jueves, 30 de octubre de 2008

RUTINARIO


El comienzo del día en casa de los Guillén era una sucesión de rutinas. A las 6.40 se encendía la radio despertador. La voz familiar del locutor les hablaba entre sueños de cosas difíciles de comprender. Revueltas en países desconocidos, índices económicos extraños y anuncios de cosas no solicitadas. Bastaba acercar el dedo al botoncito y todo quedaba en calma durante diez minutos más. Con la nueva algarabía de gente extrañamente activa a esas horas y las músicas de los comerciales comprimidos, Ricardo empujaba la cubierta o lo que tocara según la época del año, y ponía los pies en el suelo buscando las zapatillas. Elisa, su mujer, se daba la vuelta y todavía arrugaba las sábanas por otro diez minutos más.

A partir de ahí, los movimientos, los sonidos y el tiempo, volvían a interpretar una función bien conocida que se representaba todas las mañanas que duraba el curso escolar.Un rápido desayuno, de pie él, sentado ella, visitas al baño, abrir y cerrar puertas, ventanas y cajones, levantamiento de persianas, palabras cariñosas para conseguir traer a este lado a sus somnolientos hijos. Mamá se viste primero, se maquilla mientras papá prepara el desayuno de Guille y Lucía. Las camas se hacen por turnos y la televisión emite imágenes de niños japoneses. Adiós, cariño. Dadme un beso, chicos. Y Ricardo que se asoma a la puerta para ver cómo su mujer baja las escaleras con esa forma de caminar que le hace desearla con todas sus fuerzas, esperar que la noche llegue pronto y si hay suerte, que ella le cuente cosas al oído.

Vamos, poneos el uniforme que no llegamos. Y sabes que no puedes ir con la camiseta del Zaragoza, no insistas. Ricardo comienza a relajarse. La dura tarea diaria de salir a la vida parece que, hoy también, va a ser culminada con éxito. Se mira en el espejo de la entrada y nota que todo va casi bien. Su momento preferido es cuando recoge las pequeñas zapatillas rojas de andar por casa de los chicos, abre el cajón que sirve de zapatero y las desposita suavemente encima de las cajas allí guardadas. Cuando lo cierra, comprueba que todo es como debe ser y que en unas horas volverán a descansar, libres de colegios y trabajos. Lástima que el ojo le molesta más de lo que podría imaginarse.

Lleva unos días con una extraña sensación en el izquierdo, como si algo se le hubiera metido en él, una mota de polvo, un trocito de no sé qué. Se siente así desde la semana pasada, el martes de temporal que le hizo andar con dificultad por las calles. Por la noche le quedó una sensación de irritación pero no le dio mayor importancia.El viento es lo peor que hay. El paso del tiempo no hizo sino empeorar los síntomas y las molestias. Los párpados enrojecían y el globo ocular lagrimeaba algo parecido a un líquido viscoso. Elisa le dijo que se pasara por el médico a que le echara un vistazo, que aquello no tenía buena pinta. Ricardo le prometió que sí, a pesar de que sabía que como mucho se acercaría a la farmacia a por un colirio. No le podemos expender ningún medicamento sin receta, señor. Lo sentimos mucho. Debería acudir al médico. Sí, eso es lo que haré, mintió de nuevo.

Esta mañana se encuentra mal, le molesta el ojo y más aún, la cabeza.No tiene ganas de llevar a los niños al colegio y pide a su vecina que les acompañe. Gracias. Sí, ya sé, deberían echarme un vistazo al ojo. Antes de llamar al trabajo para decir que llegaría un poco más tarde, puso perdido el espejo del baño, salpicado por montones de gotas de agua con las que quería aliviar el creciente escozor. Decidió tomarse una pastilla y tumbarse un ratito sobre la cama para ver si el dolor remitía y por fin se decidía a pedir cita con el especialista.

Entonces pensó, puede que lo soñara, que unos ganchos de carnicero le hurgaban en la cuenca de los ojos, rechinando contra el hueso orbital, produciendo un estrépito similar al de los frenos de un tren. Caía por una espiral y la córnea se le iba quedando atrás, teniendo que recogerla, limpiarla con un pañuelo sucio e intentar colocarla en su sitio. Alfileres candentes le atravesaban la mirada y se le clavaban en la nuca, retorciéndose de dolor, llorando sangre y verde. La cabeza le estallaba y un ruido insoportable se paseaba entre sus orejas. Gritó.

Algo le estaba mordiendo el ojo y resbalaba por sus lagrimales. Desde dentro le empujaban y estaba a punto de explotar. La mano volvió del ojo al que instintivamente había acudido a ayudar y el otro le confirmó que lo que veía no era un sueño.Los sueños no duelen hasta morir. Decenas de diminutas larvas, de gusanos blanquecinos con las boquitas ensangrentadas, coleteaban en la palma de su mano, puede que enfadados por la interrupción. Aguantando las arcadas llegó hasta el cuarto de baño y la contemplación de aquella masa sanguinolenta y purulenta en la que se había convertido su ojo, le provocó un vómito viscoso en el que se tropezó mientras intentaba acertar con la taza del inodoro. Volvió a gritar corrompido por el asco y el dolor, provocando que una nueva masa de gusanitos voraces saliera despedida a seguir el festín a través de sus fosas nasales.

A tientas salió al pasillo, intentando gritar, atragantado por aquella masa de vísceras,mocos y sangre que le anudaban la garganta. Resbaló en su propio horror y se rompió la cabeza con la mesita de mármol del recibidor. Cuando Elisa llegó a casa al mediodía y vio que un charco de sangre se colaba por debajo de la puerta de entrada, supo que algo no iba bien.

miércoles, 29 de octubre de 2008

EL PARAGUAS NEGRO




Pocas imágenes hay tan desoladoras como la de un paraguas negro, roto, abandonado en la vereda de una calle, mojado entre las hojas marrones de los árboles otoñales, bajo la inesperada tormenta, en la absurda compañía de un periódico grumoso, con la varillas desvencijadas y la tela rasgada, trasto inútil derrotado por el enemigo al que debió resistir.


No cuesta mucho imaginarlo de la mano de una joven, hace no mucho tiempo, unas horas, unos minutos. El viento le agarra por debajo, le levanta las faldas, lo vuelve del revés estirándolo con rabia. Su dueña, mejor diríamos su poseedora, pocas cosas tan ajenas como un paraguas un día traicionero de lluvia, lucha por devolverle su utilidad, su dignidad. Beatriz, como nombre para un día así no está mal, se queda bajo el agua en un momento. El paraguas negro murió.


Casi puedo verla desvalida en medio del caos que se forma en la ciudad en estas tardes grises. El pelo aplastado en la cara, está como una sopa, como si se hubiera metido de cabeza en una olla de caldo. Las orejas le quedan al aire entre los cabellos apelmazados. El maquillaje se deshace sin mucho interés y se aleja del lugar de los hechos.Demasiado tarde para buscar un refugio. Ha llegado al punto de no retorno, ya no le importa mojarse y si no fuera por esa gota helada que se cuela entre su cuello y su blusa, por esa insoportable gota que se desliza por su espalda, casi estaría bien. Una sonrisa la estremece cuando la nota estallar en el cierre del sostén que hace un rato, Jaime desabrochaba con impaciencia.


Ahora recuerda que pensaba que con él sería distinto y por eso no se negó demasiado cuando le propuso que subiera a su casa, ahora que no estaban sus padres. Justo en el lugar en el que acababa de suicidarse aquella estúpida gota, el chico le marcó con el sudor de sus manos, entre el segundo y el tercer piso, dentro del renqueante ascensor. Hechos una bola, rodaron por el pasillo hasta llegar a la alfombra del dormitorio de matrimonio. Se desnudaron deprisa, mezcla de vergüenza, miedo y nervios. Un te quiero jadeado atravesó la oreja perforada de la chica. Un certero mordisco en el cuello respondía que ella también. Cuando la volteó en la cama y la cubrió con energía, ella vio la fotografía de la mesilla de noche y se deshizo del cazador de la mejor manera que pudo.


Las palabras con interrogaciones se iban quedando cada vez más atrás, resonando en la interrumpida suite nupcial, deslizándose por el pasillo que Beatriz atravesaba corriendo deseperadamente. Por la ventana de la cocina descubrió la lluvia y en un acto reflejo, arrancó del paragüero al pobre negrito que acababa de condenar a muerte. La voz de Jaime la perseguía por el hueco de la escalera mientras ella sólo pensaba en huir y apagaba el móvil, aliviada, al salir a la calle.


Y aquí está, en mitad de la tarde, confundida con la lluvia, ensimismada en sus pensamientos que vagan sin rumbo al igual que ella... chassssssss. "Me cago en tus muertos, cabrón, mira por dónde vas", acertó a decir convertida en un charco de lágrimas.

lunes, 13 de octubre de 2008

LA ECUACIÓN DE LAS LENTEJAS


La cocina de palacio hierve desde primera hora de la mañana. Los mejores en su especialidad, los artistas de los vegetales y el pan, de las setas y los pescados, de los postres y la chocolatería, alquimistas, científicos, gastrónomos y restauradores del mundo entero, han unido su talento para preparar el mayor banquete de la Historia.

Todos visten de negro, están serios, con delantales y gorritos que darían risa. Preparan sus manos entre acero inoxidable, oliendo a madera, a bodega, viendo el bosque más allá de la cristalera, el mar a los pies del acantilado. Temprano recogieron la materia prima, hongos y frutos silvestres, hortalizas de colores, peces plateados, algún incauto animal de granja. Decoraron las mesas con composiciones florales silvestres, con ramitas y humildes tallos que asesinaron con mimo en el jardín cercano. Esperan una señal, un movimiento de cabeza como presagio de que todo saldrá bien. El director de la orquesta se ha subido al pedestal, anota aquí y allá, sigue la sinfonía mental que escucha entre sus oídos y espera poder trasladar a la tropa remangada.

Las ollas borbotean, las sartenes chisporrotean, los hornos humean. Gentes van y vienen sin rozarse, sin mirarse, en un ballet extravagante en blanco y negro. Hojas de afilados cuchillos trocean hasta la invisibilidad las materias que servirán de acompañamiento. El puchero convive con el ordenador y el microscopio. Se cuentan tiempos de cocción, se examinan estrucuras moleculares, Einstein probando la sopa, mirando como pasa del estado sólido al gaseoso sin reposar en el líquido.

Cosas que no son como son. Quieren engañar a la vista y al gusto, disfrazar los alimentos en un carnaval efímero, un número circense presto a caer en el olvido.Han sido años de trabajo, de camino para llegar aquí, hasta el nitrógeno congelado y los sorbetes de algodón. Vuelta y vuelta, humo, sudor retenido en el reino de la pulcra vanguardia.Nadie habla, sólo se oye el siseo de las herramientas, el roce de los pasos sobre el mármol.

Pinzas colocan los ingredientes en los platos, precisión de un relojero, de un desactivador de bombas. El bisturí y la palita de plata para construir una arquitectura vitamínica. Cada elemento en su lugar exacto, formando un cuadro impresionista que gana desde lejos. Espolvoreado, crujiente, envolvente. Harina seleccionada con el justo punto de levadura y el horneado perfecto. Hay olores y crepitaciones que no se olvidan jamás. Un laberinto flotante se eleva sobre sus cabezas. Es la hora.

El jefe de camareros aprieta el botón que le concederá permiso para abrir las puertas del paraíso. Guantes sostienen platas al final de unos brazos pegados al cuerpo. Las pajaritas tiemblan de emoción mientras el director autoriza que comience el desfile, con su lánguida mano bañada en lágrimas.

domingo, 12 de octubre de 2008

VIVA LAS FIESTAS DEL PILAR


Llevaba varios días dándole largas pero llegó un momento en el que ya no pudo más. El asedio a su paciencia había sido tan prolongado que al final las murallas de su particular Jericó, se derrumbaron. Y no hizo falta ninguna corte celestial tocando pífanos y trompetas. La voz del niño taladrándole tímpanos y cerebro, fue suficiente. Vale, te lo compro pero cállate. Y allá que se dirigió a las dos gitanitas, más bien gitanotas, que desparramaban sus carnes morenas en el centro del parque infantil, agarradas a sendos manojos de globos de colores. Nada más que se apercibieron de la proximidad de la presa y de sus ojillos derrotados que acompañaban a la sonrisa suficiente de un enano de poco más de un metro, se lanzaron a la yugular queriendo terminar pronto con aquello. Dime, salao, ¿de qué quieres el globito? De Spiderman. Las dos piezas moreno-verdosas alzaron sus ojillos codiciosos a las alturas, más allá de sus manazas agarrotadas por las horas de sujeción de la volátil mercancía, intentando divisar al muñeco blaugrana para poder cerrar el trato. Lo tengo, lo tengo, yo sí lo tengo... bramó la afortunada mientras acodaba a su compadre que bajaba la vista ante la inmediata derrota. ¿Y no te da igual el rayomarquín? El chavalín es de fuertes convicciones y se reafirma orgulloso en que quiere el arácnido. Tras anudar el cordelito alrededor de la muñeca del infante, extender la indescriptible palma y solicitar los euros de rigor, despareció de allí todo lo rápido que sus piernas y la imposible falda le permitían. ¿Estás contento? Sí.


Lástima que lo humano es efímero, la vida pasa sin desmayo y a los cuatro años, ni te cuento. Poco duró la alegría. Los ojillos del aprendiz de hombre se posaron en una especie de carpa que rezaba "Títeres de cachiporra" y pese a que tal declaración pasó inadvertida al iletrado párvulo, le faltó tiempo para decir que quería ver las marionetas. El mayor, poco diestro en las técnicas de negociación, no tuvo capacidad de reacción para negarse y antes de darse cuenta, estaba haciendo la cola, arrastrado por el querubín, para entrar en el espectáculo. Tenía la sensación de que la gente le miraba con pena, pelele desmadejado en manos de un dictadorcillo de ciento cinco centímetros. Sintió cierto alivio al verse comprendido en las miradas recíprocas de otros padres que pasaban por similar trance. Eso sí, sin globito relleno de helio o lo que demonios le pongan para causar el terror entre los adultos que deben vigilar alternativamente a niño y globo, a globo y niño, a niño y... ¿Dónde está el globito, cariño? Un escalofrío le recorrió la médula espinal ante la mera posibilidad. Así que terminó con el hombre araña de una mano y de la otra con un Peter Parker encogido. Antes de que poblaran el escenario Terriplín y Coscolón, con sus ridículas manoplas y sus desmesuradas cabezas para la algarabía de los pequeños del lugar, pasó unos momentos de apuro intentando acomodar el enorme globo para que no molestara la visión de sus compañeros de espectáculo. No le importa bajar el globito, ¿verdad?. Al borde de una apoplejía, de una sordera en el oído derecho y del delirium tremens, dando gracias a todos los santos escuchó la voz de pito del fantoche despidiéndose de sus amiguitos, hasta el año que viene. Alabado sea Dios.


El camino a casa fue de los que no se olvidan. Además de los adminículos ya sabidos, acompañó su camino del calvario con una docena de churros, una arañita (qué fijación la de este niño con los bichitos) peluda que saltaba si apretabas una pelotita, una espada de pirata y un sombrero de torero hecho con papel charol y guirnaldas carmesíes. Parecía que el Universo se había confabulado en su contra para ir cargándole de lastres a la vez que le vaciaba el bolsillo. Abrió la puerta de abajo de un puntapié y al fin pudo soltar al pobre Spiderman, que haciendo honor a su nombre, fue a pegarse al bajo techo de la entrada a su edificio. No pudo reprimir una sonrisa cargada de maldad viendo al medio hombre que saltaba, una y otra vez, para agarrar el hilito y devolver a tierra a su cómplice. Un vecino compasivo que presenció la escena, salió en ayuda del chiquilín a la vez que miraba de reojo al descastado padre que se encogía de hombros. Ya en casa, repitió la escena y dejó definitivamente, allá en las alturas, junto a la lámpara del salón, al desgraciado superhéroe. El infante se olvidó de él cuando le llamaron para cenar, previo lavado de manos. ¿Lo habéis pasado bien?


Con la casa en calma, en silencio, a oscuras, no pudo evitar una sonrisa imaginando la escena repetida en tantos hogares zaragozanos. La de globos hélicos con las más diversas formas, tamaños y colores que andarían a esas horas por los techos, en el mejor de los casos, si no andaban surcando los cielos en busca de una nube en la que poder descansar huyendo de la asesina presión atmosférica. Cuando volvía de la cocina, tijera en mano, pensó en el madrugón silencioso del día siguiente, antes de que la casa despertara en su ausencia y un grito infantil desgarrara la mañana.

sábado, 4 de octubre de 2008

NACIÓN

Yo no soy nacionalista.

Ni de España, ni de Aragón, ni siquiera de la Comarca del Aranda, origen de mis antepasados. Si acaso podría serlo del Barrio Oliver. Allí nací y me crié. Allí pasé mi infancia, ya sabéis, la verdadera Patria del hombre.

Esta mañana mi hijo me preguntó acerca de la Puerta del Carmen. De Palafox y Agustina. A duras penas, atragantado por la emoción, le he podido contar un poco sobre la Guerra de la Independencia, de los franceses, de 1808, del valor de un pueblo, mientras me miraba en silencio, sorprendido. Y entonces lo he visto claro.

La Patria no está en el recuerdo de tus abuelos, en la memoria de los mayores, como yo pensaba.

Aragón está en el fondo de los ojos de mi hijo. En el fondo de los ojos de todos y cada uno de nuestros hijos.

VIVA ARAGÓN.

martes, 23 de septiembre de 2008

Y ARTURO COGIÓ SU CALCULADORA


Arturo abrió el cajón de su mesa de trabajo y se encontró la calculadora encendida. Pensó que algún objeto de los que guardaba junto al ingenio japonés, accidentalmente había presionado la tecla del ON y había puesto a funcionar la maquinaria contable. Lo que no terminaba de comprender era la naturaleza de los extraños signos que se reflejaban en la pantalla líquida. Rayas horizontales, verticales, puntos, asteriscos, números mutilados, configuraban un paisaje difícil de interpretar, bien lejos de las habituales cifras árabes resultantes de una simple operación aritmética o de algún complejo cálculo científico que otras manos más experimentadas que las suyas, hubieran podido arrancar del sonriente aparato negro.


Tocó la tecla OFF para devolver las cosas a su lugar y hacer que de la negrura brotara, de nuevo, el ordenado cero. No consiguió su objetivo en el primer intento y tuvo que utilizar el índice derecho en varias ocasiones. Al fin, las cosas volvieron a su cauce. Las pilas debían estar agotándose, no recordaba haberlas cambiado en los años que llevaba trabajando con aquel aparato. Así que pidió al compañero que le guardaba las espaldas en la inmensidad de la oficina bancaria, que le consiguiera unas de repuesto para poder seguir calculando intereses y mortificando a los sufridos clientes de préstamos e hipotecas.


La burocracia es compleja y los resortes de la logística de una entidad financiera, todavía más. Aquellas pilas, al final sólo le enviaron una después de cotejar que aquel modelo en desuso nada más necesitaba una, tardaron varios días, los que dura el viaje desde la Central hasta la sucursal de barrio en la que pasaba las horas. Entonces pudo devolver la calculadora que compartía con sus ofuscados compañeros y con una alegría que no supo interpretar, se dispuso a colocar el botón plateado en el lugar del viejo cobrizo que había fallecido en acto de servicio.


Pasaban los días y Arturo recuperó su buen humor entre capitalizaciones e intereses compuestos, siempre a mano su fiel calculadora que había recuperado su ancestral precisión. Hasta que un jueves cualquiera, sin avisar, como llegan todas las desgracias, la maquinita comenzó a parpadear. La luz roja oscilaba en el lado izquierdo y de nuevo los números estallaron en revolución. Heridos de guerra pasaban a saludar y ninguno se quedaba en la pantalla que bien pudiera ser la del cine de la esquina. Aquello volvía a ser ininteligible y Arturo se preocupó seriamente. No podía ser un problema de las pilas, de la pila botón en perfecto estado de revista, por lo que temió un problema grave en la salud de su inerte amiga.


Sus compañeros se rieron de él cuando éste les confesó sus cavilaciones en la pausa del café. Le recomendaron que se comprara otra, tecnología punta, el mundo de la calculadora había avanzado siglos en aquellos últimos años. Le dijeron que utilizara la del ordenador, que se descargara algún programa contable que automatizara los estadillos de cuentas.Que se olvidara de aquel asunto y dejara de dar la paliza. Mientras desmontaba por quinta vez en lo que iba de mañana, el armazón y las tripitas llenas de rayas telegráficas, su jefe le llamó al despacho. Habían recibido una queja de un importante cliente, escandalizado al comprobar que se le estaban cobrando unos intereses desorbitados, desproporcionados para el capital prestado. Tras muchas disculpas y reintegros, Arturo volvió a su puesto de trabajo advertido de que no iban a tolerar más errores de ese calibre, inadecuados para una entidad como la que le pagaba regularmente cada fin de mes.


Se sentó triste y avergonzado, mirando de reojo a la culpable de su desgracia, que terminó de malos modos en el fondo del cajón, sin la pila, extraviada entre el montón de papeles. Estaba decidido a acabar con aquella relación y a hacer caso a sus compañeros, sin duda más juiciosos que él. Pero al cabo de unos días los remordimientos le pudieron. Abrió con mimo, con la delicadeza de un novio en la noche de bodas, el cajón en el que había recluído a su amada. Allí la observó, esperando, expectante mientras le recibía con un hermoso 3.1416 en la brillante cara. Arturo la tomó entre sus manos, decidido a reanudar la relación, hasta que con un vuelco de su corazón, descubrió que estaba funcionando sin pila alguna. Aturdido intentó apagarla sin conseguirlo, viendo como los números volvían a desfilar sin control, sin sentido, paralelas y perpendiculares formando extraños dibujos ajenos a la lógica matemática. El miedo no le dejó ver que entre los papeles de la basura, se podía leer HOLA en la vieja pantalla de su querida calculadora.

domingo, 14 de septiembre de 2008

S (HOMENAJE A M)

Lo que viene a continuación es un relato inspirado en una canción de Ferreiro,el de ahí abajo, desciende tus bellos ojos y verás de quién te hablo. La canción se titula M y es tan hermosa, que duele. Si mis garabatos no te molan, perdón, pero lo que sería imperdonable es que no corrieras a buscar la canción entre las redes y a pescarla, de hoy para siempre.


Felipe pasaba gran parte de su tiempo libre viendo vídeos de música en el youtube. La paginita en cuestión había sido un gran descubrimiento, un modo de colmar sus necesidades sonoras y de alimentar su personal partitura. Se divertía rebuscando las imágenes que la gente colgaba y que previamente habían grabado en los conciertos de sus artistas favoritos. Era un modo de estar al día, un modo de recordar los viejos temas que le habían emocionado en el transcurso de sus muchos años de vida.

Una tarde, recién llegado del trabajo, la casa sola para él, encendió el ordenador como de costumbre y se cambió de ropa, como siempre. Llevaba todo el día pensando y tarareando una canción, una de ésas que periódica y recurrentemente le venían a la imaginación. Le apetecía escuchar M, del gran Iván Ferreiro. Casi conocía de memoria las distintas tomas que de la misma existían en la red, en el bienaventurado "tutubo". Tomas buenas, tomas malas, capturas inaudibles, fragmentos invisibles, incompletos, inacabados... Debía haber bastante gente que compartía su admiración por el gallego porque eran muy numerosas las canciones de éste que podían rastrearse en la web. Así que fue dándole a la flechita hasta que llegó a un fotograma que no reconocía. Añadido hacía un día. Pinchó en él.

Se trataba de una actuación en la Sala Apolo, en Madrid, de la primavera pasada. Lo primero que le gustó fue la calidad de la imagen, su nitidez y estaticidad; la cámara situada a pocos metros del escenario, ligeramente escorada hacia la izquierda. Desde allí se distinguía perfectamente al bueno de Iván y a su hermano Amaro, a la izquierda, a la guitarra. Tras unos pocos segundos, acallados los aplausos de la anterior canción, empieza M. La gente la reconoce en los primeros acordes y, como siempre, comienzan a cantarla. Le gustó que el karaoke no fuera multitudinario, que la voz del solista no quedara sepultada bajo los bienintencionados coros de los asistentes, con poca fortuna en la mayoría de los casos. Iván se arranca con la letra pero instantáneamente, Felipe solo puede escuchar la voz femenina, que en primer plano sonoro y perfectamente afinada, da el contrapunto al autor. La chica que ha grabado la actuación, Susan82 reza su nick, arriba y a la derecha, conoce palabra por palabra, letra por letra, silencio por silencio, la canción que sale por el altavoz de Felipe. Nada del otro mundo, por otra parte, cualquier fan que se precie tiene la obligación de hacerlo. Pero esta voz tiene algo especial. Gira el mando del volumen hacia la ventana y la voz femenina resplandece, brilla en perfecta armonía con la de Iván. Ni en uno de esos "duets" tan a la moda, sonarían mejor. Felipe concentra su atención. La canción siempre logra emocionarle, no comprende muy bien qué es lo que cuenta, quizás sea eso, son sentimientos en estado puro, suspendidos en el perchero de una tienda confortable, esperando a que entres y te los pongas encima, a que los hagas tuyos. Como hace Susan.

Fluye la melodía, fluye la letra abrazada a las dos voces, a las tres cuando Felipe no puede dejar de tararearla como tantas otras veces. Se acerca la parte final y Susan sigue ahí. Notas en su voz un ligero temblor que pudiéramos achacar a la falta de respiración, a las lágrimas que pugnan por deslizarse en sus cuerdas vocales, a quién sabe qué. A Felipe le sudan las manos, le parece que no va a poder soportarlo, le duele, le quema, le ahoga... "No te preocupes, que esto pasará. Mañana estarás bien. Y me cogía la cabeza y la metía en su jersey". Justo es ahí donde más le gusta, Felipe se derrumba cuando Susan reprime un sollozo y susurra:"¡ Dios, qué bo-nii-tooo!".No recuerda nada más. Un momento de conexión, casi magia, dos almas unidas a cientos, ¿miles? de kilómetros, en dos tiempos, en dos mundos separados que se funden en una nota. Le da de nuevo al play. Y otra vez, y otra... Esa chica le ha tocado, sin saberlo ha traspasado la barrera y le ha hecho recordar, añorar una vida que ya no tiene, que quizás nunca tuvo. Si pudiera decirle lo que ha representado para él. Entonces se da cuenta. Qué estúpido ha sido. Es tan sencillo como hacer click en su usuario y ver qué otras cosas ha colgado. Entró en su nombre, Susan82, despacito, con miedo, sin querer asustarla. Por suerte se le abrió la ventana. Seis vídeos más habían sido subidos por aquel usuario. Dos canciones de Ferreiro, del mismo concierto, dos vídeos de Joy Division, uno de unos tal Galigows y un temita de jazz, Chet Baker, que resultó haber hecho ella misma con imágenes en blanco y negro del desparecido trompetista. No está mal para empezar, pensó Felipe. La conexión parece estable.

En las canciones de Ferreiro, paladeó la voz de Susan. Pidiendo fuego en voz bajita, diciendo ponte aquí, cantando alguna que otra estrofa de los temas. No las cantaba de inicio a fin como en M, ni siquiera la imagen era tan excelente como allí. No parecía hecho por la misma mano, pudiera ser que fuera otra mano. Felipe sintió entonces algo muy parecido a los celos, quién osaba tocar lo que ella tocaba, estar cerca de donde ella lo estaba. Apartó estas ideas que ennegrecían su ánimo. En los vídeos de Joy Division, ni rastro de Susan. Dos actuaciones promocionales en TV, Disorder y She Lost Control, buenos temas pero que le sabían a poco sin la voz querida, sin la voz deseada, sin la voz amada. El otro tema le dejó impasible y así lo borró de su mente. Lo de Baker sí que le gustó, no le defraudó, otro ser atormentado, otra relación entre ellos dos, Felipe y Susan, Susana si es que así se llamaba. La imaginó joven, hermosa, dulce, desamparada, suya. La colección de fotogramas era excelente, el tema elegido uno de sus favoritos "I waited for you", lo que le pareció una revelación, una promesa.

Los días pasaban y ella no volvía por la web. Las aportaciones eran muy recientes y no desesperaba, tarde o temprano volvería y con algo de suerte podría escuchar su voz, otra vez. No fue así. Imaginó lo peor. La sintió en un hospital, presa de un extraño virus, la recreó agobiada por los exámenes o por el trabajo, la lloró muerta en un accidente, a manos de un amante despechado. Felipe comprendía que no era normal, que todo esto no le estaba haciendo bien, que no habría un final feliz. Susan viviría en Madrid, podría ir allí, buscarla entre la gente de los conciertos, seguro la reconocería, le bastaba un segundo para reconocer su voz. Era una locura. Y si no era de allí, si sólo fue a ver el concierto. Pudiera ser de Vigo. Pudiera no ser. Intentó rastrear su huella informática por toda la red, buscaba un asidero, un modo de comunicarse. Contactó con el administrador del "tutubo" pero éste desoyó sus súplicas, no debieron ser convincentes sus razones, que si la protección de datos, que si la intimidad... El amor no comprende de estas cosas. Cortésmente le indicó que cesara en su actitud, que no le causaría más que problemas.

Felipe colgó algún vídeo como si fuera la botella de un naufrago en una isla desierta después de una tempestad oceánica. Se animó pensando que quizás ella aparecería, que respondería, que escribiría mensajes como los que él, torpemente, un día sí y otro también, publicaba a modo de valoración en sus aportaciones. La gente empezaba a burlarse de él. Le insultaban, le decían obscenidades, se hacían pasar por Susan para después humillarle. Muchos de sus mensajes fueron borrados por los administradores, incluso su nick, su cuenta y su a acceso al sitio, prohibidos. No desfalleció. Abrió nuevas personalidades, dobles, replicantes en busca de Susan que empezaron a ser descubiertos y eliminados cada vez más pronto. Hasta llegaron a cortarle el acceso desde su ordenador. Tuvo que peregrinar por otros equipos, utilizó los del trabajo, los cibercafés, los de los pocos amigos que le quedaban y que lo miraban con algo de pena cuando Felipe se atrevía a contarles lo que le pasaba.

El día que lo fueron a buscar, el día que se lo llevaron, por fin la pudo contemplar. Era Susan, Susana, tal y como la había imaginado desde hace tanto tiempo. Y estaba allí, magnífica, hermosa, parada delante de él. Felipe bajó los ojos, reprimió las ganas de llorar y sabiendo lo que iba a pasar, se quedó sentado en su sillón. Ella le cogió la cabeza, todo el amor del mundo en un segundo, y la metió en su jersey.

jueves, 4 de septiembre de 2008

TRILOGIA DEL EXTRAÑAMIENTO. 1 (YO)

Sucedió una mañana, de repente, sin avisar. Aunque bien pensado, quién podría ser capaz de advertirnos de que algo así nos podría pasar. Nos preparan para muchas cosas, nos enseñan los números, las letras, los ríos y montañas... pero hay otras para las que no hay entrenamiento posible.

Salvador estaba sentado en su mesa marrón de gris oficinista, cansado de revisar expedientes y de contarle las mismas mentiras a todos los clientes. Se levantó a buscar un archivador que tenía a su espalda y al mirar por la ventana se vio a él mismo cruzando la plaza que se extendía delante de su trabajo. Y no había duda de que era el propio Salvador, incluso iba vestido del mismo modo: Camisa amarilla, pantalón crema y zapatos a juego. Atravesó la sala en la que se encontraba con paso rápido, oscilando cada vez más los brazos, mientras sus compañeros le miraban extrañados sin saber a qué se debía aquel desfile que terminó convertido en carrera cuando bajaba saltando los dos tramos de escalera que le separaban de la planta calle, sin tiempo siquiera de responder al saludo que su jefe le lanzó, un segundo antes de que empujara violentamente la puerta que le separaba del mundo exterior.

Una vez allí, incomodado por la obscena luz del sol, cruzó atropelladamente el paso de cebra, temiendo perderse de vista, sin saber qué dirección había tomado y el consiguiente peligro de no volver a verse nunca más. Por suerte, su mirada localizó la espalda amarilla un segundo antes de que doblara la esquina para adentrarse en la calle que él bien conocía, por la que la mayoría de los días regresaba a su casa dando un tímido paseo. Apretó el paso, la sangre golpeando su cabeza, intentando alcanzar aquel punto lo antes posible para saber por dónde se estaba moviendo el otro Salvador. En su camino golpeó a una señora en el hombro, haciendo oídos sordos a la recriminación que dejó al otro lado de la acera. El otro Salvador caminaba a buen paso, deteniéndose apenas en los cruces, girando a la derecha al acabar la sombreada calle.

Cuando lo tuvo al alcance, se detuvo al darse cuenta de lo absurdo de la situación, de que no sabía qué iba a hacer o decir cuando hubiera cazado a su presa. Decidió tomarse un respiro, observar con cuidado al que llevaba un rato persiguiendo, asegurarse de que todo no se trataba de un error, un divertido error. El otro Salvador se detuvo ante el escaparate de una tienda de ropa de mujer, mirando con interés la mercancía allí expuesta. Salvador se colocó a una distancia prudencial, tal y como enseñaban las películas de espías y se demoró en la contemplación del otro. Las piernas le temblaban al mismo tiempo que iba confirmando de que no cabía ninguna duda. Aquel tipo era él, Salvador Martín Moragas. Lo único que no pudo ver del otro fueron sus ojos, ocultos tras las mismas gafas de sol que él había olvidado en su oficina al iniciar su frenética carrera. Un segundo de calma resbaló por su estómago cuando estuvo a punto de decir en alto que aquél no era él, ya que Salvador nunca se pararía de ese modo delante de un escaparate. La tormenta se acercaba de nuevo.

El otro emprendió la marcha después de un tiempo que Salvador no habría podido precisar aunque se estuviera jugando el bote final de un concurso de preguntas de la tele. Los dos estuvieron andando por las calles un buen rato, demorada la marcha, como si ninguno tuviera prisa o estuviera haciendo tiempo para acudir a una cita importante. El primero sacaba excesivamente el pie derecho a cada paso, igual que la madre de Salvador le había dicho desde pequeño, intentando corregir el defecto sin éxito. El segundo se pasó la mano por la cabeza, alisando el escaso pelo, movimiento reflejo al ejecutado por el perseguido cuando entró en una panadería que solía frecuentar el perseguidor. No se atrevió a entrar detrás de él, una vez que éste hubo salido del establecimiento llevando una bolsa por la que asomaba la punta de una barra, por no querer afrontar la reacción del panadero cuando le preguntara si había olvidado algo.

Algunas personas habían mirado extrañadas a Salvador cuando se cruzaban con él, después de haberse cruzado con él, hacía un momento. Entonces tomó conciencia de que la situación no podía sostenerse por mucho tiempo, había que tomar una decisión: Abordar a su gemelo o intentar olvidar lo sucedido. El otro Salvador salió a la avenida principal, con una determinación al andar que no conocía hasta ahora su sombra. Pronto se dio cuenta de que estaban regresando a la plaza en la que se habían conocido. La fatiga y el gentío hacían cada vez más complicada la persecución, llegando incluso a perderle de vista por unos momentos. No le importó dejarle unos cuantos metros de ventaja pues estaba convencido de que conocía el camino que iba a seguir.

"Salva, tío, mira que cundes", le dijo su compañero Manuel cuando se le cruzó en el camino a la oficina. "¿No me acabas de decir que ibas ahora mismo a terminar lo de Salcedo? ¿De dónde sales, macho?". En ese momento, Salvador Martín Moragas decidió que hacía una tarde preciosa para pasear por el parque.

TRILOGIA DEL EXTRAÑAMIENTO. 2 (GOYA)

Se miró al espejo y vio que era Goya. Francisco de Goya y Lucientes.

Aunque parezca mentira, no se extrañó. Después de un instante de duda, de sorpresa, asumió claramente que la imagen que le devolvía el espejo era la de Goya. Hizo el movimiento reflejo de mirar hacia atrás y, comprobado que no había nadie más en el baño de su casa, confirmó que quién le miraba desde allí era el mismísimo Goya.

Lo primero que le llevó a aceptar lo que estaba pasando era que aquellas patillas eran absolutamente goyescas, descendiendo desordenadamente a lo largo de las generosas mejillas, abundantes las canas, perdiéndose en el abotargamiento de la papada. Los párpados hinchados, las ojeras negruzcas, un algo desolado en la mirada, en aquella mirada que había contemplado la belleza de la maja, desnúdate Cayetana, se van a enterar estos mojigatos, los desastres de la guerra, la pompa y el oropel de la familia real.

No pudo precisar la edad de aquel Goya que le miraba insistentemente, que quizás tomaba notas para un próximo cuadro, tan aficionado a los autorretratos. Desde luego no era aquel Paquito que se pintó siendo un jovenzuelo regordete y mofletudo, coloradico y con algo parecido al miedo en los ojos de los que posan en contra de su voluntad, estate quieto que enseguida acabo, frente ancha y chata nariz sobre abultados belfos. Y tampoco el Don Francisco que nos legó en aquel cuadro en el que parece que se está cayendo, cercanos los setenta, suavizados los rasgos de la cara de alguien al que notamos enfermo, no me gusta nada esa tos, el pelo huyendo en claridad, las patillas a medio dibujar, con ganas de acabar.

Es un Francisco de Goya de aquellos que pintó con sombrero, paleta y pinceles en mano, emergiendo desde la oscuridad en un rincón, consciente de lo histórico de su trabajo, amante de las mujeres y los buenos vinos, el carácter cada vez más agrio, la socarronería olvidada en su negro mundo interior. Un Francisco de Goya entre santos y reyes, siempre a la moda, alborotado pelo negro, a punto de dirigir una orquesta sinfónica, con lentes para distinguir entre los ocres y el cobalto.

Cerró los ojos, tantos recuerdos que querían pasear, encontrar un lugar para descansar. Oye el sonido de los pájaros por la ventana, ni un solo coche que interrumpa la escena y le traiga a este hoy contemporáneo, que acabe con la ilusión, si es que es una ilusión. Escucha las descargas de los franceses, el griterío del pueblo en armas, los olés en las plazas, los reniegos de los borrachos y las putas. Y el olor, ese inolvidable olor que parece colarse por debajo de la puerta. Al abrir los ojos, Goya también lo hace.

Sale al salón, escucha a lo lejos la voz de su mujer que le dice que se marcha a no sé dónde. Últimamente escucha cada día peor, le cuesta seguir las conversaciones y por eso pone cara de que sí, claro, estoy contigo... y sonríe estúpidamente. No sabe qué pensará su mujer cuando se encuentre a Goya en su salón, cuando vuelva a casa, si es que vuelve. Y es que el humor lo está perdiendo, cada vez más metido en su propio mundo de lechuzas y fantasmas, de ahorcados y mutilados.

Las cosas son así, no pueden cambiarse.

Una mano que tiembla, rebusca entre la caja de ceras de su hijo pequeño.

TRILOGIA DEL EXTRAÑAMIENTO. 3 (EL ESPEJO)

Uno nunca sabe muy bien cuál es su imagen. Cada uno se percibe desde dentro y se ve de frente. En pocas ocasiones, en algún caso ninguna, los demás tienen esa visión de nosotros. Por eso la comunicación es complicada desde el momento en qué no sabemos el color del disfraz que nos han dado en esta función. Esa nariz no es la mía, pensaste el día que por primera vez te miraste de perfil en un espejo. Un día, siendo pequeño, descubres asustado, unos huesos en la espalda, un lunar. Que por fortuna el bulto de tu bañador se ve muy distinto desde abajo. Lo asombroso aumenta si nos vemos en movimiento, cuánta gente no ha tenido este privilegio, si es que es un privilegio. No sabía que torcía la boca cuando hablo, ni que enseño la fila de dientes de abajo, ni, en el peor de los casos, que se me ve hasta la campanilla. Lo de la voz sería tema aparte, muy estudiado por otro lado. La extrañeza aumenta si nos vemos caminando, o saltando, o corriendo... simplemente gesticulando delante de un interlocutor. Nos encontramos torpes, o gordos, o feos... la admisión es el primer paso para la superación. Tantos años metidos en este cuerpo, cada uno en el suyo, lo de meterse en cuerpo ajeno es coyuntural y motivo de otro análisis, para terminar siendo unos completos desconocidos. No me extraña que proliferen como las pecas en un pelirrojo, las sectas, filosofías y grupúsculos varios que te invitan a viajar hacia adentro, no descarten verlo anunciado algún día en la agencia de viajes del barrio. Afortunadamente hay cosas que se pueden corregir, la ciencia hace milagros, para otras quedan las pastillas y la aceptación. Hagan la prueba. Cojan un espejito, colóquenlo cuatro dedos por encima de la frente, ligeramente escorado para contemplar su cogote en el espejo. Pocas imágenes tan desoladoras y enajenantes. Yo lo hice y no pienso repetirlo.