martes, 9 de abril de 2013

¡¡¡YA ESTAMOS AQUÍ!!!

"Una silla helada es una silla vacía. El vacío de la soledad, de la ausencia, el vacío del tiempo. Del horror, del odio, de la locura y de la muerte. El frío asiento de la antesala de un quirófano abandonado en el sótano de un hospital privatizado. El poyo de vieja piedra congelada en los siglos junto a la puerta de una antigua escuela rural, ya sin gritos ni risas ni humo en la chimenea, perdida en un paisaje invariable de montañas, ríos, valles y bosques punteados por la nieve. El banco de madera de un aislado apeadero del ferrocarril donde ya no se detiene ningún tren, con las vías desiertas apuntando al fracaso del futuro desde el olvido del pasado, y un túnel cercano sellado de quimeras y resignación. La butaca de un cine desolado que conserva las voces de sus fantasmas en el rectángulo cóncavo de la pantalla, huidas de un negativo de celuloide corroído, quemado, o sus escurridizas siluetas entre las cortinas granates de los palcos, mecidas por la corriente que se filtra por las grietas entre susurros apagados y gélidas caricias de la brisa que acompaña la muerte. El taburete metálico, carcomido por el óxido, del bar del área de descanso de una carretera perdida, descartada por el progreso, devorada por la tierra removida, los socavones del tiempo y el imperio de la naturaleza salvaje, cuyo nombre se adivina todavía en el mutilado letrero de neón que encumbra una desangelada estructura de hormigón desnudo y cristales rotos. En fin, las disciplinadas decenas de sillones alineados como un ejército de sombras en la espectral sala de espera de un aeropuerto sin salidas ni llegadas, espectadores somnolientos ante los monitores encendidos, enormes y negros como cucarachas supervivientes de un holocausto atómico, televisores mudos que vomitan imágenes de volcanes en erupción ahogadas por el rumor de un hilo musical de melodías neutras, átonas, remotas, como de ascensor para el cadalso de unos grandes almacenes convertidos en cementerios de la opulencia, en criptas de cristal y cemento para el dinero fuera de circulación, en panteones para la riqueza de cartón tatuada de números y logotipos."

Alfredo Moreno Agudo (Charlie Parker en la sala de espera).

Extracto del prólogo de Sentado en una silla helada. 

sábado, 16 de febrero de 2013

SENTADO EN UNA SILLA HELADA. 23 DE ABRIL A LA VENTA


SENTADO EN UNA SILLA HELADA saldrá a la venta el 23 de abril, Día del Libro. (No de éste, de todos). Se podrá adquirir en la caseta de la Editorial Certeza. Ahí estaré, todo el día, firmando con mi mejor sonrisa y cara de tipo interesante, si me sale.

Los 50 primeros compradores serán obsequiados con un ejemplar de Descartes (Caras B y rarezas) de Ediciones de Ciento a Viento. Edición limitada y numerada.

Seguiremos informando.



viernes, 8 de febrero de 2013

¡¡¡ SE ACERCA!!!



Extractado del prólogo de Alfredo Moreno Agudo

CHARLIE PARKER EN LA SALA DE ESPERA

"En esta sala de espera literaria se dan cita dos maestros de ceremonias, también asimismo dos espectros, que encauzan y guían esa exploración, ese viaje a lo más desconocido, anhelado y temido de nosotros mismos. Su obra y su espíritu respiran entre líneas, palpitan tras los rincones, imprimen su ritmo y marcan el latido de los diez relatos que componen Sentado en una silla helada.

De un lado nos damos de bruces con el hechizo de La Maga, que tiñe de nostalgia y recuerdo con aires de película francesa el triste presente de un Horacio Oliveira de nuestro tiempo que se consume varado en una cama salpicada del polvo de oro del abandono y que, devorado por el pasado perdido, asume el reto de una nueva búsqueda infructuosa, de una reconquista dolorosamente fallida, inconclusa, interminable, derrotada de antemano.

*** 

En su sala de espera cabe también el agridulce aroma de lo cotidiano, la pulsión de la realidad social, la vinculación de los textos con el clima y el tiempo en el que han sido escritos. En sus páginas se transita amargamente por la crisis económica y la consecuente marginación y soledad de quienes más la padecen, se hace sardónica burla de los altibajos de una monarquía cada vez menos de Borbón y más de bourbon, o se retrata la galopante pérdida de valores humanos y de referentes culturales que actúan como masilla de una sociedad cada vez más llena de huecos, de agujeros de gruyère, corrupta, miserable, enferma, desmemoriada e instalada en la desidia impuesta por la velocidad de lo efímero, por la calculada moda cambiante del consumismo eternamente insatisfecho, por el tributo a la novedad y la confusión entre cantidad y calidad, la sociedad del culto al ranking, a la acumulación como valor supremo, la sociedad del dogma de que “el más” equivale, forzosamente, a “el mejor”.


PRÓXIMAMENTE

martes, 1 de enero de 2013

SENTADO EN UNA SILLA HELADA


"Una silla helada es una silla vacía. De la misma forma que la silla, los muebles, los objetos, solo adquieren carta de naturaleza cuando se los honra con un uso, con una funcionalidad, con la prestación de un servicio a su propietario o su poseedor ocasional, las personas, los demás seres vivos, los lugares, los acontecimientos, solo existen cuando son nombrados, cuando se les bautiza con una palabra o un conjunto de ellas que los define y los contiene, que les permite ser reconocidos y comprendidos como tales con apenas una referencia... En esa sala de espera emocional, con casi toda probabilidad eterna, comida de telarañas, abandono y suciedad, de la que no parten y a la que no arriban transportes a través de los cuales huir del vacío para llegar a la vida añorada, soñada, sentida, en la que las víctimas colaterales de los avatares de la fatalidad permanecen varados sin esperanza ni consuelo, es donde José Antonio Lozano reúne su personal colección de fantasmas y amigos literarios, todos ellos en tránsito, a caballo entre dos realidades o incluso entre dos mundos, en busca de algo inmaterial, extraviado o soñado, perseguidores de lo que quizá desconocen y que sospechan o intuyen inaprensible, cuyo valor real, cuya importancia decisiva, no es posible entender ni descifrar. Una búsqueda sin gloria, sin futuro, sin éxito posible, en la que a menudo a estos personajes les aguarda su ruina o la de otros".



Del Prólogo de Alfredo Moreno Agudo para Sentado en una silla helada.


A ver si la sacamos del congelador...

miércoles, 5 de diciembre de 2012

CARTA VIII



Estimado Director:

Le agradezco profundamente la rápida respuesta a mi petición de ayuda, la recibo con emoción y espero que entre todos podamos poner fin a esta situación que empieza a obsesionarme. Llevo días sin tener noticias de Jess y no sé si es una buena señal o todo lo contrario. Sigo en casa de mi amiga pero espero pronto tener otro alojamiento ya que siento que , en cierto modo, puedo estar poniéndola en peligro a ella también.

Las cartas han abierto la puerta de una habitación que creí cerrada para siempre. He vuelto a ver a los hombres de blanco a través de la mirilla, he sentido el miedo agarrado a la garganta, noto sobre mi cabeza el peso de la venganza y pasan ante mis ojos las paredes de la celda en la que me recluyeron. No le reprocho nada, al contrario, entiendo que su trabajo es ante todo preventivo y que si hicieron caso a mi denuncia era su obligación comprobar si los infundios que vertía Jess sobre mí eran ciertos y entonces actuar en consecuencia.

Imagino a Jess en el CRG, paseando por el patio, mirando al cielo y no entendiendo nada. Hasta que un día la idea que a veces se le aparecía ya no fue rechazada. Nika me ha traicionado. Entonces entendería su reclusión, la ausencia de mis visitas, de mis llamadas, el absoluto vacío en el que caía en noches de pesadilla y ruido. Casi puedo perdonarle que me denunciara a su vez, que intentara defenderse haciendo creer que la problemática era yo, que todo eran invenciones mías y que la que necesitaba regeneración era la pobre Nika. Afortunadamente su institución cuenta con magníficos profesionales que saben distinguir entre los que estamos a un lado y otro de la frontera. Le confieso que pasé miedo pero mi mente ordenada me ayudó a soportar las primeras pruebas, convencida como estaba de mi inocencia y mi rigor ciudadano.

Si Jess hubiera sabido que estaba tan cerca de él... Ahora se me eriza la piel con solo pensarlo. Juntos otra vez por unos días, espero que por última vez. Agradecí que me contaran lo de su fuga, que me avisaran a la vez que rogaban guardara el más estricto silencio sobre tan delicado tema. Los cuerpos de seguridad le estaban buscando y no tardarían en detenerlo y recluirlo en el centro estatal más adecuado. Discreción absoluta. Los contribuyentes no podrían aceptar una falla semejante en nuestro ordenado sistema. Yo he cumplido hasta ahora. Espero que ustedes hagan su parte del trato. Una huída de película aprovechando una exposición de pintura ante las narices del mismísimo Presidente. Su difusión no habría sido buena para nadie.

No debí guardar aquella carta, aquel folio escrito a muchos kilómetros de Silentium, aquellas torpes líneas en las que el huido Jess intentaba contarme algo que ni siquiera él debía entender del todo. Por mi amor al orden, porque aún debía quererle, no sé muy bien... La carta terminó en la caja de los recuerdos, junto a las viejas cintas de los tiempos felices, hasta una tarde de otoño tan parecida a ésta en la que salió a flote como una botella de ron tras el hundimiento de un barco pirata. Otra vez mi inevitable tendencia a la Literatura...

La semana que viene me gustaría poder entrevistarme con usted y el señor Comisario para poder hablar con más calma de todo este asunto y planificar la estrategia más conveniente para que éste pase a ser, lo más pronto posible, tan solo un mal recuerdo.

Atentamente

Nika S. 

  


martes, 4 de diciembre de 2012

EL GRAN DÍA HA LLEGADO



La víspera de la inauguración un pequeño camión de mudanzas entró en el patio. Los internos vieron reducido su acceso al mismo para que la introducción y colocación de las obras fuera lo más rápida posible y evitar, de paso, desgraciados accidentes. Los loquitos, convertidos por un día en artistas al borde, colaboraban con el conductor en la colocación de los cuadros, los lienzos, las cajas, los bastidores... J iba y venía del taller al camión, del camión al taller, con una excitación desconocida en él que hizo que el coordinador y los profesores coincidieran en que había sido una buena idea dejarle ayudar. Se le veía muy ilusionado y seguro que sería bueno para su futura readaptación a la sociedad. Había algún cuadro de gran formato, Spruill se había empeñado en crear una especie de cómic con una sucesión de sus viñetas, y entre plásticos de burbujitas, papel celofán, mantas y herramientas, el interior del vehículo parecía la bodega de un barco a punto de emprender un viaje transoceánico. Antes de que se fueran a dormir llegó la noticia: El Presidente Rudolph en persona asistiría al acto del día siguiente. Por lo visto, sus colaboradores más inmediatos le habían aconsejado que participara en alguna cosa de éstas, que se acercara al pueblo y transmitiera la idea de que se preocupaba por ellos, de sus inquietudes y necesidades. Nada mejor que una exposición de discapacitados y retrasados mentales para que los votantes admiraran a su Presidente. Las últimas encuestas eran demoledoras, la opinión pública se había cansado de la ineptitud de Rudolph, de su pereza para todo lo que no fuera acudir a canchas deportivas y montar en bicicleta, de sus mentiras y sus guiños incontrolados del ojo, de su enorme lengua seseante que mojaba de saliva las canas de su barba y que le daban un aire de marmota a punto de desperezarse. Los loquitos no sabían muy bien quién era Rudolph, pero el hecho de que el mismísimo Director del C.R.G. Norte 3 les diera la noticia y les advirtiera de que ni se les ocurriera dejarle en ridículo delante de él, hizo que ninguno de ellos lograra dormir en toda la noche y que a primera hora de la mañana aún siguieran temblando de miedo. El Director no pensaba llevar a la inauguración más que a los que consideraba que no podían causar ningún problema pero ante la llamada del asistente personal del Presidente, y su ruego encarecido de que los artistas acudieran para hacerse la foto de grupo, no pudo dejar a ninguno de los loquitos al margen. A las diez estaban todos formados esperando al gran hombre que, fiel a sus costumbre, se retrasó casi un ahora pues no le gustaba madrugar. El Director no pudo disfrutar de su momento de gloria. Una inusual sombra de barba ocultaba su legendario mentón partido y pese a que intentaba aparentar normalidad, el día no podía haber empezado con peores noticias. Por fin Rudolph apareció al fondo del pasillo, seguido de su corte de ayudantes y un montón de cámaras de televisión que parecían no tener nada mejor que hacer. Los loquitos se movían inquietos por el ruido al que no estaban acostumbrados y la terrible sensación se sentirse objeto de todas las miradas. El Gerente del MACS dio la bienvenida al Presidente Rudolph y entregó un ramo de flores a su encantadora esposa. Uno a uno fue presentando a los directivos del museo y por fin le llegó el turno al Director del C.R.G. Norte 3. Sus azuladas ojeras contrastaban con su blanca piel y sus ademanes blandos, hoy más que nunca se diría que al borde del desmayo, causaron una extraña sensación en el gran hombre. Le invitó a que visitara la exposición y disfrutara de las obras de sus pupilos. Al marcharse la comitiva en pleno hacia el interior de la sala, los loquitos artistas al borde quedaron solo sin saber muy bien qué hacer, con la misma imagen de desamparo que un paraguas abandonado en una estación de tren. Los vigilantes les hicieron señas para que no se movieran de allí. Afortunadamente la visita del Presidente fue brevísima, en menos de cinco minutos estaba de vuelta, no era capaz de disimular el enorme aburrimiento que todo aquello le producía para desesperación de su jefe de prensa. A Donald y Judy les temblaban las piernas y no era de emoción, se estaban meando. El Director les pidió con la mirada que aguantaran un poco más y en ese momento Rudolph inesperadamente se dirigió hacia ellos para estrecharles la mano, decirles lo mucho que les admiraba y lo que le había gustado la exposición. Los loquitos y él se miraban a los ojos y parecía que ya se habían visto en otras ocasiones, se reconocían en un indudable aire de familia. Sin saber muy bien qué más decirles les preguntó, al ver a Dan y su inseparable casco, si les gustaba el ciclismo. Dan empezó a balbucear, a mover la cabeza, a decirle que lo dejara, que era peligroso, que las bicicletas mataban a mucha gente. Se quitó el caso y se lo intentó enseñar a Rudolph pero no tuvo tiempo de articular ninguna palabra ante los golpes y empujones de los escoltas que terminaron con él, inmovilizado y en el suelo. El Presidente estaba blanco, el Director sudando de vergüenza y el Gerente del MACS intentando que desalojaran lo antes posible de allí a aquella colección de retrasados. En unos momentos todo volvió a la normalidad, la esposa del Presidente pudo cortar la protocolaria cinta y su marido pronunció un breve discurso que nadie entendió porque con el revuelo se le habían desordenado los tres folios y empezó a leer por el final. Desde ese día se le quedó la cara de estupor con la que apareció en su último cartel electoral, la misma cara de incomprensión con la que se metió al coche oficial después de leer algunas pancartas de la gente que le esperaba a la salida del museo. ¿CUÁNDO NOS DIRÁS UNA VERDAD? La misma cara con la que se quedó al otro lado de la frontera cuando los silentinos se deshicieron de él para siempre. El Director del C.R.G. Norte 3 no dejaba de pensar en cómo nadie había reparado en aquel bulto fuera de lugar en el camión de mudanzas y en que por la noche, por primera vez en su inmaculada carrera, le había faltado un interno al hacer el preceptivo recuento.          

jueves, 29 de noviembre de 2012

EXPONIENDO EN EL MACS



A medida que se acercaba el día de la inauguración de la exposición en el MACS, los artistas al borde cada vez estaban más nerviosos. Exponer en dicho museo era la culminación de la carrera de muchos pintores, de muchos creadores en general. El MACS es un edificio faraónico, algo muy alejado de la naturaleza más íntima de los silentinos y que solo su, todavía, mayor amor por el arte ha sido capaz de justificar y construir. Algunos de los mejores pintores españoles tuvieron la suerte de ver sus obras allí colgadas: Barceló y sus negritos por el desierto o sus pulpos en el plato, Aguarón y sus paisajes desnudos o sus rostros de mirada atormentada, Borra y su colección de edificios a punto de derretirse o sus estampas neoyorquinas. Se recuerda el insólito éxito obtenido por el escultor tellerdano, Morales, y sus figuras esculpidas en madera de boj, buxo para los de Tellerda, que logró un casi unánime elogio de la crítica de arte silentina. Lo más selecto de la abstracción europea del pasado s. XX, tras suscribir leoninas pólizas de seguro, también había sido regalado a los siempre penetrantes ojos de los ciudadanos de Silentium. Los dirigentes de los museos del mundo no se fiaban de la proverbial bondad del público que casi siempre abarrotaba el MACS y temían que en cualquier momento se colara entre ellos un desequilibrado y la emprendiera con aquellas obras como hicieron otros en su día, en otros países, armados de martillos para fracturar los dedos de un David cualquiera o bien provistos de navajas que rajaban lienzos y lo que se cruzara en su camino. J pintaba a todas horas, intentaba crear una obra merecedora de ser expuesta en aquellas paredes, e incluso intentaba imitar el estilo de sus compañeros de taller, hacer algo al estilo de Spruill que andaba más huraño que de costumbre al tener que elegir entre sus coloristas viñetas de gran formato. Observaba con sumo detalle la precisa caligrafía de Dan y su repetición hasta el infinito de geometrías por las que se colaban algunas palabras indescifrables. Hubiera querido tener la inocencia y la pureza del viejo Donald para poder crear sus figuras de grandes cabezas y ojos diminutos, esos autorretratos tan parecidos a los colosos de la isla de Pascua que enamoraban a los especialistas a los que se les agotaban los calificativos. Se hubiera conformado con ser capaz de crear una obra como las de Judy, por acumulación de objetos tales como cordeles, recortes de revistas, tapones de botellas y otros de ese orden con los que conseguía crear “cuadros llenos de materia”, “llamadas a lo más primitivo de cada ser” como escribían los entendidos en las columnas de los diarios. Los loquitos podían acudir a la presentación, vestidos para la ocasión, peinados a raya si es que ello hubiera sido posible y perfumados como un niño de primera comunión. La última palabra, eso sí, la tenían los terapeutas y los familiares que tutelaban a cada uno de los genios creadores pues ellos debían sopesar lo conveniente, o no, de esa exposición a la luz pública, a los flashes y a las cámaras de televisión. Años de duro trabajo y domesticación de su carácter podían ponerse en peligro por unos minutos de fama. En el peor de los casos siempre podían estar presentes mientras se preparaba la colocación e iluminación de sus cuadros y los técnicos hacían como que atendían sus descabelladas propuestas. De cualquier modo, lo que terminaba por gustarles más de todo este embrollo era la plaquita que –con su nombre, título y medidas de la obra- colocaban abajo a la derecha al lado de su pintura. Cuando el coordinador le dijo a J, por expresa indicación del Director, que él no estaba incluido en la retrospectiva, se vino abajo. Hubiera estallado de rabia en otro tiempo, notaba la ira recorriendo la médula, la frustración agarrándole las tripas allá donde más duele, un velo de sangre en sus ojos hundidos y ese mismo sabor al fondo del paladar, pero en ese momento de su vida logró transformar esos sentimientos en fuerza para impulsarse. Escuchó halagos sobre los progresos de su técnica, sobre los logros que en tan pocas semanas había conseguido, sobre lo atractivo de su propuesta pero que no podía acompañar a sus compañeros de reclusión porque ellos estaban en otro punto del camino y porque él no era un artista al borde, no podía ser considerado un loquito como decían en la jerga del C.R.G. Se contuvo, consiguió utilizar la fuerza del golpe de su enemigo –como en aquella arte marcial de nombre impronunciable- para devolverlo con más furia y lograr la victoria. Pidió, suplicó que al menos le dejaran participar en los preparativos de la exposición. El coordinador debió asomarse al vacío de sus ojos y no tuvo valor para decirle que no.                      

miércoles, 28 de noviembre de 2012

UN ALUMNO MODÉLICO




J pensaba en N, la echaba de menos. J veía la cara de N justo un momento antes de dormir, en los primeros días de encierro, cuando los tranquilizantes le abrían un hueco para que volvieran las imágenes del pasado: La luna llena tras los cristales empañados, dos cuerpos tumbados sobre la alfombra entre discos y una botella de vino color sangre de toro, las luces de los edificios cercanos en los que vecinos a los que nunca conocería jugaban a una inventada geometría de paralelismos visuales; noche tras noche la cara de N. Recobrada la conciencia de uno mismo, aceptada la situación e intentando analizar las cartas expuestas sobre la mesa, J no entendía cómo N no le había llamado ni una sola vez, cómo no había ido nunca a visitarle del mismo modo que hacían amigos y familiares de otros internos, cómo nadie parecía echarle de menos. No estaba permitido contactar con el mundo exterior, al menos al principio, y en los casos extremos parecidos al suyo el periodo de incomunicación era todavía mayor. A veces dominaba la extrañeza imaginando que N no sabía dónde estaba, que andaría buscándole por hospitales y comisarías, preguntando a los pocos conocidos que le quedaban por su paradero o que simplemente estaba sentada en el sofá esperando a que él regresara del mismo modo que otras veces había terminado por regresar. Los últimos tiempos no habían sido fáciles, de eso estaba seguro, pero era imposible que ella le hubiera dejado a un lado. Al menos que N... pero no, ni siquiera podía considerar aquella idea que en los momentos de ciega rabia le cruzaba por la mente como una acusación. El Director le reprochaba su absurda rebeldía, le sermoneaba acerca del dolor que le provocaría su actitud. A veces se dejaba llevar por sus palabras, por sus suaves movimientos, por el olor de su loción de afeitar, por el hoyuelo en su barbilla que le causaba un efecto casi hipnótico. Tenía razón. Las heridas del cráneo no llegaban a cicatrizar, aquel aroma a carne quemada cada vez era más insoportable, los moratones de la espalda pasaban del violeta al negro y vuelta a empezar. Los loquitos escapándose por la puerta del patio y la calle vacía en perspectiva azul pintada sobre la pared, fueron el principio del cambio. Nacía un Hombre Nuevo. No era habitual que los ruidosos se mezclaran con los loquitos pintores, no era normal que los inadaptados se apuntaran a dibujar, pero como nada en él era convencional terminó rodeado de monos blancos y artistas desquiciados. Recordó sus años en el colegio, las clases de dibujo lineal, los ensayos con lienzos, acuarelas, espátulas y aguarrás. Los tonos negros de sus primeras cartulinas fueron interpretados como el reflejo del combate interior. Las posteriores incipientes notas de color como la confirmación de la evidente mejoría. No le importaba cambiar tiempo de patio por la compañía del negrito rapero y sus viñetas llenas de karatecas y mulatas de grandes pechos en chándal, por la mirada esquiva del tipo con el casco en la cabeza al que aterraba la electricidad y parecía un niño gigante, por la sonrisa petrificada del viejo negro descendiente de esclavos que tarareaba sin parar viejas melodías que sonaban a gramófono y agua empantanada, no le importaba que pareciera el nieto punk de la enana con cara de tortuga que no dejaba de anudar cordeles y mancharse los dedos con óleos baratos. El coordinador de la actividad, no le gustaba que le dijeran profesor o algo parecido porque decía que el que aprendía todos los días era él, le contó que algunos de aquellos seres, más propios de una demencial troupe de circo que de una tesis en la Facultad de Arte, eran cotizados artistas al otro lado de las verjas. Habían participado en exposiciones colectivas junto a personas normales, entonces hacía el gesto de las comillas con los dedos de ambas manos, e incluso habían logrado vender más de una de sus obras en las subastas de prestigiosas galerías, otra vez el gestito de los deditos, a precios inimaginables. Buena parte de lo recaudado de este modo era revertido en el proyecto como harían en una cooperativa agraria vagamente comunista. Precisamente en esos días estaban preparando una exposición antológica de Arte al Borde en el Museo de Arte Contemporáneo de Silentium, MACS, y andaban más excitados que de costumbre eligiendo las obras que querían mostrar, terminando las que se habían quedado más retrasadas, haciendo que aquella zona del C.R.G. Norte 3 se pareciera más a las bambalinas de una pasarela de moda de anoréxicas modelos que a lo que en realidad era, una especie de vertedero humano. J pintaba a todas horas esperando que alguno de sus cuadros de pequeño formato fuera elegido para el acontecimiento del año.            

martes, 27 de noviembre de 2012

ARTE AL BORDE


Los loquitos trabajan todo el día y por la noche, cuando han vuelto a casa los que tiene la suerte de ser ambulatorios, sueñan con que siguen trabajando. En realidad no se trata de un trabajo porque nadie les paga y porque nadie podría imaginar una ocupación laboral que pudiera hacer tan feliz a ningún ser humano. Viven para pintar. Los C.R.G. son instituciones modélicas, el orgullo de las autoridades y la tranquilidad de los ciudadanos que logran descansar mientras el Estado se ocupa de las anomalías sociales. Los loquitos son versos libres que hay que reconducir y que hay que lograr que terminen rimando dentro de la estrofa, en el gran soneto del orden público, aunque sea en asonante. Terapeutas de alta cualificación ensayan los nuevos métodos de reinserción, llenan las consultas a primera hora de la mañana y se esmeran por emitir los más atinados diagnósticos y por prescribir los tratamientos que mejor encajan con el caso concreto. Los más complejos requieren de un internamiento temporal, como ocurrió con el ruidoso J, y comparten farmacopea y sesiones eléctricas directas a las neuronas. Ruidosos y loquitos configuran un circuito de agua fría y caliente, un motor de dos tiempos que se retroalimenta, un mundo por el que vagan de una categoría a otra y se alternan entre aulas y consultas. Es la zona mixta de un campo de fútbol, los corredores de un aeropuerto repletos de pasajeros en tránsito. Celdas de tabiques adyacentes en las que sin saberlo comparten sueños unos y otros. Los talleres de pintura desbordan actividad y se ingresa en ellos tras pasar por el primer peldaño de las aulas de plástica. El C.R.G Norte 3 presume de tener una de las mejores canteras de lo que se vino en llamar Artistas al Borde. Aquellos que responden a los métodos de choque, siempre que reúnan unos requisitos mínimos, se entiende que están preparados para afrontar el reto de la hoja en blanco y el lapicero. Se les entregan estas rudimentarias herramientas, como a un mono un plátano y un neumático colgado de una cuerda, y se les empieza a observar con suma atención. Es emocionante cuando un paciente agarra el bolígrafo, la pintura de madera, la cera, la tiza... y tras interrogarse sobre su uso comienza a garabatear en las hojas. Entonces los funcionarios se miran unos a otros, se abrazan como el que consiguiera mandar una sonda espacial a Venus, notan en el estómago los nervios de un padre ante los primeros pasos de su hijo pequeño; y son felices. Llegan a obsesionarse con la pintura, con los pinceles, con los colores y las formas. Repiten una y otra vez siguiendo un insospechado ritmo que solo ellos logran escuchar. El Arte puede curar. Lanzan botellas al desierto o se agarran a un madero en medio del naufragio. Sus electroencefalogramas se acercan a la normalidad, a algo parecido a la desactivación de un peligro, al estado que les permite volver a dormir alejando las pesadillas y las batallas. A los más productivos se les hacía pequeño el taller y quisieron derribar sus paredes, enfrentarse a los mudos inmensos metros cuadrados de interminables muros blancos. Uno al que todos llamaban Spruill pidió permiso con sus pocas palabras para salir al patio y pintar a la luz del día, sus viñetas se desbordaban por las hojas inútiles para contener sus figuras de cómic, y se lo concedieron. No olvidarán su torpe sonrisa ni el modo en el que movía la cabeza al ritmo del rap que recorría su cerebro, desde sus inseparables auriculares, cuando le dieron la buena noticia. Con él salieron, dentro de sus monos blancos al menos por unos minutos, Dan y su casco, Donald y sus canciones, la pequeña Judy y su sombrero lleno de nudos, un montón de aprendices de artista que se sintieron llamados a la titánica tarea de crear un paisaje en el horizonte. El Director no dejó que utilizaran  peligrosas escaleras para su integridad física y por eso la línea más elevada de color apenas alcanzaba hasta donde llegaba el brazo del más alto de ellos. Judy se contentaba, la mayor parte del tiempo, con preparar la cuadrícula en la que los demás esbozaban sus dibujos, sus figuras geométricas que esperaban el color como un maná con grumos. Donald se sentaba, y mientras canturreaba despacito algo que se parecía a una canción de jazz, sonreía con sus enormes dientes al notar la caricia en su cabeza calva de la mano encallecida de Judy. No les dejaban coincidir con el resto de los internos, con los ruidosos que poco a poco dejaban de serlo pero de cuyo contacto aún recelaban los profesionales del Centro. J les vio escabullirse, como un mal actor que hace mutis por la escena, el día que la suerte se cruzó en su camino. Entonces lo vio todo más claro. Decidió solicitar su ingreso en el programa de actividades plásticas, cansado de su rebeldía y del uso de una fuerza que no le llevaba a ningún sitio y que siempre acababa con sus huesos apaleados en una celda de castigo. La pintura nos hará libres.            

lunes, 26 de noviembre de 2012

LA VUELTA DE LOS DÍAS



Uno se acostumbra pronto a las nuevas situaciones, la que hasta hace poco era la vida normal cae en el olvido, las rutinas recién adquiridas parecen haber estado siempre ahí, se pierde conciencia de lo ya pasado y solo se espera vivir para recordar. J salía todas las mañanas al patio con la misma ilusión con la que saldría un niño al recreo a jugar a fútbol, a tirar de las coletas a las niñas o a fumar sus primeros cigarrillos a escondidas. Al principio no se relacionaba con nadie, allí adentro todos los comienzos eran parecidos, los ocupantes de los C.R.G. recelaban de los nuevos, sobre todo si llevaban el cráneo afeitado y la mirada perdida. J aprendió pronto que para sobrevivir era necesario pasar desapercibido, que los funcionarios se olvidaran de uno, que el Director dejara de interesarse por los informes que los terapeutas le pasaban, que dejara incluso de solicitarlos de tan aburrido como estaba de leer siempre las mismas o parecidas anotaciones.  Le gustaba pasear alrededor de la fuente, oliendo la hierba recién cortada, casi sintiendo la clorofila por sus venas, girando en el sentido de las agujas del reloj con las manos en los bolsillos, notando la leve brisa de las primeras horas en su cabeza despejada de pensamientos y algo parecido a la euforia de una novia recién estrenada mientras miraba la nuca del que le precedía. Hablaba poco. Casi nada más que para responder a las preguntas de los que se le antojaron desde su ingreso tan iguales a los profesores a los que nunca escuchó en el colegio. Fue un buen remedio para su afonía, dosificar las palabras y no elevar la voz ni siquiera para pedir un cigarrillo a algún compañero. Le empezaba a gustar la música del piano con la que les despertaban, con la que abría los ojos y daba órdenes involuntarias a sus músculos para levantarse de la cama, asearse ligeramente y bajar ordenadamente a por el desayuno. Los primeros días no lograba concentrarse en las explicaciones de los profesores, en las imágenes sin sonido que proyectaban en cualquier lugar y sin motivo aparente, ni siquiera en la anestesiada voz interior que a veces se preguntaba qué hacía ahí con toda aquella gente extraña. Pero poco a poco fue recuperando fogonazos de su vida a medida que el número de pastillas con cada comida disminuía y aquella sensación de vacío iba llenándose de ideas o presentimientos. Obedecía, colaboraba, intentaba no molestar. Camuflarse en una línea recta, en una brizna de césped, en el fundido en negro de una película soviética de comienzos del s. XX. En el punto de equilibrio entre lo que recordaba, lo que ahora era y lo que esperaba llegar a recuperar. Algo le decía que era momento de aguantar, de observar, de ser olvidado en un rincón como quien se deja en un taxi un paraguas, de desprenderse del propio nombre y hasta si era necesario de su reflejo. Escuchaba teorías sobre el silencio, hacían ejercicios en grupo sobre el lenguaje corporal, la sacralización de lo no verbal, la admiración sin medida hacia los mimos y los caricatos, el arte de la brevedad y el recogimiento como los que debía sentir un minúsculo niño budista cualquiera en la inmensidad nevada del Tíbet. Una mañana en la que se anunciaba un cambio de tiempo se fijó en ellos. Les habían anunciado la visita de una importante personalidad y por algún motivo, seguramente molestarían menos allí que en el interior de los edificios, habían salido antes de lo acostumbrado a tomar el sol al patio después de la hora de comer. Entonces los vio. Eran un grupo de tipos con los que no recordaba haberse cruzado antes, personas de andares dubitativos, de grandes monos blancos manchados de pintura, de vocecillas que lanzaban sonidos que no logró identificar y que se apresuraban a abandonar el recinto por la puerta metálica de una esquina. Justo en ese momento tuvo conciencia de lo que le rodeaba, de los dibujos de colores que salpicaban buena parte de los muros, de aquel olor plástico que a veces le picaba en la nariz. Pequeños cuadros que como ventanas parecían abrirse al exterior, ablandar el yeso y los ladrillos, agujerear las dos dimensiones y proyectar una tercera en la dirección que señalaría la saeta de un arquero traidor al rey de un cuento. Los ojos de J no podían dejar de mirar algo parecido a una calle desierta en una fría noche de niebla, a una calle azulada que se perdía en una perspectiva de farolas encendidas y flechas que indicaban el camino, a una calle recién recuperada que se llamaba libertad. Los ojos de J se llenaron de algo parecido a la escarcha. Era el final de la noche.   

Juan Luis Borra López