domingo 26 de febrero de 2012

BONNIE & CLYDE


Se despertó antes de que amaneciera lo que significaba, teniendo en cuenta el lugar del mundo en el que se encontraba, que era demasiado pronto. El cambio de horario, el vuelo trasatlántico y lo que le esperaba en unas horas habían hecho que descansara poco y mal. En la habitación la oscuridad era casi absoluta, un leve resplandor se colaba por debajo de la puerta y por las rendijas de la persiana, pero sus ojos fueron acostumbrándose a ella y empezó a distinguir las figuras de los antiguos muebles. La cama chirriaba cada vez que movía su enorme cuerpo, el dosel se balanceaba como en un paso de la Semana Santa de Sevilla, y pese a sus cuidados terminó por despertar a la mujer que estaba a su lado.
- ¿Duermes? –dijo ella con voz susurrante.
- Sí –mintió él-. Anda, date la vuelta y descansa un rato.
Escuchó la respiración de la mujer y el sonido de la seda del pijama rosa deslizándose bajo las sábanas. Imaginó sus pezones erguidos por un momento, sus duros pezones rosas supervivientes a la lactancia de los niños, lamentó que las nodrizas fueran cosa de los cuentos. La deseaba casi tanto como al principio pero aquella noche no tuvo ganas de hacerle el amor. Ella llevaba unos meses muy desmejorada por las preocupaciones, por todo lo que se andaba diciendo, tan desmejorada que le costaba reconocer a la chica de la tímida sonrisa, de los ojos verdes que relucían cuando le miraba y de la que se enamoró en el reino de la Coca-Cola. Había adelgazado y las arrugas se descolgaban como pasajeros que huyeran del naufragio de un buque de recreo en el Mediterráneo.

El ojo rojo del Blu-ray parpadeaba desde el mueble de nogal, no debió de apagarlo bien con el mando a distancia cuando se cansó de ver Matar un ruiseñor, con la que había intentado conciliar el sueño. Al lanzar su manaza sobre la mesilla para ver la hora en el reloj digital tropezó, y entonces recordó que tampoco le había ayudado, con el voluminoso libro que le habían regalado en su último cumpleaños, uno de ésos lleno de historias, catedrales, manuscritos y crímenes que tan de moda estaban últimamente. Soñó con Atticus Finch, en blanco y negro, como todo el mundo, soñó con Gregory Peck impecablemente trajeado, con su chaleco bien abotonado, sus grandes gafas de pasta y la perfecta raya del pelo a un lado domando el mechón canoso tan parecido al suyo, Atticus defendiéndole de todas las acusaciones en lugar del letrado de incipiente calva y gesto agrio que le había tocado. Deseó que la película siguiera acabando como siempre.


Hacía frío en la habitación, los palacios son difíciles de calentar, y no pudo sentir un escalofrío a pesar de la alfombra persa cuando posó en el suelo sus pies de atleta. El ruido del motor de algún coche lejano le hizo entender que el día llegaba y que era hora de ponerse en marcha.
-¿Ya te levantas, cariño? –le dijo ella completamente despierta mientras se incorporaba en la mullida cama.
-Sí, va siendo la hora y no me gustaría llegar tarde –le contestó él girándose desde la puerta del baño-, intenta dormir un rato más. Desayunaremos juntos. –He dormido muy mal, no dejo de acordarme de los chicos –y se le quebró la voz al nombrarlos-, si no fuera tan tarde allí les llamaría para oír su voz.
Él se vuelve desde el otro lado de la habitación y se sienta en la cama junto a su mujer que llora en su pecho. Piensan en sus niños, tan rubios, tan altos, tan ajenos a todo, en aquella ciudad helada llena de nieve en la que, por lo menos, aprenderán inglés estupendamente. Los domingos patinan sobre hielo y en Navidad esquían en Bluewood llena de tristes bosques azules. Apaga con el dedo una lágrima y se levanta mientras los muelles del jergón gimen a falta de algo mejor que hacer.

Ha cerrado la puerta del baño con llave, abre el grifo del lavabo y desperdicia el agua de la isla para que ella no escuche sus arcadas sobre el inodoro. Suda y está tiritando, le cuesta reconocerse en el amplio espejo mal iluminado por culpa de un tubo de Led T8 que se fundió nada más llegar, piensa que deberá ponerse el corrector de ojeras que usa su mujer, babas de caracol polinesio, para mejorar su aspecto y recuperar su antiguo esplendor. Mea estrepitosamente jugando a las cataratas del Niágara y piensa que tomará una taza de café bien negro, una tostada untada con mermelada de arándanos y un zumo de mango. No tiene hambre pero no sabe cuándo volverá a probar bocado. Pulsa el botón de media descarga de la cisterna, enciende la radio, sintoniza una emisora musical que no dé noticias y se va desnudando a la vez que admira su vientre bien musculado y ensaya una triste pose de culturista frente al espejo. Se ducha con agua muy caliente, un buen rato bajo los chorros de hidromasaje, el vaho se apodera de la mampara. Su dedazo dibuja un sol, una casita y unas montañas al fondo que al poco se deshacen como lágrimas bajo la tormenta. Se enjabona a conciencia y decide que no se cortará las uñas de los pies.


-Cariño, ábreme la puerta, necesito entrar –dice ella que ha optado por no utilizar ningún otro baño del lado oeste-. ¿Te encuentras bien?
Entonces abre la puerta y le ve bajo el marco, desnudo y brillante, con el gesto decidido que la conquistó hace quince años, como un dios olímpico que bajó a jugar con ella y que todavía sigue por aquí desoyendo las advertencias del Padre. Se abrazan. Él moja la chaquetilla rosa del pijama que transparenta unos pechos algo caídos pero todavía apetecibles. Ella nota la virilidad de su marido que retrocede sabiendo que no es el momento.
-Tengo calor, ¿tú no? –dice ella con las mejillas sonrosadas y las ojeras azuladas-, me dan sofocos de un tiempo a esta parte. Y no estoy embarazada, más bien lo contrario –dice apretando los labios en un gesto de fastidio al tiempo que se quita el pantalón y se sienta en la taza.
El marido se seca lentamente al saberse observado por su mujer, se demora en las axilas, en el pecho, en el pajizo vello púbico. Se pone un slip limpio con sus iniciales bordadas y se embadurna la cara con espuma de afeitar a la búsqueda de la expresión de buen chico de siempre. El resultado es impecable y ella, recién salida de la ducha, no puede evitar abrazarle por la espalda y decirle que le quiere.


Se ha vestido despacio, camisa blanca bien almidonada, pantalón gris marengo, una corbata también gris con listas en diagonal y un nudo que vivió mejores tiempos, notaba la saliva resbalar por la garganta si lo apretaba demasiado, gemelos a juego y una chaqueta oscura de corte moderno. Está guapo, algo pálido pero guapo con el mechón engominado como un gremlin. Un rato más tarde, al bajar del coche y encontrarse con su abogado observará con pena que no es Atticus Finch y que además parece que forman parte de la expedición de un equipo de balonmano. Eso sí, el letrado no pasaría de ser un extremo escurridizo entrado en años.
-¿Qué tal? –pregunta a su mujer forzando una sonrisa que pretende ser natural.
-Impecable, como siempre. Recuerda sonreír al llegar y dar las gracias por todo. Nada de carreras y andando como si fueras por el puerto deportivo –le dice ella ajustándole el nudo-soga de la corbata. ¿Vamos?


Mientras bajan al salón a desayunar él se acuerda de las tardes de verano, navegando sobre al mar verdoso, buscando las corrientes de aire a las que exponer la blanca vela, con polos elegantes, bronceados, despreocupados, descorchando botellas de champán y biodramina, la lejana costa reflejada en las gafas de sol y el horizonte como único porvenir. Daría lo que fuera por quitarse sus impolutos zapatos negros acharolados de un numero excesivo, quitarse los calcetines de ejecutivo y ponerse las chanclas deportivas para salir a navegar. El espejo ahumado de la escalinata le devuelve un perfil de novio elegantísimo y algo nervioso porque la prometida se está retrasando. No, tampoco se trata de una boda pues a su lado va una mujer sin maquillar, vestida de cualquier manera para tomar un té verde y pan integral con queso azul. La princesa, el palacio, la corona, la rana verde, los candelabros y el pasamanos de mármol.


Apenas prueban bocado, en silencio, los nervios en la boca del estómago, los periódicos a un lado sin abrir y el servicio ligeramente envarado por la falta de costumbre. No suelen servirse desayunos en febrero, la casa huele a musgo y sal, los pasos resuenan desmesuradamente en los pasillos vacíos. Si algo saliera mal podría no volver a desayunar sobre este mantel de hilo, a tomar café en esta vajilla de Sévres, a untar paté con los cuchillitos de plata envejecida. Mira a su mujer a través de la copa de zumo de mango, que casi queda intacta, y la nota distraída, con la mirada perdida y un gesto que cree haber visto en los cuadros del Museo del Prado. Están muy blancos, delgados, apurando estos últimos minutos de la mañana balear, ella aguantando las ganas de llorar y el temblor de la barbilla.
-Bueno, tengo que marcharme –dice mientras se levanta y deja la servilleta hecha una bola, de cualquier manera-, volveré a la hora del almuerzo. Espero.
Ella no tiene fuerzas para levantarse de la silla levemente de estilo afrancesado, siente que le fallan las piernas, y recibe en la mejilla el beso de su marido que ya no dirá ni una palabra más. Al escuchar el ruido de la puerta al cerrarse pensó en la deslizante cancela de barrotes de una cárcel de máxima seguridad.


Dentro del Opel azul metalizado de clase media se mezclaban las palabras de su mujer, sonríe y da las gracias por todo, con las imágenes del documental de La 2, de los cuerpos, un hombre y una mujer en blanco y negro, acribillados a balazos por decenas de proyectiles disparados para detener una huída, fogonazos y flashes, ahora que se acercaba el momento y casi podía escuchar los gritos de la gente diciendo barbaridades de su mujer, de su familia, de los niños, ahora que casi puede ver las banderas rojas, negras, moradas, violetas, púrpuras como las rodillas descarnadas de Cristo camino del Calvario. Qué pena que Finch no haya venido, él sabría cómo manejar la situación. El coche se detiene y la imaginación se confunde con la realidad, la sangre circulando en sus sienes y el ruido de la calle. Se estira, sale, mira al cielo y sin volver la vista se encamina calle abajo a ser el objetivo de cámaras y miradas. Traga saliva y respira hondo. Respira.
-Buenos días a todos. Comparezco hoy para demostrar mi inocencia, mi honor y mi actividad profesional. Durante estos años he ejercido mis responsabilidades y he tomado decisiones de manera correcta y con total transparencia. Mi intención en el día de hoy es aclarar la verdad de los hechos y estoy convencido que la declaración de hoy contribuirá a demostrarlo. Muchísimas gracias a todos, muchísimas gracias por su atención





jueves 23 de febrero de 2012

VOLVER 2.12

Las motas de polvo llevan un año pudriéndose. La última idea para un cuento le vino dentro de un coche soleado, camino de una piscina de invierno en la que celebrar un cumpleaños infantil. La luz de poniente entraba por la ventanilla de la izquierda dejando al descubierto el desorden atómico y el baile acalambrado de la materia. Sólo los ojos de un niño podían rescatar el espectáculo. Clic. Desaparecían al llegar a la sombra. Ahora, mientras lo recuerda y lo escribe, se mira las manos cuarteadas, la piel enrojecida por el aire siberiano, las diminutas heridas como las de un Cristo en prácticas. Dermis mal hidratada sería el diagnóstico de cualquier dermatólogo, nada que abundantes dosis de crema noruega no pueda arreglar. Piensa en las banderas que cubrían los cuerpos de los chavales, de los ataúdes de aquellos jóvenes que murieron en un verano nórdico en una isla aparentemente inofensiva. Lo vio por la tele. El asesino se ha hecho el loco y ahora vive en una cárcel de lujo que más bien parece un balneario para potentados artríticos con sus maderas nobles, sus dietas hipocalóricas ricas en triglicéridos, con sus rubicundos vigilantes desarmados que te dan los buenos días educadamente y te permiten conversar sobre tu sinfonía preferida de Mahler, habitaciones acolchadas para los corazones alejados del arrepentimiento del que no tiene nada que reprocharse. El mar se tragó la luz y los bosques fueron regados por la sangre de los cuerpos desparramados que guardarán para siempre una interrogación en la mirada. Un disparo, dos, algo así como un fuego ácido que te atraviesa, un dolor y el ruido y la caída y un golpe y no ver nada más. Nadie podrá contarlo. Morir entre tanta gente resta protagonismo, un frío número en la edición vespertina de los informativos, ni siquiera un nombre ni una fotografía ni una palabra. De vuelta al presente piensa que luego fue la canción de Los Planetas y un tipo que un buen día, con la manta a la altura de los ojos, tumbado en una cama desierta, recordaba entre su tristeza olímpica bañada de tranquilizantes a la chica que le dejó hace tanto tiempo. Si permitieran fumar en los bares se habría levantado, cambiado la camiseta, puesto un pantalón y unas botas llenas de barro con las suelas muy gastadas, habría echado una meada, se habría mirado de reojo en el espejo del baño, el pelo revuelto y la barba tapando su blanca piel, un portazo a la espalda, cuarenta y cuatro peldaños de bordes reblandecidos, el buenosdías que se atraviesa en la garganta, café con leche y tostada con mermelada, de fresa, como a ella le gustaba, y todo sería sentarse a mirar por el ventanal, fumando a ratos, manoseando sin ver el periódico, asesinato múltiple en un campamento socialista, Messi con su cara de buen chico con flequillo, la cartelera del cine con todas las películas que nunca verá, y el humo, la conversación de los demás, el rumor de la televisión, el soniquete de la tragaperras y su chino, el olor de los calamares rebozados, las gambas con gabardina, los palillos en el suelo desconsolados entre las servilletas grasientas, aplacando el vacío mientras la luz deja paso al reflejo de una cara triste en un cristal que piensa que ya es hora de volver a casa y de paso comprar tabaco. En el apartamento alquilado del cuarto piso le esperan las voces que reclaman su atención, se quedaron atrapadas como si de una psicofonía se tratara, llevan meses dando vueltas entre las paredes heladas, la tarima que cruje de dolor y los cristales de la ventanas que, también, piden a gritos que les pasen un pañito húmedo como el gesto que se le quedó instalado en la cara desde un quince de abril de hace dos años. Como no dejan fumar en los bares se ha quedado en la cama, se ha dado la vuelta hacia la pared, se ha hecho el muerto y ha pensado en su entierro lleno de los amigos que dejaron de llamarle cuando empezó a ser una carga parecida a un familiar de los zares en la Rusia bolchevique. Las voces se quedaron en la encimera de la cocina, en la lámpara del salón, entre las botellas de vino, en las carátulas de los cedés de post-rock que ya nunca escucha, rebotando en la campana extractora, yendo y viniendo del dormitorio a la entrada, sumergidos en la cisterna del váter, confundiéndose con las conversaciones de los vecinos, con los ruidos de la teletienda a las dos de la madrugada, amortiguados por el camión de la basura que tan eficazmente se deshace de los trozos de vida inservibles, de las cajas de telepizza, de los condones caducados y las pruebas de embarazo, de un ejemplar del Gigantes del Basket que encerraba el último número de Playboy, de gorros de montaña comprados en las rebajas de Decathlón y que no llegaron a estrenarse. Si se hubiera levantado de la cama, si hubiera vencido la pereza invencible, si hubiera apartado de un manotazo la manta y el edredón de color vainilla a juego con la tela de las paredes y los dibujos que parecían mamuts en las noches de insomnio y pastillas, un pie en el frío terrazo, el otro en la única zapatilla que habría encontrado, como la de la vecina coja de arriba que fue actriz de reparto en una compañía de posguerra y amartilla las horas a golpecitos descompasados –toc,plaf,toc,plaf,toc- así todo el día, se habría asomado a la ventana justo a tiempo de ver desaparecer en el punto de fuga de la perspectiva que marca el Paseo en línea que se aplasta bajo los edificios, como en uno de esos cuadros de Antonio López con sus mínimos detalles, con sus pinceladas exactas para reflejar la leve corriente de aire que levanta la esquina de una cortina y deja entrever el culo de la amante un segundo antes de esconderse bajo las sábanas de blanco lino, habría visto perderse el autobús de la línea 21 que tantas veces le trajo de vuelta mientras leía el manifiesto de la Generación Guirlache, mientras escuchaba en su reproductor de música las guitarras infernales que se confundían con su rabia adolescente, aguantándose las ganas de encender un cigarro con las cerillas que cogió de aquel restaurante de lujo cuando papá y mamá le dijeron que se separaban pero que todo seguiría igual, autobuses vacíos en el viaje a cocheras, asientos de plástico naranja con su chicle de fresa pegado debajo, conducidos por empleados de chaqueta azul y pantalón gris que hacen cuentas para llegar a fin de mes y se distraen justo un segundo que provoca atropellos de gatitos o viejas desprevenidas en pasos de cebra mal iluminados por la incompetencia de algún técnico despistado. Pudo compartir, sin haberlo sabido, sin haberlo siquiera sospechado, trayectos con el guardaespaldas que sentía el frío de la pistola a un centímetro de su corazón, rendido después de un día de servicio, de ser los ojos y el cuerpo que se interpone entre la bala y el juez, entre el navajazo y el alcalde, entre la bomba y el Presidente que miente a sus ciudadanos con un pequeño sentimiento de culpa y miedo al ridículo, guiñando un ojo sin querer y siseando las medidas que con voz tartamuda anuncia que debe tomar por su bien, son cosas que pasan, a Él le duele más que a nosotros, las monjitas rezarán por los pobres y los curas dedicarán la colecta de la misa de doce del domingo a sostener a los más desfavorecidos, a los excluidos de la sociedad que a cientos hacen cola en los comedores sociales, se emborrachan con vinazo en tetrabrik y se tiran pedos debajo de los cartones con los que duermen en los cajeros de las cada vez más ordenadas entidades financieras nacionales. Un escolta para un juez, para un magistrado que se pone su toga y daría un dedo por ponerse los pelucones que llevan los ingleses, ésos sí que saben, cuando sienta sus posaderas judiciales, en los sillones judiciales de los órganos judiciales que administran Justicia en blanco y negro en plena era de las redes 3.0 y los legajos atados con gomas y cordeles de colores a la vista de los ojos de las fotos de un rey cuando era joven y guapo y aún no tenía familia de la que avergonzarse, y fallamos que e imponemos que y lo dicto y lo ordeno y lo firmo a la sombra del crucifijo, con las puñetas cosidas con esmero y tan blancas y almidonadas que harían palidecer a las mismísimas faldas de Audrey Hepburn subida en una moto dando vueltas por Roma agarrada a la cintura de aquel actor tan guapo que estudió Derecho y por fortuna no acabó en una sala sin aire acondicionado pasando con los dedos humedecidos en saliva las finas páginas de los códigos legislativos de algún estado sureño lleno de negros. Si al menos dejaran fumar en los bares puede que hasta se hubiera duchado, peinado con raya, echado colonia y se habría puesto las gafas de montura negra, las de ver de lejos, para bajar al bar y sentarse en la mesa del rincón a mirar el Telediario, con esas presentadoras tan guapas a las que suelen vestir como putas, con camisetas ceñidas y escotes pronunciados y transparentes, que luego pasa lo que pasa y terminan capturadas en alguna web para pajilleros que se la menean mientras la nena habla del rescate de Grecia, de la muerte de las focas emperador en el Mar del Norte a manos de los balleneros en paro, del estreno de la última película del director de moda que tan buen ojo tiene para descubrir actrices de aire ambiguo, medio lesbianas, que bien podrían terminar en un consejo de ministros con la cartera de agricultura entre sus manos de rectas uñas sin esmalte o entrando por la puerta de atrás del Congreso vestidas con traje chaqueta sorteando los huevos que les lanzan los indignados que ya no dan abasto con tanto desmadre y tanto decreto-ley para regular los despidos -estos cabrones van a terminar pagando por ir a trabajar, te lo digo yo- presentadoras que dan paso a la previsión del tiempo que escucharán atentas para decidir si suben a esquiar el fin de semana a las pistas que antes frecuentaba la realeza o si se quedan en casa viendo las visitas y los comentarios obscenos de sus seguidores pornográficos en las páginas de Internet. Él ha decidido que se esconderá en la cama, que hoy tampoco preparará nada de comer, que no bajará al Mercadona a comprar lonchas de chorizo plastificado ni pan Bimbo que siempre termina enmohecido y que alguna vez le ha hecho creer que la conjunción de los hongos y la caducidad formaban una carita en la loncha putrefacta que era igualita a la de la Belén de marras después de meterse toda la silicona que fue capaz de pagarse con su sueldo de tertuliana televisiva que lo mismo opina de la influencia de la conjunción de los astros en las teorías milenaristas que de las mejores recetas para afrontar la crisis, justo antes de salir pitando del plató para hacer la nueva sesión de fotos retocadas en pelotas para el Interviú. Le gustaría poder viajar en metro, las escaleras mecánicas, los túneles, el aire viciado de las estaciones con sus músicos seleccionados por los de OT para poner sus gorras de marca en el suelo y recoger los céntimos de los viajeros altruistas amantes de la música, el ruido de animal marino prehistórico de los trenes emergiendo de la oscuridad como debieron emerger los primeros bichos hace millones de años, viajar por debajo de las calles llenas de coches abollados, cruzar la ciudad de punta a punta y volver a empezar, saliendo a la superficie por una boca con un letrero con un bonito nombre, San Algodón, Madre de Dios, Capitán América, nombres elegidos por los vecinos y que podrían cambiarse según el humor de aquel día del concejal de distrito, viajar sentado en los asientos reservados a los minusválidos y la embarazadas fingiendo no comprender el idioma cuando algún alma caritativa le afeara la conducta, mi no entender, llamo Boris Ulianov y seré kazajo, debajo de una gorra de plato de un alto mando de un ejército inventado de una república que sólo existe en los corazones de los niños, llena de estrellas de cinco puntas y medallas al valor, pero en esta ciudad nada más tenemos tranvía, ser cruzada por tres ríos, estar llena de ruinas viejísimas con las que nadie sabe muy bien qué hacer y el miedo a que se pudiera desinflar si cavamos muy hondo es lo que tiene. Abrir la ventana, imaginar al fondo Soria, detrás de las montañas nevadas, recibir el aire helado de le ermita de San Saturio en la cara es la mejor receta para los nervios de punta, las oscuras golondrinas motean los cables de la luz componiendo una partitura para tocar al piano -negras, corcheas, fusas, confusas- que hay que interpretar antes de que levanten el vuelo y deshagan para siempre la melodía de jazz concebida para tocar con la mano izquierda, y Machado que cruza la frontera nevada con la muerte en la cara y el cristal de las gafas estrellado, y decidir que mejor no, quedarse tumbado mirando al techo casi sin respirar, imaginando que el ruido de las llaves proviene de tu cerradura y no de la del vecino que lleva turno de noche y vuelve cuando el olor a café se deshilacha por el hueco de la escalera. Si dejaran fumar en lo bares iría hasta uno que hace esquina donde desayuna todas las mañanas el pintor Jorge Gay, el mismo que pintó un mural en el Teatro Principal, un espléndido mural en el que los actores de la tragedia y la comedia juegan a pelota mano mientras esperan a que les toque salir a escena, a esa escena ligeramente inclinada para que los sufridos espectadores en sus butacas incómodas y rechinantes no se pierdan la acción que transcurre al fondo, a que les toque decir la mano estaba ensangrentada, Eloísa bájate del almendro, buenas noches princesa, tiene usted hora y cosas así, vestidos con harapos, maquillados como mimos psicópatas, desnudándose entre bambalinas para regocijo de los empleados municipales que hacen fotos con su iphone 4 para colgarlas en twitter, y Jorge que nunca pintará en la cúpula del Pilar como tampoco lo hará Antonio que si pudiera se tomaría un anís convidado por su colega en el bar al que él iría a fumar tras pasar por delante de la tienda en la que venden matrioskas en perfecta proporción descendente para meterse las unas en las otras, caviar de oferta, hermosas botellas de vodka rotuladas en el alfabeto cirílico tan incomprensible como una lengua muerta y que ya casi nadie utiliza, acaso en los pueblos perdidos de la estepa de la que escaparon estos dos vejetes apergaminados de mofletes rojos como la sangre de Lenin que fuman a la puerta del establecimiento, en mangas de camisa disfrutando de este cierzo para niñitas de colegio concertado y que tan mal soportan los ciudadanos que el día menos pensado terminarán surcando el cielo de esta ciudad milenaria como si fueran globos aerostáticos hasta que quedaran encallados en las antenas parabólicas comunitarias o en los cables de la luz en los que , hasta hace un minuto, las ociosas golondrinas escribían una partitura demencial para el rápido ojo de un pianista enamorado que vigila al otro lado de las cortinas, apoyadas las manos en la mesa sobre la que acaba de dejar un libro, que no terminará y que no devolverá al amigo que se lo dejó y al que ya casi nunca ve, en el que un tipo soñaba con una mujer llena de pecas que leía al borde de la piscina un cuento sobre un niño ciego al que sus padres maltrataban y se redimía oyendo las canciones de las películas musicales de moda. Ha decidido que se quedará en la cama persiguiendo los sonidos que se cuelan por los desagües, los lamentos de los cajones vacíos y los vasos sucios, el reflejo de un rayo en la bombilla fundida que no resucita, hoy no será el día en que los administradores de fincas se levanten de sus tumbas y se cojan de las manos para proponer derramas ni convocarán más juntas de vecinos, de propietarios en zapatillas y mala leche, no bajará la abuelita del abrigo rojo -¿Estará muerta?- de la que no se tienen noticias, las guerras silvestres, los padres borrachos, los pecados en el confesionario y dos pesetas de castañas, el gen titiritero de la familia que sobrevivió hasta el último día, genio y figura aflamencada, cántame por Farina y te dejaré abrazarme, el Día de la Luz vendrá con todos sus administradores llenos de ordenadores portátiles y silencio por favor, las avenidas se llenarán de gestores y ordenanzas, de chupatintas y borreguitos que no llegan hasta la soledad de su cama helada, hasta la cama de la que ha decidido no moverse ni para poner el aparato de música y escuchar otra vez Bingo, congelados los buzos viven en Groenlandia mientras la luz escasea y los pececillos nadan en espiral, un vecino aporrea la puerta y estonopuedeseguirasí, azulado bajo un edredón nórdico que huele a humo y hielo, a rohipnol y ginebra, a Antárdida y los amantes del círculo polar desgastados en la vieja cinta, Ana y Otto, tan imperfectamente simétricos sobrevolando en un aeroplano tan parecido al que se deslizaba sobre las dunas de un serpenteante desierto amarillo que daba ganas de llorar, le gustaría abrir los ojos y ver el velero encerrado en la botella de Bombay Saphire que hacía juego con el abrigo rojo de su vecina muerta a la que nadie vino a ayudar. El también podría haberse muerto y nadie, tampoco, le hubiera echado de menos, los faros de los coches seguirían iluminando, las luces rojas le dirían adiós, los semáforos rojo-amarillo-verde, la Revolución dormida en las calles de La Habana desconchadas y derrumbadas, la humedad blanca y el calor podrían acabar con la terracota del ejército entero de los guerreros de Siam, alguien habla en voz baja, se esconde en una esquina, se le iluminan los ojos al pensar en mañana, en el olor de la dinamita, en los diques cayendo al ritmo de los sones, el ron y la cerveza harán que acabes mal, y las gaviotas escarbando en la basura que se pudre a la misma velocidad que los soplones de ojos saltones y frente hundida, la selva se llenará de hermanos que se arrojarán sobre las ciudades, sobre los mercados, sobre las escuelas y los prostíbulos de los que algunos escaparán con los pantalones en los tobillos y la sorpresa en la nuca. A veces se le van los ojos a la lámina de Barceló que con cuatro chinchetas clavaron en la pared, enfrente de la cama, a la lámina que tanto les gustaba y en la que jugaban a imaginar significados, a dibujar los contornos de los tomates despanzurrados sobre le espalda del otro, rojos abiertos chafados contra la pared del cuadro, contra la pared de la habitación que pintaron en el mismo tono para que se confundieran arte y realidad, casi se puede oler, tan mediterráneo, tan tribal, tan pan con aceite y sal, caras en relieve para la fiebre y la medicación, ya se pasa, ya se pasa, soñar con aviones que siempre llevaban a Ginebra y una cúpula en la que el mar se reflejó en el cielo que caía a la profundidad abisal para revolverse y dejar un gusto a tinta de calamar, eran las montañas de la luna vistas desde el Challenger un segundo antes de explotar, no pase de la línea, por favor. Se pondría las botas sin lustrar de suelas desgastadas, a la calle, a fumar, daría lumbre a un tipo que venía con las manos manchadas y le hablaba de justicia, marxismo y la lucha de no se sabe qué clases, poesía en resumen, un palacete con vistas al mar, facturas, comisiones, un príncipe de cuento y un velero muy bonito, regalos, perfumes de nombres exóticos y señoría no sé nada del asunto, créame si le digo que, con la venia, salgan por la puerta de atrás y no se me alboroten, la lucha podría volver en cualquier momento y tú ni siquiera has abierto el libro, las banderas recorren la avenida ondulando al viento que no cesa, que se cuela por las mangas y hace eses en las esquinas, tenían miedo de la mirada vacía de los policías, la calle es mía y por aquí no se puede pasar, salida de misa de doce con el ABC bien doblado, correrás con el pan debajo del brazo por si acaso. Un puño en alto mostrado a las cámaras, Palestina llegará a la meta montada en bicicleta, seguiremos buscando la playa, poniendo flores en los fusiles, dibujando el arco iris con los sprays que usaban los chicos para colocarse en los garajes de los pisos de barrio. Un collar de perlas rodará cuesta abajo y se perderá por la alcantarilla junto a la mierda de los perros y los envoltorios de los caramelos. Te daba miedo el ruido, el peligro, la multitud enrojecida y por eso volviste a casa, a sus cuatro paredes y el olor a col, una nave galáctica forrada de sábanas y un almohadón interestelar para pensar en aquel cementerio inhóspito donde intentaban descansar tus abuelos, en sus tumbas llenas de tierra y flores arrancadas, en sus nichos excesivamente altos llenos de polvo y sol, letras cinceladas para dejar constancia, las huellas de unas botas manchadas de barro sobre las lápidas, fechas recordadas en las reuniones familiares, miraste el cortejo por la ventana sin saber si debías llorar, ya es tarde para las lágrimas que podrías prestar a los que queden si tú te vas, en el nombre de qué padre, de tu hijo y del santo espiritista que removía el vaso por encima de las flamígeras letras de la güija. El más allá te daba hambre, un estómago vacío y una ecuación que resolver sazonada de manteca, riñones, jarabe, apasionados saltos de la cocción a la ebullición, un camarero derramó la copa de vino sobre el mantel y dibujó la isla que nombraban en una canción, experimentos al mediodía y por la noche, engañar a los sentidos, chuparse los dedos, amontonar huesos de cordero para hacer una pira a orillas del Ganges, te manchaste la barbilla con la salsa mahonesa y demasiada ginebra pastillas para dormir para no dormir relajantes gotas homeopáticas infiltraciones de ácido hialurónico la viagra nuestra de cada día y los polvos prohibidos que hacen estornudar que no son buenos para conducir maquinaria pesada ni para hacer despegar los aviones mientras ellos se quedan abajo diciendo estúpidamente adiós con la mano desde las terminales interminables para viajar en autobús en los innumerables autobuses de números bien sabidos recorriendo las calles del centro en las que siempre es de día las calles de las afueras en las que siempre es gris y tristes gorriones a los que disparar con escopetas de aire comprimido porque ahora el tranvía dibuja la cicatriz en la cara de Frankenstein quieren hacerle más costurones los locos se revuelven en sus habitaciones pasean por el parque si se portan bien y te piden cigarrillos que fumarán a escondidas en el baño o quemando las sábanas blancas y azules de su sanatorio ¿manicomio? y tirarán perros desde la azotea a la salud de Alfaro se cuelan en el tranvía huyen de los revisores apedrean marquesinas arruinando la pose y la dentadura de Angelina Jolie los muertos siguen viajando no se van del todo dan vueltas y vueltas y es cuestión de tiempo el encontrar una mirada aunque sea reflejada en un vidrio la gente sospechaba los ciudadanos sospechaban los votantes sospechaban y por eso los alcaldes alargan la líneas complican los itinerarios subastan bicicletas que terminan ahogadas en el río para que cueste más encontrar a los otros y hay que armarse de paciencia y dejar el trabajo y quedarse quieto varios días para que terminen pasando por la parada tu madre y tu hermana muertas el amigo que se durmió y no despertó en la vieja cama de sus padres el vecino que nunca te saludaba el niño que te amargó los lunes de colegio por eso hay tanto pirado tanto desequilibrado tanto abollado tanta gente buscando sin ganas sin consuelo sin saberlo por el mero hecho de seguir dando vueltas de jugar a amaestrar las tormentas de no quedarse quieto que es morir y por eso no ir a los cines al circo a los programas de la tele sólo hacer manifestaciones y huelgas y revoluciones para tener la excusa de seguir moviéndose de salir de la cama de no quedarse tirado todo el día mirando el techo y los muelles del jergón subir y bajar para tener la certeza al menos habrá merecido la pena por eso ya nadie lee ni siquiera poesía hay que andarse con ojo por las calles los autobuses los conduce el diablo y no puedes quitarles la vista de encima por si te toca y hay que salir corriendo a contarlo a comprar tabaco y hacer quinielas a bañarse desnudo en la fuente de la Plaza España o apedrear otra vez los cristales del McDonald llenar de globos blancos el patio la Capitanía incendiar la sucursal del Banco más próximo el que más rabia te dé el que se quedó con tu casa cuando lo de la burbuja y tantas gentes para tan pocos puentes llenos de vomitonas de vino y cartones de televisiones llenas de plasma y pulgadas ideales para combatir el frío de la muerte que ni con el visón de la abuela del Presidente ni la capa de armiño de un rey bobalicón que debió seguir de vacaciones en el exilio ligando con las princesitas y las ranas de los cuentos escribir en espiral en un círculo concéntrico en espejos que devuelven imágenes amplificadas Dolby surround reiterando y derrapando en un eterno retorno remezclas literarias buscando nuevos caminos el pensamiento automático rimar al ritmo de la prosa un rimadero de metralla en un micro y es el hip-hop y la música del Universo el ruido de la calle tantas cosas que andaban dormidas para acabar con la gorra del revés haciendo volteretas en el asfalto con el tintineo de los collares y la estrella mangada del Mercedes de su puta madre qué pena que no hayas llegado hasta aquí que te lo estés perdiendo tirado en el sofá la música la métrica los negros en las escaleras de Harlem saltando a la comba con el agua saliendo a chorro por la boca de incendio formando el rayo multicolor y te levantas y pones cara de mueves las manos al rebotas sobre las Air Nike igualito que Michael las motas de polvo entran por la nariz en Siberia en Noruega ya oscureció para siempre y no podrán verlas saltar por el balcón Los Planetas cantarán tu canción al ritmo de Morente evangelistas con su barbita y todo porque ya no dejan fumar y de la cama al bar y del bar a la cama sin la chica que te abandonó cuando empezaron aquellas voces en tu cabeza el olor de la basura los autobuses que no dejan de circular en toda la noche guardaespaldas que suben y bajan como las burbujas pegados a jueces y magistrados a los administradores de fincas y notarios malhablados las tetas de las presentadoras de televisión viajan en los metros porque allí no hay tranvías para deleite de los onanistas que no les quitan los ojos de encima chicas muy guapas a cualquier hora del día perdonando a las ocho de la mañana cuando hace tanto frío en Soria y ya nadie se acuerda de Machado ni siquiera los pianistas trasatlánticos que sobrevivieron al Titanic para acabar en el guión de los actores que nunca posarán para Gay para López tu mujer arreglando el wifi te roba las notas donde anotas cosas muy soviéticas como la perillita de Lenin momificado en aguardiente destilado entre las muñecas rusas que visten abrigos rojos y marchan cogidas de los brazos de los funcionarios de negros jerseys y sonrisas ladeadas para hacer la revolución que nos conducirá a todos a un cementerio nevado lleno de turistas con máquinas japonesas compradas en los almacenes que hacen esquina en aquel infernal paso de cebra de Tokio tan parecido a éste de aquí en el que esquivas ciclistas que lástima no acabaran ahogados en el fondo del Volga con sus tobillos mordisqueados por congrios bacalaos sepias o lo que allí se críe hasta el deshielo en primavera que hace emerger unas caras muy tristes que huelen mal reflejos en el agua en los cacharros de cocina en el hierro de las lentejas en los tirantes de los puentes de acero ponte pantalones tres tallas más grandes ata el cinturón a la altura de las ingles poemas sin respiración abandonando los puntos las comas que tirarás al aire parecerán hormiguitas bigotes en la sala de conciertos llena de gafas sin cristales cerveza helada raspando el paladar teléfonos buzones de correos rascacielos sirenas mapas y un plano para jugar si todavía no te has ido me canso me canso quién cantará mi canción quién rimará lo imposible quién encuadernará la nada silencio blanco vacío invisible la rima cero es imponente impotente Góngora se remueve inquieto sólo motas de polvo en un ataúd mal ventilado tan cordobés tan calvo tan de perfil como un alfil en diagonal negra oscura completa nítido saturado y esto ya lo he visto en 3D signos como dibujos me gusta compartir ya no me gusta denunciar y pongo unos labios mustios agrietados por el viento siberiano pon el punto final sepultado bajo el edredón quedarse quieto en la cama y desaparecer y quedarse quieto en la cama y quedarse quieto y quedarse y

domingo 19 de febrero de 2012

VENECIA

Al cruzar el puente romano la humedad te hace subir el cuello del abrigo. Sunday Morning cantaba Nico en tu cabeza, la bella y fría Nico, tan alemana, tan heroína, un buen fondo en el que reflejar las luces de la catedral, la guirnalda de bombillas blancas simulando un barco parisino atracado en el pantalán. Tres barbudos habían cantado en la sala La vida sigue igual. Julio Iglesias se preparaba un bocadillo con las manos en los bolsillos mientras la blanca Nico se estremecía en el polvo.

Te viste guapo en el baño del bar, unos ojos afiebrados te sostuvieron la mirada en el espejo mientras meabas de cara a la pared, sin afeitar, con esa belleza que presta el alcohol, con la despreocupación que da el no tener a dónde ir.

El puente helado en la noche poco estrellada, tenías la sensación de entrar en una ciudad extraña, postales para turistas con acento andaluz, la cruz que recuerda a los fusilados y un pozo sin fondo que se tragó un autobús en blanco y negro justo en el lugar por el que cayó el ciclista que no supo frenar a tiempo para esquivar a las chicas. En el fango del río el ojo de la bicicleta no llega a alumbrar a los fantasmas que bailan al son de los juncos.

Lolita te mira desde el móvil rosa que otra jovencita enseña a su amiga, ajena a tus ojos achinados, y se le ve hermosa, como una actriz adolescente en una serie para críos. Sus labios rojos, su gesto inocente ensayado en la ventana, jugando con su pelo rubio y toda la vida por delante. Las modelos no deberían crecer ni salir de nuestros sueños.

En el puente todo son miradas, preguntas, aires desolados. Dejaste atrás a los que iban disfrazados de putas, chicas y chicos, que no se lo estaban pasando nada bien ni con el morro en la botella que salía de la bolsa. Él es tan frágil y juega con el peligro sin saberlo, en su pecho inmaculado se asoma un corazón en llamas, una peluca morena le hace hermoso con esta luz y este frío.

Se liaban cigarrillos apretando las boquillas en sus dientes de blanca ortodoncia, pensaste que habrían ensayado en su cuarto mientras mamá les preparaba un cola-cao, ajenas ahora a lo que cantaban los tres de la barba, ojos rasgados y piercings en los labios, una pluma tatuada en la espalda, el pelo recogido con un lapicero como a ti te gusta y una cámara japonesa para hacer la grabación en la que quisiste dejar tu voz ronca desafinada. La buscarás en youtube.

Al salir del puente cruzaste en rojo sin mirar a los lados, las sirenas de la policía poco te importaron, atravesaste la plaza casi desierta a no ser por los patinadores, los skaters de pantalones bajos y trompazos en el mármol. Las torres ilusionadas con un incendio oyen la verbena al otro lado del río, el baile de carnaval, en este páramo los porches amplifican algo parecido a una ópera justo en el momento en el que los borrachos asaltan la ciudad. Piernas inacabables en medias negras que acaban en tacones cada vez más cercanos, en faldas que se ciñen a las caderas por descubrir de las mujeres duras.

Aburridas del concierto se marcharon a la calle con el último aplauso del público, ansiosas por encender los cigarrillos empapados por el carmín, uñas negras que apagan las imágenes robadas, enseguida echaste de menos a la rubia de la foto, ojalá se olvide el teléfono en el baño y puedas robarlo y ver a la aprendiz de todo posando para ti, enseñándote la punta de su lengua, la tira de su sujetador resbalando por el hombro. Sólo para ti a la velocidad que tus dedos decidan.

La calle se llenó de gente, cuando el puente se había quedado ya tan lejos, que salía de los bares, de los restaurantes, de los cafés, de los bingos, de los portales... con la sensación de que algo no iba bien, de que aquella felicidad postiza no tardaría en derrumbarse como la belleza de una actriz derrotada por el tiempo y tantas noches apuradas. El mendigo buscaba una mirada en la que sostenerse desde el suelo, unas monedas tiradas en la vacía cajita de latón de unos viejos cigarrillos franceses, artísticamente tirado a lo largo de la acera.



Al llegar a casa no pudiste evitar el recuerdo del cuerpo de Marcos rodeado de tiza, sin canciones, ni puentes, ni chicas. Para siempre.





domingo 12 de febrero de 2012

PRESENTACIÓN DE JAVIER AGUIRRE

Tengo el placer de transcribir el texto que Javier tuvo la amabilidad de hacer para la presentación del libro. Me complace anunciar que se trata de las líneas que más cabalmente han poblado este blog desde hace tiempo.

Muchas gracias. Todo un honor.



PRESENTACIÓN DE GENTE ABOLLADA

INTERFERENCIAS

27 ENERO 2012.



Buenas tardes, amigos.

Voy a leer el sermón de este último viernes de mes, que contiene sutiles diferencias con los que nos leían los primeros viernes de cada mes a quienes tenemos ya una cierta edad, y veo por ahí algunas canas, aunque algo desteñidas por la penumbra, es cierto.

¿Qué hacéis ahí, gente abollada, en este templo del buen decir, del buen beber y del buen ligar? ¿Por dónde habéis entrado? ¿Por debajo de qué resquicio mineral o vegetal os habéis colado?

Nos ha traído Josevi, me respondéis al oído con voz sinuosa.

¿Qué Josevi? Don José Vicente Zalaya y Giménez, un respeto, que tiene la misericordiosa misericordia de cargar con vosotros al hombro y traeros este último viernes de mes a celebrar liturgia literaria en este templo sacrosanto de tal y tal y tal.

Este templo que otros viernes escucha a vuestro autor, con su compinche abducido o sin abducir, pontificar en ceremonias que no llegan a ser misas negras por poco, pero todo se andará.

Estoy seguro de que llegarán a serlo, y si dudáis, mirad la primera frase del libro. ¿Qué Dice? Que Dios es un trompetista negro. ¿No veis claro que se trata del introito a una misa negra de funestas consecuencias para la salud de vuestros bolsillos? ¿No os percatáis de que el autor quiere seduciros con sus artes sublinguales a pesar de que aquí y ahora se haya quitado las gafas oscuras tras las que parapeta su malicia en la contracubierta del libro? ¿Lo tenéis en la mano? El libro, digo. ¿A qué estáis esperando?

Ahora os hablo a vosotros, los espectadores y necesariamente inmediatos exploradores de este cajón que encierra a tanta gente abollada. ¿Cómo vais a entender lo que digo si os falta la materia, si carecéis de la razón? ¿Para eso hacéis venir desde los altos cerros de Torrero al editor, el eximio caballero Zalaya y

Giménez dueño de la librería y la editorial Certeza? De don José Vicente hablo, nada de Josevi, como pretenden algunas de estas criaturas, las más descalabradas, las más deslenguadas, las más occisas, atrincheradas en las páginas del libro.

Allá vosotros, os digo a los presentes, a los que no lo tenéis en mano, a los que no lo conocéis ni por el foro, porque no podéis darle la vuelta y hacer saliva con el festín que promete la cubierta.

Mirad, mirad. De primera calidad. Eso me aseguraron Michel y Dani, los ilustradores, que a lo mejor han venido ya colocados con su propia medicina, con su propio Zummum, cuando me aseguraron que el género era de abuten, que por eso lo ponían en el escaparate.

Y si no que lo diga ese compinche abducido al que llamáis el Berbi. Al final de la página 22 –no olvidéis el número– le pide un autógrafo al protagonista del relato que comienza con una invocación diabólica: EBUYA CILEGNA. ¿Qué otra cosa puede ser EBUYA CILEGNA que una invocación satánica? Que os la descifre, que os la descifre el autor.

Pero volvamos al escaparate del libro. ¿De dónde creéis que han salido esas sustancias psicotrópicas que han encandilado a los ilustradores? La clave está en el libro otra vez; buscad, buscad. Os ayudo y os doy una pista: el mandarino. Una fruta de temporada, algo que no es preciso traer de Chile o de Argentina como las cerezas que nos amenazan en las fruterías estos meses de invierno repletas de aleluyas perniciosas para la salud y el medio ambiente. Disculpad que me vaya por las ramas, pero el otro día he tenido que escribir un panfleto contra las cerezas en invierno, esa barbaridad comercial y ecológica que nos asalta en este mundo burgués y descerebrado. Perdón de nuevo. Regreso a la mandarina.

El autor tiene un amigo que cultiva mandarinos. Ahí queda eso, que cada cual saque sus conclusiones. ¿Habéis caracoleado una tarde de primavera por entre la fronda tupida de un campo de mandarinos? ¿Aún no? No sabéis lo que os perdéis. En el libro están las instrucciones para conseguir… bueno, cada uno.

Pero seguid mirando esas pastillitas prometedoras del escaparate, esas píldoras vivarachas que se escapan del frasco. Tela. Sí, sí, tela. El autor sigue dando pistas: almendras, hiel y azúcar. Hiel, no miel. Os aseguro que no son garrapiñadas corrientes. Ojo a la hiel. De nuevo, cada uno. El que avisa no es traidor.

Y ahora, vamos a ver, ¿qué lleváis en los vasos? Los que no beben Coca-Cola ya puede empezar si quieren entender la filosofía profunda del libro. Eso, criaturas abolladas, a la Coca-Cola, que ayer anduvo por aquí José Mota recordándonos que él inventó ‘la chispa de la vida’. Luego, dentro de un rato, hasta os lo puede recordar si enchufáis la tele.

Bueno, me disculparéis si os hablo un pelín de mí, mejor dicho de lo mío. Es porque aquí el joven me incita. Responderé por alusiones. Fijaos qué forma de provocar: sexo, cárceles y un soplo en el corazón. En la página 79 está. Podía haberlo adelantado un poco, haberlo puesto en la 69. No sé si afearle a él o al editor esa distorsión numerativa. Unas cuantas chorradas menos y nos hubiéramos quedado en la 69. En fin, luego arreglaremos cuentas.

Que sepáis que hace poco más de un mes llevé al editor a la cárcel, a Daroca, que lo diga él. El hombre estaba arrepentido del lapsus numérico, admitió el fallo y le perdoné pronto. A las cuatro horas, fuera. Pero que no se repita. Ya me hizo otra faena Michel, el de las pastillas, hace unos años y me lo llevé también al trullo, aquella vez a Teruel. Y a esta jovencita que anda por aquí impaciente porque quiere mostrarnos sus encantos –los verbales digo, que entre tanta multitud no se atreve a más–, también he tenido que llevarla a la cárcel a menudo, que es muy díscola y muy suya ella. Que lo diga, que lo cuente.

Tranquilas ya, criaturas abolladas, que no os voy a inquietar más. Sólo os advierto que el último relato incluido en el libro se titula La iglesia de Gabor. Es algo tierno el cuento que se cuenta, pero no dejo de temerme que esa iglesia solapada sea el antro donde el autor nos está preparando su próxima misa negra.

Muchas gracias en tal caso, Lucifer.



lunes 19 de diciembre de 2011

FIESTA-PRESENTACIÓN DE "GENTE ABOLLADA"

Pues sí, todo llega. Tras cruzar el desierto estival y superar adversidades varias... Ya está aquí la Fiesta prometida.

Y es que el 27 de enero de 2012, en el bar Interferencias de Zaragoza (Benavente 11), a las 20h tendrá lugar la presentación del librito en cuestión. ¿Qué quiénes me harán los honores? Javier Aguirre y Angélica Morales. Uno diciendo algunas mentiras piadosas y otra regalándonos parte de su arte interpretativo. El autor dirá algunas palabras y pinchará su música favorita.

Yo no me lo perdería. Si quieres venir será un placer contar con tu presencia. Nos vemos.


lunes 6 de junio de 2011

HA NACIDO GENTE ABOLLADA: QUEJAS Y RECLAMACIONES

Amigos: El dardo queda lanzado. Que alcance la diana es cosa vuestra.

http://genteabolladaquejasyreclamaciones.blogspot.com/


¿Vienes?

sábado 4 de junio de 2011

LA FIRMA


La idea era hacerme una fotico con cada uno de vosotros que acudiera a la caseta. Un bonito recuerdo que poder ir colgando en este blog... u otro. No pudo ser. Me vi desbordado por la afluencia de amigos que esperaban mis torpes dedicatorias. Mil gracias a todos, de corazón, es muy estimulante sentir el cariño de los que te rodean.

Sólo he podido rescatar la de arriba, con José María Morales, culpable de que esto haya llegado a buen puerto. Y la de abajo, con los guardianes de la caseta de Certeza. Gracias por vuestra ayuda.

Como documento gráfico no está mal. Espero que en la Fiesta-Presentación me puede resarcir de la ausencia de imágenes. Y es una pena... porque mira que pasaron chicas guapas por la Feria. ¿Verdad Xoan? Los tíos hicieron lo que pudieron.


miércoles 25 de mayo de 2011

GENTE ABOLLADA (CERTEZA 2011)




Las desgracias nunca vienen solas.

Ayer recibí una llamada de mi editor en la que me anunciaba que en unos días mi primer libro de relatos, cuentos o algo así, iba a estar en las librerías a disposición de cualquier desprevenido lector. ¡Pobrecitos! Como si no tuviéramos bastante con la que está cayendo.

A vosotros, seguidores blogueros, he querido avisaros para que no os asustéis si de repente os dais de bruces con el libro de las pastillicas. Corred la voz, por favor, que la nación esté alerta... luego no quiero reclamaciones.

Por si fuera poco, me han invitado a estar en la Feria del Libro de Zaragoza, situada en la Plaza Aragón, la tarde del viernes 3 de junio para firmar ejemplares a lo Antonio Gala. Me gustaría veros por allí, pasaros a hacerme compañía y a traerme una cervecica que seguro agradeceré con el bochorno que se aproxima.

La Fiesta-Presentación la dejaremos para septiembre, acabando el verano, con música, alcohol y cachondeo... vamos, lo que os gusta ¡perillanes!

Buenas noches. Gracias a todos. Sois un público maravilloso.

sábado 23 de abril de 2011

¡ACACHA!


A los que leen.

Acacha... acáchate un poco más, necesito ver tu agujero para poder metértela por detrás, despacito...hummm... como a mí me gusta, qué bien... me quedaría toda la vida aquí dentro, empujando poco a poco, contándote al oído pequeñas historias como la que uno escuchó a través de la pared del baño, la del boxeador que luchaba contra las tormentas, el escritor primerizo en el ciberespacio, el que vino de Japón con un mandarino debajo del brazo que resultó ser el alma de su amada... se lo tiraba como yo te me estoy tirando ahora... la pareja de novios que recogía arena en el desierto llevando la muerte dentro sin saberlo, el que soñaba que soñaba, el viaje en metro más triste de la historia... no voy a ir más deprisa, no terminaría a tiempo...plof,plof,plof...un idiota que se mira al espejo y no se reconoce, Goya fracasando de concurso en concurso, el que se perseguía a él mismo por los alrededores de la oficina, una historia de amor en una canción a través de youtube, la comunicación de la otra dimensión por medio de una calculadora, un globo de Spiderman pegado al techo antes de ser acuchillado, un tema de gastronomía moderna inspirado en el arte culinario... sí, sí, muévete un poco, arriba y abajo... un paraguas desvencijado en una acera gris en una tarde como hoy, unas larvas en el sitio equivocado que resultó ser un ojo tan parecido a esta negrura, un cementerio gaditano con Camarón dando palmas hace justo dos años, una historia de justicia social un poco marxista como le gustaba a Marcelino... déjame respirar, me pides demasiado, que te dé placer y te cuente mis tontadas... un viaje por los cuadros impresionantes de un pintor ahogado por el aguarrás, el salto en el tiempo de Santiagos, Ramones y similares,  una escena neorrealista que nació como un homenaje experimental objetivista, el atraco a los grandes almacenes en unas fechas entrañables disfrazados de reyezuelos, el tedio de otra vieja nochevieja tan rutinaria como la declaración de Hacienda... ya sé que te gusta, por eso te lo hago así, a mí también me das mucho gusto...un hiperbreve con sexo y calcetines... como ahora, ya te lo contaré...un enterrado en vida tan adecuado para estas fechas, un ejercicio de terror psicológico en un país latinoamericano, un trastornado que juega a ser un actor por un día o un actor que juega a ser un trastornado, una biografía inventada en medio de un paisaje histórico-artístico, un monólogo dialogado de una cleptómana en un centro comercial, la lucidez de un domingo en paz, el tullido que amaba a la monjita que sólo tenía ojos para Dios... no respiro bien y casi no puedo hablar, me dejaría llevar pero te lo tengo que decir antes de acabar, historias... un monumental texto dulce hecho con almendras que son gentes en un autobús unidos por la miel inconsciente, el reverso de la medalla de un amanecer ideal, un intento matemático en la Grecia clásica, la lucha de los relatos y los cuentos que eran famas y cronopios, disertaciones sobre la escritura y la memoria, quedo a la espera en el tiempo y el espacio, un magnicidio contado como si tal cosa, uno de pronombres... tú y yo... un polvo en un baño que te ponía tan caliente como ahora, otra historia poética con un solo punto final, personajes a la carrera en un Jueves Santo cualquiera, trasposiciones etílicas mezcladas con música en los bares, una francesita en un pueblo imaginario que acabará en los mapas, un intento poético con sus versos en rima cero y todo, un muerto que te habla desde el más allá, la simetría en una celda acolchada de un frenopático cualquiera, David y Claudia que vivían en el cuarto tercera con un mago y una modelo...me cuesta pensar mientras te golpeo hasta hacerme daño, debo llevarlo en carne viva... una experiencia vista muchas veces por culpa de los chispazos neuronales, una hormiga en lugar de un escarabajo en el corral de mis abuelos que copiaron los de Pixar, el árbol desangrado por el hacha en mi primera vez, un viaje hasta el centro de un cuerpo como el tuyo que vi en una película, un aficionado a los caracoles en todas sus vertientes... casi puedo notar su baba viscosa... un guardia civil mudo convertido en héroe a su pesar, abandonado, estampas veraniegas vistas por la ventana de un hotel anotadas en trozos de cuartillas, Compostela al final de un camino, una vida bajo el agua que se confunde de tiempo con los pulmones apunto de estallar... no puedo más, no-pue-do... la revolución cubana que alguien me contó un día sin querer, una conferencia con fotografías japonesas y un invitado inesperado e inquietante, las instrucciones humorísticas para escribir un ciento como quien baja una escalera, sombras a la luz de una farola espiadas detrás de una cortina, el relato desgarrador de un montañero novato, recuerdos desatados por una caja llena de viejas fotografías,  un ciento entrelazado que murió sin haber nacido, diligencias policiales en tres actos extraídas de la realidad, una familia y casi cien años entre el cierzo, el Oasis y un abrigo rojo bien cercano...para un momento, déjame descansar o no sabrás el final...los jugadores de ajedrez en una partida tan real como la vida, recuerdos infantiles barridos por el tiempo, uno de ciencia ficción con naves espaciales valencianas, la velocidad que completa la ecuación, una historia dentro de una historia dentro de una historia, una canción concéntrica que te acerca al nirvana, pequeñas cosas como el aire que flota en tu casa, Machado tocando jazz en un piano en Soria sin respirar, unos polvos mágicos que pretendían confundir... un polvo sin respiración, me abandonan las fuerzas, el calambre final sssshhhh... un poquito de sadomasoquismo mientras te retuerzo los pezones, un ejercicio gore en un pueblito en mitad de una inocente merendola, otra vez el sexo en una cárcel, otra vez la música, más cárceles perdidas, el amor por el silencio detrás de una puerta... calla, calla y no te muevas...todo un día metiendo balones por un aro, una serie de onomatopeyas circulares sin principio ni fin o pequeñas prosas presuntamente poéticas, un cruce de caminos inadvertido por dos mundos que se derrumban, la crónica de un concierto entre un culo y la nariz de Letizia, imágenes de un viaje a una ciudad fulgurante, una de tiros de un tirón plammm...perdona si jadeo demasiado y no me entiendes es que... una dentadura inmaculada en un sitio insospechado, impresiones de una obra musical con guitarras y desiertos, un personaje en busca de autor que busca un personaje, un último intento poético, desamores, cinco chispazos de una vida chupada... espera, todavía no me la... un tratado de entomología intercalado con la muerte y la vida, la televisión y otras ma-ma-rra-cha-das... aaahhhh... aprieta, aprieta... yo sólo buscaba un poco de cariño –le dijo mientras se derramaba en su interior.        

sábado 19 de febrero de 2011

MOTAS DE POLVO

A La Maga


Las motas de polvo que flotan en el aire desaparecen cuando llegan a la sombra, a la zona oscura donde reina el Señor de las Tinieblas, allí se hace invisible el baile espacial que desganadamente y sin aparente esfuerzo ofrecen para el que lo sepa ver. Un rayo de sol me anuncia que sería hora de levantarse de mi desvencijada cama, la que se queja y gime debajo de mi peso igual que hacías tú hace ya demasiado tiempo. Me subo la manta hasta la nariz y veo ascender finísimas partículas hasta la línea de la luz, que me hacen estornudar, como si fueran burbujas de champán, como las esferas oxigenadas de un buzo en el mar abisal, como los trozos de una perla falsa machacada en gravedad cero. Casi puedo escuchar tu voz pastosa, después de otra noche desbocada, calentando con su vaho mi oreja dormida mientras repasas sus pliegues con la punta de la lengua: Ha entrado el sol, por la ventana, y en el aire han brillado... algunas motas de polvo. Cantabas muy mal pero era una de las cosas que más te gustaban, así, bajito, susurrándome para que no me perdiera el espectáculo, me traías de vuelta para que viera cómo se borraba la vida engullida por la oscuridad, asesinada sin dolor ni mala conciencia. Me he dado la vuelta para no verlo.


Cierro los ojos y recuerdo cuánto te quería, me agarró la nostalgia desprevenido en la hora en que todo comienza de cero, sin la armadura de la que me rodeo, desde hace demasiado tiempo, para que tu voz no me hiera, para que tu ausencia no me siga matando. No sabría decir dónde te conocí porque nunca me molesté en guardar ese recuerdo, convencido como estaba entonces de que siempre estaríamos juntos, y así te instalaste en mi vida: sin preguntas ni proyectos. Supongo que sería en un bar de ésos por los que tantas vueltas solíamos dar, escuchando la música, viendo conciertos, sentándonos en sillas heladas agarrados a una copa para hablar de nada. O en una galería de arte un día que yo acompañaría a algún amigo que se empeñaba en mostrarme lo bien que pintaba su última novia. O en una librería hojeando libros de Derecho con los que cumplía mi condena de sacarme una oposición, como mi padre y mi abuelo, mientras tú me golpeabas sin querer a causa de la prisa que tenías por salir de allí sin que el vigilante apreciara el hurto de un librito de poemas de amor. No lo sé. Te miraría y tú sonreirías, me pedirías perdón o me preguntarías si había visto la última película de aquel actor que te gustaba tanto, puede que me agarraras del brazo para que te acompañara a cierta calle, de nombre impronunciable, a la que tenías que llegar con urgencia para hacer algo a lo que te habías comprometido. Hace demasiado tiempo.

Luego vinieron los cafés y las cervezas, los cigarrillos que me liabas y los churros, los desayunos a deshora y la comida sin hambre. Me invitarías a subir a tu viejo apartamento en el centro –cocina, salón y dormitorio- con aquellas manchas de humedad en la pared y en el techo que nos servían para inventarnos figuras, lejos de las nubes que en contadas ocasiones veíamos en el parque, tumbados en la hierba, los días en que la contaminación no lo manchaba todo. Me fui enredando, te fuiste anudando a mi pulso, a mi manera de respirar o de disimular las lágrimas cuando se encendían las luces de aquellos cines de versión original en los que veíamos películas, a veces muertos de risa, imaginando las caras de los amigos que nos tomaban por chalados, aquella irrefrenable pasión por el cine húngaro, cuando les contaras el último descubrimiento, cuando les dijeras que te dejarías matar por aparecer en cualquier corto junto a aquel actor checo tan guapo. Supongo que lo decías en broma, ahora ya no lo sé, cualquier suposición contigo era absolutamente fuera de sitio. Y luego venían las noches de los viernes, de los sábados, de garito en garito tomando absenta, tequila con sal y limón, vodkas tan azules como el fondo de las piscinas en las que solíamos jugar a hacernos los ahogados -te encantaba que el socorrista se impacientara cuando tardabas en volver a la superficie- ginebras de nombres impronunciables que nadie como tú paladeaba haciendo chasquear la lengua de aquella manera que me hacía enloquecer.


Lo pasábamos bien bailando de un modo que ahora me parece estúpido, empujando a la gente, rebotando y alzando los brazos, moviendo la cabeza al ritmo de las guitarras, notando cómo la batería era una prolongación de nosotros mismos. Me mirabas agarrada a tu miopía y dibujabas un corazón con tus labios, me decías cosas desde lejos, girabas, girabas, girabas hasta perder el sentido, hasta caer al suelo convertida en una marioneta despeluchada, hasta que me agarrabas por detrás y me besabas como si no hubiera mañana –fóllame con el corazón- porque no había mañana para gente como nosotros. No nos daba tiempo a volver a nuestra habitación, nos amábamos en los baños, en los portales, en los cajeros que tanto te excitaban, me arrastrabas como la marea del atlántico y yo intentaba no perder pie, hundiéndome hasta los tobillos notando las punzadas de los guijarros clavándose en mi piel.


Hoy he soñado que estabas muerta. Tu cuerpo aparecía fotografiado en las páginas interiores de un periódico, como una vieja estrella de rock arruinada por los barbitúricos, semidesnuda con una horrible mueca que tu cabeza ladeada enseña obscena al reportero. Una caja de pastillas, una botella de alcohol en la mesilla, un teléfono descolgado. He gritado y me he despertado. Creo que grité en el sueño y me desperté aquí afuera, no estoy seguro, de este lado en el que las motas siguen girando indiferentes a todo, a mi dolor y a tu ausencia. El gotear del grifo, el tic-tac del reloj, mi corazón desbocado, la alcantarilla que pisan los coches sin ningún cuidado. Querías aprender a tocar la guitarra y por eso se la robamos al pobre músico borracho que amenizaba las verbenas del barrio, en las sofocantes noches de agosto, junto a un grupo de tristes figuras envueltas en brillante papel y lentejuelas. El pobre diablo se dejó llevar por ti, con la promesa intuida de un pago en especie, y cantamos rancheras tristes a las afueras de la ciudad viendo las luces de los coches que nos hacían guiños a cada vuelta de la carretera, ahí abajo, al otro lado de las tapias del cementerio, una procesión en rojo y blanco que debió ser lo último que vio antes de perder la visión y derrumbarse abrazado a una monumental cogorza. Le abriste la mano izquierda que sostenía el mástil –corre, antes de que se despierte y nos rompa el alma- dejándole como recuerdo una cuerda que no pudiste secuestrar. Me decías que con cinco te bastaba, que no se qué grupo tocaba con tres y el bajista con dos. Te creí.


El verano que pasamos en la playa no lo podría olvidar. Era lo que mejor le iba a sentar a mis judicaturas, logré convencer a mis padres, una pequeña casita frente al mar en aquella playa gallega olvidada. Les pareció menos peligrosa que nuestro apartamento mediterráneo, tan cerca de los turistas, la noche y sus tentaciones. Solos tú y yo y un montón de libros a los que la víspera de nuestro regreso tuve que quitar el polvo. Nos sacábamos unas monedas con tus dibujos de tiza sobre el asfalto. Pasaba la gorra muerto de vergüenza mientras trazabas líneas y usabas colores que un día eran el amanecer sobre el Pont de Arles, otro la cara de una madre mirando a su hijo muerto y las más de las veces una abstracción que simulaba el atardecer en el desierto de Sonora. Te ponías mi vieja camiseta de los Joy Division, demasiado grande para ti, incapaz de ocultar tus breves pechos asomados a los ojos de los paseantes que se paraban a contemplar la aparición. Pese a que no me gustaba –no te enfades, todo ayuda, y sabes que sólo te quiero a ti- trabajabas durante horas agachada sobre el suelo, sonriendo sin ver a los que te rodeaban. Me enseñaste viejos trucos de magia, de chistera y conejito que sustituíamos por unas flores de plástico, para pasar el rato y completar la función. Vidas en el escaparate, extraños que se integraron en el tranquilo paisaje de julio que olía a miga de pan, humo y sardinas. Por las noches me recompensabas.


Te ponían triste los días de lluvia, nos quedábamos en la habitación, leyendo y bebiendo orujo blanco como la nada y el olvido, imposible pintar. Los dioses nos han regalado un día de fiesta, te decía, pero al escucharme sonreías de modo poco natural. Empanada, vieiras, chorizo criollo y una cama llena de migas en la que nos tumbábamos a oír la música que nos íbamos enseñando. A ratos era la discusión y el no comprender como el otro no amaba lo mismo –ese cantante es un cursi insoportable- hacer daño con una mala cara, taparse los oídos para que cesara el ruido, la clásica debería enseñarse en las escuelas, el jazz es lo que cantan las ballenas, y morirnos de risa justo antes de casi matarnos a besos y empujones rodando por la alfombra, ajenos a la lluvia, el cielo gris y los naufragios de los barcos. Me contabas que los ahogados de Finisterre aparecían meses después en las playas francesas, los caprichos de las mareas, para espanto de las viejecitas que paseaban por la orilla y los niños que buscaban cangrejos entre las rocas con unas caras tan tristes como las de los muertos azulados. Sirenas, piratas, historias celtas, petroleros, cualquier tema servía para matar el tiempo pegajoso hasta que llegaba la tormenta y notaba cómo te agarrabas a mi cuerpo bajo las sábanas, temblando de miedo sobresaltada con cada relámpago y soltando frases en un inglés amarillo como campos de cereal norteamericano. Ya se pasa, ya se pasa, intentaba engañarte sobrecogido por un vendaval y un estrépito que nunca había conocido. El fin del mundo estaba detrás de una ventana. Ya se pasa.


¿Me querías de verdad? Ahora miro perezoso las cortinas e imagino la playa ahí abajo, la arena mojada y el acantilado por el que los surfistas bajaban a cabalgar las olas -neopreno, sudor y acero- pero sé que lo que me espera es el asfalto sin tus dibujos. No tengo ganas de nada, me pongo triste sin motivo aparente, porque mi tristeza es olímpica y la llevo tatuada en la espalda. Me moría de celos cuando me hablabas de tu vida sin mí, de la gente que conocías, de las ciudades en las que había vivido tan ajena a mí como lo estarás ahora. Un viejo bar de carretera, uno de ésos que salen en las películas en las que todo es horizonte y dejar pasar las tardes, una camarera que te deja una cafetera de cristal, alguien que te pide un cigarro, y al que sonríes al ver sus botas llenas de tierra, que al poco rato te acariciará la mano y pensarás que es para siempre. Una vida de motel en motel, fugaz modelo fotográfica interesada en la Generación Perdida, cigarrillos sin boquilla que saben a libertad, de vez en cuando una caravana y motoristas que saludan detrás de sus gafas de espejo. El rock and roll y las botellas de alcohol en bolsas de papel, maldito sea el día en que te conocí, aviones que vuelan demasiado bajo y no dejan dormir con el sol en lo más alto, una serpiente debajo de un felpudo y un negro gordo al que la policía, en sus coches llenos de luces como para una fiesta, dejó hecho una calamidad de grasa y sangre. Y era poner un océano en medio para coger un barco e ir bajando por la costa, tumbada en la cubierta los días que no tenías que trabajar para ganarte el derecho a seguir a bordo, curtiendo tu piel llena de huesos como la espina dorsal de un gigantesco animal marino. ¿Me querías?


Las campanas de la torre me dicen que ya es tarde, sin pensarlo he embarrancado de nuevo. Hay días que creo escuchar el sonido de tus llaves al otro lado de la puerta, tu sombra cortando la línea de luz que se cuela por debajo. Ondeo mi vieja manta sobre mí, el aire de la habitación bulle lleno de átomos milenarios fragmentados como esta historia. El miedo a seguirte, tus ganas de caminar, mi estupidez, tu aburrimiento, un coche lleno de latas de cerveza vacías, el fin. Nunca seré juez, mi padre no me ha perdonado el verano que tiré en la playa, las mentiras y mi empeño con los malabares y el equilibrio en el alambre. Saldré a buscarte otra vez. Por si acaso.