martes, 16 de junio de 2009

EL ROBINSÓN DE TU CUERPO





Se sumergió en la oscuridad de sus cabellos buscando un lugar dulce y amable. Tocó el cuero microscópico y temió una ducha inadvertida. Tanto tiempo esperando y al fin lo había conseguido. Abrazado a uno de sus rizos, creyó morir estrangulado por el reflejo de un rayo de sol. Te quiero mía e inerte, pensó desconfiado. Entre la maleza acarició con sus pies desnudos el manto vegetal que trémulo respondía a las cosquillas. Podría haber pasado días enteros allí, vagando en la soledad, explorador de un inmenso mundo apenas abarcado. Un magnífico amanecer se derramaba en el horizonte y hacia allí se dirigió. Los tambores de la selva le anunciaron el fin cuando su estómago se encogió al borde del precipicio, justo en el punto en el que acababan los mapas. El resplandor de un incendio le indicó el camino.

Caminando por el amplio desierto de la frente llegó a un oasis que le recordó tiempos pasados. Allí se recostó y pleno, quiso descansar entre plantas imposibles y animales extinguidos. Cuando abrió los ojos se asomó a la depresión y al fondo, un lago azul le devolvió su propia confusión. Despojado de sus escasas vestimentas, se lanzó sin miedo, cayendo al infinito. El frío heló su cuerpo y restalló por los poros de su piel. El iris cristalino no era tan profundo como imaginó y el baño terminó en una leve zambullida. No le quedaban lágrimas. Con los pulmones a punto de estallar, agradeció la ayuda de las pestañas para salir y resbalar por el globo hasta la pálida mejilla. Añorando su boca, dejó atrás el difícil equilibrio de una nariz mal aprovechada. Toco tu boca.

El carmín es demasiado pegajoso, le atrapaba como la miel derretida por el sol de las dos en agosto, como el asfalto que se evapora en la carretera que rasga el desierto de sus pesadillas, como la crisálida que lucha por salir del horror. Se tumbó en el labio y lo besó imperceptiblemente. No era el sabor que recordaba. Salvando el desnivel, rebotó en el higiénico nácar y saltó al otro lado, evitando la negra grieta silente. El rojo labial le ayudó a trepar al belfo inferior y desde allí mirar por última vez la que un día fue su casa. A punto de desmoronarse, recordó que en el sur la vida es una promesa en cada esquina, y arrastrándose por el hueco de la barbilla, llegó hasta la cima horadada desde la que contempló una hermosa llanura cruzada por la cordillera gemela. Sin dudarlo, se impulsó hacia adelante y girando infinitamente sobre si mismo, llegó a los montes de sus pechos.

Abrazado a poniente, se maravilló de su blancura lanzándose una y otra vez sobre él, rebotando y volviendo a empezar, buscando un tacto perdido, intentando reconocer un calor animal. Agotado se sentó y elevó la vista añorando el pezón que no recordaba. No tenía fuerzas para iniciar la escalada y hacer noche en la rugosidad de la areola rosada. Decidió rodear la montaña virgen y pasar por el desfiladero seguro de que no se produciría ningún derrumbe, orientando la marcha al suroeste para evitar el cañón del ombligo. Poco más allá reconoció las estribaciones de otro monte que bien conocía y decidido se encaminó hacia el mismo, espeleólogo intrépido.

Sin mucha dificultad descendió por las paredes de la caverna, asomándose a los pliegues de la misma. Recordó las noches sentado en la arena de la playa, mecido por el rumor de las olas e inundado por el olor del mar. La cueva estaba seca y ninguna estalactita podría robar para llevarse a casa. Gritó y ni siquiera el eco le respondió. Ahora lo comprendía todo, naufrago de tu sexo-amor.

Corrió, corrió, corrió... buscando una salida, un punto y final, un final sin colorines ni perdices pero un final. Charlton Heston delante de un cartel anudado al dedo gordo de tu pie izquierdo, con un número en lugar de un nombre, de tu nombre amado.

4 comentarios:

Rubentxo dijo...

Yo intenté ser geógrafo de cuerpos... lo jodido de esa profesión es que los mapas no son nunca los mismos... siempre cambian... Mejor naufragar.
Saludos!

Luis Borrás dijo...

Lo que siempre más me ha gustado de tu literatura (sin interrogantes) es la prosa poética. Y creo que aquí se demuestra perfectamente.
Me ha encantado la imagen del hombre gulliver a la inversa. Intrépido explorador de un cuerpo de mujer.
Y ese final en dos líneas que rompe con todo el relato. Los depósitos de cadáveres son lugares inquietantes.
Un cordial saludo.

El hombre invisible dijo...

Charlton Heston recorrería la geografía de su cuerpo con un buen rifle y camisa sudorosa. Él era así.

edu dijo...

Vas sobredosificado de talento, el calor te sienta de muerteeeee.....
Esa prosa deslizándose entre palabras conspirando para el mejor desenlace.
Cerrando con la pluma como llave maestra.


Guerra a la vulgaridad.