martes 10 de noviembre de 2009

MACHADO QUE TOCABA EL PIANO EN SORIA

La carretera ondula como las caderas de una serpiente en el desierto. Sube y baja. La muerte podría esperar al otro lado de la rasante. Nubes con barriga ceniza gris negra descargan hilos de agua que se arremolinan en las ruedas. A los lados, la llanura y árboles calvos que se doblegan ante el viento que azota como un domador de fieras. Aquí todo es cárdeno y chopos y castaños y hojas amarillas que ensucian el paseo donde juegan las ardillas. Vinimos buscando al Hombre y por fin lo encontramos, en San Pedro, rebosante de turistas que buscan mientras esperan en la fila. Frío. Abrigos, bufandas y guantes que interponer ante el viejo Duero. Frío. Pies que se arrastran por el suelo esperando llegar a la entrada. Frío. Y la noche que cae no nos traerá nada bueno. Me gustaría ser un pianista para escribir más rápido, antes de que todo haya acabado. Al menos un mecanógrafo con más de dos dedos. Dios. Trompetista y pianista. Negro y blanco. Meldhau lo ha dejado claro. Ni una palabra que manche la música. Un traje arrugado para la ocasión. Se dobla al borde del escenario ante el público que aplaude y espera. Hay gente que siempre espera. Parecería que está dispuesto a agarrarse la punta de los pies y a lanzarse a la piscina, con o sin trampolín. O es Axl Rose haciendo la carpa sobre la punta de los dedos de un montón de melenudos. Calor, hace calor. Mejor quitarse el jersey y buscar la diagonal del teclado blanco y negro. En las curvas no hay que pisar el freno, menos si llueve como está lloviendo. En la catedral no llueve y la luz es suave y estudiada. Música de fondo sin pianista, ni siquiera es la música para la salida de una película. Con las manos claveteadas se ha de tocar mal el piano, a la fuerza, por muy hijo de Dios que seas. Sangre, espinas, heridas en el costado, rodillas lastimadas como las de un niño futbolista, paños de pureza, tetas impúdicas, ojos asombrados, bocas que se abren para enseñar unos dientes, montones de personas con auriculares y mira qué bonito. Machado está por todas partes. En el camino, al llegar, en telones que ocultan edificios, en las paredes, en los bares, en el suelo, dentro del instituto, en la efigie de la esquina con la que agradecieron y ahora mancillan con pegatinas en los mofletes, en el corazón y en la cabeza, en los montes y en el destierro, versos aprendidos no olvidados que cantaron cantautores y rockeros, lápidas tras el cristal a la orilla del río que lleva a San Saturio, en las cajas de pasteles, un árbol partido por el rayo convertido en piedra moderna. El pianista blanco de negro se sienta en el taburete y los dedos cantan. Puede llevar dos melodías a la vez mientras la toalla blanca observa en silencio. La difícil precisión de las notas musicales, blancas y negras. Corchea y fusa. Sonidos sedosos que acarician, se repiten, se enrollan, tocan, golpean y quedan en un silencio instantáneo que no se rompa con un aplauso a destiempo. Un francés y una francesita, sentados alrededor de la mesa camilla con vela roja, se remueven a cada tos, se revuelven a cada papelito de caramelo, se levantan airados ante el tintineo de las monedas con las que pagar las cervezas que ellos también beben a sorbos cortos y nerviosos. Mejor no moverse. Si se cae la copa la habrá tirado el viejito. Las columnas inabarcables sostienen la cubierta gótica manchada con los colores proyectados, mejor que un techo plano al que le cuelgan círculos de madera, como los que dejan en los campos de trigo las naves espaciales. Castilla encerrada entre las húmedas piedras de la iglesia. Cientos de años nos vuelven la cara al pasar. Cruces de caminos, cruces en las paredes, cristos sin cruces desclavados haciendo equilibrios sin anillas. La gente va y viene, lleva todo el día yendo y viniendo, arriba y abajo de la calle peatonal por la que todos vamos, asomados a los viejos porches que recuerdan a cualquier lugar, inundando los bares cargados de humo y frito, incordiando a las castañeras, atestando los restaurantes a los que no podrán entrar los lugareños que salieron del fútbol antes de quedarse pajarito para ir al teatro ahora que empieza la función. Siempre la gente, que resbala, da codazos, que pisa al acordeonista y al pobre mutilado, que intenta llevar el ritmo con la cabeza de este tema imposible. La música no se puede escribir, no hacen falta partituras, improvisar con el ritmo cardiaco, el mismo que se acelera al subir la escalera, al bajar a la cueva del santo que lo dio todo para ver cómo se caía aquel niño por la ventana e iba a parar, sin un rasguño, de rodillas a la orilla del río. Parece jazz y no lo es, formación clásica, mucho cine y algo de rocanrol. Melodías animadas de hoy y de hoy, debe ser bonito salir al escenario a oír el silencio y a estrujar el tiempo. Mano izquierda en la escala de los graves que percibe desafinados. A veces las manos saltan una por encima de la otra, jugando como en el colegio, como en la calle del barrio. Su dueño se retuerce con ellas y dobla la columna sobre el instrumento a la vez que la banqueta se eleva del suelo. Al reconocer un fragmento intentas seguirlo, a ver dónde irá a parar, sientes que el juego ya no se detendrá. Es un ciervo que se esconde entre los árboles, lo pierdes de vista hasta que alcanzas a divisarlo a los lejos, el rabillo que salta y se vuelve a marchar, un ciervo que se acerca y corre hacia el precipicio. Las monjas dominicas nos dan la espalda, las vemos a través de la verja que cierra el paso al altar, sentadas en sus pequeños bancos individuales, tocas blancas y negras, recios hábitos marrones que hacen imposible distinguir ninguna forma, debajo podría estar el mismísimo Bud Spencer y ni te ibas a enterar. A la señal todas se levantan, inician una oración recitada, musitada a secos golpes castellanos, un tren que no termina de arrancar. Hablan del cielo y la esperanza mientras algunas se arrodillan y otras se sientan en el suelo. Versos machadianos de rima cero que suben hasta la cúpula igual que el viejo ciprés del claustro, hasta el cielo y más allá, rascándole la barriga a los ángeles y al Dios vallisoletano tumbado. No te olvides de echar en el cepillo y de comprar las pastas. Soria espera silenciosa y sombría, el tiempo se detuvo aquí un domingo por la mañana, se quedó congelado al doblar la esquina. Si contienes la respiración oirás el eco de los cascos en el empedrado. Las campanas llaman a misa de norte a sur para que las cigüeñas no se echen la siesta. Mi infancia son recuerdos de sol y de luz, de discos viejos llenos de muertos, de bomboneras rompiéndose sobre la cabeza de los vecinos de abajo. Te encontré. El ciervo se ha detenido a mirar. En esta iglesia ni siquiera nos dejan llevar el compás. Sílaba-sílaba-golpe. Sílaba-nota-golpe. Oración-verso-acorde. Un teléfono suena en la oscuridad y nadie lo va a coger. Una nota tras otra, delicada lluvia de color con olor a húmedo, des-pa-cio, tan des…pa…cio. Puedes ver cómo caen segundos infinitos que retumban en las tripas. La izquierda manda mientras la derecha mira, aunque sólo sea por un momento de euforia. Ritmo, medida, repetición, rima, cero, arpegios y acordes, melodías apuntadas que mueren antes de nacer, improvisación hacia la locura con los ojos cerrados y la cabeza ladeada, los santos se asoman detrás de los retablos y los que saben música acompañan desde las arquivoltas románicas del pórtico que toca la Gloria. El tiempo queda abolido, la respiración condenada y el vaho de los chivatos es bastante para delatarles camino de un campo del este con alambradas y suelas alemanas. Volver. Martillean en las sílabas tónicas, arrastran las faldas de esparto, buscan la medida de las cosas y se dejan arropar por las palabras musitadas, dulcemente musicadas sin órganos ni artificios. Será insoportable pasear por aquí cuando el último turista se haya marchado, entre piedades y apóstoles, vírgenes y niños, arcángeles y demonios. Esos ojos parecen de verdad, juraría que pueden llorar y gemir de dolor mientras la carcoma hace el resto. Insectos tan delicados como las notas que suben y bajan, como la carretera que se pierde en el horizonte, como el paisaje amarillo que amenaza con dejarte aquí para siempre, como las losas mojadas que hacen resbalar los zapatos de tacón que esperan en la maleta de las novicias. El tono sube como el color del azúcar en el mazapán, como las mejillas de la nueva cuando le descubren el carmín, sonrisas y lágrimas y mis cosas favoritas, como el ruido de la lluvia en la cubierta de la vieja ermita excavada en la roca que tuvieron que cerrar para que no se llenase de borrachos y putas. Araña las teclas con las yemas de unos dedos acostumbrados a tocar en las noches de insomnio para buscar la explicación a lo sucedido, tumbado en la habitación de un hotel lleno de estrellas, y vacío de seres que amortigüen la caída desde un séptimo piso. La estructura se puede deshacer, hacerla irreconocible hasta para el padre, jugar a entrar y salir, a taparse los ojos y saltar sin miedo a la sangre en la pared, se puede estirar y suspender, dejarla colgada de la percha hasta que le apetezca volver a ponérsela, olvidarla en un rincón y simular que nada de esto ha pasado, hacerla apenas audible, acelerar cuando le dé la gana y enlazarla con otra cosa que va subiendo de tono a la vez que intercala colores que huelen a recién pintado y métricas latinas inscritas en los mármoles muertos de los museos sucios, reventarla de ruido y reverberación en una nota circular que chirría como en el surco del vinilo, por toda la eternidad, agarrarla del hilo que te acerca a la orilla, que le salva de naufragar y de mirar al espectador para que le indique la salida, sacudirla con cinco rápidas notas de puro jazz exhalado desde el cuello de los esclavos, volverla del revés en la banda sonora de un viejo cine que huele a chicle y sudor, enterrarla para siempre por los siglos de los siglos. Amen. Las monjitas se levantan y salen ordenadas, genuflexiones y santiguaciones, la mirada en la lápida de algún viejo conde, las manos entrelazadas sobre el cíngulo para apartar la tentación. Cristo mira complacido porque las chicas han tenido una buena actuación, comerán sopas de ajo y se tumbarán en el camastro helado a mirar al techo buscando caras en las manchas de humedad. Soria de plata y oración, de alzacuellos y picatostes con chocolate, de bigotitos e interior, de chacinería y morro con oreja, grasa que recubra el estómago y prepare el alma. Si nunca pasa nada hoy no va a ser la excepción. La multitud subirá en autobuses de colores chirriantes y se irá cargada de quesos y vinos, olvidando que alguna vez estuvo allí, donde quedarán los de siempre con sus arrugas y una palabra colgada en los labios. Pronto sólo quedarán las ruinas y las vitrinas llenas de arqueología, un río que se estrangula debajo de un puente, y las hojas como copos de ceniza en una Navidad de pesadilla y esqueletos. Meldhau se levanta y se dobla por la mitad, entrelaza los dedos doloridos, regala el principio de una sonrisa y se va. El silencio de un cementerio que se rompe con un trueno lejano. Machado sigue pasando frío y hambre. Las hermanas también. Las carreteras amarillas que no conducen a ningún lugar se atragantan con la caducidad del tiempo y el sonido se suspende en la cúpula celestial concéntrica dibujada por un pianista taciturno en una tarde otoñal en medio de la nada.

viernes 6 de noviembre de 2009

LAS PEQUEÑAS COSAS


Me entretuve entrando por el ojo plano de la ineficaz cerradura de seguridad. El espejo me devuelve la mirada asombrada de unos ojos descarnados. Me gusta ver que todo sigue en su lugar. Nada me da más placer que la certeza de las cosas. La puerta del frigorífico se acomoda suavemente a mis dedos cuando la abro y descubro que la parte de abajo está bien cerrada. Sobrevuelo la encimera y relucen partículas de mica. El polvo que se ha acumulado en las tapas de los botes, desaparece con un leve soplido que aletea la cortina que cubre la puerta de la terraza. El cadáver de un mosquito desprevenido yace sobre el fluorescente. No me gusta la muerte, la rodeo y así dejo de ver moscardones negros sobre la cara de un recién nacido. Una bolsa para el papel y otra para el plástico, cuelgan de la llave del radiador que ya no gotea. Consigo aguantar las ganas de bajarlas al contenedor.

En el aparador del salón, la bombonera repleta de caramelos de menta y fresa. La fotografía que devolvió un despistado cartero reposa en un absurdo sobre blanco. Con sólo desearlo, se cae para siempre por detrás del mueble. Me gusta la anaranjada madera silenciosa que de vez en cuando se mete por mi nariz. Amapolas en un bastidor sin marco me parece que cambian con la luz del día. A veces he visto anochecer en ese cuadro. Su vecino engalanado tras el cristal me muestra la escena de unas manchas de color descascarilladas. Si te fijas bien, verás un cuerpo descansando sobre una mesa, a lo mejor para siempre. No soporto que se esté borrando. Si no fuera por las escarpias, hace tiempo que lo habría metido debajo de la cama. Si el tronco brasileño, algo inclinado, crece un poco más, pronto podré descansar. Me vuelvo y veo la pila de cedés que me miran desde las aristas y de reojo a la estantería en la que añoran estar. Coloco la manta del sofá y esponjo el cojín a juego. La mesa de cristal ácido me agrede con la huella de una mano. Un zumbido de electricidad se cuela por algún cable. Los parientes del mosquito electrocutado han venido a su funeral. Si pudiera consolarles...

Los azulejos blancos del baño me recuerdan un hospital. Imperceptibles gotas de vapor luchan por no resbalar y caer al suelo. El cepillo de dientes sin su protector me atraviesa el estómago. Podría vomitar pero el repiqueteo del agua de la cisterna sobre la loza me obliga a salir de allí sin detenerme a mirar la camiseta sucia que asoma por la esquina de la bañera. Si no fuera por las hojas clorofílicamente verdes de la maceta que se derraman desde lo alto del armario, habría que precintar el cuarto. Respira, respira.

No consigo atreverme a entrar en la habitación de los niños.

Siempre me gustaron las formas redondeadas. Me abrazo a ellas en el dormitorio. El aro de la cama es tan delicado que las mínimas muescas que lo interrumpen me doblan de dolor. Acaricio el edredón impecablemente colocado. La lámpara del techo me mira suspendida desde una anacrónica decoración de escayola. Me siento mejor. El pasado siempre ayuda. Resbalo por el ondulante cabecero y caigo sobre la mesilla, de día, de la derecha. Un ordenado reloj y un pequeño joyero le hacen bien a cualquiera. Podría quedarme para siempre aquí, mirando el tiempo detenido en la fotografía. Pero no puedo, no debo. Una última mirada antes de colarme por la rendija de la ventana abierta y seguir mi camino. Ya se oyen las sirenas de la policía. No tardarán en llegar.

lunes 2 de noviembre de 2009

NIRVANA

¿Juan Tostado? Sí. Traigo un sobre certificado. Por fin. Llevaba toda la semana esperándolo, el último disco de Piantados, edición vinilo para coleccionistas y ya estaba aquí. Había tenido que pedirlo a la discográfica independiente que últimamente publicaba las extravagancias sonoro-literarias de su grupo favorito. 20 años de carrera, 7 discos, un buen puñado de canciones y un montón de conciertos memorables. Memorables para los pocos que solían acudir a ellos, claro. Porque debemos reconocer que era un grupo rarito, especialmente su líder-guitarrista-compositor-cantante, Marcelo Calamidad y su gusto no disimulado por cultivar su malditismo. Era el único miembro original de la banda que había sobrevivido, casi literalmente, al paso del tiempo. La industria se había cansado de sus extravagancias y exigencias, apostando por otros músicos de consumo más fácil y menos aficionados a distintas sustancias prohibidas. Por eso crearon un sello autogestionado, Tripas, para dar rienda suelta a su creatividad y publicar sus temas. El desorden de la rebelión, le gustaba el título y también la portada, algo así como un puño geométrico en rojo sobre fondo negro. Veamos cómo suena.

Descolgó el teléfono, cerró la puerta del salón, bajó un poco las persianas y se sentó en el punto exacto del sofá desde el que mejor se oía su modesto equipo de música. Le gustaba hacer la primera escucha de tirón, sin leer el libreto, ni ver las fotos, sólo el título de la canción pero sin ver lo que duraba. Quería que fuera una experiencia única sin más referencia que la música y la voz del gran Marcelo. El único sentido, además del oído, que permanecía alerta en tales circunstancias era el olfato. Le excitaba muchísimo el olor del vinilo y su carpeta, un olor indescriptible que él había asociado, después de tantos años, a innumerables momentos de placer sónico. Colocó con mimo la aguja encima del surco inicial y el crepitar del plástico comenzó a transportarle a otro lugar. Un inicio potente, dos temas encadenados marca de la casa. Guitarras distorsionadas engarzando hermosas melodías al son que dictaba la susurrante voz del cantante, ni mucha ni poca, la justa que te hacía agudizar la atención para poder saborear las historias que contaba, repletas de brillantes metáforas al servicio del mundo personal e intransferible del autor. Silencio. La tercera rebajaba la tensión, un poco de calma para hablar de amor no correspondido, una relación enfermiza que acaba mal, como siempre. Lo que seguía estaba a la altura de lo esperado, sin sorpresas pero sin defraudar al oyente. Hasta que llegó el corte número seis. Toda la vida.

Algo en su interior se retorció, un interruptor haciendo click. Un medio tiempo hipnótico, arrastrando las palabras, masticando las sílabas, doliendo letra a letra. La guitarra marcando un ritmo en espiral que se repetía una y otra vez, subiendo y bajando de volumen, salpicada de vez en cuando por un punteo cristalino y un coro casi inaudible. Hablaba de un momento de felicidad, unas sensaciones en pinceladas como si de un cuadro se tratara. Podías ver los colores y sentir el rumor de un río, recostado a la sombra de un olmo, despertando a no sé sabe qué. Y lo perdía, lo perdías pero te volvías a sumergir buscando la rendija para poder mirar, para poder pasar y ya está. Estiraba la mano para coger la estela, agarrarse a la tabla que le permitiera sobrevivir. Una canción podía salvar el mundo. Ésta lo iba a hacer. Cuando la gente la escuchara nada sería igual, nada podría ser igual. Cuando la música paró y Juan terminó de caer, se levantó y volvió a ponerla. Otra vez, otra vez, otra vez. Y era tan sencillo. Todo encajaba. ¿La felicidad? Perdió la cuenta de las veces que la oyó. No pudo terminar de escuchar el disco, agotado salió de casa para ir a trabajar. La melodía encajada en la cabeza y volviendo a cada vuelta del camino. No pudo concentrarse en sus tareas habituales. ¿Qué te pasa? ¿Dónde estás? Juanito, despierta que te vas del mundo. Hora de salir, corriendo a casa, esquivando a los compañeros que si una caña, que si te tengo que contar... Otro día, otro día.

Se convirtió en una obsesión. La escuchaba a todas horas. Era lo único en lo que podía pensar, una adicción. Algo le atrapó y no le soltaba. Golpeado, desorientado pero feliz, a ratos. Su rendimiento laboral bajó escandalosamente y sus jefes le empezaban a mirar con desconfianza. Siempre fue un poco especial pero esto empieza a ser preocupante. Te noto raro, le decía su novia de fin de semana. ¿Ya no me quieres? No es eso, no es eso. Fingió una enfermedad para poder quedarse en casa, te vendrán bien unos días de descanso, mejórate, e inyectarse su dosis de cd horaria. Había tenido que grabar el plástico desgastado por la aguja cuasi hipodérmica y aunque no era lo mismo, lo daba por bueno. El eco se perdía pero llegó el momento en que no lo distinguía. Mal comía y peor dormía al no poder desconectar la música de su cerebro. Nada podía retener y nada le importaba ya. Cortó las amarras para no volver nunca más. Cuando lo ingresaron en el sanatorio, amarrados brazos y piernas a la blanca cama, empezó a desinflarse. La música dejó de sonar y nada tuvo sentido. Las piezas del puzzle de su vida quedaron esparcidas y la lluvia las convirtió en papel mojado. Silencio.

viernes 23 de octubre de 2009

LA MUÑECA RUSA

Armando vive en el primer piso del número uno de la calle Atila. Son las once de la noche y llega a casa destrozado tras una agotadora jornada laboral. Su trabajo en una productora cinematográfica le gusta, pero hay días en los que preferiría dedicarse a alguna cosa más tranquilita. Ha soportado varias reuniones y un par de entrevistas con sendos escritores de éxito en busca de alguien que convierta sus novelitas en guiones de cine. El más viejo de los dos, más recordado por un escabroso asunto amoroso que alimentó las portadas de las revistas del corazón hasta no hace muchas semanas, que por su obra literaria, se marchó dando un portazo, indignadísimo al conocer las condiciones económicas que le proponían por traspasar sus historietas al celuloide. Armando no puede más. Se asoma al leve balcón de su mínimo apartamento de soltero, enciende un cigarrillo y el humo azul acompasa su respiración. Decide acostarse semidesnudo en su, casi siempre, solitaria cama y al poco tiempo ya está dormido. Ni el ruido de la televisión de su sorda vecina de arriba consigue disipar su sueño.

Sueña con Berta, su amiga de la facultad. Tiene 22 años y esa mirada que perturba a los hombres. Está tendida en el césped, al lado de la piscina. Un bikini mínimo deja casi al aire su rotunda feminidad, unos triangulitos azules que pugnan por ocultar sus opalescentes y níveos pechos salpicados de pequeñas pecas rojas que muchos quisieran devorar. Un reflejo azul llega desde el agua y sofoca el calor del febrero austral a las dos de la tarde. Se protege con unas gafas de sol de una marca carísima, una de esas marcas que imprimen carácter con sólo nombrarlas, al alcance de privilegiados bolsillos que se esconden en los privilegiados armarios de las privilegiadas mansiones de lujo de los barrios altos de la ciudad porteña. Transpira levemente unas gotas de dulce sudor que se mezcla con la última fragancia de moda que ni siquiera el reciente chapuzón en la pileta logró borrar de su nariz. Está leyendo, ligeramente aburrida, tal vez por matar el tiempo, quién sabe si por olvidar lo sucedido. Es un libro en edición de bolsillo, ideal para estas ocasiones, que se titula "Días encadenados" y cuenta la historia de un joven ciego que creció en cautividad y de cómo logró escapar y hacerse un hombre de provecho. El protagonista se llama Carlos.

Carlos no puede dormir. Las noches siguen estando pobladas de pesadillas aunque hace tiempo que huyó de su tormento. Ahora vive confortablemente en un hogar de acogida, hace tres años, con unos padres que no llevan su sangre pero que le quieren de verdad. Sus progenitores también descansan, su padre en el cementerio y su madre recluida en un centro frenopático. El cieguito fue siempre una carga y una vergüenza para su familia, acostumbrada a tener como horizonte el monte y como compañía, la de las bestias. Carlos piensa en todas las cosas que tiene por hacer, en el mundo que se abre a sus pies. Piensa en lo que le contó la monja que le educa y le cuida. Le habló de un invento nuevo, de algo casi mágico que se llama cine, un lugar al que las gentes acuden para salir de sus tristes vidas y soñar con otra realidad mejor. A él sí que le parece cosa de embrujamiento, no alcanza a imaginar una cosa así. La imagen de las imágenes que no puede ver ni conoce pero que ya le son familiares. Le gusta especialmente una película que le han contado mil veces y en la que él está pensando en estos momentos: "La canción de Delia".

Delia quiere ser artista. Nació en un pequeño pueblo de la Toscana italiana y desde muy niña, con apenas cuatro años, se educó rodeada de músicos y actores. En una de las escenas finales se le puede ver en un plano medio, casi de espaldas a la cámara. Esta se va acercando a ella en un lento, demorado y silencioso "travellin". Los rayos del sol inundan su pelo ensortijado, los cabellos que hasta hace un momento han acariciado los dedos de su amante que yace moribundo a sus pies. Ya tenemos un primer plano, vemos a Delia en escorzo mientras se oyen las primeras notas de una melodía, una música de violines que lloran a la vez que ella se gira y nos ofrece sus ojos desbordados de lágrimas. El primerísimo plano ya es frontal y la música se adueña de la escena. La mujer mira a lo lejos y suspende su respiración para no perder ni un detalle de la canción. Una voz masculina pugna por abrirse paso. Es Enrique.

La voz de Enrique viene desde atrás, pespunteando la melodía de los violines cada vez más apagados. El hombre canta y los cinco violines se acallan. Los graves son hermosos, limpios a medida que aumentan de volumen y sentimiento. Diríase que llora, que lucha porque su voz no tiemble a la velocidad de su corazón. Un agudo rompe el momento y la orquesta entra de nuevo, tronante, desafiante, a plena potencia como queriendo llevarse el dolor de un soplido. El hombre sigue mascullando palabras en los huecos de la sonoridad instrumental. Repite incansablemente un nombre, Fiorella, mia cara Fiorella... Suspira y restalla el do de pecho. Clímax. La orquesta sube y baja, acompasada con la voz. El sonido ya no está pero parece que quisiera seguir dando vueltas en el aire. Delia vuelve de su ensimismamiento y recuerda dónde está.

La cámara se aleja de nuevo del rostro de la actriz, lentamente, casi con pena. El plano se abre hasta la mitad y ella se derrumba sobre el cuerpo sin vida de su amante. Se hace el silencio y la escena se va apagando. La cámara sube y se coloca encima de los dos personajes a la vez que comienza a girar y un foco concentra toda la luz en la pareja inmóvil. El plano se hace general y se oye una lejana trompeta. Un fundido encadenado va mostrando, alternativamente, imágenes de los rostros pasados de los dos personajes, primero deprisa, luego más despacio, más despacio... hasta que se les ve convertidos en dos adolescentes. Negro. El siguiente es un largo plano- secuencia en el que se puede ver el cortejo fúnebre sobre la nieve, sobre la nieve que se va ensuciando a medida que los carruajes la van hiriendo con sus negras ruedas. Este es el momento preferido de Carlos. La cámara se detiene mientras fluyen los personajes de izquierda a derecha hasta que salen del plano visual del espectador. La nieve empieza a caer. Y Carlos es feliz.

El pobre ciego quisiera ver entonces, aunque nada más fuera por un momento. Ha imaginado muchas veces le escena y se ha emocionado junto a la monjita que le presta sus ojos. Se acuerda de su padre muerto, de las largas noches en vela en la casa abandonada al mundo, solitaria en la campiña invisible. Piensa en su padre sepultado extramuros, como manda la Santa Madre Iglesia en estos casos, los infames casos de los suicidas. Aunque él sabe bien lo que pasó, la última paliza, la escopeta de caza, el certero disparo que levantó la tapa de los sesos de aquel mal nacido, la madre que enloquece al saber lo ocurrido... Ahora Carlos sigue soñando, quién sabe si durante toda la vida, con aquellos años encadenados, con unos fundidos siempre en negro esperando el milagro que le permita ver los sueños en movimiento y escapar de su condena. Berta dobla una esquina de la hoja, cierra el libro.

Indolente se levanta de la toalla, se sabe admirada por los ojos de quienes la rodean. Un ligero mohín de su boca, el postrer rastro de la tristeza ciega de lo leído, desaparece cuando ve a lo lejos lo que tanto tiempo llevaba esperando. Berta bella. Berta plena. Berta triunfante recoge sus cosas y se encamina al momento de gloria que siempre soñó. Tentada está de llamar por el móvil al amigo paparazzi que siempre está al quite en estos casos. No lo hará... Alguien grita, corre y cae por un abismo. Ruido. Insoportable ruido. Armando despierta sobresaltado. Suda gotones nada dulces. Un olor acre le retuerce el estómago. Esta maldita vieja sorda...

A esa hora en la que se confunde la noche y la madrugada, Armando se refresca la nuca en el lavabo. Ha gritado todo lo fuerte que le permitían sus pulmones y el silencio, por fin, se hizo. Sabe que no volverá a dormir en lo que resta de noche. La presencia de Berta ha sido demasiado real, demasiado inquietante. Tantos años pasados para ir a aparecer de nuevo justo en este instante. Mientras piensa en buscar la vieja agenda con los teléfonos del ayer, apoya la mano en la pared del lavabo y orina entrecortadamente. El tintineo en la loza le trae ecos de campanillas, de un disparo en la noche en medio del campo, de violines que chirrían y de un regusto a sangre.

miércoles 21 de octubre de 2009

JOAQUÍN PASCUAL

Hay días en los que la suerte se empeña en tropezarse contigo. Las chicas te sonríen, los conductores de autobús te esperan... hasta tus jefes tienen una palabra amable contigo.

Está en marcha el nuevo proyecto de Joaquín Pascual, esta vez en solitario. Uno de los componentes de Surfin´Bichos, de Mercromina, de Travolta, embarcado en una aventura apasionante. Espero poder tener pronto entre mis dedos El ritmo de los acontecimientos. Pinta muy bien, la verdad.

http://www.myspace.com/joaquinpascual

Lo dicho. Hay días que.

martes 20 de octubre de 2009

FERNANDO ALFARO

Dos años esperando el momento, dos años de incertidumbre, dos años de desesperar... terminaron el pasado sábado. ¡Fernando se levantó y anduvo!

Concierto acústico repasando sus grandes éxitos, en solitario, para qué más.

Y la larva se hizo bicho.

DIARIO DEL ALTO ARAGON

Este domingo tuve la fortuna de aparecer de nuevo en mi periódico favorito. Sí. Fa-vo-ri-to.
Un texto con olor a sal y verano escrito desde la ventana.
Gracias.

http://www.diariodelaltoaragon.es/SuplementosNoticiasDetalle.aspx?Sup=1&Id=595644

VELOCIDAD. FIN DE LA TRILOGÍA FÍSICA.

Un coche acelera por la avenida. El corazón del conductor. Sístole-diástole. Sístole. Diástole. Sis, dias, to, le. Un peatón corre en el paso de cebra. Verde. Derecha. Derecha. Verde. Izquierda. Ámbar ignorado. Los pensamientos atraviesan su frente, de neurona en neurona. A Cajal le encantaría. Una puerta entreabierta. La cortina ondulando con la corriente. Volumen excesivo en la televisión. Ya no puedo parar, tengo que acelerar. El viento terminará por arrancar las ramas de los más débiles. Luces y sombras como manchas en el asfalto. Engullida la línea continua. Subir, bajar y volver a girar. La voz no correspondida. Sábanas en desorden , la luz del baño encendida. ¿Quién?. Las nubes apenas aciertan a seguir al vehículo. Las estrellas intermitentes en blanco, rojo y blanco. El ruido en los oídos, el zumbido de la sangre tan parecido al de las abejas. Parpadeo involuntario. Respirar sin querer. Las pupilas se contraen con la luz y con el miedo. Si todo no fuera tan

jueves 15 de octubre de 2009

EL ESPACIO DE SIDRAL

La misión ha sido un fracaso, capitán, no se han logrado los objetivos marcados y hemos perdido muchos hombres, por no mencionar a los androides de última generación. Hans 23 está registrando un breve informe en la unidad cerebral destinada a tal efecto, mientras descansa en su habitación en la nave de combate. Está reparando los destrozos de su traje espacial al mismo tiempo que piensa en la mejor manera de contar lo que ha sucedido a su inmediato superior. No quiero eludir mis responsabilidades, no tendría sentido, pero sí me gustaría dejar bien claro lo que pasó para evitar malos entendidos. Piensa, escribe y borra mentalmente, sabe que pocas cosas escapan a la Memoria Central y que debe intentar ser lo más fidedigno posible para que no tengan opción de revisar las tarjetas y cotejar lo transcrito en el informe oficial con lo que realmente pensó. Por eso Hans 23 ha decidido centrarse en la narración de los hechos y dejar para más tarde la sutura con poliamidas del tejido de su traje de fuerza de combate. Modula el nivel de oxígeno de la estancia y se tumba a diez centímetros de la superficie que le sirve de camastro. No necesita cerrar los ojos para recordar lo que pasó, todo es tan reciente, el olor a muerte y a pérdida es demasiado intenso pese a estar volando a unos cuantos millones de años luz de la estrella habitada más cercana. Nada hay que perder, contaremos la verdad aunque sea por una vez.

Kosta, Campos, Fabrá, Ritha y los demás se levantaron temprano, había llegado el día y no quedaba tiempo que perder. Tal y como les había indicado hacía unas horas, nos reunimos en la sala de mandos para preparar la misión, rodeados de los más fieles que pudimos reclutar en la nave. Una indiscreción y todo habría terminado. En sus ojos pude ver el peso de la situación, apenas probaron los compuestos que nos habían dejado en las bandejas para que completáramos el nivel energético al máximo. Kosta se repasaba una y otra vez el afilado y perfectamente rasurado mentón. Era un gesto que conocía bien, se lo había espiado en otras situaciones parecidas. Le ayudaba a concentrarse, a no perder ni una sola de las consignas por mí impartidas. La nuez subía y bajaba por su interminable cuello, oscilaba al ritmo de su palpitante corazón. La nariz torcida después de la última pelea le impedía respirar con comodidad, su voz levemente nasal apenas interrumpía mi discurso para precisar la comprensión de lo que yo ordenaba. Su miopía iba en aumento y por ello acercaba con disimulo su cara a la pantalla holográfica para reconocer y fijar la ruta en su ordenador de muñeca. Siempre tuvo buen gusto para vestir a pesar de la uniformidad que se nos imponía desde el Mando Central, el cráneo afeitado con esmero, reluciente como el sol de los Círculos de Fállax. De vez en cuando acariciaba su arma láser reglamentaria, igual que yo imaginaba que trataba a sus amantes ocasionales cada vez que volvía a su planeta de permiso tras una arriesgada misión, otra más. Sus ayudantes insertaban las coordenadas de la misión en los androides que formaban su guardia personal, ni que decir tiene que los más sofisticados que habíamos traído en este viaje trascendental. De vez en cuando miraba a Campos, al menos intentaba cruzar sus miradas. Éste parecía rehuirle en los últimos días.

Los ojos hundidos tras unas moradas ojeras, la vista perdida en un punto del espacio que se contemplaba detrás del cristal del puente de mando de la nave, cualquier espectador de la escena habría pensado que era ajeno a lo que allí sucedía. Yo sé que no, puesto que respondió adecuadamente a todas y cada una de mis preguntas. Su cabecilla apepinada, que apenas sobresalía del círculo de enganche del casco estelar, se movía a derecha e izquierda siguiendo el rastro de la basura espacial y de las estrellas fugaces que podíamos ver por las escotillas. Campos estaba muy raro, extrañamente callado para su costumbre, los dientes detrás de los labios más tiempo de lo normal. Le suda la frente y seguramente una gota recorre su espalda cada vez que se menciona su nombre. Tocaba con la punta de los dedos la C de su apellido ligeramente despegada de la etiqueta impresa sobre su corazón. La bandera del brazo de su traje es apenas visible, lo mismo podría ser de un bando que del otro. Reflejado en la pantalla, por encima de su hombro, distingue claramente el ojo de Fabrá. Es el mayor de todos y seguramente desearía estar en mi lugar. A veces me taladra con su ojo vacío, con la cuenca negra que casi traspasa su cerebro.

Ha repetido mil veces cómo lo perdió, podríamos repetir la historia del derecho y del revés, una acción bélica propia de un héroe, no tenéis cojones de cambiar uno de los vuestros por una medalla como la mía. Desistió de ponerse uno ortopédico porque no lograron que dejara de cambiar de color según su estado de ánimo, casi siempre pasaba del rojo al negro, nunca iba a juego con el otro y por eso decidió taparlo con una tela virtual parecida a la de los piratas de las viejas películas de la Tierra. Fabrá es un problema y todos los del grupo lo sabíamos pero tampoco se nos escapaba que era una garantía a la hora de entrar en combate. Su falta de corazón era nuestra mejor arma. Escupe y limpia con la manga del traje la visera de su escafandra galáctica. Sé que no le gustan mis órdenes pero no tiene más remedio que acatarlas. De momento. Se reía cada vez que Ritha se volvía con cara de asco al oír el salivazo. Le parece increíble que un día deseara que le abrazaran esos brazos acostumbrados a matar. Ya no le quiere, ni siquiera le soporta, y maldice el holograma que les emparejó en aquella misión suicida hace ya demasiado tiempo.

Ritha no es joven, ni hermosa, ni provoca hinchazones debajo de los pantalones de la tripulación. Pero es una mujer y a miles de kilómetros de casa, perdidos a la vuelta del infinito, eso representa una baza ganadora. El pelo rizado le incomoda debajo del gorrito ignífugo, es un martirio encajarse el casco y estropear el peinado pero sabe que no hay más remedio. Se siente rebosar debajo de los tejidos preparados para la ingravidez, a duras penas logra meter sus curvas en ellos. La tripulación chirría los dientes cada vez que pasa a su lado esparciendo gotas de perfume en cada contoneo y prometiendo algo que seguramente nunca cumplirá. Ahora puedo afirmarlo con rotundidad mientras acaricio su guante entre mis manos.

Se incorpora levemente, desactiva el control de gravedad al notar el vómito irrefrenable. Hans 23 escupe trocitos de pastillas de plástico, polvillo de colores y algo parecido a un líquido llamado sangre. Todo sube hacia el techo, se adhiere a él formando una costra multicolor que pronto se solidifica y le permite activar el botón que le hace poner los pies en el suelo y seguir con el pensamiento transformado en informe que a buen seguro el Mando Central le exigirá cuando sepa el tamaño de la derrota. Si cuenta toda la verdad, si logra que le crean, tal vez pueda salvar la vida. Tal vez. Sus hombres esperan colgados en el plasma. Play. Rec.

Acabadas mis instrucciones cada uno fue a ocupar su lugar en la plataforma de lanzamiento después de reclutar a los soldados que consideraron necesarios. Los androides y la maquinaria instalados en las naves de asalto, girados los cascos hasta notar el clic. Despejaron la zona y se abrió la compuerta por la que nos lanzaríamos a la oscuridad. Propulsados a una velocidad aproximada de dos kuants pronto avistamos al enemigo, o mejor dicho, pronto descubrieron nuestro acercamiento. Comencé a lanzar las consignas a través de la onda telepática acordada. La conexión era buena y todos estábamos disparando y esquivando los ataques según el plan trazado. Todos menos Campos. No lograba conectar con su escuadrilla y a pesar del riesgo que suponía emitir en señal no codificada, me arriesgué a que nos interceptara la comunicación el enemigo, con el consiguiente empobrecimiento de nuestras ondas, y le ordené que se ciñera al plan aprobado hacía unas horas. No contestó. Y juro por mi honor que intenté todo lo que estaba en mis manos. Algo me hizo sentir lo que iba a suceder a continuación cuando vi que se colocaba detrás de la nave de Kosta. No podría asegurarlo pero si me piden mi opinión creo que el disparo que destruyó la Gü19 partió de la artillería de Campos. Entonces Fabrá me gritó que si yo había visto lo mismo que él. No recuerdo si pude contestarle. La batalla se había ido de nuestro control hacía tiempo y las bajas comenzaban a ser innumerables. Miles de chatarras más a la deriva para siempre. De lo que no me cabe la más mínima duda es que fue Fabrá el que acabó con la vida de Campos y los suyos.

Será difícil que pueda olvidar el resplandor anaranjado que ocupó el lugar de la nave de Campos y el ruido de los trozos de la misma que impactaban en la nave nodriza en la que yo me encontraba. Ordené la retirada inmediata. No tenía sentido seguir con aquella carnicería multicolor. También quiero dejar constancia de que Fabrá no opuso resistencia alguna cuando le pedí que se dirigiera hacia nuestra nave para que me explicara lo sucedido. Creo que se reía mientras me decía a sus órdenes, señor. Llegó justo un momento después que Ritha que no paraba de gritarle asesino, malnacido y cosas parecidas en su lengua natal. No tuvimos tiempo de cerrar la compuerta, de iniciar la descompresión y pasar al nivel de seguridad. Ritha, de un certero golpe, cortó el cable de alimentación de la escafandra de Fabrá que con aire chulesco se dirigía hacia nosotros. Lo último que vi antes de que se desmoronara fue su ojo rebotando en el cristal para terminar flotando en la sangre que rellenaba su caso tras la explosión craneal. Y juro por mi honor que no pude detener a Ritha antes de que saltara al vacío sideral, antes de que la oscuridad se la tragara dejándome como único recuerdo el guante de su mano derecha, el mismo que ahora sirve para secar mis lágrimas.

Esto fue lo que pasó, creo no haber omitido ningún detalle y si algo no relaté fue por olvido y por el trauma que esta última misión ha supuesto para todos nosotros. Espero poder aportar testimonios que ratifiquen lo anteriormente registrado en el juicio sumarísimo al que con gusto me someteré. Y, por favor, si tienen que desconectarme, que sea temporalmente, renuncio a mis cargos desde este mismo momento. Pero no me desconecten para siempre. Para siempre, no, por favor. Se lo ruego. Fin de la grabación.

miércoles 14 de octubre de 2009

EL TIEMPO

El tiempo pasa inexorable. No. No es esto lo que quería contar. Además qué es eso de inexorable. Nota a pie de página, sugerencia para la grabadora. No utilizar palabras cuyo significado se desconoce por muy bonitas que puedan ser. Inexorable suena bien pero.

Un niño se despierta antes de tiempo en la habitación de una humilde casa en un barrio obrero. Hace frío. La bolsa de agua que su madre le calentó con tanto amor la pasada helada noche, la bolsa de agua en forma de personaje de dibujo animado en blanco y negro, la bolsa de agua que arde cuando se abraza a ella en el inicio de una larga noche de invierno e insomnio, la bolsa de agua que pese a todo prefiere a la acolchada con la tela de una mantita de cuadros a la que no le apetece abrazarse, ya pasó la pesadilla, ya está; la bolsa de agua hace mucho tiempo que se quedó fría como el corazón del malo de un tebeo y sólo quedan los nervios del día del examen. Lleva un buen rato dando vueltas debajo de las mantas, intentando dormir un poco para difuminar las ojeras, evitando el otro lado de la cama que huele a humedad y a jarabe de menta. Se ha sentado un par de veces en la cama al notar el vómito que se acerca, casi ha buscado en el suelo de hielo las zapatillas que le dirijan al baño, no quiere que su madre sepa que está despierto, que otra vez, las palabras, el consuelo, las medicinas que poco ayudan. Se tumba y mira al techo que se desvanece tras gotas temblorosas que saben a sal. Un cola-cao con dos galletas, no puedes ir al colegio con el estómago vacío, que habrá que hacer desaparecer sin levantar sospechas.

El tiempo amarillea en los viejos álbumes y se escapa tras los cristales empañados. Casi dos alejandrinos, rima cero, clasicismo y modernidad a partes iguales. Es un buen invento la rima cero, el verso libre como la conciencia sin pecado. Esto no iba a ser un poema, no me atrevo. Además lo del tiempo amarillo y el vidrio sobre el que escribir tu nombre. Nota de voz apesadumbrada en la grabadora del teléfono, qué rara suena al cabo de un instante ajeno, ya se cantó todo acerca de los cristales amarillos.

Hoy tampoco tiene ganas de bajar las escaleras de dos en dos, de tres en tres, saltando sobre las suelas de unos maripís desgastados, sintiendo la mochila que vuela hacia el techo y cae sobre unos hombros huesudos al mismo tiempo que se impulsa de nuevo, y se agarra a la barra de la barandilla para hacer un giro que cualquier jurado olímpico valoraría con un diez, caer con los pies juntos en el descansillo y vuelta a empezar. Veinticinco escalones y cinco golpes para escapar de las mirillas y fíjese usted qué escándalo. En el portal mirará las puertas que dan al banco y a la farmacia, si se atreviera una noche debería entrar a robar aspirinas y billetes de cien, y las dejará atrás pensando que un día de estos se van a enterar. Afuera hace menos frío que en su casa, ocho pasos y da la vuelta a la esquina de la calle por la que suele volar cuando está contento. Un, dos, tres. Tan fácil como impulsarse y empezar a flotar, tumbado, con un puño hacia delante según enseñan las películas. A tres metros del suelo lo único que debe esquivar es el letrero luminoso del bar, coca-cola, recomienda Pinilla a sus clientes. Y es feliz. El vuelo es corto, tanto como la calle, no se le da bien girar y menos hacer el contra-giro para dejar atrás el kiosco de José y enfilar hacia el colegio.

El tiempo, ese gran cabrón que te toca los cojones para reírse en tu cara, para meterte un puñetazo y cortarte la respiración. No. Tampoco. No es el tono, el realismo sucio está de capa caída. Si por lo menos estuviéramos en Detroit. Las palabras malsonantes se acaban enseguida y tienen tantos detractores. Tachón en rojo sin compasión, autocensura y vete a tomar por el culo.

Otro bocadillo en la mochila, al fondo, junto a los demás, envuelto en papel de plata macerando el chorizo y la mantequilla, produciendo unos líquidos que mancharán la bolsa y el atlas, que dejarán olor a cerrado y muerte. Hubiera sido tan fácil deshacerse del cadáver en la primera papelera que viniera al paso, problema resuelto. Puede que en aquel lugar no hubiera papeleras o que el sentimiento de culpa le impidiera despojarse de la carga, me van a pillar, seguro. Le da asco la comida, el estómago le da vueltas cada vez que piensa en ella. Tiene que buscar la solución, despejar la incógnita y que la ecuación se vuelva una sonrisa. La basura debajo de la alfombra, poner cara de bueno y mirar hacia otro lado, yo no tiré de la coleta de Inés, señorita. Los minutos caen como gaviotas abatidas a perdigonazos, las grullas buscan mejores cosas que hacer, una hilera serpenteante pasa por debajo de una grúa y le dicen adiós. Prefiere no encontrarse con nadie por el camino, no está con ánimos pero sabe que es imposible. Tantas casas con tantos niños en tampoco espacio. Piensa en la destrucción nuclear como una opción deseable. Le duele la tripa, ya no es hora de fingir una enfermedad, esto es de verdad.

El tiempo partido por el espacio, era algo parecido, qué tío el espacio, ya era hora de que alguien le diera su merecido al tiempo. ¿Velocidad? Debería haber puesto más atención en clase. Demasiado físico, doctoral. No sería un buen comienzo.

Sabe que el colegio se aproxima con decisión. Que los niños estarán de la mano de sus madres esperando a que abran. Que las risas ahogarán la vocecilla interior que se asfixia sin remedio en un mar de mercurio. Que le mirarán y él imaginará que conocen su secreto, si abren pronto subirá directamente a clase, ordenará el pupitre y esperará, no puede hacer otra cosa. Sin que acabe de pensar todo esto la puerta le da un mordisco de malos días, días de polvo y tiza, días de vergüenza y mejillas coloradas. No se atreve a dar la vuelta y a echarse a correr, rápido, muy rápido, como en la película de la tele del sábado, después de Mazinger. Llorar no es de cobardes, llorar es de llorones y por eso no le gusta aunque sabe que es un cobarde y que siempre lo será. Puede que no lo sepa aún pero algún día se acordará. Cuando entra el profesor tiene ganas de mear, ha debido olvidarlo con tanto pensamiento yendo y viniendo. Demasiado tarde como tantas veces. Las bolas de papel han dejado de golpearle en la nuca, se ajusta las gafas y respira muy hondo. La silla de su lado está vacía y el crucifijo se tambalea en su escarpia.

El tiempo y los que nunca pensamos mucho en él. Los minutos y las horas. El verano, el invierno y el verano. Hay cosas que siempre te hacen tropezar en las noches de pesadilla. Ya no soy más. Los otros irán muriendo y nadie podrá culparme. Bueno. Algo así.