miércoles, 13 de mayo de 2009

COMO LA COSTURA DE LA FALDA A LA MITAD DEL CULO


Me llamo Simón Nomis, tengo 44 años, nací el 26 del 11 del 62, trabajé en COMOC Corporation y he consagrado mi vida a la Simetría y sus aplicaciones. Y es que para mí, es fundamental el orden, la estética y el paralelismo. Desde bien pequeño, sea por cuestión genética, sea por la educación recibida, he tenido ciertas manías respecto a las cuestiones que comento. Era el típico niño pulcro y ordenado, el que tenía el estuche de pinturas en perfecto orden de revista, alineadas por colores y tamaños, de dos en dos, réplica las unas de las otras, imagen perfecta en un espejo imaginario. El pupitre del colegio impecable, los libros y cuadernos siempre abiertos por la mitad, una goma a un lado, otra al otro. Esto me produjo no pocos problemas y quebraderos de cabeza en un mundo infantil tendente por naturaleza al desorden, la anarquía y los desconchones en la rodilla. Yo, si me hacía una herida en una, me lastimaba en la otra. Por una cuestión de simetría. Ni que decir tiene que me peinaba, y así seguí haciéndolo hasta que empezó a escasear el cabello, a raya. Cuando la calva superó a la pelambrera, me rapé al cero.

Ya he dicho que no sé cómo empezaron estas pequeñas manías, esta afición a lo simétrico, pero sí que recuerdo perfectamente, el día que tuve conciencia, el día que descubrí lo atinado del Ser Supremo que nos creó a su imagen y semejanza, perfectamente simétricos, o casi. Fue un alivio el descubrirme los dos ojos con sus cejas y pestañas, unos a un lado y otros al otro, separados por una nariz ligeramente desviada que corregí gracias a la cirugía estética. Puedo presumir de tener una de las narices más rectas del hemisferio norte. Qué decir de las dos orejas, de la boca desplegada entorno a un imaginario eje, con sus dos arcadas de dientes geométricamente dispuestas gracias a la odontología. Mi dinero me ha costado. Los dos brazos, las piernas, ese montón de dedos en manos y pies... Afortunadamente no he sufrido ninguna amputación en ninguno de mis miembros corporales, no sé si habría soportado su pérdida, la desazón de saberme incompletamente asimétrico, imperfectamente realizado. Espero no tener que experimentarlo nunca. Recuerdo la cara de asombro y las muestras de condolencia el día que acudí de nuevo al hospital, a las dos horas de haberme roto la muñeca derecha, presentando una fractura desplazada en la muñeca izquierda. Inválido, sí, pero simétrico. Una lástima que la vida y los libros te van enseñando que en tu interior no todo es doble, que sólo tenemos un corazón, un hígado, un páncreas... Lo del apéndice lo resolví fingiendo un ataque, con tanta convicción, que el ingreso quirúrgico fue inmediato. Lo del desequilibrio testicular es una cuestión que aún tengo pendiente de resolver y puede que no sea ni el lugar ni el momento de tratarlo.

Como pueden imaginarse, mi relación con el mundo exterior no ha sido fácil. La mayoría de mis compañeros de especie me miran como un bicho raro. He sido muy selectivo con mis amistades y amantes. Nunca hubiera podido relacionarme con alguien, manco, cojo, mutilado, imperfecto en cualquier extremo desde un punto de vista simétrico. Tengo pocos amigos, para qué negarlo y mis amores también han sido pocos. Es difícil elegir alguien que te comprenda, alguien que pueda amarte con esta carga a cuestas. Pese a todo, me casé. Y tengo dos hijos, gemelos, claro. No me costó convencer a mi ex-mujer, Ana, todavía me quería, para que utilizáramos la reproducción asistida que nos asegurara un parto múltiple y par. He de reconocer que lo de la coincidencia en el sexo de mis dos hijas fue puro azar, un guiño del destino. Peinadas con coletas y sendos lazos, cogidas una de cada mano, paseando por las calles... Todavía recuerdo los días felices. Nunca tuve coche, no tengo ni carné de conducir, imposible manejarme con un artefacto que nada más tiene un volante. Me siento más a gusto en bicicleta, con su manillar, sus dos ruedas, sus frenos en paralelo. Procuro andar siempre de frente, no mostrarme de perfil, ofrecerme siempre completo, entero, transmitir a quienes me rodean una imagen de plenitud. Me encantan los espejos y los lugares en los que abundan. Y no es por coquetería, es por esta cosa de la simetría. Me encanta verme duplicado, multiplicado, expandido al infinito en una geometría cúbica que me acerca a la perfección, que me lleva a Dios.

Soy heterosexual porque veo a la mujer más bella, más compensada, más simétrica. Además la cosmética soluciona muchas de sus imperfecciones, las acerca al ideal. Sus ojos, sus pechos, sus piernas, sus nalgas... Todo duplicado y a ser posible a la misma altura. Mis relaciones han sido muy esporádicas. No es sencillo encontrar el objeto de tus deseos. Me pierden las mujeres con coletas, con flequillo sin raya, incluso sin pelo. Detesto los rizos y esos escandalosos y mareantes cortes asimétricos tan a la moda. Las prefiero con poco pecho, la opulencia tiende a caer y la gravedad es enemiga de la perfección. Delgaditas, con las costillas marcadas cuando respiran y se mueven, mías y simétricas. Eso sí, lo confieso, hay algo que no soporto y que algunos podrán tachar de exagerado. Me enferma que las costuras de las faldas, cortas, largas, vaqueras, con vuelo o sin él, no coincidan con la mitad del culo. Es superior a mí. Es un grito contra todo lo establecido, una dejadez y una desidia que cuesta tan poco solucionar, que me hiere y ofende. Nada más hermoso que un trasero con una falda en su sitio, desfilando delante de tus ojos. La de tardes que he invertido en su contemplación. Y a la inversa. El dolor que me han causado esas desviaciones inadmisibles que me imagino trasladadas al peligroso panty. Cada día me costaba más aguantarme, refrenar ese impulso que me lleva a colocar las cosas en su sitio. A veces hasta se lo he sugerido a la dueña de tal desatino, viéndome las más, injustamente observado cuando no perseguido. Ayer ya no pude soportarlo.

Esa mujerona me volvió loco. La vi entrar en la Iglesia y mis ojos se clavaron automáticamente en su culo, en su enorme y excesivo culo, en su rebosante, bamboleante y obsceno culo que apenas podía resistir la falda de la costura ladeada, prácticamente lateral. Me levanté del banco, viendo que las fuerzas me abandonaban y me lancé sobre ella con la intención de arreglar aquel desafuero. Algo salió mal, algo en mi actitud fue malinterpretado. La loca aquella empezó a gritar, a golpearme, a insultarme logrando que toda la feligresía con el sacerdote a la cabeza, se abalanzara sobre mí y me redujeran de muy malos modos. La policía desoyó mis explicaciones, lo mismo que el juez que me condenó por agresión sexual, escándalo público y no sé cuántas cosas más, exactamente igual que el tribunal médico que decretó mi locura y que ordenó mi ingreso en este centro psiquiátrico desde el que escribo esta carta con la intención de lograr su comprensión y apoyo, en este frenopático de Calac, habitación 212.

3 comentarios:

Berbi dijo...

Es uno de tus grandes relatos. Sin duda.

¡¡Y gana mucho con la foto que lo adorna!!

edu dijo...

Eso si es perder la chaveta por una mujer.
Su vecino de la 213

PD.Inmejorable simetría literaria.

Anónimo dijo...

Me he visto inmersa en una vorágine de sensaciones con su relato. Me he llegado a sentir incómoda al percibir la desazón del protagonista ...
Hacía tiempo que un relato corto no hacía mover mi interior.
Gracias