de barrio de menú diario. Una nadadora de ojos azules que parece alemana me enseña sus dos medallas de oro colgadas al cuello y yo no dejo de admirar su pecho olímpico. La que lleva la voz cantante, porque me están gritando todos en un coro poco amigable, es una canijilla que hace vela, windsurf o algo así. Me chillan pero no les entiendo, me deben hablar en español y yo ya me he acostumbrado al inglés. Miro a Dª Ana Botella ¿Botella? y ella me va traduciendo. Se lo agradezco con un disimulado pellizco en el culete. La velista, o se dirá velera, me dice que si me parece bonito reírme de su labor, que se ha tenido que trabajar a los 94 miembros del COI, me traducen como CIO, o a los miembros de 94 COIS o no sé muy bien qué me cuenta. Es un lío no tener unos casquitos con traducción simultánea. Cuando voy a decir que yo no me río de nadie, que no entiendo a que se debe este alboroto en mi cabeza, les recuerdo que están en mi cabeza sin mi permiso, me interrumpen y me hacen poner de rodillas con dos tomazos de la biografía del Barón de Coubertain en cada mano. Me explican que han madrugado un montón para venir hasta Buenos Aires, de qué me están hablando si yo vivo en Zaragoza, y que en el avión se han acabado las botellitas de alcohol a medio vuelo y que el sandwich de ternera búlgara estaba asqueroso. De verdad que lo siento. A mí lo que me mata las tripas son los bocadillos de salchichas picantes. Cuando llega el alto de la barba pero no tan alto como el marido de la princesa y mucho menos que el deportista de la barba que por lo menos mide tres metros, se hace el silencio.

España es un gran país. Un país muy bonito. Con gente muy amable y guapa. Tenemos sol y playa. Y gente amable. Porque España es un gran país que tiene una bonita bandera:roja-amarilla-roja. A mí me gusta España. Y a todos los que nos visitan porque somos un gran país. Lo demás no me consta. Si nos eligen a nosotros no se equivocarán. Si eligen a los chinos, ustedes sabrán. Ellos son más grandes pero solo en terreno. Lo malo es que tienen menos playa y la gente es más fea. En sus manos me encomiendo. Y tal. Este es el resumen del discurso que me lanzó el señor de la barba alto pero menos que el otro que era más alto y menos que el más alto que también llevaba barba que llegó más tarde. Yo solo escuché lo de "España es un gran país". De rodillas y con los brazos en cruz, me hipnotizó con su lengua viva, envidia de mi vecina del octavo, y con sus guiños del ojo derecho, claro. Lo que transcribo es gracias a lo que luego me tradujo Dª Ana Botella ¿Botella? y que me contó en un aparte mientras se retocaba el peinado y decía que qué pena, que qué injusticia y que los miembros del CIO estaban dopados. El señor de la barba que hablaba bonito, el mediano de estatura, seguía soltando su discurso a quien lo quisiera escuchar. Antes de olvidarse de mí me reprendió por haberme olvidado de la medalla de oro que ganamos en ciclismo sobre aceras paseando perro con cara de mala hostia a la vez. Le trasladé mi admiración por dicha modalidad deportiva y le dije que sobre todo admiraba a los que además hablaban por el móvil al mismo tiempo. Deberían darles un ministerio de economía más merecidamente que a otros uno de educación sin haberla conocido y a otras uno de empleo sin haber tenido uno en la vida. No me toques los cojones, niño, me dijo. Y se fue a predicar en el desierto.

Me contaron que en el avión se montó un pollo cuando el señor de la barba que hablaba bonito, el que era el más pequeño y no el mediano como me pareció cuando me habló estando yo de rodillas, se empeñó en fumarse un puro tumbado a la bartola en bussines class. Los guardaespaldas tuvieron que convencer a la azafata recordándole el montón de parados que había ahí abajo. Como el caviar que le sirvieron le resultaba algo pastoso y el vodka dijo que sabía a pipí de monja, se empeñó en pedir una pizza familiar con doble de pepperoni y que le subieran unas botellitas de albariño en el Air Force One. Dijo que conocía al puto amo de los USA y que si no te valía para esto el haber llegado tan alto, para que te iba a valer. El otro de la barba que era más alto que éste que era más bajo pero hablaba muy bien intentaba dormir en su butaca de oro. Bajo su antifaz se acordaba de los consejos de su padre que andaba, es un decir, algo cascado y en todo el amor que había en sus ojos cuando le dijo: y no la vayas a cagar ahora que te corto los huevos, con su habitual campechanía y el gracejo de los de su estirpe. Este chaval andaba triste, la princesa acudiría directamente desde Ginebra, Suiza, porque le habían obligado al grito de no te vamos a ingresar la nómina, y él la echaba mucho de menos. Cómo sería su nuevo culo. Los dedos se le hacían agua pensando en eso aunque temía que la rechazaran en la frontera al no coincidir el careto del pasaporte con la nueva cara que acababa de terminar de ponerse. Envidiaba a su padre, tan ricamente en Palacio, con su amiga la princesa alemana tan guapa, a la que no se acostumbraba a llamar mamá pero que seguro acabaría queriendo. Su madre de verdad andaba de rebajas en Londres y ni en las felicitaciones de Navidad se quería poner para la foto. Ha venido con su tía, me explicaba Dª Ana Botella ¿Botella? que ya me sonreía y me hacía ojitos, una vieja de pelo blanco y cara de estar colgada en El Prado, el museo, tú sabes. El Patriarca la ha mandado a vigilar y pa que no la cague, me dijo con su acento de Oxford que tanto estaba empezando a gustarme.

El avión no dejaba de moverse. Los atletas andaban en la clase turista haciendo la conga y tirándose gusanitos de un asiento a otro. El de la barba, el que era el más alto de todos, tanto que tuvieron que sentarlo en el suelo para que no se diera con el techo, no fallaba ni una en el lanzamiento de palomita salada al escote de la azafata maciza. Las de bussiness estaban más buenas pero eran más ariscas, las guapas ya se sabe. La nadadora con pinta de alemana entraba y salía del baño para mojarse la cara pues no estaba acostumbrada a estar tanto tiempo seca y no dejaba de molestar a uno que corría 1500 metros en su juventud. Tenía cara de pueblo, regordeta y colorada, y de no entender nada aunque se lo subtitularan. El comandante del avión dijo por megafonía que se bajaran del escenario pero ni por ésas. Ellos a lo suyo. Había una actriz rubia recién embarazada, antes de subir al avión, que nadie sabía muy bien qué pintaba pero que adornaba mucho. Y una chica de color negro que juraba que era atleta pero nadie pudo averiguar si era cierto. El resto de los seiscientos pasajeros eran figurantes y miembros de los más variados comités de siglas dificilísimas. El fiestón era de aúpa y se acordaban mucho de lo graciosos que eran el tenista con problemas en el calzoncillo y el de la Fórmula 1 que tenía aquel cuello tan gordo. No habían podido venir porque les tocaba currar. Una putada. Al fondo, en una esquina, los periodistas de la tele que no dejaban de hacer fotos y cantar oé oé oé. Qué tristes se quedaron al día siguiente. Yo no lo entiendo. Mola más irte a Japón que tener que volver a casa a cenar después de narrar el tiro con arco. El más apenado era uno que presentaba telediarios y lo hacía tan mal que lo pasaron a deportes otra vez. No sabía leer lo que le dictaban. Una pena. Cuando Dª Ana Botella ¿Botella? dijo que por las ventanillas de la derecha se veía la muralla china, o algo parecido, el boeing 747 casi se da la vuelta como un escarabajo pelotero.

Otra vez he dormido fatal. Bueno, no os mentiré, he intentado no dormir para ver si la pesadilla desaparecía de mi cabeza. Estoy agotado.Pero es difícil no dormir aunque solo sea un momento. Y entonces allí estaban ellos. El tiempo onírico es distinto al del ordenador y el café con magdalenas. Cerraba los ojos cinco minutos y vivía un infierno de horas. He visto a un tipo de largas barbas blancas y gafas redondas. Me ha dicho que él tampoco podía dormir el sueño de los justos. Los japoneses habían organizado tanto alboroto, en el cementerio que visitaban para hacer fotos, que se había removido de su tumba. Se llama Valle-Inclán y juraba que ni en los mejores momentos de Max Estrella y Don Latino había visto tanto esperpento. También había un tipo apocado, gris, bastante tímido. Decía que era Don Anónimo, autor del Lazarillo de Tormes, y que salía de la fosa común a ver qué pasaba. Jamás en su corta vida conoció tanto pícaro junto. Le he dicho que no me creía que hubiera escrito la novela y se ha ido llorando, que siempre le pasaba lo mismo. Hasta el mismísimo Francisco de Goya ha salido de su panteón, y mira que está sordo como una tapia, con una camiseta negra estampada con uno de sus Disparates, cagándose en Dios que ni en el más allá puede estar uno alejado de los imbéciles. Esto ya me supera. Me despertaba, tomaba café, leía la obra completa que tanto me gusta de un amigo de Tellerda para seguir con los ojos abiertos y plof. Allí estaba un compañero de trabajo, rubio y fuerte como un estibador soviético, que me decía que no creyera al segundo más alto de la barba que se había ligado a la presentadora-princesa. La lucha de clases existe, el materialismo histórico, la dialéctica hegeliana. EL gordo de melenas y barba cana se sentía ofendido por el real barbudo moderno y estaba de camino desde su cementerio londinense para decirle cuatro cosas al gazmoño y su papá. Tardaría un poco pues había atasco en Dover. El del medio de los Chichos empeñado en tocarme una rumbita. He gritado que era en el octavo, que eligiera su agujero favorito y se colara en la morenaza de las tetas de mármol. Y Francis Matthews no dejaba de llorar cada vez que abría la boca Dª Ana Botella ¿Botella?

Relaxing cup of café con leche, repetía una y otra vez Dª Ana Botella ¿Botella? cuando aquel tipo dijo algo sobre Tokio. Un futbolista muy famoso, mientras tanto, comía sushi con una novia muy guapa que tiene, no tanto como la vecina del octavo pero no está mal, y se hacía fotos para que todos vieran que se puede ser de Madrid y tener amiguicos nipones. Y es que el de barba menos alto que hablaba tan bonito se enfadó mucho y quería declarar la guerra a China. Relaxing cup of café con leche. El pequeño de gafas que parecía que mandaba mucho y que tenía una bonita chaqueta azul y una corbata roja muy chula se quería morir. ¿Qué hago ahora con todo este circo? El de barba alto, pero no tanto como el otro de barba que era más alto que ninguno y viajaba en el suelo del avión y le habían tenido que poner dos sillas para que largara su parlamento bien sentado, se sintió liberado y miró a la presentadora-princesa con infinito amor al tiempo que su tía, recién sacada del museo de cera, pensaba en su hermano que no andaba, es un decir, muy flamenco, y en esa princesa alemana tan guapa que se había mudado a Palacio porque aquél, el padre del enamorado de la del culo suizo postizo amenazó con dejar de respirar hasta que no le concedieran su capricho. Relaxing cup of café con leche. Su hijo se acordaba de su cuñado, de lo bien que hubiera quedado desfilando por ahí a los acordes del himno nacional y que por su mala cabeza le había tenido que borrar del facebook. ¿Qué hora será en Suiza? ¿Vivirá ojitos azules cerca de la clínica en la que ponen culos a lo Shakira? Una nube cruzó su regia frente. La velera o velista apoyaba su cabeza en el hombro de una esquiadora morena que se deslizaba por los Alpes suizos que era un primor. Un día se rompió una rodilla y le salió culo sin necesidad de cirugías. Hemos perdido pero nos hemos divertido, alabí, alabá, alabimbombán. No me lo explico, no me lo explico, aydonunderstán, tanto frotar los 94 miembros del COI, del CIO o como se diga...para nada. Lo peor vino cuando llegó el fax con el membrete de una corona: se suspende la cena de gala y todos a la cama a dormir, sin postre. Firmado: una princesa alemana muy guapa. Relaxing cup of café con leche.

Los deportistas y el resto de la delegación española duermen en el avión de regreso. Están cansados pero contentos, exhaustos pero una sonrisa se dibuja en su rostros. A veces se gana y a veces se pierde, había sentenciado el de la barba que era alto pero resultó ser el menos alto de todos los que llevaban barba en el Hilton y alrededores. Afortunadamente parece que le han quitado la idea de bombardear China y se entretiene haciendo volutas con su enorme puro habano opositor. Cuando anunciaron la derrota, medalla de bronce, y les dejaron sin postre, nadie quiso subir a sus habitaciones. Invadieron Puerto Madero, una zona muy chic de Buenos Aires, y empezaron a pedir relaxing vodka con naranja, relaxing vodka con limón, relaxing vodka con vodka. Las penas con relaxing son menos penas. Bebían y bailaban, bebían y se tocaban, bebían y bebían. Entonces sucedió. Al de barba que era el más alto de todos, y cuya cabeza veían como un faro en la niebla desde cualquier punto de la fiesta, le dijeron que bailara el limbo. Se descojonaban pensando en su corpachón doblado hacia atrás para pasar por debajo del listón. Pero tuvo una idea mejor: él haría de listón. Se sacó su enorme miembro erecto y gritó con atronadora voz que ya podían empezar a pasar por debajo de su pirulo. Y así lo hicieron. Uno tras otro todos fueron rindiendo homenaje al mástil horizontal, envidiado y deseado a partes iguales. Vodka a vodka la ropa iba cayendo al suelo y aquellos jóvenes de cuerpos tersos y corazones resistentes dieron una lección olímpica al mundo entero. Juraría que Dª Ana Botella ¿Botella? dijo lo que yo entendí. Se quitó la bandera de España, roja-amarilla-roja, que no había abandonado en todo el día y se quedó vestida nada más que con un bonito collar de perlas, parecido al de mi perro Toby, y dos gotitas de Chanel number five. Quiero practicar sexo anal contigo, entendí. La miré, incrédulo y admirado por la tersura de sus pechos, y le pedí que pensara en su marido, en su hija, en los bigotes, en su yerno, en el arzobispo de Cuenca. Dijo que el anal si era con amor no era pecado y que además no había que utilizar los prohibidísimos anticonceptivos. No me dio tiempo a decirle que me acababan de hacer la vasectomía, no sabía cómo se decía en inglés. Nunca olvidaré los glúteos de aquellas chicas ni las manos de sus cirujanos. Chicos y chicas de todos los colores y estaturas, depilados y sin depilar, de clases e ideologías variopintas unidos para formar los aros olímpicos. Me emociona recordar el ejemplo que estaban dando al mundo entero que no nos supo entender. Se han acabado las gomas, gritaban los maratonianos. Conocidos son estos problemas que siempre suceden en las villas olímpicas. Making anal sex, relaxing anal sex, recomendaba nuestra musa con formidable acento del Soho londinense. No se vayan a condenar. Me desperté mojado y apareció un abuelo con boina.

El abuelo se apoyaba en la barra de un bar, bebía un chato de vino y fumaba celtas cortos sin boquilla. Ya no quedan hombres como los de antes. Llevaba una boina igualita a la del mío, la misma boina que yo llevaré un día para que no se me enfríe la cabeza. Estoy deseando que se me caiga el pelo. Me mira y me dice muy serio que si nos hemos vuelto todos locos o qué. Me encojo de hombros. ¡España no tiene el coño para ruidos, joder! ¿No tenéis nada mejor en que gastar el dinero, idiotas? Yo le digo que es una inversión, que ya salimos del túnel, lo de los brotes verdes, que la prima de riesgo... No has aprendido nada por mucha universidad que hayas pisado, me dice negando con la cabeza. Se parece un poco a mi abuelo, le pregunto que qué tal le va. Me dice que bien, que en el cielo ven todo el día partidos de la NBA en el que sale el negro ese pelao tan bueno, el 23 rojo. Empiezo a dudar que sea mi abuelo, no le imagino en el cielo, no era ni de santos ni de vírgenes. Me dice que aún se oyen las risas por todo el Paraíso después de los discursos de los politicastros, del principito y toda la camarilla. ¿A dónde vais con esa gentucha, hijo? ¿No os dais cuenta que jamás ganaréis nada con ellos? Le digo que no se ría de la delegación que fijo acaban todos en el cielo, quiera Dios que dentro de muchos años, con él. Se ríe y me suelta un ¡los cojones! que aún me retumba en mi cabeza hueca. Son un esperpento, unos espantapájaros, imposible que entren en el Reino de los Cielos. Me habla de una aguja y un camello. Luego le oigo algo sobre un gobierno honrado, una república justa y gentes de bien. El viejo chochea. ¿Quieres algo más, abuelo? Me divertía más con los ojetes de los olimpistas... Abro los ojos y ya no está allí. Ya no queda nadie. No voy a volver a dormirme, y si queréis un consejo, si yo fuera vosotros tampoco volvería a hacerlo. En Hollywood hay películas que lo explican. No recuerdo cómo acababan, qué hacía el bueno, o sea yo, para derrotar a los malos. Por eso voy a dejarlo aquí, estoy cansado para seguir escribiendo. Nunca más cerraré los ojos, no soportaría más lecciones de inglés. Por cierto, el sexo anal es cojonudo. Os lo recomiendo.


martes, 3 de septiembre de 2013

SOLEIL LEVANT



Los mendigos de París son los mejores mendigos del mundo. Están en las calles como esculturas humanas, los clochards son el contrapunto exacto a tanta belleza, personajes literarios que arrastran enormes carros de la compra, que se visten con montones de ropas harapientas, que llevan su soledad con dignidad aristocrática en sus caras cuarteadas por el frío y el sol, como el campo que ve pasar las cosechas y las estaciones que tampoco esta vez les dejarán nada. Piden resignados, casi por obligación, en un perfecto francés escrito en un cartón, al tiempo que leen un libro o escuchan una música invisible. Y es que una ciudad así exige unos mendigos que sepan estar a la altura, el Sena y sus múltiples puentes son el lugar idóneo para vivir y crear una pequeña ciudad infrahumana. Allí eructan vinazo en tetra brik  y se rascan el culo a su antojo. No tiene que ser fácil ser pobre en París donde todo es tan caro hasta para un bolsillo de un ciudadano medio. Ellos se saben admirados y respetados, que cumplen una función turística y social, y por eso desprecian a las hordas de pedigüeños del Este que pelean en cualquier lugar para conseguir un buen sitio donde dar pena a los visitantes, a las mujeres renegridas de inevitable pañuelo en la cabeza que se empujan e insultan cuando alguna quiere ocupar su sitio en el suelo en el turno convenido de ocho a tres. Son la élite del lumpemproletariado y algún día heredarán el Reino de los Cielos.

Detrás de Notre Dame hay un inevitable puente sobre el Sena y allí se reúnen los músicos de jazz para tocar y hacer más amena la espera de los turistas que comen un bocadillo en el parque contiguo o que aguardan para subir a la torre y admirarse con las gárgolas enmohecidas. Hace diez años había cuatro, ahora solo queda un pianista que toca melodías reconocibles aunque a ratos se deja llevar por la improvisación y sonríe de medio lado. Casi nadie le hace caso, como tampoco parecen escuchar al guitarrista cantante que afina alguna chanson  y vende un cd con su cara de los buenos tiempos, porque todos se paran delante de la barandilla para admirarse con los candados que la gente allí dejó como prueba de su amor de hierro. En el fondo del río las llaves, matarile rilerón, han debido formar óxido suficiente para matar al último pez despistado que pasara bajo sus ojos. Imagino que pronto los soldados que patrullan metralleta en mano alrededor de la Torre Eiffel, a las puertas del Louvre o en el aeropuerto, lo harán también en este puente de película para restablecer el orden y las buenas costumbres.

En la margen derecha del río, cerca de la catedral, se encuentra la librería Shakespeare and Company, un sitio realmente curioso que mi amigo Antonio Allueva me dijo que no debía perderme. Y de verdad que le agradezco el consejo. Lo que más impresiona al entrar allí es la cantidad de libros que tiene, ordenados en sus estanterías hasta el techo recorrido por vigas de madera. Es una especie de laberinto por el que hay que discurrir con mucho cuidado para no tropezar con los clientes y curiosos. Se respira algo especial, no hay duda. Parece ser que tal y como hoy está la fundó George Withman, un gran nombre, un americano que recaló en París tras la II Guerra Mundial, allá por 1951. De carácter aventurero y algo estrafalario, le llamaban el Quijote del Barrio Latino, logró convertir su negocio en una de las referencias de los artistas y aprendices de escritores que pasaban por la ciudad. En la segunda planta, a la que se accede por una estrecha escalera, hay una serie de habitaciones que en su día eran alquiladas a los que allí acudían a cambio de su trabajo en la librería. Sería algo parecido a una comuna en la que los jóvenes se cortaban el pelo con sus mecheros. Allí se encuentra la biblioteca personal, ordenada y comentada, de Sylvia Beach, otro gran nombre. Fue la primera propietaria. Impresiona coger uno de sus libros anglosajones, llenos de polvo en muchos casos, y hojear su contenido subrayado y anotado. Adjetivos enmarcados, imágenes que recordar, un libro vivido y seguramente amado. Varios carteles te dicen que puedes coger lo que quieras pero que debes dejarlo en su sitio tras su consulta o lectura. Gente bohemia se desparrama por el lugar sentados en sucios sillones, en un colchón testigo de historias de novela, cerca de una ventana pequeña y demacrada, al lado de una underwood  descacharrada. Salí de allí en silencio, como quien abandona una iglesia, pensando en las maravillas que esconden los libros y las vidas de los muertos.

Y es que en las iglesias, en las catedrales, en Notre Dame, se ruega silencio para que podamos seguir haciendo negocio dentro del recinto. Dos mil años después, un montón de evangelios y no hemos aprendido nada de nada.

Quise comprar una guillotina de recuerdo, pequeña, bien engrasada. En la tienda no tenían. Me extrañó no poder adquirirla, algunos llevan colgado al cuello sobre el pecho otros instrumentos de tortura y muerte, y me quedé con las ganas. Eso sí, en el libro de visitas de la Conciergerie, prisión en la que los monárquicos hacían tiempo antes de pasar por el cadalso, escribí mi queja exponiendo que en España nos estaba empezando a hacer falta una.

Una negra grande, de película, con la belleza que solo los negros pueden tener, atiende y ordena ocho horas al día a los visitantes que van a mear en el urinario público situado a espaldas de la catedral. Respiraba una alegría que solo volví a ver en el personal que trabajaba en los barcos que recorren el río, los bateaux mouches. Aquella negraza era feliz entre la mierda igual que los niños millonarios se mueren de aburrimiento y Armani.

Las viejas japonesas con su iphones del último número asesinan con sus flases los cuadros impresionistas en el museo de Orsay. Creen que les han estado esperando ciento treinta años para que les hagan una foto que no mirarán ni en Tokio ni en Fukushima. Si se gastaran algún puto yen podrían comprar una guía con todas las miradas asustadas que se salvaron de su estupidez. Recordará la foto movida y desenfocada por culpa de un español maleducado que le tocó el brazo y le dijo que no. El piloto del Enola Gay debió apuntar mejor y acertar en pleno salón de té de la casa de su madre, al lado del palacio del emperador.

En los museos como el Louvre hay que actuar con la estrategia de un cazador. Entrar en una de sus muchas salas, mirar los cuadros expuestos sobre cada centímetro de sus paredes y elegir una presa. Acercarse y buscar una cara, unos ojos, una mirada. Perderse en ella, cientos de años atrás, notar el calambre y ser feliz. Una vigilante, que huele a sudor y no levanta la mirada de su teléfono móvil, te responde cuando preguntas por la sala número cuatro sin mirarte, aburrida: est fermée. Está triste, sin ganas de hablar, parece una autista que pasó las pruebas de acceso por casualidad. Un poco más allá, su compañero dormita sentado en una silla. Los párpados se le cierran sobre los ojos, es lunes, y los felices turistas manosean a su antojo el mármol de las esculturas griegas y sienten un vértigo y un placer de más dos mil años. Al recorrer el patio, buscando la salida, nos encontramos con una tercera colega que no dejaba de gritar: don´t touch, please. Su voz nos asusta un poco pero no dejamos de admirarla en secreto.

En el Panteón, entre tanta tumba de hombres ilustres, puedes entender a los políticos de la actualidad. Qué les lleva a complicarse la vida, a ser criticados, dicen que mal pagados. Y no es ni más ni menos que la Historia. El recuerdo mayúsculo de la Posteridad que mucho tiempo después hará que les admiren los visitantes del futuro al ver la lápida en su tumba. Nadie recordará su inutilidad, ni su torpeza, ni si fueron buenos o malos. La muerte que iguala y los años que difuminan. Tan solo que un tal Mariano Rajoy Brey fue el último Presidente del Reino de España entre 2011-2013. Descanse en paz.

Podría pasarme el día entero viajando en metro, en el metropolitaine, pasando por sus estaciones todas distintas, admirando su mobiliario, los carteles publicitarios, las máquinas que venden chocolate blando y bebidas rojas, sintiendo el miedo a los descarrilamientos, a los apagones, a quedarme en medio de un túnel teniendo que bajar a las vías a notar las ratas entre las chancletas, oliendo a grasa y escuchando el chirriar sobre los raíles, cambiando de línea solo por capricho llegando hasta el final, sin entender cómo fue posible, cómo el río no lo anegó todo, mirando las caras de las gentes, a esos chicos que beben cerveza en lata y hablan fuerte, son jóvenes y hermosos, de muchos colores y modernos peinados, con las mismas marcas pero todos diferentes, que van al Bois de Boulogne a fumar y a bailar, como los grupos que lo hacen a orillas del Sena, salsa, tango o minué, espiando a las chicas que te golpean al pasar con su perfume en la cara, como la pálida delgadita de blanco que se sentó junto a su novio indio oscuro en el centro del barco, sin mirarle mientras él hablaba y le sostenía una bolsa de ropa cara, sin hacerle mucho caso, componiendo un perfil digno de fotografiar, poniéndose y quitándose sus gafas de sol rosas, pensando en qué estará haciendo ahora Scarlett Johansson a la que le han dicho que se parecería un poco si tuviera más tetas, podría pasarme el día entero aquí abajo hasta quedarme solo, hasta que un altavoz dijera que van a cerrar y tuviera que chuparme el dedo para encontrar una corriente de aire que me llevara a la superficie.

Uno de los trabajos más arriesgados del mundo es el de la persona que está dentro del traje de Minnie Mouse. En Disney todo es posible como nos dijo la vendedora de entradas con su gorro del veinte aniversario que hacía propaganda entre los aburridos turistas en la cola de la catedral. Te puedes curar, rejuvenecer, enamorarte, perderte, quedarte sin una moneda... Es difícil ser turista, jornadas maratonianas en sentido estricto, caminatas de nueve a seis. Forman un ejército triste que se arrastra por las calles y los sitios que hay que ver porque si no para que viniste hasta aquí. Se les ve cansados y aburridos, añorando su sillón orejero y una tortillita de patatas o vaya usted a saber. En Disney es aún más trágico. Los padres empiezan ilusionados y los niños también, hacen filas con una sonrisa bajo el sol sin miedo a los carteristas, pero a medida que pasa el día se multiplican las discusiones, los niños se aburren, se duermen, ya no saben qué más comprar y los padres les chillan para que se lo pasen bien, que para eso han pagado una pasta por las entradas, y les obligan a quedarse hasta que explote el último cohete de la gran traca final. Y la pobre Minnie aguantando los tumultos que se forman a su alrededor, grandes y pequeños, hombres y mujeres que se quieren acercar a ella y hacerse una foto, tocarla, darle un beso, una palmadita en el culo de la pobre chica, o chico, que está debajo y que ni siquiera puede lanzar un juramento porque les tiene prohibido hablar, un pobre lituano no entendería que Minnie dijera un improperio en francés, que ni a mear la dejan ir tranquila pese a los esfuerzos de sus escoltas que para sí los quisiera la mismísima Reina de Inglaterra. Ya ves, un problema que ya resolvieron los franceses hace mucho, mucho tiempo.