Las motas de polvo llevan un año pudriéndose. La última idea para un cuento le vino dentro de un coche soleado, camino de una piscina de invierno en la que celebrar un cumpleaños infantil. La luz de poniente entraba por la ventanilla de la izquierda dejando al descubierto el desorden atómico y el baile acalambrado de la materia. Sólo los ojos de un niño podían rescatar el espectáculo. Clic. Desaparecían al llegar a la sombra. Ahora, mientras lo recuerda y lo escribe, se mira las manos cuarteadas, la piel enrojecida por el aire siberiano, las diminutas heridas como las de un Cristo en prácticas. Dermis mal hidratada sería el diagnóstico de cualquier dermatólogo, nada que abundantes dosis de crema noruega no pueda arreglar. Piensa en las banderas que cubrían los cuerpos de los chavales, de los ataúdes de aquellos jóvenes que murieron en un verano nórdico en una isla aparentemente inofensiva. Lo vio por la tele. El asesino se ha hecho el loco y ahora vive en una cárcel de lujo que más bien parece un balneario para potentados artríticos con sus maderas nobles, sus dietas hipocalóricas ricas en triglicéridos, con sus rubicundos vigilantes desarmados que te dan los buenos días educadamente y te permiten conversar sobre tu sinfonía preferida de Mahler, habitaciones acolchadas para los corazones alejados del arrepentimiento del que no tiene nada que reprocharse. El mar se tragó la luz y los bosques fueron regados por la sangre de los cuerpos desparramados que guardarán para siempre una interrogación en la mirada. Un disparo, dos, algo así como un fuego ácido que te atraviesa, un dolor y el ruido y la caída y un golpe y no ver nada más. Nadie podrá contarlo. Morir entre tanta gente resta protagonismo, un frío número en la edición vespertina de los informativos, ni siquiera un nombre ni una fotografía ni una palabra. De vuelta al presente piensa que luego fue la canción de Los Planetas y un tipo que un buen día, con la manta a la altura de los ojos, tumbado en una cama desierta, recordaba entre su tristeza olímpica bañada de tranquilizantes a la chica que le dejó hace tanto tiempo. Si permitieran fumar en los bares se habría levantado, cambiado la camiseta, puesto un pantalón y unas botas llenas de barro con las suelas muy gastadas, habría echado una meada, se habría mirado de reojo en el espejo del baño, el pelo revuelto y la barba tapando su blanca piel, un portazo a la espalda, cuarenta y cuatro peldaños de bordes reblandecidos, el buenosdías que se atraviesa en la garganta, café con leche y tostada con mermelada, de fresa, como a ella le gustaba, y todo sería sentarse a mirar por el ventanal, fumando a ratos, manoseando sin ver el periódico, asesinato múltiple en un campamento socialista, Messi con su cara de buen chico con flequillo, la cartelera del cine con todas las películas que nunca verá, y el humo, la conversación de los demás, el rumor de la televisión, el soniquete de la tragaperras y su chino, el olor de los calamares rebozados, las gambas con gabardina, los palillos en el suelo desconsolados entre las servilletas grasientas, aplacando el vacío mientras la luz deja paso al reflejo de una cara triste en un cristal que piensa que ya es hora de volver a casa y de paso comprar tabaco. En el apartamento alquilado del cuarto piso le esperan las voces que reclaman su atención, se quedaron atrapadas como si de una psicofonía se tratara, llevan meses dando vueltas entre las paredes heladas, la tarima que cruje de dolor y los cristales de la ventanas que, también, piden a gritos que les pasen un pañito húmedo como el gesto que se le quedó instalado en la cara desde un quince de abril de hace dos años. Como no dejan fumar en los bares se ha quedado en la cama, se ha dado la vuelta hacia la pared, se ha hecho el muerto y ha pensado en su entierro lleno de los amigos que dejaron de llamarle cuando empezó a ser una carga parecida a un familiar de los zares en la Rusia bolchevique. Las voces se quedaron en la encimera de la cocina, en la lámpara del salón, entre las botellas de vino, en las carátulas de los cedés de post-rock que ya nunca escucha, rebotando en la campana extractora, yendo y viniendo del dormitorio a la entrada, sumergidos en la cisterna del váter, confundiéndose con las conversaciones de los vecinos, con los ruidos de la teletienda a las dos de la madrugada, amortiguados por el camión de la basura que tan eficazmente se deshace de los trozos de vida inservibles, de las cajas de telepizza, de los condones caducados y las pruebas de embarazo, de un ejemplar del Gigantes del Basket que encerraba el último número de Playboy, de gorros de montaña comprados en las rebajas de Decathlón y que no llegaron a estrenarse. Si se hubiera levantado de la cama, si hubiera vencido la pereza invencible, si hubiera apartado de un manotazo la manta y el edredón de color vainilla a juego con la tela de las paredes y los dibujos que parecían mamuts en las noches de insomnio y pastillas, un pie en el frío terrazo, el otro en la única zapatilla que habría encontrado, como la de la vecina coja de arriba que fue actriz de reparto en una compañía de posguerra y amartilla las horas a golpecitos descompasados –toc,plaf,toc,plaf,toc- así todo el día, se habría asomado a la ventana justo a tiempo de ver desaparecer en el punto de fuga de la perspectiva que marca el Paseo en línea que se aplasta bajo los edificios, como en uno de esos cuadros de Antonio López con sus mínimos detalles, con sus pinceladas exactas para reflejar la leve corriente de aire que levanta la esquina de una cortina y deja entrever el culo de la amante un segundo antes de esconderse bajo las sábanas de blanco lino, habría visto perderse el autobús de la línea 21 que tantas veces le trajo de vuelta mientras leía el manifiesto de la Generación Guirlache, mientras escuchaba en su reproductor de música las guitarras infernales que se confundían con su rabia adolescente, aguantándose las ganas de encender un cigarro con las cerillas que cogió de aquel restaurante de lujo cuando papá y mamá le dijeron que se separaban pero que todo seguiría igual, autobuses vacíos en el viaje a cocheras, asientos de plástico naranja con su chicle de fresa pegado debajo, conducidos por empleados de chaqueta azul y pantalón gris que hacen cuentas para llegar a fin de mes y se distraen justo un segundo que provoca atropellos de gatitos o viejas desprevenidas en pasos de cebra mal iluminados por la incompetencia de algún técnico despistado. Pudo compartir, sin haberlo sabido, sin haberlo siquiera sospechado, trayectos con el guardaespaldas que sentía el frío de la pistola a un centímetro de su corazón, rendido después de un día de servicio, de ser los ojos y el cuerpo que se interpone entre la bala y el juez, entre el navajazo y el alcalde, entre la bomba y el Presidente que miente a sus ciudadanos con un pequeño sentimiento de culpa y miedo al ridículo, guiñando un ojo sin querer y siseando las medidas que con voz tartamuda anuncia que debe tomar por su bien, son cosas que pasan, a Él le duele más que a nosotros, las monjitas rezarán por los pobres y los curas dedicarán la colecta de la misa de doce del domingo a sostener a los más desfavorecidos, a los excluidos de la sociedad que a cientos hacen cola en los comedores sociales, se emborrachan con vinazo en tetrabrik y se tiran pedos debajo de los cartones con los que duermen en los cajeros de las cada vez más ordenadas entidades financieras nacionales. Un escolta para un juez, para un magistrado que se pone su toga y daría un dedo por ponerse los pelucones que llevan los ingleses, ésos sí que saben, cuando sienta sus posaderas judiciales, en los sillones judiciales de los órganos judiciales que administran Justicia en blanco y negro en plena era de las redes 3.0 y los legajos atados con gomas y cordeles de colores a la vista de los ojos de las fotos de un rey cuando era joven y guapo y aún no tenía familia de la que avergonzarse, y fallamos que e imponemos que y lo dicto y lo ordeno y lo firmo a la sombra del crucifijo, con las puñetas cosidas con esmero y tan blancas y almidonadas que harían palidecer a las mismísimas faldas de Audrey Hepburn subida en una moto dando vueltas por Roma agarrada a la cintura de aquel actor tan guapo que estudió Derecho y por fortuna no acabó en una sala sin aire acondicionado pasando con los dedos humedecidos en saliva las finas páginas de los códigos legislativos de algún estado sureño lleno de negros. Si al menos dejaran fumar en los bares puede que hasta se hubiera duchado, peinado con raya, echado colonia y se habría puesto las gafas de montura negra, las de ver de lejos, para bajar al bar y sentarse en la mesa del rincón a mirar el Telediario, con esas presentadoras tan guapas a las que suelen vestir como putas, con camisetas ceñidas y escotes pronunciados y transparentes, que luego pasa lo que pasa y terminan capturadas en alguna web para pajilleros que se la menean mientras la nena habla del rescate de Grecia, de la muerte de las focas emperador en el Mar del Norte a manos de los balleneros en paro, del estreno de la última película del director de moda que tan buen ojo tiene para descubrir actrices de aire ambiguo, medio lesbianas, que bien podrían terminar en un consejo de ministros con la cartera de agricultura entre sus manos de rectas uñas sin esmalte o entrando por la puerta de atrás del Congreso vestidas con traje chaqueta sorteando los huevos que les lanzan los indignados que ya no dan abasto con tanto desmadre y tanto decreto-ley para regular los despidos -estos cabrones van a terminar pagando por ir a trabajar, te lo digo yo- presentadoras que dan paso a la previsión del tiempo que escucharán atentas para decidir si suben a esquiar el fin de semana a las pistas que antes frecuentaba la realeza o si se quedan en casa viendo las visitas y los comentarios obscenos de sus seguidores pornográficos en las páginas de Internet. Él ha decidido que se esconderá en la cama, que hoy tampoco preparará nada de comer, que no bajará al Mercadona a comprar lonchas de chorizo plastificado ni pan Bimbo que siempre termina enmohecido y que alguna vez le ha hecho creer que la conjunción de los hongos y la caducidad formaban una carita en la loncha putrefacta que era igualita a la de la Belén de marras después de meterse toda la silicona que fue capaz de pagarse con su sueldo de tertuliana televisiva que lo mismo opina de la influencia de la conjunción de los astros en las teorías milenaristas que de las mejores recetas para afrontar la crisis, justo antes de salir pitando del plató para hacer la nueva sesión de fotos retocadas en pelotas para el Interviú. Le gustaría poder viajar en metro, las escaleras mecánicas, los túneles, el aire viciado de las estaciones con sus músicos seleccionados por los de OT para poner sus gorras de marca en el suelo y recoger los céntimos de los viajeros altruistas amantes de la música, el ruido de animal marino prehistórico de los trenes emergiendo de la oscuridad como debieron emerger los primeros bichos hace millones de años, viajar por debajo de las calles llenas de coches abollados, cruzar la ciudad de punta a punta y volver a empezar, saliendo a la superficie por una boca con un letrero con un bonito nombre, San Algodón, Madre de Dios, Capitán América, nombres elegidos por los vecinos y que podrían cambiarse según el humor de aquel día del concejal de distrito, viajar sentado en los asientos reservados a los minusválidos y la embarazadas fingiendo no comprender el idioma cuando algún alma caritativa le afeara la conducta, mi no entender, llamo Boris Ulianov y seré kazajo, debajo de una gorra de plato de un alto mando de un ejército inventado de una república que sólo existe en los corazones de los niños, llena de estrellas de cinco puntas y medallas al valor, pero en esta ciudad nada más tenemos tranvía, ser cruzada por tres ríos, estar llena de ruinas viejísimas con las que nadie sabe muy bien qué hacer y el miedo a que se pudiera desinflar si cavamos muy hondo es lo que tiene. Abrir la ventana, imaginar al fondo Soria, detrás de las montañas nevadas, recibir el aire helado de le ermita de San Saturio en la cara es la mejor receta para los nervios de punta, las oscuras golondrinas motean los cables de la luz componiendo una partitura para tocar al piano -negras, corcheas, fusas, confusas- que hay que interpretar antes de que levanten el vuelo y deshagan para siempre la melodía de jazz concebida para tocar con la mano izquierda, y Machado que cruza la frontera nevada con la muerte en la cara y el cristal de las gafas estrellado, y decidir que mejor no, quedarse tumbado mirando al techo casi sin respirar, imaginando que el ruido de las llaves proviene de tu cerradura y no de la del vecino que lleva turno de noche y vuelve cuando el olor a café se deshilacha por el hueco de la escalera. Si dejaran fumar en lo bares iría hasta uno que hace esquina donde desayuna todas las mañanas el pintor Jorge Gay, el mismo que pintó un mural en el Teatro Principal, un espléndido mural en el que los actores de la tragedia y la comedia juegan a pelota mano mientras esperan a que les toque salir a escena, a esa escena ligeramente inclinada para que los sufridos espectadores en sus butacas incómodas y rechinantes no se pierdan la acción que transcurre al fondo, a que les toque decir la mano estaba ensangrentada, Eloísa bájate del almendro, buenas noches princesa, tiene usted hora y cosas así, vestidos con harapos, maquillados como mimos psicópatas, desnudándose entre bambalinas para regocijo de los empleados municipales que hacen fotos con su iphone 4 para colgarlas en twitter, y Jorge que nunca pintará en la cúpula del Pilar como tampoco lo hará Antonio que si pudiera se tomaría un anís convidado por su colega en el bar al que él iría a fumar tras pasar por delante de la tienda en la que venden matrioskas en perfecta proporción descendente para meterse las unas en las otras, caviar de oferta, hermosas botellas de vodka rotuladas en el alfabeto cirílico tan incomprensible como una lengua muerta y que ya casi nadie utiliza, acaso en los pueblos perdidos de la estepa de la que escaparon estos dos vejetes apergaminados de mofletes rojos como la sangre de Lenin que fuman a la puerta del establecimiento, en mangas de camisa disfrutando de este cierzo para niñitas de colegio concertado y que tan mal soportan los ciudadanos que el día menos pensado terminarán surcando el cielo de esta ciudad milenaria como si fueran globos aerostáticos hasta que quedaran encallados en las antenas parabólicas comunitarias o en los cables de la luz en los que , hasta hace un minuto, las ociosas golondrinas escribían una partitura demencial para el rápido ojo de un pianista enamorado que vigila al otro lado de las cortinas, apoyadas las manos en la mesa sobre la que acaba de dejar un libro, que no terminará y que no devolverá al amigo que se lo dejó y al que ya casi nunca ve, en el que un tipo soñaba con una mujer llena de pecas que leía al borde de la piscina un cuento sobre un niño ciego al que sus padres maltrataban y se redimía oyendo las canciones de las películas musicales de moda. Ha decidido que se quedará en la cama persiguiendo los sonidos que se cuelan por los desagües, los lamentos de los cajones vacíos y los vasos sucios, el reflejo de un rayo en la bombilla fundida que no resucita, hoy no será el día en que los administradores de fincas se levanten de sus tumbas y se cojan de las manos para proponer derramas ni convocarán más juntas de vecinos, de propietarios en zapatillas y mala leche, no bajará la abuelita del abrigo rojo -¿Estará muerta?- de la que no se tienen noticias, las guerras silvestres, los padres borrachos, los pecados en el confesionario y dos pesetas de castañas, el gen titiritero de la familia que sobrevivió hasta el último día, genio y figura aflamencada, cántame por Farina y te dejaré abrazarme, el Día de la Luz vendrá con todos sus administradores llenos de ordenadores portátiles y silencio por favor, las avenidas se llenarán de gestores y ordenanzas, de chupatintas y borreguitos que no llegan hasta la soledad de su cama helada, hasta la cama de la que ha decidido no moverse ni para poner el aparato de música y escuchar otra vez Bingo, congelados los buzos viven en Groenlandia mientras la luz escasea y los pececillos nadan en espiral, un vecino aporrea la puerta y estonopuedeseguirasí, azulado bajo un edredón nórdico que huele a humo y hielo, a rohipnol y ginebra, a Antárdida y los amantes del círculo polar desgastados en la vieja cinta, Ana y Otto, tan imperfectamente simétricos sobrevolando en un aeroplano tan parecido al que se deslizaba sobre las dunas de un serpenteante desierto amarillo que daba ganas de llorar, le gustaría abrir los ojos y ver el velero encerrado en la botella de Bombay Saphire que hacía juego con el abrigo rojo de su vecina muerta a la que nadie vino a ayudar. El también podría haberse muerto y nadie, tampoco, le hubiera echado de menos, los faros de los coches seguirían iluminando, las luces rojas le dirían adiós, los semáforos rojo-amarillo-verde, la Revolución dormida en las calles de La Habana desconchadas y derrumbadas, la humedad blanca y el calor podrían acabar con la terracota del ejército entero de los guerreros de Siam, alguien habla en voz baja, se esconde en una esquina, se le iluminan los ojos al pensar en mañana, en el olor de la dinamita, en los diques cayendo al ritmo de los sones, el ron y la cerveza harán que acabes mal, y las gaviotas escarbando en la basura que se pudre a la misma velocidad que los soplones de ojos saltones y frente hundida, la selva se llenará de hermanos que se arrojarán sobre las ciudades, sobre los mercados, sobre las escuelas y los prostíbulos de los que algunos escaparán con los pantalones en los tobillos y la sorpresa en la nuca. A veces se le van los ojos a la lámina de Barceló que con cuatro chinchetas clavaron en la pared, enfrente de la cama, a la lámina que tanto les gustaba y en la que jugaban a imaginar significados, a dibujar los contornos de los tomates despanzurrados sobre le espalda del otro, rojos abiertos chafados contra la pared del cuadro, contra la pared de la habitación que pintaron en el mismo tono para que se confundieran arte y realidad, casi se puede oler, tan mediterráneo, tan tribal, tan pan con aceite y sal, caras en relieve para la fiebre y la medicación, ya se pasa, ya se pasa, soñar con aviones que siempre llevaban a Ginebra y una cúpula en la que el mar se reflejó en el cielo que caía a la profundidad abisal para revolverse y dejar un gusto a tinta de calamar, eran las montañas de la luna vistas desde el Challenger un segundo antes de explotar, no pase de la línea, por favor. Se pondría las botas sin lustrar de suelas desgastadas, a la calle, a fumar, daría lumbre a un tipo que venía con las manos manchadas y le hablaba de justicia, marxismo y la lucha de no se sabe qué clases, poesía en resumen, un palacete con vistas al mar, facturas, comisiones, un príncipe de cuento y un velero muy bonito, regalos, perfumes de nombres exóticos y señoría no sé nada del asunto, créame si le digo que, con la venia, salgan por la puerta de atrás y no se me alboroten, la lucha podría volver en cualquier momento y tú ni siquiera has abierto el libro, las banderas recorren la avenida ondulando al viento que no cesa, que se cuela por las mangas y hace eses en las esquinas, tenían miedo de la mirada vacía de los policías, la calle es mía y por aquí no se puede pasar, salida de misa de doce con el ABC bien doblado, correrás con el pan debajo del brazo por si acaso. Un puño en alto mostrado a las cámaras, Palestina llegará a la meta montada en bicicleta, seguiremos buscando la playa, poniendo flores en los fusiles, dibujando el arco iris con los sprays que usaban los chicos para colocarse en los garajes de los pisos de barrio. Un collar de perlas rodará cuesta abajo y se perderá por la alcantarilla junto a la mierda de los perros y los envoltorios de los caramelos. Te daba miedo el ruido, el peligro, la multitud enrojecida y por eso volviste a casa, a sus cuatro paredes y el olor a col, una nave galáctica forrada de sábanas y un almohadón interestelar para pensar en aquel cementerio inhóspito donde intentaban descansar tus abuelos, en sus tumbas llenas de tierra y flores arrancadas, en sus nichos excesivamente altos llenos de polvo y sol, letras cinceladas para dejar constancia, las huellas de unas botas manchadas de barro sobre las lápidas, fechas recordadas en las reuniones familiares, miraste el cortejo por la ventana sin saber si debías llorar, ya es tarde para las lágrimas que podrías prestar a los que queden si tú te vas, en el nombre de qué padre, de tu hijo y del santo espiritista que removía el vaso por encima de las flamígeras letras de la güija. El más allá te daba hambre, un estómago vacío y una ecuación que resolver sazonada de manteca, riñones, jarabe, apasionados saltos de la cocción a la ebullición, un camarero derramó la copa de vino sobre el mantel y dibujó la isla que nombraban en una canción, experimentos al mediodía y por la noche, engañar a los sentidos, chuparse los dedos, amontonar huesos de cordero para hacer una pira a orillas del Ganges, te manchaste la barbilla con la salsa mahonesa y demasiada ginebra pastillas para dormir para no dormir relajantes gotas homeopáticas infiltraciones de ácido hialurónico la viagra nuestra de cada día y los polvos prohibidos que hacen estornudar que no son buenos para conducir maquinaria pesada ni para hacer despegar los aviones mientras ellos se quedan abajo diciendo estúpidamente adiós con la mano desde las terminales interminables para viajar en autobús en los innumerables autobuses de números bien sabidos recorriendo las calles del centro en las que siempre es de día las calles de las afueras en las que siempre es gris y tristes gorriones a los que disparar con escopetas de aire comprimido porque ahora el tranvía dibuja la cicatriz en la cara de Frankenstein quieren hacerle más costurones los locos se revuelven en sus habitaciones pasean por el parque si se portan bien y te piden cigarrillos que fumarán a escondidas en el baño o quemando las sábanas blancas y azules de su sanatorio ¿manicomio? y tirarán perros desde la azotea a la salud de Alfaro se cuelan en el tranvía huyen de los revisores apedrean marquesinas arruinando la pose y la dentadura de Angelina Jolie los muertos siguen viajando no se van del todo dan vueltas y vueltas y es cuestión de tiempo el encontrar una mirada aunque sea reflejada en un vidrio la gente sospechaba los ciudadanos sospechaban los votantes sospechaban y por eso los alcaldes alargan la líneas complican los itinerarios subastan bicicletas que terminan ahogadas en el río para que cueste más encontrar a los otros y hay que armarse de paciencia y dejar el trabajo y quedarse quieto varios días para que terminen pasando por la parada tu madre y tu hermana muertas el amigo que se durmió y no despertó en la vieja cama de sus padres el vecino que nunca te saludaba el niño que te amargó los lunes de colegio por eso hay tanto pirado tanto desequilibrado tanto abollado tanta gente buscando sin ganas sin consuelo sin saberlo por el mero hecho de seguir dando vueltas de jugar a amaestrar las tormentas de no quedarse quieto que es morir y por eso no ir a los cines al circo a los programas de la tele sólo hacer manifestaciones y huelgas y revoluciones para tener la excusa de seguir moviéndose de salir de la cama de no quedarse tirado todo el día mirando el techo y los muelles del jergón subir y bajar para tener la certeza al menos habrá merecido la pena por eso ya nadie lee ni siquiera poesía hay que andarse con ojo por las calles los autobuses los conduce el diablo y no puedes quitarles la vista de encima por si te toca y hay que salir corriendo a contarlo a comprar tabaco y hacer quinielas a bañarse desnudo en la fuente de la Plaza España o apedrear otra vez los cristales del McDonald llenar de globos blancos el patio la Capitanía incendiar la sucursal del Banco más próximo el que más rabia te dé el que se quedó con tu casa cuando lo de la burbuja y tantas gentes para tan pocos puentes llenos de vomitonas de vino y cartones de televisiones llenas de plasma y pulgadas ideales para combatir el frío de la muerte que ni con el visón de la abuela del Presidente ni la capa de armiño de un rey bobalicón que debió seguir de vacaciones en el exilio ligando con las princesitas y las ranas de los cuentos escribir en espiral en un círculo concéntrico en espejos que devuelven imágenes amplificadas Dolby surround reiterando y derrapando en un eterno retorno remezclas literarias buscando nuevos caminos el pensamiento automático rimar al ritmo de la prosa un rimadero de metralla en un micro y es el hip-hop y la música del Universo el ruido de la calle tantas cosas que andaban dormidas para acabar con la gorra del revés haciendo volteretas en el asfalto con el tintineo de los collares y la estrella mangada del Mercedes de su puta madre qué pena que no hayas llegado hasta aquí que te lo estés perdiendo tirado en el sofá la música la métrica los negros en las escaleras de Harlem saltando a la comba con el agua saliendo a chorro por la boca de incendio formando el rayo multicolor y te levantas y pones cara de mueves las manos al rebotas sobre las Air Nike igualito que Michael las motas de polvo entran por la nariz en Siberia en Noruega ya oscureció para siempre y no podrán verlas saltar por el balcón Los Planetas cantarán tu canción al ritmo de Morente evangelistas con su barbita y todo porque ya no dejan fumar y de la cama al bar y del bar a la cama sin la chica que te abandonó cuando empezaron aquellas voces en tu cabeza el olor de la basura los autobuses que no dejan de circular en toda la noche guardaespaldas que suben y bajan como las burbujas pegados a jueces y magistrados a los administradores de fincas y notarios malhablados las tetas de las presentadoras de televisión viajan en los metros porque allí no hay tranvías para deleite de los onanistas que no les quitan los ojos de encima chicas muy guapas a cualquier hora del día perdonando a las ocho de la mañana cuando hace tanto frío en Soria y ya nadie se acuerda de Machado ni siquiera los pianistas trasatlánticos que sobrevivieron al Titanic para acabar en el guión de los actores que nunca posarán para Gay para López tu mujer arreglando el wifi te roba las notas donde anotas cosas muy soviéticas como la perillita de Lenin momificado en aguardiente destilado entre las muñecas rusas que visten abrigos rojos y marchan cogidas de los brazos de los funcionarios de negros jerseys y sonrisas ladeadas para hacer la revolución que nos conducirá a todos a un cementerio nevado lleno de turistas con máquinas japonesas compradas en los almacenes que hacen esquina en aquel infernal paso de cebra de Tokio tan parecido a éste de aquí en el que esquivas ciclistas que lástima no acabaran ahogados en el fondo del Volga con sus tobillos mordisqueados por congrios bacalaos sepias o lo que allí se críe hasta el deshielo en primavera que hace emerger unas caras muy tristes que huelen mal reflejos en el agua en los cacharros de cocina en el hierro de las lentejas en los tirantes de los puentes de acero ponte pantalones tres tallas más grandes ata el cinturón a la altura de las ingles poemas sin respiración abandonando los puntos las comas que tirarás al aire parecerán hormiguitas bigotes en la sala de conciertos llena de gafas sin cristales cerveza helada raspando el paladar teléfonos buzones de correos rascacielos sirenas mapas y un plano para jugar si todavía no te has ido me canso me canso quién cantará mi canción quién rimará lo imposible quién encuadernará la nada silencio blanco vacío invisible la rima cero es imponente impotente Góngora se remueve inquieto sólo motas de polvo en un ataúd mal ventilado tan cordobés tan calvo tan de perfil como un alfil en diagonal negra oscura completa nítido saturado y esto ya lo he visto en 3D signos como dibujos me gusta compartir ya no me gusta denunciar y pongo unos labios mustios agrietados por el viento siberiano pon el punto final sepultado bajo el edredón quedarse quieto en la cama y desaparecer y quedarse quieto en la cama y quedarse quieto y quedarse y