A La Maga
Las motas de polvo que flotan en el aire desaparecen cuando llegan a la sombra, a la zona oscura donde reina el Señor de las Tinieblas, allí se hace invisible el baile espacial que desganadamente y sin aparente esfuerzo ofrecen para el que lo sepa ver. Un rayo de sol me anuncia que sería hora de levantarse de mi desvencijada cama, la que se queja y gime debajo de mi peso igual que hacías tú hace ya demasiado tiempo. Me subo la manta hasta la nariz y veo ascender finísimas partículas hasta la línea de la luz, que me hacen estornudar, como si fueran burbujas de champán, como las esferas oxigenadas de un buzo en el mar abisal, como los trozos de una perla falsa machacada en gravedad cero. Casi puedo escuchar tu voz pastosa, después de otra noche desbocada, calentando con su vaho mi oreja dormida mientras repasas sus pliegues con la punta de la lengua: Ha entrado el sol, por la ventana, y en el aire han brillado... algunas motas de polvo. Cantabas muy mal pero era una de las cosas que más te gustaban, así, bajito, susurrándome para que no me perdiera el espectáculo, me traías de vuelta para que viera cómo se borraba la vida engullida por la oscuridad, asesinada sin dolor ni mala conciencia. Me he dado la vuelta para no verlo.
Las motas de polvo que flotan en el aire desaparecen cuando llegan a la sombra, a la zona oscura donde reina el Señor de las Tinieblas, allí se hace invisible el baile espacial que desganadamente y sin aparente esfuerzo ofrecen para el que lo sepa ver. Un rayo de sol me anuncia que sería hora de levantarse de mi desvencijada cama, la que se queja y gime debajo de mi peso igual que hacías tú hace ya demasiado tiempo. Me subo la manta hasta la nariz y veo ascender finísimas partículas hasta la línea de la luz, que me hacen estornudar, como si fueran burbujas de champán, como las esferas oxigenadas de un buzo en el mar abisal, como los trozos de una perla falsa machacada en gravedad cero. Casi puedo escuchar tu voz pastosa, después de otra noche desbocada, calentando con su vaho mi oreja dormida mientras repasas sus pliegues con la punta de la lengua: Ha entrado el sol, por la ventana, y en el aire han brillado... algunas motas de polvo. Cantabas muy mal pero era una de las cosas que más te gustaban, así, bajito, susurrándome para que no me perdiera el espectáculo, me traías de vuelta para que viera cómo se borraba la vida engullida por la oscuridad, asesinada sin dolor ni mala conciencia. Me he dado la vuelta para no verlo.
Cierro los ojos y recuerdo cuánto te quería, me agarró la nostalgia desprevenido en la hora en que todo comienza de cero, sin la armadura de la que me rodeo, desde hace demasiado tiempo, para que tu voz no me hiera, para que tu ausencia no me siga matando. No sabría decir dónde te conocí porque nunca me molesté en guardar ese recuerdo, convencido como estaba entonces de que siempre estaríamos juntos, y así te instalaste en mi vida: sin preguntas ni proyectos. Supongo que sería en un bar de ésos por los que tantas vueltas solíamos dar, escuchando la música, viendo conciertos, sentándonos en sillas heladas agarrados a una copa para hablar de nada. O en una galería de arte un día que yo acompañaría a algún amigo que se empeñaba en mostrarme lo bien que pintaba su última novia. O en una librería hojeando libros de Derecho con los que cumplía mi condena de sacarme una oposición, como mi padre y mi abuelo, mientras tú me golpeabas sin querer a causa de la prisa que tenías por salir de allí sin que el vigilante apreciara el hurto de un librito de poemas de amor. No lo sé. Te miraría y tú sonreirías, me pedirías perdón o me preguntarías si había visto la última película de aquel actor que te gustaba tanto, puede que me agarraras del brazo para que te acompañara a cierta calle, de nombre impronunciable, a la que tenías que llegar con urgencia para hacer algo a lo que te habías comprometido. Hace demasiado tiempo.
Luego vinieron los cafés y las cervezas, los cigarrillos que me liabas y los churros, los desayunos a deshora y la comida sin hambre. Me invitarías a subir a tu viejo apartamento en el centro –cocina, salón y dormitorio- con aquellas manchas de humedad en la pared y en el techo que nos servían para inventarnos figuras, lejos de las nubes que en contadas ocasiones veíamos en el parque, tumbados en la hierba, los días en que la contaminación no lo manchaba todo. Me fui enredando, te fuiste anudando a mi pulso, a mi manera de respirar o de disimular las lágrimas cuando se encendían las luces de aquellos cines de versión original en los que veíamos películas, a veces muertos de risa, imaginando las caras de los amigos que nos tomaban por chalados, aquella irrefrenable pasión por el cine húngaro, cuando les contaras el último descubrimiento, cuando les dijeras que te dejarías matar por aparecer en cualquier corto junto a aquel actor checo tan guapo. Supongo que lo decías en broma, ahora ya no lo sé, cualquier suposición contigo era absolutamente fuera de sitio. Y luego venían las noches de los viernes, de los sábados, de garito en garito tomando absenta, tequila con sal y limón, vodkas tan azules como el fondo de las piscinas en las que solíamos jugar a hacernos los ahogados -te encantaba que el socorrista se impacientara cuando tardabas en volver a la superficie- ginebras de nombres impronunciables que nadie como tú paladeaba haciendo chasquear la lengua de aquella manera que me hacía enloquecer.
Lo pasábamos bien bailando de un modo que ahora me parece estúpido, empujando a la gente, rebotando y alzando los brazos, moviendo la cabeza al ritmo de las guitarras, notando cómo la batería era una prolongación de nosotros mismos. Me mirabas agarrada a tu miopía y dibujabas un corazón con tus labios, me decías cosas desde lejos, girabas, girabas, girabas hasta perder el sentido, hasta caer al suelo convertida en una marioneta despeluchada, hasta que me agarrabas por detrás y me besabas como si no hubiera mañana –fóllame con el corazón- porque no había mañana para gente como nosotros. No nos daba tiempo a volver a nuestra habitación, nos amábamos en los baños, en los portales, en los cajeros que tanto te excitaban, me arrastrabas como la marea del atlántico y yo intentaba no perder pie, hundiéndome hasta los tobillos notando las punzadas de los guijarros clavándose en mi piel.
Hoy he soñado que estabas muerta. Tu cuerpo aparecía fotografiado en las páginas interiores de un periódico, como una vieja estrella de rock arruinada por los barbitúricos, semidesnuda con una horrible mueca que tu cabeza ladeada enseña obscena al reportero. Una caja de pastillas, una botella de alcohol en la mesilla, un teléfono descolgado. He gritado y me he despertado. Creo que grité en el sueño y me desperté aquí afuera, no estoy seguro, de este lado en el que las motas siguen girando indiferentes a todo, a mi dolor y a tu ausencia. El gotear del grifo, el tic-tac del reloj, mi corazón desbocado, la alcantarilla que pisan los coches sin ningún cuidado. Querías aprender a tocar la guitarra y por eso se la robamos al pobre músico borracho que amenizaba las verbenas del barrio, en las sofocantes noches de agosto, junto a un grupo de tristes figuras envueltas en brillante papel y lentejuelas. El pobre diablo se dejó llevar por ti, con la promesa intuida de un pago en especie, y cantamos rancheras tristes a las afueras de la ciudad viendo las luces de los coches que nos hacían guiños a cada vuelta de la carretera, ahí abajo, al otro lado de las tapias del cementerio, una procesión en rojo y blanco que debió ser lo último que vio antes de perder la visión y derrumbarse abrazado a una monumental cogorza. Le abriste la mano izquierda que sostenía el mástil –corre, antes de que se despierte y nos rompa el alma- dejándole como recuerdo una cuerda que no pudiste secuestrar. Me decías que con cinco te bastaba, que no se qué grupo tocaba con tres y el bajista con dos. Te creí.
El verano que pasamos en la playa no lo podría olvidar. Era lo que mejor le iba a sentar a mis judicaturas, logré convencer a mis padres, una pequeña casita frente al mar en aquella playa gallega olvidada. Les pareció menos peligrosa que nuestro apartamento mediterráneo, tan cerca de los turistas, la noche y sus tentaciones. Solos tú y yo y un montón de libros a los que la víspera de nuestro regreso tuve que quitar el polvo. Nos sacábamos unas monedas con tus dibujos de tiza sobre el asfalto. Pasaba la gorra muerto de vergüenza mientras trazabas líneas y usabas colores que un día eran el amanecer sobre el Pont de Arles, otro la cara de una madre mirando a su hijo muerto y las más de las veces una abstracción que simulaba el atardecer en el desierto de Sonora. Te ponías mi vieja camiseta de los Joy Division, demasiado grande para ti, incapaz de ocultar tus breves pechos asomados a los ojos de los paseantes que se paraban a contemplar la aparición. Pese a que no me gustaba –no te enfades, todo ayuda, y sabes que sólo te quiero a ti- trabajabas durante horas agachada sobre el suelo, sonriendo sin ver a los que te rodeaban. Me enseñaste viejos trucos de magia, de chistera y conejito que sustituíamos por unas flores de plástico, para pasar el rato y completar la función. Vidas en el escaparate, extraños que se integraron en el tranquilo paisaje de julio que olía a miga de pan, humo y sardinas. Por las noches me recompensabas.
Te ponían triste los días de lluvia, nos quedábamos en la habitación, leyendo y bebiendo orujo blanco como la nada y el olvido, imposible pintar. Los dioses nos han regalado un día de fiesta, te decía, pero al escucharme sonreías de modo poco natural. Empanada, vieiras, chorizo criollo y una cama llena de migas en la que nos tumbábamos a oír la música que nos íbamos enseñando. A ratos era la discusión y el no comprender como el otro no amaba lo mismo –ese cantante es un cursi insoportable- hacer daño con una mala cara, taparse los oídos para que cesara el ruido, la clásica debería enseñarse en las escuelas, el jazz es lo que cantan las ballenas, y morirnos de risa justo antes de casi matarnos a besos y empujones rodando por la alfombra, ajenos a la lluvia, el cielo gris y los naufragios de los barcos. Me contabas que los ahogados de Finisterre aparecían meses después en las playas francesas, los caprichos de las mareas, para espanto de las viejecitas que paseaban por la orilla y los niños que buscaban cangrejos entre las rocas con unas caras tan tristes como las de los muertos azulados. Sirenas, piratas, historias celtas, petroleros, cualquier tema servía para matar el tiempo pegajoso hasta que llegaba la tormenta y notaba cómo te agarrabas a mi cuerpo bajo las sábanas, temblando de miedo sobresaltada con cada relámpago y soltando frases en un inglés amarillo como campos de cereal norteamericano. Ya se pasa, ya se pasa, intentaba engañarte sobrecogido por un vendaval y un estrépito que nunca había conocido. El fin del mundo estaba detrás de una ventana. Ya se pasa.
¿Me querías de verdad? Ahora miro perezoso las cortinas e imagino la playa ahí abajo, la arena mojada y el acantilado por el que los surfistas bajaban a cabalgar las olas -neopreno, sudor y acero- pero sé que lo que me espera es el asfalto sin tus dibujos. No tengo ganas de nada, me pongo triste sin motivo aparente, porque mi tristeza es olímpica y la llevo tatuada en la espalda. Me moría de celos cuando me hablabas de tu vida sin mí, de la gente que conocías, de las ciudades en las que había vivido tan ajena a mí como lo estarás ahora. Un viejo bar de carretera, uno de ésos que salen en las películas en las que todo es horizonte y dejar pasar las tardes, una camarera que te deja una cafetera de cristal, alguien que te pide un cigarro, y al que sonríes al ver sus botas llenas de tierra, que al poco rato te acariciará la mano y pensarás que es para siempre. Una vida de motel en motel, fugaz modelo fotográfica interesada en la Generación Perdida, cigarrillos sin boquilla que saben a libertad, de vez en cuando una caravana y motoristas que saludan detrás de sus gafas de espejo. El rock and roll y las botellas de alcohol en bolsas de papel, maldito sea el día en que te conocí, aviones que vuelan demasiado bajo y no dejan dormir con el sol en lo más alto, una serpiente debajo de un felpudo y un negro gordo al que la policía, en sus coches llenos de luces como para una fiesta, dejó hecho una calamidad de grasa y sangre. Y era poner un océano en medio para coger un barco e ir bajando por la costa, tumbada en la cubierta los días que no tenías que trabajar para ganarte el derecho a seguir a bordo, curtiendo tu piel llena de huesos como la espina dorsal de un gigantesco animal marino. ¿Me querías?
Las campanas de la torre me dicen que ya es tarde, sin pensarlo he embarrancado de nuevo. Hay días que creo escuchar el sonido de tus llaves al otro lado de la puerta, tu sombra cortando la línea de luz que se cuela por debajo. Ondeo mi vieja manta sobre mí, el aire de la habitación bulle lleno de átomos milenarios fragmentados como esta historia. El miedo a seguirte, tus ganas de caminar, mi estupidez, tu aburrimiento, un coche lleno de latas de cerveza vacías, el fin. Nunca seré juez, mi padre no me ha perdonado el verano que tiré en la playa, las mentiras y mi empeño con los malabares y el equilibrio en el alambre. Saldré a buscarte otra vez. Por si acaso.


9 comentarios:
¡Genial!, pero que bien escribes. Como consigues meter al lector en la historia. El párrafo final es para aprendérselo de memoria.
Muchas gracias... sabía que estabas ahí.
Lo que te iba a poner suena a peloteo... pero es que me ha gustado mucho. Tienes frases, imágenes geniales.
¿Has pensado en escribir poesía? Es una idea, nada más.
Nos leemos,
Anabel
como dice la Consejo, que a veces acierta, tienes frases redondas, geniales, de un escribidor con mayúsculas
Muy profundo y mucha carga de emociones
Tono nostálgico/depresivo muy conseguido, con muchas imágenes evocadoras.
Excelente texto.
Comienza otra cosecha.
Hola, Jaloza.
Paso de puntillas por aquí para que escuches el disco que han sacado unos colegas, a ver si te mola.
Muy chulo, el experimento literario-pictórico-azul-azul. Intersante y curioso. El texto de este post me lo acabo de imprimir para leerlo en la cama, para ahorrarme dinero en oculistas y ópticos, ya tú me entiendes... Ya te contaré qué tal.
Ah, el enlace al disco que me apetece que oigas:
http://mutesounds.bandcamp.com/track/estr-llate-y-arde
Abrazos. Paz, salud y buenas letras.
No ha salido bien, mecachis.
A ver ahora:
http://mutesounds.bandcamp.com
Grande, Jaloza.
Descomunal.
Creo que el mejor que he leído.
Me gustaría escribir un texto así.
Un abrazo
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