jueves, 27 de agosto de 2009

FOTOGRAFÍAS

Siempre me han dado miedo las fotografías. Ese intento por parar el tiempo se vuelve, la más de las veces, en contra tuyo. No eres consciente de lo que haces cuando tomas una fotografía. Cuando reflejas en un papel la cara de una persona. Queda atrapada para siempre y con los años, sólo será la imagen de un muerto. Las fotografías son implacables, te gritan aunque no lo quieras oír, que un día ya no estarás aquí. La cartulina de colores te habla de un tiempo pasado, recuerdas un momento que no ha de volver. Si te fijas bien, si abres los oídos, puedes escuchar el rumor de las conversaciones de los protagonistas de la imagen. Ponte un poco más a la izquierda, sonríe que parece que estás en un funeral. Ahora ves que es verdad, era el ensayo de una muerte futura. No deberían dejar comprar cámaras así como así. Igual que se exige una licencia de armas, deberían pedir alguna titulación a los fotógrafos en potencia que se lanzan a las calles con su aparato en las manos. Nunca me han gustado las fotografías, ni siquiera las que se hacían con la sana intención de inmortalizar un momento de felicidad. Al final, esos rostros lo único que te van a proporcionar es dolor. Ahora que aún estás a tiempo, piénsatelo bien antes de disparar, la propia palabra ya te indica la trascendencia de lo que haces. Estás disparando a alguien. Ni siquiera las fotos a paisajes y monumentos, aunque no salga nadie en ellas si consigues resistir la tentación de ponerte delante, son inofensivas. La postal siempre te recordará algo o a alguien que al final está condenado a desaparecer. Todo está ya contado, dejémoslo tal y como es.

Te veo mirarme desde lejos, atrás el tiempo y el espacio. Sé que entonces no me mirabas a mí, ni podías imaginar el color de mis ojos y mucho menos mi nombre y todo lo que te iba a querer. Estás apoyado en un coche caducado, una reliquia de museo ya en el tiempo de la instantánea. El pelo negro, abundante, fuerte, termina en un flequillo muy cercano a las negras cejas. Pulcramente afeitado hasta lo que deberían haber sido unas patillas. Los ojos entrecerrados por la luz del sol, esa luz que entra por tu izquierda y que deja en sombras la otra parte de tu cara. Me miras de frente. La boca abierta deja ver los dientes de arriba y todavía hace resaltar más tu afilado mentón. Jersey de manga larga y cuello alto, blanco, que contrasta con los apretados pantalones de cuadros marrones y negros. Reposas en el coche y enseñas orgulloso un zapato bicolor a juego con los pantalones. Lazo negro apretado y un pulcro calcetín asomando entre medio. Manos largas, huesudas y llenas de venas. Ya llevabas un anillo. No han pasado más allá de veinte años y me cuesta reconocerte en esta otra fotografía que hoy cayó en mis manos. El pelo ha encanecido, el flequillo se ha retirado y ya no está sobre las cejas. Es irregular y descuidado. Abres bien los ojos, el sol no te molesta en el estudio. Tu mirada es triste. Ya no tiene todo el tiempo del mundo por delante. Has visto cosas que nunca querrías haber visto. Ladeas la cabeza y compones la estampa de la melancolía. Estás más delgado y pálido. La boca cerrada, el mismo mentón prominente, más propio de los monarcas de otro tiempo que de un tipo del s. XXI. Los labios se desdibujan poco acostumbrados a sonreír. Lo único que me conecta con la otra fotografía es la vestimenta. Tan atemporal y anclada en otro lugar que pone un puente entre los dos tiempos. Una americana color vino con rayas blancas. Atrevida. Cortean las mangas al llegar a las muñecas que caen relajadas a lo largo del cuerpo. Ya no hay tensión. Te han vencido. Nada por lo que luchar. Vaquero sobre zapatillas blancas y negras. Siempre fuiste un tipo elegante. Ahora sé que me estás mirando a mí, a todos nosotros, eres consciente de lo que haces y de lo que supone una fotografía. Sigues sin conocer el caramelo en mi mirada pero me estás lanzando un mensaje. El tiempo huye y duele.

Nunca me gustaron las fotografías. Al final las encontrarás en el fondo de una caja, en un álbum desvencijado, Dios no quiera que con una fecha y mucho menos con una dedicatoria. Es la combinación letal para que emerjan los recuerdos y ya nada podrá ponerles freno. Es inevitable que sonrías justo un poco antes de derrumbarte. Nada es para siempre salvo el dolor. Ya llevas la mitad del camino recorrido y lo que queda es una cuesta abajo, un ir apagándose hasta desparecer. Yo que sé de qué te hablo, espero prestes atención. Me gustaría poder decírtelo a la cara, mirándote a los ojos para que recordaras de qué color es la memoria. Pero me parece que es tarde, nunca llegamos a tiempo. Y si no lo haces por mí, hazlo por ellos, por los que te quieren y un día te echarán de menos. Ahórrales las lágrimas. Desvanécete como un sueño en medio de las sábanas y del silencio amarillo.

1 comentario:

El hombre invisible dijo...

A mí me encantan las fotografías. Satisfacen a ese destripador que lleva dentro todo collagista de corazón. Son pequeñas prisiones de las que saco a mis presos para mis perversiones surrealistas. Si no se hubieran quedado allí fijadas para siempre, no habría podido reinterpretar sus vidas de nuevo a golpe de tijera.
No les tenga miedo. Al final sólo quedan ellas y poco de nosotros mismos.