miércoles, 22 de julio de 2009

UN PASEO POR EL SOL NACIENTE

A Carlos Manzano,
el ojo que todo lo ve.



Cuando su amiga le invitó a acompañarla a una exposición fotográfica sobre Japón, a punto estuvo de decirle que no, no le parecía un plan demasiado atractivo para un viernes por la tarde. Tampoco entendía aquella repentina fascinación por la cultura nipona, Magdalena nunca le había hablado de aquella pasión oculta, y por mucho que le intentara convencer de que no se iba a arrepentir, pasar una hora en la Sala Cultural de unos grandes almacenes no era una oferta demasiado tentadora. El hecho de que al llegar al lugar comprobara que la supuesta exposición se había transformado en un audiovisual de unas quinientas diapositivas sobre Tokio, Kyoto y alrededores, no hizo más que reafirmarle en su idea inicial y lamentar de corazón el no haber sabido dar una excusa a tiempo, le perdía su poca capacidad para llevar la contraria y quién sabe, si en lo más oculto de su interior, la lejana posibilidad de que aquella tarde terminara en una cena con sushi y en un apasionado revolcón con regusto a sake en casa de Magda.

Le sorprendió que el acogedor salón en el que iba a tener lugar la proyección se fuera llenando de gente. Todos parecían tener prisa por ocupar la mejor localidad, una mullida silla en la que, en el peor de los casos, podría relajarse a la espera del final del acto. Jubilados, amas de casa, gente indefinible y algún que otro personaje asiduo a este tipo de acontecimientos, preferiblemente con posterior vino español, empezaban a dejar pequeño el lugar. Rápidamente encontró al señor calvo de anticuadas gafas y bolsas de plástico en la mano que no se perdía ni una sola de estas cosas: Conferencias, recitales poéticos, actos políticos, demostraciones de los más diversos productos, liturgias religiosas... El mismo individuo con el que siempre coincidía en las escasas ocasiones en que se animaba a participar en un acto social, el mismo tipo de siempre al que alguna vez había estado tentado de saludar, el ser al que no hacía mucho tiempo había visto rebuscar en las papeleras.

La calefacción empezaba a resultarle excesiva para un febrero claramente continental. Se quitó el jersey y lo colocó cuidadosamente sobre las rodillas en las que guardaba el abrigo de paño barato. Las manos le sudaban y quería evitar a toda costa dicho efecto por si, en algún momento, intentaba un acercamiento hacia el apetecible cuerpo de Magda. Llevaba mucho tiempo queriendo traspasar la barrera de la amistad para convertirla en otra cosa mucho más sugerente. Sonrió al descubrirse observado por su acompañante, esperaba no haber dicho ninguna de las cosas que pensaba en voz alta como a veces temía, y tras guiñarle un ojo se concentró en la modulada voz del presentador que deseaba buenas tardes y agradecía la compañía de los presentes.

Resultó que el autor de las fotografías tenía un largo historial en este tipo de asuntos, que había viajado por medio mundo y que su ojo era prácticamente el del objetivo de la cámara que siempre le acompañaba. Tras unas cuantas palabras más de elogio y admiración, cedió el micrófono al centro de todas las miradas. El artista carraspeó levemente antes de dirigirse al expectante auditorio. No defraudó su palabra al decir que iba a ser breve y tras unas cuantas notas introductorias acerca del viaje y de la civilización oriental, dio paso a la música que trajo de la mano el declinar de las luces y el inicio de las imágenes en la pantalla.

Todo transcurría según lo que se podía esperar en este tipo de actos culturales, se sucedían las instantáneas capturadas por el buen pulso del autor, ahora una panorámica, ahora un primer plano, igual pasaba ante los ojos del espectador el alero de una casa japonesa, una puesta de sol descerrajada en tonos naranjas que un bello rostro nipón empolvado de arroz. El ritmo era adecuado, no más de unos breves segundos en la pantalla dejaban paso a otro reflejo en la retina de la concurrencia, la música traía olores a junco y samuráis, de vez en cuando un fundido, un poco más tarde un encadenado que terminaba con un cambio de melodía, de lo místico a lo urbano, fotografías de jóvenes contestatarios que bailan al ritmo enloquecido de las máquinas. Entonces sucedió. Entre todo aquello que era lo convenido apareció un pie desnudo en un violento primer plano, algo inesperado que cayó en el olvido inmediato bajo un puente con nenúfares.

Miró a Magda buscando unos ojos de sorpresa. Está bien, ¿verdad?, es lo que ella le susurró al oído. Ni una pizca de asombro. Él pensó que había sido una ilusión, nadie de los presentes había mostrado la más mínima extrañeza ante la aparición de aquella diapositiva intrusa. No obstante, claramente había visto un pie, en blanco y negro, contrastando con la gama cromática del resto de la exposición, casi podría jurar que era de hombre, ancho y con uñas descuidadas. Apoyó la espalda en el respaldo del asiento y miró a su alrededor para encontrar decenas de ojos clavados en la pantalla. Todo estaba en orden. Pudiera ser que su mente, después de un día duro en la oficina, le estuviera fallando. Ahí seguían los trenes ultra veloces, los puestos de comida en la calle, los kimonos resbaladizos... Japón en todo su esplendor. Quizá al autor se le había colado una por equivocación. Pero no, no se trataba de una equivocación. Ahí estaba de nuevo, un hermoso ejemplar de pie masculino, ahora de perfil, que iniciaba un movimiento cortado en seco. Ahora estaba absolutamente seguro de lo que había visto. ¿Te has dado cuenta?, casi gritó mirando a su acompañante. Ella le hizo la señal pidiendo silencio mientras le miraba con cara de extrañeza. No, era evidente que ahora tampoco lo había visto, ni ella ni el resto del público que seguía con interés el devenir del reportaje. Buscó los ojos del fotógrafo, sentado en un lateral de la sala siguiendo a ratos la historia gráfica nipona, esperando encontrar una mirada que le comprendiera. Pensaba que a lo mejor se trataba de un experimento conductista o algo así, aquel farsante no era un fotógrafo sino un psicólogo, sociólogo o similar realizando un experimento de campo sobre el seguidismo de la masa. No encontró mirada alguna y decidió centrarse en la pantalla como si de un cazador furtivo se tratara. Ahí estaba de nuevo, desafiante, inexplicable, un nuevo ejemplar podológico que había decidido amargarle la tarde y hacerle olvidarse de sus planes eróticos con Magdalena. ¿Cómo era posible que sólo él se hubiera dado cuenta?. ¿Acaso se encontraba en una onda distinta a la del resto?. Ahora lo había visto con total nitidez, un pie de hombre con signos evidentes de fatiga. Y el fotógrafo que ni se inmuta. Por un instante pensó en levantarse y preguntar qué estaba pasando. Pudiera tratarse de una nueva manifestación artística, una representación con un sentido metafórico, los pies como imagen del caminante, del perseguidor, el aceite que le falta a la maquinaria. Desechó la idea ante la pasividad de los demás, ni la más incipiente señal de sorpresa. Entonces, unas uñas rojas casi le hicieron gritar.

No era posible, ahora claramente se había visto un pie de mujer, en blanco y negro como su homólogo, a excepción de un rojo hiriente en las uñas, justamente entre un descomunal rascacielos y una parada de metro. La música se volvió inquietante, estridente, parecía sacada de una mala película neo expresionista alemana. Era un pie muy hermoso, digno de un fetichista que lo supiera amar y valorar. Su desnudez le incomodó por primera vez. Llevaba un tiempo notando las interrogaciones de Magda, su cada vez menos disimulado malestar ante la conducta de su compañero. Éste intentó guardar la calma, de nuevo esperó no haber hecho nada inoportuno, ajeno al resto del mundo como se encontraba desde la aparición de aquellas extrañas presencias. Estaban ahí, a la vista de todos, magníficamente desnudos, más claros que muchos de los fenómenos paranormales que otros admitían en llamadas nocturnas a los programas de radio que tanto miedo le daban. ¿Nadie iba a hacer nada para detener todo aquello?. Una voz gritó en su cabeza que no, justo en el momento en que les vio aparecer a los dos, casi de la mano, podría jurar que andando tranquilamente, pudiera ser fruto de una sucesión rápida de imágenes y el engaño de la retina. Lo que más le inquietó es que parecían felices y que casi se atrevería a decir que sonreían. La música cesó, al menos entre sus orejas, el acto parecía seguir según lo planificado para el resto de la audiencia, y los pies se acercaron hasta tocarse.

Magdalena miraba a su amigo con preocupación, le veía inquieto, sentado a duras penas en la silla, removiéndose como si tuviera prisa por acabar o como si aquello le estuviera entusiasmando de un modo sorprendente. No sabía a qué achacar los movimientos casi epilépticos de su compañero de tarde. ¿Te pasa algo? No obtuvo respuesta mientras veía brotar un reflejo en la sien de su amigo que terminaba convertido en una gruesa gota de sudor que le resbalaba por la mejilla. ¿Te encuentras bien? Estás muy pálido, le dijo en un tono maternal. Él la miró y sonrió levemente queriendo decir que estaba bien, mintiendo para tranquilizarla. Magda volvió a intentar concentrarse en las fotografías y su acompañante a cerrar los ojos con fuerza para que desaparecieran los veinte dedos rojiblancos que le tenían sumido en un estado cercano al shock. Sus apariciones se hacían cada vez más frecuentes, estaban ahí, imposible negarlo, al menos para él. Y bailaban acompasada y cariñosamente al ritmo de la música oriental que imaginaba debía acompañar la proyección.

No recordaba haber padecido nunca alucinaciones, qué otra cosa podía ser todo aquello, y a la vez que sentía algo cercano al terror de un niño, no quería salir de allí sin encontrar una explicación. Ya sólo veía pies por todas partes de la pantalla. Se movían, subían, bajaban, se salían del plano bidimensional y parecían dar la vuelta al otro lado. Pies grandes, pequeños, con prisa, sin ella, juguetones o aburridos, espléndidamente desnudos mientras miraban al auditorio sin sorpresa ni pudor, tan humanos que parecía que en cualquier momento iban a comenzar a hablar. Por fin se relajó y Magda se dio cuenta de ello. Ahora sí que está disfrutando del viaje, pensó enternecida mirando el perfil brillante de su amigo. Éste se sintió especial por unos momentos, aquel espectáculo indefinible parecía estarse representando para él, una función única a la que pronto dejó de buscar significado. Cuando el telón bajara necesitaría tiempo y silencio. El código convencional, los mensajes se habían vuelto cifrados o tal vez era todo lo contrario, las ondas se revelaban en su esencia y querían marcar el camino a otra parte, otra cosa, se había abierto un agujero en la realidad que por una parte deseaba se cerrara para siempre y por otra que el albañil le dejara mirar por el hueco de vez en cuando, pisando fuerte para no perder el equilibrio y caer a ese lugar del que seguramente no sabría volver. Casi podía oír el rumor de una cascada, sentir el vapor de agua en la cara, frío en los huesos y unas ganas incontenibles de llorar. ¿Me oyes?

Cuando Magda le hizo recordar el lugar en el que estaban, había olvidado por completo cualquier plan establecido hacía apenas unas horas. Se despidió como pudo de ella, pretextos no le iban a faltar, no hubo preguntas. Un par de besos y un ya hablaremos. Salió rápidamente de la sala y se apresuró rumbo a casa, eso sí, evitando mirar otra cosa que no fueran los ojos de la gente con la que se cruzaba.

4 comentarios:

El hombre invisible dijo...

Pero... ¿no tiene vacaciones? Veo que sigue al pie del cañón, como la Bellucci.

Jonatan Frías dijo...

Qué terrible es lo desconocido y que facinantes y maravillosas pesadillas construye el subconciente...

Hay que llenar el mundo de letras... ¿Qué sino el lenguaje para explicarlo y qué sino la literatura para inventarlo?

Saludos de este cronopio mexicano.

Carlos Manzano dijo...

Gracias por la dedicatoria, José Antonio. Es la primera vez que me dedican un texto, así que no deja de resultar bastante emotivo.
Un abrazo.

JALOZA dijo...

Jonatan, metaliterario te veo. Fíjate, amigo cronopio, que intenté darle un toque cortazariano al relato... vano esfuerzo y nulo resultado pero...
Muchas gracias por lo de seguidor, es emocionante y estimula, y sigue escribiendo. Un abrazo.

Carlos, no es posible que nadie te hubiera dedicado un texto. Ya iba siendo hora de deshacer el entuerto. Muchas gracias por tus palabras y apoyo, de nuevo, y salud para seguir con tu ejemplar carrera. Otro abrazo.